Página de la cartilla de lectoescritura y matemáticas de las Farc. Página de la cartilla de lectoescritura y matemáticas de las Farc.

Esto dicen las cartillas educativas de las Farc

En estos documentos recién revelados, las Farc se daban a “la dura labor de educar y de educarnos”. Leídos hoy, con los fusiles silenciados, muestran que estar en la guerrilla no fue una actividad transitoria, sino una forma de vida que desconocimos y seguimos desconociendo.

2018/09/24

Por Andrea Mejía*

Este artículo forma parte de la edición 156 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Las cartillas de las Farc, que conforman el informe de dieciocho mil páginas que una delegación de militares le entregó el pasado 21 de agosto a la Comisión de la Verdad, son una especie de proyecto enciclopédico en el que se intentó plasmar una visión del mundo; un medio de enseñanza y adoctrinamiento que formó parte de un proyecto político hoy fallido, fallido porque históricamente los caminos para la lucha armada se han cerrado. Las cartillas recogen conferencias mecanografiadas, páginas manchadas de tierra y barro, archivos digitales con textos escritos por altos miembros de la organización o en colaboración de ellos, facsímiles de fotocopias descoloridas sobre la teoría de la guerra. Hay una cartilla de lectoescritura y matemáticas, una extensa cartilla de filosofía, textos sobre psicología individual y de masas, una cartilla de “instrucción de fuego” con dibujos a mano que ilustran principios al parecer básicos de estrategia militar, fórmulas químicas para la fabricación de explosivos, manejo de armas, cosas útiles de ese estilo; es decir, una combinación extraña de manuales para la guerra y textos escolares improvisados pero realizados con esmero y, se puede decir, con cierto cariño.

Las letras y los números

“Con el estudio somos independientes en la idea y en obra, pensamos como queremos y no como otros quieren que pensemos. El hombre debe aprender todo por sí mismo”, escribe Rubín Morro en la introducción a la cartilla de lectoescritura y matemáticas. Y añade: “Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejército del Pueblo (Farc-EP), están integradas por el pueblo, algunos tienen unos rudimentos básicos, otros un poco más avanzados y, a decir verdad, una gran cantidad son analfabetas. Las Farc son una gran escuela, acá en nuestras filas es una obligación estudiar”.

Entre letras con los colores del arcoíris y cánticos sobre los tesoros del saber, aparece el alfabeto. Be de “bala”, de “botas”, de “binoculares”, de “bomba”, de “búnker”, no de bebé burgués. Ce de “cañón” o de “caleta”. De de “dinamita”. Efe de “fusil”. Ge de “granadas”, o de “guerrilla”, o de “guerra”. En la eme encontramos el adagio “Manuel ama al pueblo” en vez del famoso “mi mamá me mima”. La pe es de “popular”, pero no en el sentido de una personalidad que gobernará dentro de diez años o que será nuestra cantante pop preferida.

Página de la cartilla de lectoescritura y matemáticas de las Farc.

En cada letra, además de objetos y conceptos presentes en la vida cotidiana de un guerrillero o una guerrillera, hay otros que pertenecen a todas partes y a ninguna, como “mago” o “sapo” o “sombrero”. Y la ye, que es de “yate”, parece más un chiste afortunado o infortunado, dependiendo desde dónde se mire.

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Cada letra viene acompañada por una oración no precisamente neutral en términos ideológicos. Se trata de las tradicionales planas, es decir de ejercicios de repetición y reiteración de letras y palabras, pero también del sentido que ellas forman, de consignas o consejos, de máximas: “Las Farc-EP son ante todo una organización revolucionaria”, para la letra ce y sus combinaciones; o “Los revolucionarios debemos ser sencillos y respetuosos con la población civil”, para la pe; “En los últimos 59 años, el régimen colombiano ha apuntado sus cañones contra el pueblo”, para la letra eñe. De tal manera que al aprender a leer se están aprendiendo también verdades básicas para la vida, indemostrables pero al parecer autoevidentes.

En cuanto a las enseñanzas matemáticas, queda claro que hay una diferencia entre las verdades matemáticas y las verdades consideradas históricas. Sin embargo, también son dicientes los ejemplos y ejercicios: “Si en un proveedor caben treinta tiros y hemos disparado siete, ¿cuántos quedan en el proveedor? Si queremos parar cuando lleguemos a quince, ¿cuántos más podemos disparar?”. No sé por qué este problema aritmético me hizo recordar un cuento que yo adoraba cuando era niña. Trataba de dos hermanas a las que les dejan de tarea un problema en el que tienen que calcular, según los datos, el número de árboles que hay en un bosque x, y el problema es tan difícil que ellas se van al bosque a contar los árboles.

Página de la cartilla de lectoescritura y matemáticas de las Farc.

Además de las letras y sus combinaciones y de las planas de escritura, hay textos para practicar la lectura. Uno de ellos es la narración que hace Manuel Marulanda Vélez de sus primeras experiencias de combate. El escrito puede leerse como un documento histórico que nos permite recordar los orígenes de las Farc en el surgimiento espontáneo e improvisado de un grupo de autodefensas liberales campesinas en condiciones muy precarias. Después de contar unas primeras derrotas y unas pequeñas victorias, Marulanda Vélez, quien llegó a ser el guerrillero más viejo del mundo, interpela a su audiencia diciendo: “Vean ustedes cómo ha comenzado ese proceso para ir consiguiendo las armas”. Hoy en día las Farc han entregado sus armas. 26 toneladas de armas. Con la tercera parte de ellas se fundió el suelo grisáceo y corrugado que servirá de espacio para la reflexión y la memoria en el contramonumento hecho por Doris Salcedo en Bogotá. Las demás armas serán la materia de dos intervenciones artísticas más, una en Nueva York y otra en Cuba, tal como quedó pactado en los acuerdos de paz. Pero lo que suceda con la transfiguración política de las Farc, con el tránsito de una guerrilla armada a un partido político, es algo mucho más incierto que la metamorfosis artística de las armas depuestas por esta guerrilla recién disuelta.

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El texto “Pasajes de la vida guerrillera y la luciérnaga fariana”, cargado de lirismo, cuenta experiencias cotidianas de la vida guerrillera: la construcción de un campamento para una asamblea general, caminatas entre la selva, el baile de un 31 de diciembre constantemente interrumpido por alarmas antiaéreas, la idea que tuvo una enfermera de encerrar cocuyos dentro de una linterna para alumbrar la oscuridad de la noche. “La guerrilla es una gran comunidad, colectiva y trashumante, construye bajo la inmensa selva sus cambuches”, escribe Rubín Morro, autor también de este texto. La vida guerrillera aparece aquí romantizada, claro, pero también aparece desde una perspectiva cercana, situada, que nos recuerda que un testimonio nunca es neutro y que por eso precisamente es importante oírlo y prestarle atención.

Estas cartillas no solo transparentan la ideología fariana, cosa que no es sorprendente, sino también una forma de vida concreta. La guerrilla no fue una actividad pasajera, transitoria. Tampoco fue una ideología abstracta. Fue una forma de vida que desconocimos y seguimos desconociendo. Como si “al margen de la ley” la vida se hubiera suspendido. Una forma de vida quizá extinta, pero que marcó el destino de muchos seres humanos de carne y hueso durante más de cincuenta años de historia.

El materialismo como filosofía única

Escrita por Joaquín Gómez, la cartilla de filosofía (montañas de Colombia, 2008), es particularmente interesante. Se inscribe en una noción antigua de la filosofía, según la cual esta es la ciencia que se ocupa de la physis, es decir, de la naturaleza, de los principios de la materia y el movimiento, de las causas, de los principios primeros de la realidad, de todo lo que es. Filosofía y física fueron un dominio indistinto hasta que la filosofía se dedicó a la creación y al análisis de conceptos, conceptos que son inmateriales aunque reales, o eso cree al menos una buena parte de los filósofos, empezando por Platón.

La cartilla fariana de filosofía no es una historia de la filosofía en general, ni una historia de las ideas o de ciertas ideas, sino más bien una historia del materialismo y de la materia, una historia encaminada al materialismo dialéctico de Marx y Engels. El materialismo es la doctrina filosófica que cree que todo lo que hay es materia. Es decir, que en la realidad no hay espíritu, ni mente, ni ideas, ni sentido, o al menos no de la misma forma fundamental y primera en que hay materia. Demócrito, Epicuro, Lucrecio, Hobbes y, por supuesto, Karl Marx, el materialista más famoso de la historia, hacen parte del panteón del materialismo filosófico.

Una página del manual de filosofía de las Farc, escrito por Joaquín Gómez.

Los demás caminos de la filosofía apenas si se insinúan en la cartilla y son descartados como delirios filosóficos: el escepticismo de David Hume, o el idealismo trascendental de Kant, por decir algo, no son más que fantasías, “extravagancias filosóficas”.

Toda la primera parte de la cartilla de filosofía es una compilación de principios básicos de cosmología: qué es el universo y cómo se formó, cuáles son sus estructuras y qué tipos de cuerpos celestes gravitan en él. Galaxias, Vía Láctea, Sistema Solar; la Tierra con sus movimientos y sus estructuras geológicas; la medida imaginaria del tiempo por los paralelos; el origen de la vida y los caminos evolutivos que llevaron por selección y azar a la especie humana. Muchas citas de autoridad acompañan este rápido compendio materialista, como esta de Joseph Stalin: “Nosotros sabemos, por ejemplo, que en un tiempo la Tierra era una masa ígnea incandescente; después se fue enfriando poco a poco, más tarde surgieron los vegetales y los animales, al desarrollo del mundo animal siguió la aparición de una determinada variedad de simios y luego a todo ello, sucedió la aparición del hombre. Así se ha producido en líneas generales el desarrollo de la naturaleza”. Lo de Stalin era al parecer la ciencia pura.

Educar para la libertad

Las cartillas de las Farc, además de ser un documento histórico valioso y una forma de acercarnos a “el guerrillero”, un otro lejano, romantizado o demonizado, son una oportunidad para reflexionar sobre lo que significa un proyecto pedagógico. En algún momento en las cartillas se habla de “la dura labor de educar y educarnos”. Suponiendo que sepamos qué quiere decir “educar”, cosa de la que no estoy segura en absoluto, ¿por qué la educación ha sido por lo general ligada a la labor y a la dureza y no a la dicha, a la creatividad y a la libertad? No solo en este proyecto fariano de izquierda, sino también en proyectos educativos católicos, o fascistas, o incluso en proyectos cuya obsesión es el método racional cuantificable, la educación se asocia con el esfuerzo penoso. “El ser humano que no ha sido maltratado no necesita ser educado”, dijo Goethe, y me parece un juicio notable. No es que Goethe sea una figura de autoridad que deba reemplazar a Marx. Marx es un genio. Goethe es otro. Quizá entre más figuras de autoridad graviten en torno a nuestras cabezas, más ricos serán nuestros pensamientos y nuestros juicios. Pero creo también que la educación, o el aprendizaje continuo a lo largo de una vida humana, debe propiciar la experiencia de orientarse en ausencia de toda autoridad. La búsqueda de la verdad solo tiene sentido en la ausencia de la autoridad. De lo contrario no es más que la transmisión de un dogma, pensamiento petrificado.

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Quizá se pueda educar para la libertad. Para que el pensamiento se vivifique y la vida se llene de más vida. A lo mejor educar puede querer decir educar para pensar, para pensar de otros modos posibles, es decir, para abrir caminos nuevos en el pensamiento y no para reiterarlos de forma recalcitrante.

Debe existir una diferencia entre adoctrinar y educar. Y debe también existir una diferencia entre usar seres humanos como herramienta de un proyecto revolucionario y formar seres competitivos y funcionales para una sociedad capitalista. Lo segundo como proyecto educativo es muy triste también.

“Nuestros mandos y secretarios políticos deben enseñarnos a construir y a pulir nuestra personalidad”, puede leerse en las cartillas. En ellas queda claro cómo un proyecto ideológico implica siempre la construcción de una personalidad, de una subjetividad individual y común, del mismo modo en que el capitalismo liberal supone y refuerza creencias, hábitos, formas de ser, personalidades, sujetas también, al consumo, a un hedonismo pobre e irreflexivo. Pero la “subjetividad” no es solo un producto, y las potencias anímicas y creativas de los seres humanos no se reducen a las ideologías que sostienen un sistema. La pregunta por la educación es entonces cómo llegar a ser lo que podemos ser de la manera más libre posible. Sin ser meros instrumentos de las necesidades productivas de un sistema de valores, sin que nuestra existencia se reduzca a un ajustarse a las reglas de una cierta forma de vida. La pregunta que surge también es cómo gozar de lo común sin perder nuestra singularidad y cómo desplegar los propios poderes sin aislarnos en un individualismo desértico.

Todas estas preguntas pueden ser importantes. Pero hay una reflexión que me parece urgente: la afirmación de Rubín Morro en la introducción a la cartilla de lectoescritura, según la cual una gran parte de los combatientes de las Farc no sabía leer y escribir, y otra muy buena parte había recibido una educación muy pobre, corresponde a una realidad histórica. Para ellos se escribieron estas cartillas. La pregunta es si un Estado que no ha podido siquiera ofrecer una educación básica a todos sus ciudadanos no es también un proyecto político en gran parte fallido.

*Escritora, filósofa y columnista de ARCADIA. Autora de La naturaleza seguí propagándose en la oscuridad (Planeta, 2018), su primer libro de cuentos.

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