Ilustración: Gabriel Henao.

La desconfiguración de la empatía

La empatía es la habilidad de extender la conciencia de uno a la experiencia del otro; es tener en cuenta el estado emocional del otro al interactuar. ¿Qué implica que en plenas elecciones ese valor parezca perdido en las redes sociales?

2018/05/21

Por Carlos Cortés* Bogotá

Llevamos todo el año en campaña política: primero fueron las elecciones al Congreso, y ahora, la recta final de la elección presidencial. Cuando eso termine, empezará la campaña para las elecciones locales. O tal vez ya empezó. Saltamos de debate en debate, de una elección a otra, de un candidato al siguiente, de una promesa incumplida a una por incumplir. Es el ciclo conocido de la democracia, que se volvió omnipresente por cuenta de nuestro murmullo incesante en las redes sociales. Pero en estos tiempos, cuando más oportunidades tenemos para hablar es cuando menos nos entendemos.

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A medida que se acerca la elección, muchas personas reemplazan su foto de perfil de Twitter o Facebook por una donde posan al lado de su candidato; otros le agregan a su foto una bandera con el apellido de ese candidato o el eslogan que representa; unos más adoptan sus hashtags como gritos de batalla. El objetivo al final es el mismo: enlistarse en un ejército espontáneo que hace campaña a punta de mensajes, likes y retuits. No hablemos acá de las cuentas falsas, de bots o de influenciadores que hablan a sueldo. Hablemos de los ciudadanos que, como usted o yo, se involucran en el debate público a través de internet. En época de campaña, todos prendemos el megáfono.

Hay tensión en las redes sociales. Cuando los mensajes de apoyo no son agresivos o descalificadores, las respuestas a estos sí lo son; cuando se critica a un candidato, sus defensores despliegan rápidamente un arsenal para arrinconar al interlocutor; cuando se plantea un punto de vista, se insulta y reprocha al autor por hablar de eso y no de otra cosa. Debatir –o más bien opinar y atrincherarse– se convierte en una experiencia de supervivencia.

humanos más extremos

La polarización online no es un problema exclusivo de Colombia o de América Latina. La vivió Estados Unidos en las elecciones de 2016, el Reino Unido ese mismo año, o Hong Kong en la Revolución de los Paraguas en 2014. Partiendo de esta última experiencia, el académico Francis Lee concluye que el uso de redes sociales influye en la polarización cuando se viven escenarios políticos sensibles, es decir, “un contexto en el que la gente está particularmente motivada a exponerse de manera selectiva y a procesar información de manera sesgada”. Al compartir información parcial en grupos con identidades comunes, las personas tienden a reafirmar sus prejuicios y a volverse una versión más extrema de sí mismos.

La polarización no la producen las redes sociales de manera aislada, como se cree equivocadamente. El entorno digital reproduce y retroalimenta procesos culturales, políticos y sociales que experimentamos en el entorno físico: la información y desinformación de los medios masivos de comunicación, el discurso estigmatizante de líderes políticos y las reivindicaciones de comunidades y grupos de interés, entre otros. Y si bien la polarización no es un efecto tecnológico autónomo, las configuraciones de las plataformas sí son relevantes en ese resultado.

Por un lado, las plataformas en línea incentivan el consumo de informaciones y opiniones que reafirman nuestros puntos de vista –las conocidas “burbujas de información”–. Para no hablar nuevamente de Facebook, usemos el ejemplo de YouTube, que es hoy en día la televisión de las generaciones que nacieron conectadas. Si usted ve un video sobre avistamiento de ovnis, el algoritmo le recomendará una lista interminable de videos similares. Es decir: si usted quiere creer en extraterrestres, YouTube le tiene un menú interminable para saciarse.

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Por otro lado, las plataformas incentivan la polarización desde la arquitectura misma de la aplicación que ofrecen. La investigadora Natasha Dow Schüll, que estudia la relación entre las máquinas tragamonedas y los apostadores, explica que el diseño es un proceso a través del cual los diseñadores inscriben ciertos modos de uso en sus productos. De esta forma, “los productos resultantes llevan ‘libretos’ que inhiben o imposibilitan ciertas acciones mientras que invitan o demandan otras”. Así, las redes sociales inscriben al usuario en comportamientos desprovistos de contexto, en los que no es fácil ni deseable expresar matices o ubicarse en zonas grises: esto me gusta, esto no me gusta; mi opinión son estos 240 caracteres; mi identidad es esta colección de fotos.

Ese molde rígido de expresión impone un estándar imposible de coherencia, totalmente ajeno a las vicisitudes de la personalidad y a la necesidad humana de evaluar, enmendar y cambiar. A esta camisa de fuerza se suma que las redes sociales y la práctica social que las rodea incitan a una expresión valorada en función de la cantidad. Al medir la prominencia en vistas, likes, retuits y número de seguidores, el silencio o la prudencia equivalen al ostracismo.

el computador como mediador

El pensamiento binario que conlleva a la polarización online, sin embargo, no termina de explicar la intransigencia y la agresividad del debate en redes sociales. Una cosa es que estemos divididos en bandos, y otra muy distinta, que queramos sacarnos los ojos. ¿Por qué cuando estamos delante de una pantalla decimos cosas que jamás repetiríamos en vivo y en directo? ¿Por qué los insultos que intercambiamos en Twitter se vuelven diferencias amablemente compartidas en persona?

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Sin olvidar explicaciones culturales específicas, lo anterior obedece en parte a que cuando nuestra comunicación está mediada por un dispositivo, corremos el riesgo de perder la empatía. La “Comunicación Mediada por Computador” (o CMC por su nombre en inglés, Computer Mediated Communications) es un paradigma reciente en la interacción humana, que históricamente había sido presencial. La CMC plantea al menos dos problemas.

Primero, la descontextualización: en la interacción humana, la comunicación verbal es secundaria frente a elementos como la entonación, el volumen y la gesticulación. Esto implica que la mayor parte de intercambios que tenemos en redes sociales se limitan a la pequeña fracción de la comunicación que es estrictamente verbal. Frente a ese vacío, el interlocutor interpreta la interacción desde la limitada información que tiene, llenándose de suposiciones y prejuicios –más aún si se trata de una conversación entre desconocidos–.

El segundo problema, derivado del anterior, es que la mediatización del intercambio hace que las personas pierdan conciencia sobre sí mismas y que subestimen o dejen de lado los efectos negativos de sus actos. En consecuencia, esa pérdida de conciencia es sobre uno mismo y sobre el otro, y da paso a comportamientos impulsivos que en otras condiciones suelen inhibirse y que, especialmente, llevan a perder la consideración por los demás.

*

La empatía es la habilidad de extender la propia conciencia de uno a la experiencia del otro. Actuar con empatía indica que se está tomando en cuenta el estado emocional de la otra persona al interactuar con ella. Para el académico Michael E. Morrell, sin empatía las sociedades modernas no pueden darles a los ciudadanos la consideración necesaria para que las decisiones democráticas sean legítimas.

La empatía ofrece entonces una forma distinta de entender la deliberación democrática, no simplemente como un proceso racional para encontrar consensos, sino también como una conexión emocional. En esa medida, la empatía en la deliberación es la disposición a confluir con los intereses del otro. Pero para entender esos intereses, el otro no puede verse siempre como un rival ignorante y desinformado, ni uno mismo puede usar la información propia como un arma política. Y, sobre todo, el intercambio ruidoso en redes sociales no puede tomarse como un debate público.

Antanas Mockus habló, sin mayor éxito, de la democracia deliberativa en la campaña presidencial de 2010. La real politik se impone, le respondieron, y la idea de que la deliberación conduce a la mejor decisión es, o bien ingenua, o una forma de evadir posturas políticas claras frente a problemas sociales. Pero, si la empatía juega algún rol en esa deliberación –no digamos ya que como un motor de consensos–, ese es precisamente el puente que está en riesgo de quebrarse en estos tiempos: la tendencia a la polarización en grupos y comunidades, el riesgo de deshumanización en las comunicaciones mediadas y el pensamiento binario que incentiva las redes sociales desconfiguran la consideración mutua entre ciudadanos.

Quedémonos con ese último elemento, que es además el más novedoso en esta lista de riesgos. El hecho de que el diseño y el uso de las redes sociales nos conduzcan a tener un pensamiento binario nos priva de ver la complejidad de la opinión política contraria, pero también dificulta la formación de nuestro propio criterio político. Convertir la expresión política en un inventario de opiniones objetivadas –inmortalizadas en tuits y likes–convierte al ciudadano en auditor de sus propias ideas. El resultado es un espacio de acción reducido y una simplificación de la discusión política. El resultado también es la dificultad de empatizar con el contrario. Y, más grave aún, el resultado es la imposibilidad de ser empático con las expresiones previas de uno mismo.

* Abogado y periodista. Creador de La Mesa de Centro de La Silla Vacía

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