Andrea Mejía. Ilustración: Nicolás Gutiérrez. Andrea Mejía. Ilustración: Nicolás Gutiérrez.

El esplendor de la compasión: una columna de Andrea Mejía

"Hay un monasterio budista en las montañas. Se llama Nido del Tigre. He tenido la suerte de estar ahí".

2018/11/27

Por Andrea Mejía

Este artículo forma parte de la edición 158 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Hay un monasterio budista en las montañas. Se llama Nido del Tigre. He tenido la suerte de estar ahí. El camino de subida es largo, pero si se hace muy temprano en la mañana, no se ha levantado el polvo y el sol no está todavía alto y el camino está vacío y el cielo, muy limpio. Se piensan cosas sencillas mientras se camina o simplemente se contempla la belleza impresionante de las montañas. Arriba hace frío porque se está por encima de los tres mil metros. Cambia la calidad del aire. Cuando se respira, el aire es picante, de manera que la respiración se vuelve muy consciente. Hay muy pocos monjes viviendo ahí; son pequeños y menudos, en su mayoría jóvenes. Los monjes budistas suelen ser silenciosos, pero estos de Nido del Tigre son especialmente delgados y parecieran no pesar nada, como fantasmas vestidos de rojo, como apariciones sigilosas en llamas, siempre con su traje rojo y amarillo. No ocupan espacio ni hablan y sin embargo están ahí. Algunos están en un rincón, cerca de uno de los altares, diciendo mantras.

Ahora, mientras escribo esto, estoy en un avión. En la primera fila, dos filas adelante de la mía, hay tres monjes. Van conversando, no sé de qué porque no entiendo nada. Al lado mío, junto a la ventana, hay otro monje. Es también joven. Lleva gafas; su bolso es amarillo, su chaqueta y la correa de su reloj son rojos, como si todas sus pertenencias tuvieran que ser de esos dos colores. Me alegra mucho estar en un lugar del mundo donde la aparición de estos monjes es algo tan habitual. Están por todas partes. Cuando ellos aparecen estoy tranquila, como si tuvieran un poder para purificar el aire, para hacerlo más ligero. El monje joven al lado mío llena ahora su tarjeta de inmigración para entrar a Nepal. Es cuidadoso al escribir y revisa varias veces el número de su pasaporte antes de transcribirlo en la tarjeta. Debe leer y hablar nepalés, pero por su pasaporte me doy cuenta de que es butanés.

Nido del Tigre es uno de los sitios más sagrados del budismo butanés, que es el mismo budismo tibetano. Allí llegó una figura espiritual muy potente volando sobre el lomo de su mujer que se había convertido en una tigresa. Por eso se llama Nido del Tigre. El budismo tibetano está lleno de historias así, vitales, mágicas en un sentido que escapa a nuestra idea tan pobre y cursi de lo que es la magia. En Nido del Tigre lloro frente a una estatua que una vez habló. Hago ofrendas. Doy las gracias. He tratado de no volverme supersticiosa en este viaje, pero me doy cuenta de que la noción de superstición es muy lejana a la potencia mística y performativa del budismo tibetano. Ellos de verdad hacen cosas con las palabras, con los mantras y los gestos, con los colores y las cosas. Así que me he entregado a todo: a los malas o rosarios budistas, máquinas cantantes; he hecho las postraciones, he hecho girar cada rueda de oración con la que me he encontrado.

Bajando del monasterio, un monje niño me ofrece agua. Le digo que no, que gracias, pero me siento a su lado para descansar un rato. Me dan muchas ganas de conversar con él, pero él se pone de pie para seguir su camino, hacia arriba, hacia Nido del Tigre. ¿Subes a menudo?, le pregunto. Vivo ahí, me responde. Me siento mucho más niña que él mientras lo veo alejarse con su bastón y su morral azul al hombro.

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Ahora los Himalayas aparecen del lado derecho del avión. Cada vez que aparecen estas montañas me deslumbran. Me deslumbra la nieve blanca brillando bajo la luz. Pienso nuevamente en la suerte que tengo de verlas. Pienso que aunque no lo parezca, estas montañas también son impermanentes.

Bajando de Nido del Tigre encontré perros cubiertos de polvo. También en Katmandú hay muchos perros polvorientos echados al sol, entre los templos y las tiendas. Katmandú es feroz, sufriente, real. Su polvo cubre de silencio y regala un poco de humildad. Pero la ciudad también comunica una vitalidad magnífica, y el poder extraño y eléctrico, altamente sagrado, del hinduismo. Mientras el Tíbet y Bután son puramente budistas, en Katmandú conviven hinduismo y budismo en una especie de fiesta permanente del espíritu.

He venido tan lejos para aprender solo esto: que las cosas y los seres aparecen. Que son una aparición. Y que no necesariamente entendemos ese aparecer ni podemos hablar sobre él; pero quizá sí lo podemos recibir si tenemos el corazón vacío. He venido a amar a estos monjes, a todos los practicantes budistas, gente muy sencilla, muy pobre a veces, que dice mantras por el sufrimiento de todos los seres sintientes. ¿Cómo es posible que la gente que sufre, o que parece vivir en condiciones muy duras, con nada o casi nada, vaya por ahí diciendo mantras y haciendo girar ruedas por el sufrimiento de todos los seres vivos? Es el esplendor de la compasión.

¿Y para mí cuál es la urgencia? Yo no sé las palabras. Sin embargo quería compartir esta belleza pura, la belleza que hace su nido en lo que es auténtico y desinteresado.

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