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El falso abismo: ¿por qué la distancia entre humanidades, ciencia y arte?

La mayoría de los intelectuales parece haber renunciado del todo a un sistema de verificación de sus propias ideas. Esa peligrosa decisión muchas veces los encierra en una retórica solipsista –por no decir onanista– que poco tiene que ver con la naturaleza y la realidad física. ¿Por qué solo nos han enseñado la distancia entre humanidades, ciencias y artes, y no sus costuras?

2018/04/17

Por Pablo Correa* Bogotá

Este artículo forma parte de la edición 151 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Recuerdo que un día, hace ya varios años, en una de esas notas pequeñas que encabezan las páginas de El Espectador, y que en el argot de la redacción llamamos “balcones”, decidí publicar una noticia científica sobre cucarachas. Se trataba de un descubrimiento curioso sobre su sistema social. Para mi sorpresa, al día siguiente, un prestigioso profesor de la Universidad de los Andes se burló del periódico en Twitter por darle relevancia a algo, según él, tan insignificante.

Lo que para mí era una noticia fascinante para él era una nimiedad. Donde aquel profesor solo veía una cucaracha en realidad se escondía un esfuerzo por descifrar, desde una perspectiva biológica y evolutiva, los caminos comunes (o disímiles) del comportamiento animal, y por ese camino, eventualmente, una nueva antropología.

Más que irritarme, su comentario me confirmó una vez más la peligrosa brecha entre muchos de nuestros “intelectuales” y las ciencias. La mayoría de ellos, formados en facultades de Derecho, Economía, Ciencias Sociales, Artes y Humanidades, parecen haber renunciado a un sistema de verificación de sus propias ideas. Una decisión peligrosa que en muchas ocasiones los ha dejado encerrados en lenguajes solipsistas –por no decir onanistas–; maestros de la retórica, que cada día recrean un mundo de códigos propios que poco o nada tienen que ver con la naturaleza y la realidad física.

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¿Por qué a lo largo de toda una educación en Colombia solo nos han enseñado la distancia entre humanidades, ciencias y artes, y no sus costuras? Mientras estudiaba Medicina, las artes habían sido nada más que una decoración en el currículum, una exquisitez intelectual de tercer orden después de las clases de fisiología, patología o bioquímica. En la Facultad de Comunicación Social, en la Universidad Javeriana, las ciencias exactas eran más unas “ciencias oscuras”, preocupaciones reservadas para estudiantes de otras facultades.

Por aquella misma época del episodio de las cucarachas, Edward Wilson, uno de los científicos más lúcidos de la actualidad, que ha dedicado su vida a estudiar a otros seres tanto o más insignificantes, las hormigas y su sistema social, había visitado Colombia. En la mirmecología (el estudio de las hormigas), Wilson encontró un puente entre las ciencias exactas y las humanidades. Logró, observando filas de hormigas, una privilegiada visión de la naturaleza humana. Alejandro Gaviria, quien lo acompañó en una visita a Mariquita –siguiendo los pasos de Mutis– escribió una crónica en la que recordó que en 1975, al publicar su libro Sociobiología, “generó una de las polémicas más candentes en la historia de las ciencias”. “Wilson sostiene, en el capítulo final, que el comportamiento social de la especie y la misma naturaleza humana tienen una fundación biológica. Que la ética y la estética tienen una base genética. Que estamos preprogramados de emociones y conocimientos. Que la cultura no arranca de cero, que construye sobre lo heredado”. En su momento, Wilson fue acusado de racista e ideólogo de un sistema político injusto por parte de colegas desinteresados en las ciencias.

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Una sola cultura

En mi caso, no fueron las hormigas la costura entre el mundo de las ciencias y las humanidades. Lo fue el periodismo científico y la divulgación de la ciencia. Primero, en las revistas Muy Interesante, que mi papá dejaba como un anzuelo sobre una mesa en la casa de la infancia. Luego en los relatos de Oliver Sacks, en los que encontré la literatura al lado de la psiquiatría y la neurología. Jay Gould me enseñó que el dedo pulgar del panda esconde una respuesta contra dios y a favor de la evolución. Antonio Damasio, a partir de los avances en neurociencias, me hizo ver cuál fue el error de Descartes. Wade Davis me reveló la geografía de Colombia a través de los ojos de un botánico como Richard Evan Schultes. Un poco más acá, Siddhartha Mukherjee ordenó amablemente las ideas y descubrimientos de un siglo sobre el apabullante peso de los genes en prácticamente cada acto de nuestras vidas. En revistas como Scientific American, New Scientist, Nature, Science, en los reportajes de Karl Zimmer en The New York Times y en las columnas de Klaus Ziegler y Julio César Londoño en El Espectador fui encontrando, al igual que miles de lectores, un panorama de preguntas, respuestas e hipótesis que abarcan desde los primeros segundos del nacimiento del universo hasta los deslices del psicoanálisis.

Una tarde de 2012, cuando apenas me instalaba en Boston por una temporada, me topé con una sencilla verdad en una de las paredes del Museo de Ciencia de Massachusetts Institute of Technology (MIT): “La idea de que el arte y la ciencia representan dos culturas separadas jamás ha tenido sentido en el MIT”. En la siguiente sala, había una sorpresa adicional. Una exposición de la fotógrafa Berenice Abbott, discípula de Man Ray. En los años de la Guerra Fría, conscientes de la necesidad de formar una nueva élite intelectual capaz de jalonar la ciencia en Estados Unidos, a Berenice Abbott le fue confiada la tarea de elaborar las imágenes necesarias para enseñar física a los niños y adolescentes estadounidenses. El resultado fue una serie de imágenes llenas de belleza, que también cumplían con un objetivo pedagógico. En alguna ocasión, señalando una costura más entre ambos mundos, Abbot dijo: “Existe una unidad esencial entre la fotografía, hija de la ciencia, y la ciencia, el padre”. Después de todo, la fotografía y el cine fueron antes de cualquier cosa un instrumento científico. Lumière y Thomas Alba Edison conocían el revolver photographique que construyó Pierre Jules César Janssen para documentar el paso de Venus frente al sol en 1874, y también los experimentos de Eadweard Muybridge para retratar el paso de caballos y resolver un debate sobre la secuencia del galope.

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Por aquella época, en la que esas costuras entre ciencia, humanidades y artes se hacían evidentes, cayó en mis manos el libro The Romantic Conception of Life de Robert J. Richards. De repente, todos los autores que había leído en las clases de Romanticismo con Javier González Luna en la Universidad Javeriana estaban emparentados con los de otro estante de la biblioteca. Resultó que la concepción de la naturaleza de los biólogos de principios del siglo XIX, principalmente en Alemania, se fundaba en la filosofía de la naturaleza que Kant, Schelling y Goethe habían trazado. “Los científicos alemanes que adoptaron inmediatamente el legado de los primeros escritores románticos generalmente aceptaron las proposiciones metafísicas y epistemológicas de la Naturphilosophie. Pero también incorporaron consideraciones estéticas y morales en su pensamiento sobre la naturaleza... Esto significaba que la experiencia y la expresión artística deben operar en armonía con la experiencia y expresión científica: y de manera complementaria, las leyes de la naturaleza deben también ser aprehendidas y representadas por las pinturas del artista o la metáfora del poeta”.

En los salones de Jena, la ciudad que congregó en sus inicios a los románticos alemanes, se asomó Alexander von Humboldt. Como lo recordó recientemente Andrea Wulf en su hermoso libro La invención de la naturaleza (2017), “las descripciones de la naturaleza que hacía Goethe en sus obras, novelas y poemas eran, a juicio de Humboldt, tan verídicas como los descubrimientos de los mejores científicos. Nunca olvidó que Goethe le había animado a aunar naturaleza y arte, hechos e imaginación. Y ese nuevo énfasis en la subjetividad fue lo que le permitió vincular la anterior visión mecanicista de la naturaleza que habían promulgado científicos como Leibniz, Descartes y Newton con la poesía de los románticos. Humboldt se convirtió en el nexo entre la óptica de Newton, que explicaba que el arcoíris se generaba cuando las gotas de lluvia refractaban la luz, y poetas como John Keats, que declaraba que Newton había destruido toda la poesía del arcoíris al reducirlo a un prisma”.

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Hacia mitad del siglo XX, ciencias y humanidades ya se habían convertido en antípodas académicas. Preocupado por el abismo que se abría entre ellas, en 1959 el novelista y científico Charles Percy Snow dedicó la prestigiosa conferencia de la Rede en la Casa del Senado en Cambridge, Inglaterra, a discutir el asunto. “Creo que la vida intelectual de toda la sociedad occidental se está escindiendo cada vez más en dos grupos polarizados… En un polo tenemos a los intelectuales literarios, quienes, de paso, mientras nadie miraba, tomaron la costumbre de referirse a sí mismos como ‘intelectuales’, como si no hubiera otros. Los intelectuales literarios en un polo, y en el otro, los científicos, siendo los físicos los más representativos. Entre ambos, un abismo de incomprensión mutua, a veces (particularmente entre los jóvenes) hostilidad y desagrado, pero sobre todo falta de entendimiento. Cada grupo tiene una curiosa imagen distorsionada del otro”, señaló Snow en aquella famosa conferencia titulada “Las dos culturas”.

Para Snow no tenía mucho sentido que resultara una vergüenza no haber leído una obra de Shakespeare, pero que no importara desconocer principios básicos de la física como la aceleración y la masa. Pero acercar las ciencias y las humanidades no es esnobismo intelectual. El desentendimiento de la ciencia y la tecnología por parte de una sociedad conduce a una brecha más peligrosa: una brecha de desigualdad en el bienestar de los seres humanos. Lo contrario, la marginación crítica y reflexiva de las humanidades puede conducir a una deshumanización. Snow nos advirtió en su ensayo que “cerrar la brecha entre nuestras culturas es una necesidad en el sentido intelectual más abstracto, lo mismo que en el más práctico. Cuando ambos sentidos se desarrollen por separado, no habrá sociedad que pueda pensar con sabiduría”.

Este año, un heredero de C. P. Snow, Richard Dawkins, un evolucionista, gran divulgador científico y un ateo sin remordimientos, visitó Colombia y acaparó la atención de los medios al medirse en un duelo intelectual con el padre jesuita Gerardo Remolina sobre la existencia (o no) de Dios. En su autobiografía Una luz fugaz en la oscuridad, Dawkins rememora la queja de Snow y se pregunta si ha sido testigo en las últimas décadas del nacimiento de una tercera cultura en la que algunos novelistas se han nutrido de la ciencia y en la que, al mismo tiempo, científicos de diversos orígenes son capaces de embelesar a una comitiva de historiadores, periodistas, filósofos y literatos con sus aventuras e ideas científicas. Él mismo representa el mejor ejemplo de un científico que a través de la escritura, la filosofía y la ciencia ha intentado cerrar la brecha. No creo que esa tercera cultura haya nacido en Colombia con la fuerza que se requiere. En el panorama intelectual colombiano se sigue aplaudiendo con rapidez la destreza retórica antes que la solidez de las ideas.

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Epílogo

Hace poco ocurrió un episodio que me recordó la moraleja de aquel profesor y las cucarachas. Esta vez la protagonista fue una joven periodista, enfebrecida por los debates sobre género con una postura en la que parecía que la biología humana era un invento de papel, y todos nuestros problemas sociales se reducen a un asunto cultural, a una herencia perversa, a una garrafal falla educativa que ella está dispuesta a corregir. Intenté argumentar que estaba a favor de que como sociedad busquemos la igualdad, corrijamos errores del pasado, pero que dejar por fuera a la biología en este debate era una torpeza. La especie humana está atravesada por atavismos biológicos que deben ser comprendidos antes de cualquier política. Entender el balance de genes y cultura es indispensable para evitar los dogmatismos.

Recomendé que leyera un ensayo titulado “Por qué las feministas deben entender la evolución”. La autora, Marta Iglesias, advierte al comienzo del ensayo que su objetivo “es explicar por qué las causas de la diferencia entre hombres y mujeres no son meramente culturales o el producto del adoctrinamiento patriarcal. Competencias deportivas separadas y distintas disciplinas médicas de la ginecología y la urología atestiguan las diferencias biológicas más obvias entre hombres y mujeres. Pero el método científico –un proceso cooperativo, crítico y autocorrectivo que ha formado parte de enormes avances tecnológicos y médicos– también puede ayudarnos a entender las diferencias más sutiles entre los sexos en intereses y aspiraciones. Y es entender lo que realmente somos lo que nos hará libres”.

Casi sin respirar, la periodista respondió: “Darwin era un hombre y por lo tanto su teoría era machista”. Quedé boquiabierto sin saber bien qué responder a esa tontería. Lejos de la ciencia se corre un gran riesgo de que cualquier discurso termine en un pajazo mental. Es tan fácil pensar lo que se quiere sin tener que rendir cuentas a la tozuda realidad física y natural. Y esa falibilidad de nuestra mente, muchas personas no están dispuestas a tolerarla. Prefieren vivir, como lo describe Wislawa Szymborska en su poema “La utopía”, en la “isla en la que todo se aclara”, cerca del “árbol de la Suposición Correcta” entre “la caverna en la que se encuentra el sentido”, “el lago de la Convicción Profunda” y “el valle de la Seguridad Inquebrantable”.

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* Editor de la sección Vivir de El Espectador. Autor de La pregunta difícil, la biografía de Rodolfo Llinás.

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