María Wills. Archivo Personal.

Radicales, siempre radicales

Con una columna crítica introducimos nuestro especial sobre una gran exposición en Los Ángeles ha puesto el foco sobre la rebeldía, la inteligencia y el trascendental aporte de las mujeres al arte de América Latina.

2017/10/20

Por María Wills Londoño* Bogotá

Los discursos artísticos sobre mujeres tienen muchos matices, y es importante empezar con esa aclaración. Mujeres radicales no es una exposición de arte feminista, aunque sin duda algunas artistas se vincularon a un activismo muy comprometido a partir de la década del sesenta. Es el caso de la mexicana Mónica Mayer, cuyos trabajos recuerdan el impacto que puede tener una obra cuando denuncia los abusos a lo “femenino” en una sociedad esencialmente patriarcal. Ella misma lo dice en el catálogo de la muestra: “Empecé a llamarme ‘artista feminista’ en la década de 1970 y continúo haciéndolo porque en México ese término todavía es incómodo. Trabajé con el movimiento feminista por algunos años, pero mi batalla siempre la he dado a través del arte y dentro del mundo del arte. En ello no estuve sola. Artistas como Maris Bustamante, Magali Lara, Pola Weiss y Ana Victoria Jiménez también cuestionaron la desigualdad en el arte”.

Mujeres radicales, sin embargo, abre territorios en torno a la mujer para abandonar clichés que se han impuesto en la conciencia cultural de Latinoamérica. La cuestión regional resulta esencial para entender esta nueva cartografía, que también incluye a mujeres con raíces latinas residentes en Estados Unidos.

Como dice Andrea Giunta, una de las curadoras, a partir de 1960 hay un giro iconográfico: la representación de un cuerpo físico y cultural femenino empieza a “desnormalizarse” en relación con la tradición artística previa. “El cuerpo escondido e inalterado, el cuerpo cargado de estereotipos o incluso de tabúes, vinculado a las estructuras patriarcales de nuestro modernismo normativo y heterosexual, fue intensamente cuestionado e investigado”. La mujer modelo, musa, desnuda, herencia del academicismo del siglo XIX que tan duro impactó países como Colombia, fue radicalmente rechazada para privilegiar no solo nuevas miradas, sino también una emancipación en relación con los procesos del arte. En ese sentido las mujeres trabajarán el arte desde su cuerpo, como la reconocida artista cubana Ana Mendieta, o con los deshechos del mismo, como María Evelia Marmolejo o Sophie Rivera, o también desde ideas preconcebidas sobre la mujer, como la panameña Sandra Eleta, quien hace retratos de sirvientas en poses de aristócratas.

El proyecto, es evidente, parte de una investigación rigurosa a la que se vincularon, en cada uno de los países, teóricos importantes. Por Colombia, Carmen María Jaramillo, quien dejó en el catálogo (ahora sin duda un referente central para las artes del continente) un ensayo sobre las prácticas radicales y conceptuales en Colombia, iluminando figuras para muchos desconocidas.

Colombia, dentro del balance regional de la muestra, y al contrario a lo que se cree, revela ser un país con una amplísima gama de artistas que se atrevieron a romper con cánones conservadores, y crearon pensando en conceptos vanguardistas para su época. Ejemplos de ello son la ecología (en el caso de Alicia Barney), la ciencia y la tecnología (Sandra Llano), el cine y la sensualidad (Karen Lamassonne), el paisaje y su desmaterialización (Sara Modiano) y el activismo social (Clemencia Lucena y Nirma Zárate). También están los trabajos de las tremendas Feliza Burstyn y Beatriz González, cuyas obras rompieron con la definición de arte a través del material: muebles y chatarras. Ellas, y unas cuentas más, conforman uno de los grupos más amplios de artistas de un mismo país, junto a Argentina, Brasil y México.

La muestra, a diferencia del catálogo, no privilegia lo nacional sino lo temático, y esto la hace (a pesar de su inmensidad) visceral y emotiva, sensible con la temática femenina, con el cuerpo como territorio, como semántica y como historia. Los capítulos, que son nueve, abarcan el clásico autorretrato –que se entiende de manera extendida e incluye desde diarios hasta electrocardiogramas–, el tema del cuerpo como paisaje y como mapa, el cuerpo performático, la resistencia y el miedo, la palabra y su poder, los feminismos, los lugares sociales donde brotan los estereotipos y roles, para terminar en lo erótico y lo sensual.

Para concluir, hay que mencionar lo más importante, y es el esfuerzo titánico de la gestora detrás del proyecto, la curadora Cecilia Fajardo-Hill, quien con terco empeño le dio, durante más de siete años, pulso e impulso a la muestra, no solo desde la gestión y la unión de mecenas en torno a ella, sino, ante todo, dando ejemplo a curadores e investigadores del campo latinoamericano. Fajardo-Hill logró un proyecto profundo de inmersión en la vida de cada una de las 120 artistas para entender sus procesos y poder crear un relato que hiciera contrapeso a una historia del arte que se ha configurado desde discursos masculinos.

*Curadora e investigadora de arte.

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