Rodrigo Jaramillo, el 21 marzo de 2012, cuando era presidente de Interbolsa. Foto: Daniel Reina Romero.

La gran estafa: Interbolsa, cinco años después

Un vistazo a uno de los descalabros más graves y escandalosos en la historia reciente de Colombia a la luz de 'Interbolsa. Segunda temporada', una nueva entrega de la investigación de Gloria Valencia, que en 2015 recibió el Premio Simón Bolívar al Libro Periodístico.

2017/11/22

Por María Alejandra Medina Cartagena* Bogotá

En 2012 había quienes creían que Interbolsa era “demasiado grande para caer”. La frase sirvió como subtítulo del primer libro que la periodista Gloria Valencia escribió sobre el mayor descalabro bursátil de este siglo en Colombia. La expresión se refiere a la certeza de que un gobierno evitará la inminente quiebra corporativa de una empresa que es muy importante para la economía de un país, precisamente por los efectos desastrosos que tendría. Pero, así como no ocurrió en 2008, cuando Wall Street se desplomó y las autoridades de Estados Unidos no salieron al rescate de Lehman Brothers, tampoco el too big to fail encajó en el caso Interbolsa.

El pasado 2 de noviembre se cumplieron cinco años desde la caída de la sociedad comisionista de bolsa (SCB). En 2012, la intervención de las autoridades fue inevitable horas después de que el Grupo Bolívar –dueño de Davivienda–, quizás al percibir que algo no andaba bien con las operaciones de la SCB, se rehusó a lanzar, durante la noche de Halloween, el último salvavidas que le quedaba a la crisis de liquidez por la que atravesaba Interbolsa. El aniversario del inicio de las investigaciones que dieron cuenta de conductas que cruzaron los límites de lo ético y lo legal seguro pasó inadvertido para muchos en Colombia, en donde el escándalo de corrupción del día opaca el anterior.

Precisamente por eso, Valencia acaba de lanzar Interbolsa. Segunda temporada, con el que pretendió hacer seguimiento a una historia que, en 2014, cuando salió la primera edición, apenas se estaba desarrollando. “La sociedad en estos casos queda con la sensación de que nadie se enteró de lo que pasó, por ejemplo, si los responsables entraron o salieron de la cárcel”, dice. Así que accedió a actualizar el contenido para lo que, según ella, implica también hacer un “cierre periodístico”, pues reconoce que “los periodistas empezamos una historia y, con la efervescencia de los hechos que llegan, después no volvemos sobre ellos”.

Abordar el punto de vista de las víctimas, aclarar el nivel en el que fueron reparadas y señalar las lecciones aprendidas por el mercado y el Estado están entre los objetivos de este segundo libro, que tiene 17 apartados adicionales al contenido del primero, en el que fue posible acercarse al carácter de los protagonistas: un introvertido y hasta huraño Rodrigo Jaramillo, quien en 20 años logró consolidar la firma privada más importante del mercado de valores del país; su hijo Tomás, criado en medio de todos los privilegios de la élite colombiana, y los más cercanos a él: Juan Carlos Ortiz y Víctor Maldonado. Aproximarse a sus personalidades y relaciones, para la autora, ayuda a entender lo que ocurrió. Pero ¿qué ocurrió?

Lo que por años se cocinó en Interbolsa fue lo suficientemente complejo y enredado como para que, desde afuera, a simple vista, nadie lo hubiera podido detectar por completo y para que, aún hoy, muchos no tengan claro qué fue lo que pasó. Sin embargo, como lo han expuesto las autoridades y divulgado estudiosos del tema, como Valencia, el asunto se podría resumir en que la compañía interiorizó una cultura de riesgo excesivo en las inversiones, de operaciones en las que mediaban el conflicto de interés –ser parte y contraparte en un negocio–, la falta de transparencia –por ejemplo, en la remuneración a los comisionistas para sacar ventaja en las declaraciones de renta– e incluso el manejo abusivo y desinformado del dinero de los inversionistas.

El detonante de la crisis que capturó la atención de la opinión pública hace cinco años fue uno de esos negocios que, un día, salieron mal. Se trataba de la compra de Fabricato, que Interbolsa pretendía vender después a un mayor precio y generar una ganancia. Las investigaciones han dado cuenta de que esa operación estuvo atravesada por la manipulación de la acción de la textilera, que se valorizó más de 200% en 2011, mientras que otro título que podía ser llamativo, como el de Ecopetrol, apenas creció 4% (en el mismo año), como lo expone Valencia en su libro.

Lo que ocurrió fue una negociación desmedida con la acción, lo que daba la impresión de que había mucha demanda. Por tanto, su precio subía. En la formulación de la estrategia fue clave el empresario italiano Alessandro Corridori, y en su ejecución participaron empresas de él y filiales o compañías relacionadas con Interbolsa. Cuando la gente empezó a sospechar de lo que pasaba con la valorización de la textilera, mientras esta daba pérdidas en su operación, el mercado quedó “inundado” de operaciones con la acción (los llamados “repos”), que ya nadie quería, lo que agravó una crisis de liquidez.

Cuando la comisionista de bolsa quebró, la intervención de las autoridades destapó otro delito grave: la captación de dinero del público llevada a cabo por el denominado Fondo Premium, que se promocionaba como un vehículo para invertir en el exterior. Cuenta Valencia: “La investigación adelantada por la Superintendencia Financiera llevó a detectar que recursos que la firma comisionista Interbolsa conseguía entre sus clientes en Colombia para Premium ya ni siquiera salían del país. En varios casos, los dineros se direccionaban directamente a otras compañías, con lo que se configuró la falta grave de captación ilegal”.

Desmontar todo el entramado implicó la liquidación de varias empresas como Interbolsa Comisionista, la holding (la matriz del grupo Interbolsa) y el Fondo Premium. “Incluso fue necesario establecer puentes de cooperación con autoridades internacionales para repatriar 7,5 millones de dólares que estaban en el Banco Central de Curazao, para lo que hubo que cumplir una serie de trámites muy complejos. También hubo que trabajar con el tribunal de comercio de Luxemburgo para lograr la autorización de repatriar (recursos)”, explica Francisco Reyes, superintendente de Sociedades.

Reyes se refirió también a uno de los aspectos que, según él, demoraron el trabajo de las entidades competentes: “La acción no siempre razonable de los intervenidos tratando de obstaculizar el trámite con tutelas, acciones de nulidad o maniobras jurídicas que se tienen que ir resolviendo sobre la marcha”. Por ejemplo, de Víctor Maldonado, según Valencia, se pueden contar 70 objeciones y nueve recursos y aclaratorias en el proceso de intervención. Maldonado buscó no ser señalado de captación, pues aseguraba que solo era un deudor de Premium. Sin embargo, no lo logró.

Incluso hubo una asimetría con respecto a los otros dos involucrados, que Valencia muestra: de los activos embargados en el proceso para reparar a las víctimas, 1,8% eran bienes de empresas de las que Juan Carlos Ortiz y Tomás Jaramillo fueron socios; 7,9%, de empresas de Ortiz y su familia; 0,3%, de Jaramillo y 89%, de Maldonado. Este último se mostró además inconforme con el avalúo que el liquidador dio a sus propiedades, incluida la cadena de restaurantes Archie’s, que finalmente fue adquirida por el grupo Alsea, de México, que opera otras como Starbucks y Domino’s.

Cinco años después

El superintendente Reyes afirma que el de Premium no es el mayor caso por captación que la entidad ha tenido que intervenir –no supera al de DMG, por ejemplo–, pero sí el más exitoso, incluso si se compara en el ámbito mundial. Las más de 1000 víctimas pudieron recuperar el 100% de lo que invirtieron. En el caso de la holding, unos 300.000 millones de pesos en reclamaciones se quedaron sin atender. Y todos, un poco, nos vimos afectados por el descalabro, pues las personas jurídicas y naturales involucradas, en total, le deben al fisco más de 55.000 millones de pesos en impuestos.

Valencia construyó su libro a punta de reportería, documentos y entrevistas. No habló con los implicados, pero sí con algunos de sus familiares, y se remitió a publicaciones como las de Alberto Donadío en El Espectador. La periodista pone la lupa también sobre las víctimas, que las hay de todo tipo: conocedores del mercado o personas de a pie que entregaron a Interbolsa sus ahorros de la vida, sus herencias o incluso lo único que tenían para atenderse enfermedades crónicas. “En especial les duele no ver arrepentimiento en ellos”, asegura la autora. Además, para ella, quedó demostrado que en el sistema judicial hacen falta funcionarios especializados en este tipo de asuntos para hacer los procesos más expeditos y que haya menos lugar a confusiones.

Hasta el momento en que se escribió el nuevo libro, solo iban cinco condenas, de más de 20 acusados que hay en el proceso. Sobre los “protagonistas”, se sabe que poco más de dos meses después de que Maldonado fue dejado en libertad en enero de 2017 por vencimiento de términos, Ortiz y Jaramillo fueron condenados a cinco años y nueve meses de prisión. Por su parte, Rodrigo Jaramillo, de 74 años, paga en detención domiciliaria siete años de condena.

A Interbolsa no le bastó con ser la más grande en su sector para no caer. Lo que sí ha sido demasiado grande son los efectos que el escándalo ha tenido en el mercado y en cerca de 15.000 afectados que, se calcula, dejó la debacle, incluyendo clientes, proveedores y acreedores. También hubo lecciones aprendidas. Se expidieron normas para llenar los vacíos o zonas grises que existían y de las que Interbolsa se aprovechó. Por ejemplo, se pusieron límites a los “repos” y se dio la facultad a la Superfinanciera para que vigile a las compañías matrices de conglomerados con actividad en el sector financiero, aunque no sean de naturaleza societaria (como una fundación) ni estén domiciliadas en Colombia.

“Las firmas dicen que cambió el mercado, que no se ha recuperado totalmente. Hubo un impacto en la confianza de los inversionistas. Pero las firmas aprendieron mucho, por ejemplo, en cuanto a los controles del afán desaforado en la forma como se remunera a los corredores, lo cual genera un ADN de riesgo sin límites y sin mirar consecuencias”, dice Valencia, quien recuerda el momento en el que supo de este descalabro –la peor crisis que ha cubierto en su carrera– como nada menos que decepcionante.

La de Interbolsa es la historia de una empresa que ascendió vertiginosamente, aunque no tanto como se dio su caída; de seres humanos con una ambición que dejó víctimas; de decepción, pero también de enseñanzas. No obstante, Valencia y Reyes coinciden en que nada garantiza que un desastre de grandes proporciones no se vaya a repetir. Muestra de eso es la proliferación que hay de esquemas piramidales en internet, de uso indebido de libranzas, entre muchos otros ejemplos, a pesar del control y la advertencia de las autoridades. De todas maneras, ojalá no sea ingenuo desear que algo de lo aprendido quede.

*Periodista y estudiante de Historia. Trabaja en la sección de negocios del diario El Espectador.

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