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El regreso del Adversario: Camilo Hoyos reseña 'El adversario'

2018/10/22

Por Camilo Hoyos

Durante la mañana del sábado 9 de enero de 1993, Jean-Claude Romand, supuesto investigador y doctor de la Organización Mundial de la Salud, padre ejemplar, esposo admirable e hijo querido, asesinó con un rodillo de madera a su esposa Florence mientras aún dormía, para luego, con un rifle calibre 22 ajustado a un silenciador, dispararles a sus dos hijos: Caroline, de siete años, y Antoine, de cinco. Al día siguiente condujo su vehículo hasta la casa de sus padres en Clairvaux-les-Lacs: Aimé recibió los disparos por la espalda, Anne-Marie los recibió en pleno pecho. El perro labrador tampoco se libró. A las cuatro de la madrugada del domingo, luego de consumir barbitúricos vencidos, Romand prendió fuego a su casa, donde aún reposaban los cadáveres de su familia, y nunca esperó despertar, horas después, en manos de los bomberos.

Esta es una historia que muchos lectores conocen, pero que en el último mes ha cobrado una importancia relevante, precisamente por eso que a veces hace la literatura: volver sobre la vida cuando se creía inserta en su jaula de la ficción, o digamos de la no ficción. El autor francés Emmanuel Carrère, quien recibió el Premio de Literatura en Lenguas Romances en la edición 31 de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) recrea en El adversario (1993) la vida detrás de Romand: es decir, la manera como logró engañar durante 18 años a su familia más cercana, haciéndose pasar por quien nunca fue, y simulando tener lo que nunca tuvo, en un ejercicio que los lectores de literatura podrían reconocer como la ficción traída a la vida.

Más allá de lo que este clásico que Anagrama reeditó en su colección Compendium ofrece en su orden temático, resalta un elemento más interesante aún: la capacidad que tiene un autor para acercarse a su tema de escritura, a su propio fantasma narrativo, o simple y llanamente a una obsesión que se convierte asimismo en materia narrativa: relacionarse con lo maldito. Tal como lo cuenta en el libro, la imposibilidad de contar la historia desde una tercera persona le obligó a vincularse con la misma, a formar parte de ella, y así dio nacimiento a esa primera frase que golpea: “La mañana del sábado 9 de enero de 1993, mientras Jean-Claude Romand mataba a su mujer y a sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica en la escuela de Gabriel, nuestro hijo primogénito”. La relación con el tema va a más: no solo asiste al juicio, sino que más tarde se cartea con Romand, lo conoce a través de la escritura y por último lo visita en prisión. El 21 de noviembre de 1996 le escribe: “Mi problema no es la información, como pensé al principio. Es encontrar mi lugar en la historia”. Ya para entonces Romand había sido condenado a cadena perpetua, con un tiempo de reclusión obligatoria de 22 años; es decir, con posibilidad de salir en 2015, a la edad de 61 años.

A mediados de septiembre de 2018, Romand solicitó la libertad condicional. Parecería, con esta noticia, que puede salir del mundo de la no-ficción de Carrère para caminar de nuevo las calles de una realidad que la cadena perpetua le había despojado. ¿Quién será ahora, cómo será su nueva vida? Vuelven algunas de las palabras leídas por Carrère durante la aceptación del premio de la fil, cuando se refiere al momento en que Dickens recibe una carta de una lectora en que le dice que por sus atributos físicos, sus vecinos la comparan con la malvada Miss Mowcher de David Copperfield, novela que aparecía por entregas. En vez de pasar por alto la carta, ejerció su labor de novelista: a partir de entonces modificó al personaje. Lo cambió. Y afirma Carrère, no podemos dejar de pensar en Romand: “…Pienso que modificar la realidad soberana de su libro para no lastimar a una mujer pequeña de provincia no fue solo el mayor gesto de generosidad, sino también de la mayor libertad que puede ejercer un escritor. En el fondo, ¿la generosidad y la libertad no son lo mismo?”.

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