Esta fotografía aparece en la portada de Production of Presence, un libro que abarca la filosofía de Hans Gumbrecht. Esta fotografía aparece en la portada de Production of Presence, un libro que abarca la filosofía de Hans Gumbrecht.

El futuro es cerrado, según Hans Gumbrecht

La manera en que experimentamos el tiempo en un mundo mediado por los dispositivos digitales ha cambiado: una visión histórica de la realidad está siendo reemplazada por algo que aún no tiene nombre.

2017/11/22

Por María Alejandra Pautassi* Nueva York

Aunque trabaja y vive en pleno Silicon Valley, en la Universidad de Stanford, el filósofo y filólogo alemán Hans Ulrich Gumbrecht no tiene celular. Si toma notas, lo hace a mano y sigue dictando clase sin ayudas visuales. Solo el día en que se convenza de que la brecha de comunicación con sus estudiantes es insalvable, quizá cambie su manera de enseñar. Pero lo más probable es que antes se retire, escribió hace unos años. La suya no es una posición de resistencia política. Simplemente estos dispositivos le llegaron demasiado tarde para asimilarlos cómodamente. Con todo, él es uno de los pensadores contemporáneos que más han reflexionado sobre las implicaciones epistemológicas y existenciales del nuevo orden digital. Los seis ensayos que componen el Amplio presente: el tiempo y la cultura contemporánea (Our Broad Present: Time and Contemporary Culture), publicados originalmente en alemán en 2011, están atravesados por la pregunta sobre cómo experimentamos el tiempo en un mundo globalizado y mediado por dispositivos digitales.

Conversamos por teléfono fijo –pues no acepta videollamadas por Skype– poco antes de que viajara a Medellín, a finales de octubre, para dictar una conferencia sobre el potencial de las ciencias humanas, con motivo de la celebración de los 20 años de la Escuela de Humanidades de Eafit. Para él, la misma indagación sobre cómo experimentamos el tiempo, la presencia, en la actualidad es provocadora: “El anhelo de recuperar la cercanía existencial con la dimensión de las cosas puede bien ser una reacción a nuestro día a día contemporáneo –escribe el autor al final del primer ensayo de Amplio presente–. Más que nunca, este se ha convertido en un día a día de solo realidades virtuales, en un día a día en que las tecnologías de la comunicación nos permiten ser omnipresentes eliminando así el espacio de nuestra existencia, en un día a día en el que la presencia real del mundo se ha reducido a la presencia en la pantalla, en el que el desarrollo de una nueva ola de realities no es sino el síntoma de la impotencia más tautológica e hiperbólica”.

Uno de los argumentos que atraviesan Amplio presente es que la manera en que experimentamos el tiempo ha cambiado y está siendo reemplazada por algo para lo que aún no tenemos nombre. Según usted, este proceso inició hace más de medio siglo. ¿Cuándo? ¿Qué lo originó?

En mi libro Después de 1945 explico que mi generación (la generación de mayo del 68) estaba completamente encasillada en una visión histórica del mundo –la visión hegeliana, la visión marxista–, pero tenía la percepción de que había algo que no avanzaba de la manera en que debía; que había algo escondido, no confesado, latente en el pasado. Creo que casi toda la historia intelectual de la segunda mitad del siglo XX se puede escribir así: sacando lo que había estado latente en el pasado, para luego avanzar y darnos cuenta de que ya vivíamos en un contexto temporal diferente. En mi caso particular, esa comprensión se dio durante el famoso 11 de septiembre de 2001. Cuando escribí Amplio presente hablé de sustituir un sentido temporal por otro, pero quizá hoy diría que esa temporalidad que domina globalmente nuestra cotidianidad emergió, se articuló. Es la temporalidad con la que nos despertamos, nos lavamos los dientes y nos fumamos el primer cigarrillo del día. Al mismo tiempo, sigue habiendo contextos en los que aún domina la visión histórica del mundo. Uno de estos contextos, por ejemplo, es el sistema electoral parlamentario: para tener elecciones es necesario pretender que hay un futuro abierto (en el que se puede proyectar una acción), pues de lo contrario los partidos no podrían declarar lo que quieren cambiar. Pero nadie cree hoy en día que el futuro va a cambiar. De ahí las participaciones cada vez más bajas en elecciones. De ahí consignas como la de la pasada elección estadounidense, “Make America Great Again”. Lo que yo llamo “presente amplio” domina la cotidianidad, una que teme lo que va a acontecer en el futuro: el calentamiento global, que se agoten los recursos naturales, el crecimiento demográfico.

Antes de hablar sobre el futuro, quería preguntarle sobre el pasado. Usted dice que una multiplicidad de pasados inundan nuestro presente, a través de “sistemas electrónicos de memoria”. ¿Cómo afecta esto la forma en que producimos conocimiento?

En primer lugar, yo no diría que esa transformación depende solo de los medios digitales. Hay bastantes más factores que influyen. Pero la posibilidad de archivar y tener a disposición documentos del pasado es más grande hoy que a mediados del siglo XX. Quien escribe, por ejemplo, una disertación para una universidad desde un lugar apartado ya no tiene la excusa de no tener acceso a todos los documentos. Ya todo está disponible. Durante el aniversario de los primeros cuatro años de la Primera Guerra Mundial, las páginas web de los diarios europeos publicaban cada día materiales visuales, filmes. No quiero decir que tenemos una relación sofisticada, diferenciada con el pasado. Hablo de que vivimos en un pastness, una materialidad presente del pasado, exuberante y agobiante quizá. Y también estoy hablando de la obsesión con que cada día es el aniversario de algo: tenemos un gran problema con separarnos del pasado. Todo se está guardando. Todo se mantiene, pero al mismo tiempo, entre ese futuro cerrado y ese pasado que digo que está invadiendo el presente, estamos un poco bloqueados. Más que un poco.

En 2011, cuando publicó esta serie de ensayos por primera vez, usted ya criticaba “el poder totalizador” del big data y cómo entregamos nuestra información personal de manera voluntaria a un cerebro electrónico colectivo. ¿Qué opina sobre nuestra capacidad de actuar en un entorno dominado por máquinas?

Creo que hay una paradoja bastante evidente, bastante interesante. A largo plazo creemos que tenemos menos agencia sobre el futuro. Mi hijo mayor, por ejemplo, trabaja en una empresa de aeronáutica militar, en la que para planear lo que él y su equipo van a producir en los próximos 10 o 15 años, están intentando imaginar cómo el mundo va a ser en 2050, pero hay tantas visiones que no saben cómo orientarse. En ese sentido tenemos menos agencia, pero en lo que respecta a nuestra cotidianidad tenemos más agencia. Antiguamente, el sexo con el que se nacía era una necesidad. Hoy, gracias en parte a la capacidad calculadora de las máquinas, existe la cirugía de reasignación de género. Es decir, hay cada vez más posibilidades de escoger. O por ejemplo, la utopía de vida eterna, que antiguamente era un atributo reservado para los dioses monoteístas, hoy en día es un proyecto de investigación de la medicina. Para dar un ejemplo menos dramático, recuerdo que cuando tenía 35 años y a alguien le diagnosticaban cáncer, uno preguntaba “¿cuánto tiempo le queda?”. Hoy, a excepción de unos pocos tipos de cáncer, la pregunta es “¿con qué terapia hay que proceder?”. Es decir, en las situaciones inmediatas tenemos una capacidad de actuar incomparablemente superior a la que solíamos tener, mientras que a largo plazo somos mucho más pesimistas.

También escribió que el exagerado optimismo en la tecnología oculta el hecho de que las innovaciones puedan terminar poniendo a los humanos en situaciones de dependencia y victimización. Desde entonces, Stephen Hawking y Elon Musk han dicho que la inteligencia artificial es nuestra mayor amenaza existencial. ¿Qué opina de eso?

Es un buen ejemplo. Acabo de comprarle un Tesla a mi esposa y parece que con este carro autónomo tiene mucha más capacidad de acción que con el anterior. Con todo y eso, el mismo Elon Musk es pesimista sobre la inteligencia artificial. Para los problemas prácticos cotidianos, para las cosas más inmediatas, hay un optimismo quizá exagerado, pero cuando hablamos de cómo va a ser el mundo dentro de 50 años, ya no tenemos grandes visiones de un futuro positivo, al estilo del optimismo hegeliano, del optimismo inherente al marxismo. Nos admiramos con los avances más recientes: tengo un estudiante que está trabajando con inteligencia artificial auditiva tratando de traducir lo que decimos a datos y descifrar el tono de la voz. Pero cuando pensamos sobre los efectos acumulativos y a largo plazo de la inteligencia artificial nos volvemos muy pesimistas. La verdad no sé si Elon Musk tenga razón, pero sí participo, sí me identifico bastante con su sentimiento: si pienso en la vida de mis nietos, en la vida de mis bisnietos, soy pesimista. Pero ¿hasta qué punto ese pesimismo es algo racional? No sé siquiera si se pueda hablar de racionalidad. Yo asocio esto con ese futuro cerrado, ese futuro lleno de amenazas que se van a acercando lenta pero casi inevitablemente.

En su libro advierte sobre las concesiones que hacemos estando siempre disponibles a través de medios electrónicos: las relaciones presentes, nuestra privacidad, un sentido de novedad, profundidad de pensamiento, entre otros. ¿Qué pasa con la intimidad?

Hay ciudadanos que prohíben cualquier intervención del Estado en su intimidad. Es decir, en general hay una protección casi extática de la privacidad. Sin embargo, lo que acontece en esa privacidad, el éxtasis de un enamoramiento, por ejemplo, incluso la intensidad erótica sexual, se ha vuelto algo cotidiano. Se tiene, si así se quiere llamar, más ‘libertad’ o variedad, pero esos momentos frenéticos han perdido su intensidad. Esa intimidad que todos protegemos tanto –hablo también de ocasiones memorables como fiestas de cumpleaños–, esos momentos de intensidad íntima, que afirmamos enfáticamente como la cosa más importante de nuestras vidas, parecen estar vacíos. Ocupan proporcionalmente una parte mucho más grande de nuestro tiempo objetivo de vida, pero yo diría –al menos es mi impresión– que se sienten con menos intensidad. A mí me encanta ver deportes en vivo y cuando el equipo de fútbol americano de Stanford anota me quedo extático. Pero veo que la gente a mi alrededor encuentra eso cada vez más de ancianos, que los viejos se comportan así… Y luego los estadios se vacían apenas se acaba el juego. Yo tengo que estar con mi equipo. Si pierden, aún más, para apoyarlos. No estoy diciendo que esa forma de experimentar las cosas sea mejor, pero noto que estos momentos de intensidad pasan más rápidamente.

De hecho, usted escribe que “nadie puede simplemente alejarse de los ritmos y estructuras que constituyen nuestro presente globalizado y sus formas de comunicación”. Si no hay escapatoria ¿qué esperanza tenemos en este lento presente?

Mi mentalidad no es de resistencia política. Mi mentalidad es de ser parte de un segmento demográfico, el más viejo. Yo reclamo mi derecho no de resistir –si alguien quiere estar todo el día pegado al celular pues muy bien–, porque no tengo asociaciones distópicas o negativas con eso. No, no es una resistencia, simplemente es que no participo en ello. A mí me gusta una vida con intensidad. Por ejemplo, no sé exactamente cuántas horas trabajo a la semana, pero no me sorprendería que fueran 90. A mí me encantan los días de 16 horas en los que consigo muchas cosas. No es por la cualificación, porque a estas alturas no voy a ganar más. Pero me gusta esa intensidad y la tendencia quizá va en el sentido contrario. Yo prefiero una vida intensa relativamente breve a una vida muy extendida en la que nunca llegue a sentir momentos de riesgo y precariedad existencial que no voy a olvidar, hasta la muerte.

*Periodista especializada en temas de arte y cultura digital.

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