| 8/22/2018 11:57:00 AM

El infierno de los vivos: una reflexión sobre la Medellín de hoy

El escritor Gilmer Mesa, autor de la novela 'La cuadra', la historia de un grupo de amigos durante la época más cruenta del narcotráfico, escribió para ARCADIA este ensayo personal sobre la calle, la cultura urbana del Medellín de hoy, a la luz de su violento pasado.

"Los lugares de la memoria son la verdadera patria. Entre más pasan los años, más cercanos a ella nos sentimos", escribe Gilmer Mesa. Foto: Joaquín Sarmiento/AFP. "Los lugares de la memoria son la verdadera patria. Entre más pasan los años, más cercanos a ella nos sentimos", escribe Gilmer Mesa. Foto: Joaquín Sarmiento/AFP.

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“Hace tiempo me propuse no mirar atrás

y nada ha cambiado.

Hoy que he vuelto,

me he propuesto no olvidar jamás

¿Qué? Mi Barrio es mi estado”.

Alcolirykoz

“Mi barrio es mi estado”

Los lugares de la memoria son la verdadera patria. Entre más pasan los años, más cercanos a ella nos sentimos. Tengo la suerte de tener buena memoria, y eso se lo debo, en parte, a que mi presente, mi pasado y mi futuro están anclados en un mismo sitio, el barrio popular en que nací, vivo y seguramente moriré. Mis viajes al pasado, entonces, son casi idénticos a los que realizo a diario. Mi cotidianidad está sustentada en la misma cartografía de calles grises y empinadas. Por eso siento que en mí las añoranzas son más de actitudes y gestos que de territorios, y esos son los que hoy veo difuminados por las nuevas formas de afrontar el barrio.

Cuando crecí, la cuadra era un espacio sagrado en donde todos nos sentíamos seguros. A pesar de que la muerte acechaba en cada esquina, cada quien tenía su papel manifiesto. El obrero trabajaba, las amas de casa hacían sus oficios y los bandidos tenían sus negocios. Ninguno interfería en la vida del otro. Todos sabían a qué se dedicaba cada quien, y aunque muchos solaparon y auspiciaron el desarrollo del crimen, en parte lo hacían porque había respeto por lo endémico. A ningún pillo se le ocurrió nunca una afrenta contra el patrimonio local, ni traer sus fechorías al barrio. Sus acciones las realizaban por fuera y a la cuadra retornaban para hacer fiesta o repartir las ganancias con los vecinos.

Pero incluso las dinámicas criminales han cambiado en la ciudad. El dinero escaseó y se impusieron nuevas formas de agenciarlo. La llegada de nuevos combos, compuestos en su mayoría por agentes foráneos, trajo nuevas reglas que vinculan sus ganancias al menoscabo de los recursos familiares. Se impuso la vacuna como un impuesto obligatorio en todos los barrios y los pillos pasaron de ser los muchachos de la esquina que se dedicaban a sus “vueltas” a extorsionistas de vecinos, intimidadores con armas y vendedores de vicio. Esta fue otra de las fuentes de ingreso que encontraron, el microtráfico, que en mi época era escaso y lo hacía gente del común, desligada de las mafias: señoras que habían perdido a su esposo, o sus hijos, y con ellos el sustento; familias de pobres vergonzantes que soportaban el rechazo social que su condición les daba para poder comer. Pero no los pillos. Ellos consideraban el oficio algo indecoroso y de baja estofa.

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Pero antes de todo eso, mi generación aprendía a vivir en la calle. Esa fue la verdadera escuela que nos brindó los pertrechos para valernos por nosotros mismos en el árido asfalto urbano. Ahí aprendí que todo se logra con esfuerzo y nada es gratuito; que se puede alcanzar las cosas en soledad, pero que saben mejor cuando el logro es compartido; que el respeto que no se gana, no se reclama; que la amistad es algo serio y sustancial; y que el carácter se forja en las afujías, en las desgracias y en las adversidades, y se robustece dando la cara a los problemas, resistiendo. Al fin y al cabo, ninguna dificultad supera a la inamovible esperanza que alberga el que ha vivido perdiendo.

Entre el cemento de estas esquinas entendí que la vida proviene de una fuente común y que la maldad enturbia su cauce a veces, pero no logra agotarla; y que mientras haya vida, hay posibilidad. También supe que la muerte es el único tema posible y que, si se mira con indulgencia, seduce o destruye; que en cada muerto está un poco de la muerte propia, y que no hay muertos buenos y malos, ni vivos, porque en cada uno de nosotros conviven multitudes. Todas las superioridades son temporales y engañosas, como en el juego infantil de la persecución, que en mi cuadra llamábamos “chucha”. Los que en una ronda son jueces y perseguidores, en la siguiente son perseguidos y juzgados.

Después de cumplir con las seis horas forzosas de colegio y de hacer las tareas presionado por la correa anhelante de mi madre, salir a la calle a eso de las cuatro de la tarde era hacer la vida, era emprender otro aprendizaje tan necesario como el obligatorio; pero más puro, porque se afincaba en el instinto y no en la contención. Al otro lado de la puerta anidaba la aventura.

En estas lomas inagotables aprendí lo más significativo de mi vida. De arriba hacia abajo tensamos los músculos y la entereza. Somos de la generación que creció sin metro, todo lo hacíamos a pie o en buses que casi siempre nos llevaban por la puerta de atrás para ahorrarnos el pasaje. Conocíamos al conductor, le sabíamos el apodo y hasta le ayudábamos atendiendo la registradora mientras duraba el viaje hasta el centro de Medellín. Toda una hazaña. Nos íbamos en grupo y a escondidas de nuestras madres, pues el centro de la ciudad era un lugar turbio y hostil, habitado por ladrones y gamines que distaban mucho de nuestra idea de ladrones, y asustaban. Pero ir al centro era también nuestra única posibilidad de conseguir las calcomanías de las marcas de moda que nos regalaban después de mucho rogar en los almacenes de los centros comerciales Villanueva y Camino Real, máximos exponentes del boato y el derroche paisa, hoy convertidos en construcciones opacas que nadie quiere visitar, atiborrados de almacenes de televentas y biblias. Hoy es imposibles acceder a ellos en bus, porque poco a poco los van sacando del centro, y de circulación. Sus dueños tienen que pagar una extorsión diaria que exigen, con lista en mano, los delincuentes impersonales que se han adueñado de las rutas en las comunas. Con esto cerraron para siempre las puertas traseras; las de los buses, las de los almacenes, los restaurantes, las peluquerías. Hasta el comerciante minorista debe tributar.

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Los barrios de Medellín dejaron de ser un sitio de confianza para sus habitantes y se están trasformando en la cuna fértil del hampa diplomática y legalizada. La ilegalidad ha permeado hasta lo que históricamente era legítimo. Bandidos forasteros cumplen funciones de celaduría, que cobran puntualmente cada ocho días, puerta a puerta. Distribuyen productos legales como las arepas y los huevos que los dueños de las tiendas de barrio tienen que comprar obligatoriamente, pues no dejan entrar al territorio a la competencia. Es la maquinaria criminal al servicio de la comercialización reconocida, cosa que jamás se había visto. La delincuencia ha dejado su sitio en los rincones, su actuar de solares y trastiendas, su presencia borrosa de esquina para instalarse en el centro de la actividad cotidiana, y a plena luz del día, camuflada de emprendimiento. Sus actividades bordean hoy la difusa línea que separa una cosa de la otra. No es de extrañar que seamos catalogados como la ciudad más innovadora. Hemos sabido llevar adelante la leguleya premisa oficial, tan en boga entre nuestros gobernantes, de que “aquello que no sea del todo ilegal está permitido”.

También los códigos en el barrio han cambiado. Cada vez la esquina está más cerca de la casa, pero también cada vez la gente se aleja más de su influjo porque nadie quiere patrocinar el propio expolio. Mi generación creció en un barrio físico que no existe sino en la memoria. Mi cuadra se volvió una principal que desemboca en el puente de la Madre Laura, y perdió la intimidad que transformaba el poroso asfalto en estadio para disputar mundiales en miniatura. Las casas de antaño son ahora edificios de apartamentos mínimos, en donde no cabe la incertidumbre de saber si los hijos estaban adentro o afuera. Las esquinas están vigiladas por cámaras de seguridad que alejaron a los pillos pero no a la delincuencia que ahora atiende a domicilio, y en la ciudad sobrevuela un helicóptero que produce sospechas mientras vigila.

En Medellín siempre hemos sido afectos al atajo, a la ventaja malintencionada y al ascenso inmediato esquivando el proceso. Además, nos han vendido esta fórmula como si fuera un valor, y algunos se ufanan de eso. Nuestra realidad, entonces, no es del todo innovadora. Lo novedoso es que cierta gente, jóvenes sobre todo, está viendo en esto una trampa, y se están alineando en el frente contrario –el frente del arte, la música, el teatro– como forma de resistencia. La pasan mal porque han escogido el camino largo, pero representan lo que para mí ha sido el barrio, la esperanza inamovible. En sus obras observo la pulsión trasgresora y violenta que nos hizo famosos como delincuentes, pero enfocada en dar cuenta de su entorno. No hay que negar la violencia ni enaltecerla. Tampoco inscribirse en el halago trivial. La calle muerde con dientes ásperos al que se deje, y Medellín sigue siendo agresiva y ruda, aunque tenga algo de inverosímil, una fuerza insólita que nos hace adaptarnos a todo.

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La patria interna sigue intacta. Las niñas de otrora, lastimadas por los chismes, son ahora las chismosas; los borrachos de alcohol barato siguen apostados en las mismas bancas del parque con una resistencia que envidiaría cualquier deportista. Pero en los ojos de la gente se nota el mismo anhelo. Salir adelante, como si fuera posible, como si el futuro pudiera remediar el pasado, como si en cada uno de nosotros no habitara lo vivido como un fantasma que a cada tanto le da por asustar, como si la deriva de los días venideros sirviera para disipar la culpa que todos cargamos. Tal vez ahí está la clave. Esta ciudad somos todos, por eso seguimos aguantando; por eso nos seguimos queriendo, porque al final no queda más que abrazarnos sabiendo que el daño procurado en conjunto se resuelve entre todos. Medellín es algo así como el infierno que Italo Calvino describía al final de Las ciudades invisibles: “El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.

* Escritor. Autor de la novela La cuadra, finalista del Premio Nacional de Novela del ministerio de Cultura en 2018.

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