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Todos tenemos una Gema adentro

Una reseña de 'Estética unisex' de Rodrigo La Hoz.

2017/11/22

Por Tatiana Andrade

"Personajes raros en situaciones aún más extrañas” es quizá el leitmotiv de Rodrigo La Hoz y sus imágenes delirantes. Este historietista limeño publica en 2015 su segunda novela gráfica, Estética unisex. Después de Islas, publicada gracias al Premio Contracultura de Novela Gráfica en 2010, La Hoz deja constatar que su mundo es, además de complejo y elaborado –no solo por el nivel de sus imágenes sino por la narrativa que las acompaña–, un universo que se sirve de situaciones quizá pandas, superficiales, pero que al pasar las páginas se cargan de significado y se convierten en metáforas de la vida contemporánea. Una prueba de ello son los tres personajes de Estética unisex. Alberto es un vendedor de lentes que trabaja en una óptica común. Jeanette (Jeny) es tuerta y experta en tatuar maquillaje. Trabaja, junto a su amiga Gema, en una peluquería, también común, llamada, como muchas peluquerías de barrio de Lima o Latinoamérica, Estética unisex (que bien podría ser una metáfora de la nada, una estética que desde el vestuario de los personajes demuestra el despojo al que están condenados, al nudismo que enfrentan en su devenir; un nudismo que se dibuja muy bien en blanco y negro). Estos personajes marginales, o marginados, que transitan en la periferia de sus vidas, atienden a la ansiedad de su cotidianidad y descubren, tarde o temprano, la precariedad de sus existencias a través de la deformidad de su cuerpo, de la ausencia de afectos y de la inminente soledad de sus vidas. Hasta aquí podría parecer que el universo de La Hoz no tiene nada que envidiarle al de Camus, y puede ser cierto. Sin embargo, a diferencia de Camus, Rodrigo La Hoz logra que el drama y la catástrofe sean divertidos, hasta el punto de tener que cerrar el libro para gozar de una buena carcajada.

La historia parte de un terremoto que provoca el colapso de una planta nuclear en Fukushima. Un universo catastrófico muy acorde con nuestros tiempos. Sin embargo, La Hoz inserta en este choque apocalíptico de ruinas en blanco y negro a una anciana, casi desnuda, preguntándose dónde está. Un arranque bastante cinematográfico que funcionaría como el teaser de una película de suspenso. Luego de la tragedia nipona, sin mucha dilación, la novela presenta a Gema, una limeña de clase media, la nieta de aquella abuela que camina sobre los escombros; una mujer que sufre de demencia precoz, en el sentido clínico freudiano: malhumorada, infeliz, que toma pastillas antidepresivas –robadas por el esposo farmaceuta de su amiga– para controlar su tembladera y su incipiente psicopatía, que la incita a tener el impulso de cortar las orejas de sus clientes al peluquearlos. Gema y Jeny irán elaborando teorías desopilantes sobre la desaparición de la abuela, cuando encuentran, en la casa de la anciana, fotografías de desnudos que bailan alrededor de una piedra. El misterio se desborda cuando Gema recibe un correo electrónico de un Sr. Oka, quien le informa que su abuela está desaparecida en Japón, después del terremoto. Ese misterio es la columna vertebral de esta novela, que de una forma sutil y elegante se cruza con la historia de Alberto, un cristiano que reboza de ansiedad a sus 60 años y que atraviesa una aventura, también apocalíptica y extrema, al lanzarse a explorar el descubrimiento tardío de su homosexualidad. El entramado de historias, destinos cruzados, revelaciones, religión y apocalipsis de este autor de cómic de 35 años, quien visitó Bogotá por el más reciente festival Entreviñetas, está contenido en un universo gráfico elaborado y pensado que no deja nada al azar: cada cuadro y cada secuencia es un universo en sí mismo, donde detalles como pintar una uña, presionar el timbre de una casa o tomar el ascensor animan a pensar en que la suma de actos insignificantes y autómatas de la vida cotidiana puede derivar en una estrepitosa explosión nuclear dentro de los personajes.

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