The Beatles en su último concierto público, en la azotea del edificio de Apple en Savile Row, Londres. 30 de enero de 1969. The Beatles en su último concierto público, en la azotea del edificio de Apple en Savile Row, Londres. 30 de enero de 1969.

El futuro ya pasó y no nos dimos cuenta: el año 1969, medio siglo después

El ejercicio de mirar el pasado no implica solo repasar una colección de acontecimientos que determinaron el fin de una época. También muestra que el juego de espejos deforma el presente, pues ya fuimos lo que no queríamos ser.

2019/02/25

Por Sandro Romero Rey*

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Lo más angustiante del futuro es que cada vez es más fácil convertirlo en pasado. Lo que antes fue ciencia ficción hoy es una evidencia, con el gran problema de que la realidad no se parece a lo soñado. Baste mirar con triste nostalgia la película 2001: A Space Odissey, realizada por Stanley Kubrick en el año de gracia de 1968, coescrita con Arthur C. Clarke. Para fortuna del cine y de la literatura, y para desgracia de la realidad, 2001 fue el año menos parecido a lo que sucede en la obra maestra de Kubrick-Clarke, hoy restaurada de manera impecable. El presente no se compadece con las expectativas. Y no es un asunto relacionado con grandes temas o exclusivo de países con ambiciones universales. Para no ir más lejos, en el ámbito colombiano, la frase “Bienvenidos al futuro”, eslogan de la campaña de César Gaviria en 1990, sería la prueba reina para demostrar que lo prometido puede convertirse en todo lo contrario.

Concentrémonos en una época, en una circunstancia, en un aniversario. Remontémonos al año de gracia de 1969, que acumula anécdotas y acontecimientos curiosos pero significativos. Hoy por hoy, el 69 parecería ser tan solo un número que se asocia más al sexo o al signo Cáncer que a los momentos memorables de la humanidad. Pero el año 69, si se observa desde la perspectiva del tiempo, contiene señales que, a la postre, fustigan al presente y lo ponen en tela de juicio. Aceptemos el juego y echemos marcha atrás.

El año pasado se celebraron los cincuenta años de Mayo del 68, y el balance no pudo ser más tibio. Un reguero de adoquines y la utopía convertida en su propia parodia. Ahora se nos vino encima 2019 y podemos echar mano, una vez más, de los espejos retrovisores. 1969 simboliza el final de la llamada “década prodigiosa” y, al mismo tiempo, es una vuelta a la realidad, en la que los sueños pusieron su evidencia de malos viajes y, a la inversa del viejo adagio, después de la calma se largó la triste tempestad de esa realidad. Volviendo a Arthur C. Clarke, hay un libro, publicado en 1986, que se convierte en traviesa evidencia de cómo el futuro se transforma en ficción cuando se desnuda en el presente. El volumen, editado por Clarke, se llama 20 de julio de 2019 (Planeta, 1987). Es una colección de quince narraciones y un epílogo que dan cuenta de cómo sería la vida 33 años después de cuando el volumen fue gestado. Viajes espaciales y medicina, ciencia y recreos, cine y deportes, guerra y psiquiatría se presentan desde las distancias arbitrarias de Cronos y ahora podemos leerlo como una jocosa colección de ilusiones. Todo lo contrario a lo que sucede con la novela 1984, la fábula fatal de George Orwell, ahora convertida en un juego literario de temibles coincidencias. En otras palabras, el futuro se puede mirar desde el presente con cierta irresponsabilidad; pero cuando las premoniciones se convierten en pretérito imperfecto, la broma no deja de tener cierto sabor a desencanto. “El futuro ya pasó y no nos dimos cuenta”, dice un personaje de la película Nos amamos tanto, de Ettore Scola. Es muy probable que, en el caso del libro 20 de julio de 2019, la frase de Scola sea cierta. Lo mismo sucede con la lectura que podemos hacer, desde el presente que nos ocupa, del año en que se bendijo el Boeing 747.

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Gritos de rebelión

Mirar 1969 desde 2019 es un ejercicio ambiguo, no solo por la colección de acontecimientos que podemos considerar como triunfos culturales de la especie, sino también porque el juego de los espejos nos deforma el presente, al darnos cuenta de que ya fuimos lo que no queremos ser. El recuerdo de la Guerra de Vietnam y los asesinatos en serie, el advenimiento de Richard Nixon y los enfrentamientos raciales en Estados Unidos se contraponen al nacimiento de un nuevo tipo de tolerancia, al desnudo en el teatro (Oh Calcutta!, de Kenneth Tynan), a las películas generacionales y “liberales” (Easy Rider, Bob & Carol & Ted & Alice, Midnight Cowboy, Butch Cassidy & The Sundance Kid…), a la aceptación de nuevas posturas frente al erotismo (como la que se tuvo en el filme sueco I Am Curious [Yellow], de Vilgot Sjöman) y, sobre todo, a lo que representó y sigue representando la música rock, consolidándose como la banda sonora definitiva de una generación sin lengua.

En 2011, el editor Rob Kirkpatrick publicó un extenso estudio que puede servir de mapa de ruta. Se trata del volumen titulado 1969: The Year Everything Changed (Skyhores, 2011), en que se realiza un viaje exhaustivo por lo que sucedió “in America” (ya sabemos de cuál “America” se está hablando) y que determinó los grandes cambios de la cultura occidental, abriendo y cerrando las puertas de las utopías y de las esperanzas. El autor comienza aclarando la relatividad de las fechas y de cómo el año 68 se ha devorado los estudios de una década, hasta concluir con un chiste: que su libro ha debido llamarse 1969: el año después del año importante. En realidad, no hay unos años más grandes que otros, así como la década de los sesenta no debería empezar en el sesenta ni terminar en nuestro año de gracia. De hecho, se habla de “los largos años sesenta” que cambiarían de edad, según lo considera Fredric Jameson (Periodizar los 60), de acuerdo con consideraciones sociales, culturales y políticas específicas (en Colombia, la historiadora Katia González considera que nuestras “rutas de la vanguardia” comenzaron en 1958 y terminaron en 1976).

1969, de todas maneras, es un año de transición, un año-símbolo en el que se presentaron acontecimientos definitivos que marcaron el destino y el desconcierto de toda una generación. Es muy probable que el acontecimiento definitivo universal del año 69 fuese la llegada del hombre a la Luna, un 20 de julio, como el citado libro antológico de Arthur C. Clarke. El florero de Llorente de la Guerra Fría fue “el gran salto de la humanidad”, tal como dicen que dijo Neil Armstrong al posar su pie sobre la superficie selenita. Hoy no son los estadounidenses quienes repiten la hazaña, sino los chinos, con su inesperada conquista del “dark side of the moon”, rindiendo un homenaje involuntario al álbum clásico del grupo británico Pink Floyd.

Pero hay una línea de tiempo que presenta puntuales curiosidades que, vistas a la luz de la historia, se convierten en vaticinios y, por qué no, en advertencias. Empezando por los acontecimientos políticos estadounidenses, que van a seguir alterando el devenir del planeta hasta convertir a los jóvenes en los protagonistas “de la raza humana”. Es preciso recordar que Richard Nixon se posesionó como presidente de EE. UU. en enero de 1969, “en el invierno de nuestro descontento”, mientras The Black Panther y los estudiantes universitarios se encargaban de darle la bienvenida. En ese mismo mes, el blues clásico del sur de los Estados Unidos vivía un curioso renacimiento gracias a una nueva banda inglesa que sacaba su primer volumen de obras maestras: Led Zeppelin (el primer álbum apareció el 12 de enero; el Led Zeppelin II, en octubre). El 30 de enero, quizás sin proponérselo, The Beatles sellaban su destino en el techo de su estudio en Savile Row, Londres, al dar el último, espontáneo concierto de la banda, aunque aún vendría en septiembre el álbum Abbey Road y, en 1970, la despedida oficial con Let It Be.

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La música, a la postre, se convertiría en la mejor manera de llevar la contraria. De hecho, cuando Estados Unidos se desmarcó de la inocencia romántica de la guerra contra Vietnam, tras la masacre de My Lai, los festivales de rock se convirtieron en la forma más efectiva de lanzar los gritos de rebelión. La idea, no precisamente política, tuvo su clímax de la mano de The Rolling Stones en el Hyde Park londinense, el 5 de julio de 1969, para despedir a Brian Jones, fundador de la banda, quien muriese a los fatídicos 27 años ahogado en su piscina. Las trescientas mil personas que fueron al concierto anticiparon el fenómeno de Woodstock, ocurrido entre el 15 y el 18 de agosto ante medio millón de personas. La paz se había puesto de moda, con un himno (“Give Peace A Chance”) compuesto por John Lennon, cómo no, en 1969. El símbolo conseguido por Richie Havens y Joan Baez, por Swami Satchidananda y Country Joe, por The Who y Joe Cocker, entre los 32 momentos emblemáticos que se vivieron en Woodstock, estuvo marcado por las protestas hacia una guerra sin sentido que, sin embargo, se extendió hasta 1975, cuando la derrota norteamericana en el sudeste asiático se convirtió en el paradigma de su propia vergüenza.

Una ilusión herida

Pero mientras en la costa este de los Estados Unidos se construían los andamios para los “tres días de paz, de música y amor”, en California poco a poco se instalaba el horror. Una semana antes de Woodstock, el 8 de agosto, Sharon Tate, la actriz y esposa de Roman Polanski, era asesinada de manera salvaje en su casa de Cielo Drive, junto con un grupo de invitados. Al día siguiente se repitió la ceremonia con nuevos asesinatos que, tiempo después, serían adjudicados a la llamada “familia Manson”. Con el tiempo parecería que el culto por la destrucción hiciese carrera con la mitificación tanto de Charles Manson como del llamado “asesino del Zodíaco” que asoló el norte de California durante 1969, que cometió varios crímenes y cuya identidad nunca se supo, a pesar de las cartas que dejó como pistas, que sirvieron como base para toda suerte de canciones y películas.

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Sí. La costa oeste de los Estados Unidos estaría marcada por el horror, que tendría su golpe definitivo con el anti-Woodstock, una vez más con The Rolling Stones como protagonistas, tras el éxito de su gira norteamericana. Agradecidos ante el descomunal balance de los 16 conciertos programados, y estrenando a Mick Taylor como nuevo guitarrista, Jagger y los suyos decidirían organizar un concierto gratuito en el autódromo de Altamont, el cual se saldría de madre por culpa del caos y de los servicios de seguridad de los siniestros Hell’s Angels, quienes terminarían asesinando al joven Meredith Hunter a unos cuantos metros del escenario. Los pioneros del cinéma verité norteamericano, Albert y David Maysles, registraron la experiencia vivida por cerca de cuatrocientos mil espectadores saturados de droga. Sin saberlo, filmaron el momento en que uno de los Angels le clava un cuchillo en el cuello a Hunter, quien al parecer portaba un revólver. El acontecimiento es descubierto en la moviola, con Jagger y Charlie Watts como testigos. De todo este material saldría uno de los documentales más importantes de la historia del rock: el ya clásico Gimme Shelter (1970). De alguna manera, el fondo musical del año 69 se abre con el “Get Back” de The Beatles en el techo de Apple Corps, se consolida con los héroes de Woodstock, se alimenta con el nacimiento de Led Zeppelin e Iggy & The Stooges, y se deshace con “Midnight Rambler”, versión Rolling Stones en Altamont.

Una hippie en San Francisco, California, 1969.

De todo este paisaje de balas y guitarras eléctricas aún quedan muchas sombras, cincuenta años después de la borrasca. Algo va de Richard Nixon a Donald Trump, como algo va de la película Let It Be, de Michael Lindsay-Hogg, modelo 1970, a la reconstrucción de The Beatles planeada para que la realice Peter Jackson, el director de El señor de los anillos, modelo 2019. El chance para la paz, al que tanto le cantase John Lennon, se deshizo cuando el autor de “Imagine” fue asesinado en 1980. Hoy, la paz parece estar herida de muerte. Trump, que en 1969 tenía 23 años y pudiera haber sido uno de los protagonistas de la generación de Woodstock, se ha encargado, una vez más, de poner el mundo patas arriba y de darle una nueva oportunidad a la intolerancia. De la llegada del hombre a la Luna nos queda un estupendo mockumentary (Operación Luna), en el que se asegura que todo fue una patraña filmada por Stanley Kubrick. Y hay millones de seres que prefieren esta versión. Las fake news han llegado para quedarse. Al leer sobre los grandes temas de 1969 (el feminismo, las luchas de los afroamericanos, la crisis del petróleo, el nuevo Hollywood, el rock convertido en AOR, los primeros computadores…) parecería que la frase de Marx sobre la historia –la que primero se manifiesta como tragedia y luego se repite como farsa– debería ser a la inversa. El 5 de diciembre, un día antes de la tragedia de Altamont, salió al mercado el álbum de The Rolling Stones titulado Let it Bleed. Parecería ser tan solo una coincidencia que The Beatles hubiesen grabado ese año un lp titulado Let It Be (que vería la luz en mayo de 1970).

La existencia precede a la esencia. Si algo se confirmó en ese momento, es que la humanidad no ha sabido establecer la diferencia entre farsa y tragedia porque, de repente, esa distinción no existe. Por fortuna, nos sirve de consuelo el hecho de saber que, pase lo que pase, lo mejor de esta especie sin remedio se da cuando se reúne y decide armonizar los himnos que configurarán su fondo musical. En 1969 se compusieron sus mejores ejemplos. “69 année érotique” es el nombre de una canción de Serge Gainsbourg y Jane Birkin. Al parecer, ese año sigue siendo la posición predominante y se mantiene más por sus triunfos astrales que por sus fracasos reales. Todo parece indicar que la rebelión ha funcionado cuando la regla es el presente y la excepción el futuro. El problema, de repente, se instala cuando las excepciones se convierten en reglas y el presente, sin proponérnoslo, se convierte en la ciencia ficción del pasado.

*Escritor, docente y realizador. Autor de Género y destino: la tragedia griega en Colombia (U. Distrital, 2017)

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