Constanza Ramírez, directora de la Asociación Otras Voces y productora de proyectos artísticos, sostiene un cubo de la obra "Souvenir", de Sair García.

Un pabellón de la FILBo recreará el Museo Nacional de Memoria Histórica

En el pabellón 20 de Corferias, en un área de 1200 metros cuadrados, se construirá una réplica del Museo Nacional de la Memoria Histórica, que abrirá sus puertas en 2020. Como una especie de laboratorio, la exposición pondrá a prueba públicamente, por primera vez, esta pregunta: ¿Cómo hacer un museo de memoria histórica en un país donde la guerra aún no termina?

2018/03/21

Por Mauricio Builes* Bogotá

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Corría la época de combates y masacres en el Bajo Atrato Chocoano. Principios de milenio. Una comitiva de defensores de derechos humanos visitó Jiguamiandó y Curvaradó para constatar cuántas familias habían tenido que desplazarse. Mientras caminaban, vieron lo que parecía ser una casa de madera en medio de la maleza. Decidieron llegar hasta ella y tocar a la puerta. Nadie contestó. Se asomaron por una de las ventanas y vieron una hilera de utensilios de cocina colgados en las paredes. Casi todos estaban perforados por proyectiles. Vieron algunas muñecas sucias tiradas en el piso y restos bélicos sobre una mesa. Algunas paredes también estaban perforadas. Más que una casa abandonada, el lugar parecía una metáfora de la guerra chocoana que pocos conocían. Nadie supo nunca si los dueños dejaron esos objetos como evidencia de abandono o de muerte. La imagen para aquellos que llegaron hasta la casa de madera fue más una muestra de resistencia al olvido.

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En parte, esa es la intención del Museo Nacional de la Memoria Histórica (CNMH) cuando, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, presente su primera gran exposición, Voces para transformar a Colombia. Un pabellón exclusivo para el Museo y su nueva apuesta narrativa por contar el conflicto armado, la manera como las víctimas han resistido a él y las rutas a través de las cuales cada uno de nosotros podemos contribuir a cambiar la historia para que todos, con nuestras diferencias, por fin quepamos en este país.

Es un relato en construcción. La guerra y sus memorias aún no terminan, siguen asesinando líderes, y ese es, precisamente, el reto del Centro Nacional de Memoria Histórica que, por mandato, ha liderado la construcción física y social del museo. A diferencia de otras guerras, los actores involucrados en Colombia son múltiples, a veces difusos; las raíces son sociales, económicas, étnicas, ideológicas, de género, y sus dinámicas a nivel territorial, distintas. La misma degradación de lo que ha ocurrido desde hace sesenta años complejiza el relato.

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Entonces, ¿cómo hacer para que todos se sientan identificados con lo que expondrá el museo? ¿Cómo se integra, en un mismo espacio, el testimonio de un awá de Nariño, un campesino del Carare, un soldado víctima de una mina antipersona, un militante de la UP y un empresario de Medellín?

Es muy difícil que, una vez abiertas las puertas, todos los visitantes salgan satisfechos. El conflicto armado colombiano, complejo y mutante, ha dejado múltiples víctimas, pero como dice Rubén Chababo, exdirector del Museo de la Memoria de Rosario (Argentina), “su importancia radica en la capacidad que tenga ese guion, esa narrativa, de interpelar las sensibilidades adormecidas haciendo que quien se enfrente a esas imágenes y relatos pueda decir ‘esto me incumbe’ como colombiano, como latinoamericano, o más exactamente, como miembro de la especie humana”.

No es una tarea fácil. El museo es un puerto de anclaje de todo el trabajo investigativo y archivístico que el CNMH ha hecho durante diez años. Además, será el lugar que recoja los hallazgos y contribuciones de la Comisión de la Verdad.

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En los últimos años, después de décadas de silencios impuestos por los dominios armados, centenares de personas han contado historias íntimas, han revelado secretos a los investigadores del CNMH y han manifestado lo vivido en poemas, obras de teatro, pinturas, expresiones que han enriquecido los informes de esclarecimiento. Hoy, muchas de ellas esperan que el museo dignifique aún más sus voces y se convierta en una oportunidad para recordar experiencias que no necesariamente vivimos todos.

A comienzos de este año, el CNMH y el Museo Nacional realizaron una exposición titulada Endulzar la palabra. El relato estaba dividido en seis momentos que daban cuenta de lo que ha significado la construcción de memoria histórica para los pueblos indígenas. Uno de sus protagonistas, Gil Farekatde, líder del pueblo Huitoto del Amazonas y quien ayudó en la curaduría y construcción de algunas de las piezas, dijo en la inauguración: “Todo lo que hagas se tiene que hacer con el corazón frío, se tiene que hacer con el corazón dulce. Y se tiene que hacer con ese corazón de estimación al otro (…) Cuando se altera ese orden entonces decimos que hay que enfriar la palabra, hay que endulzar la palabra”. Ese podría ser, también, el propósito de un museo de memoria en Colombia.

Render del museo. Cortesía CNMH.

Tierra, cuerpo y agua

Después de más de 50 años de conflicto armado, un museo de la memoria es una gran apuesta por reflexionar sobre nuestro pasado violento para abrir las puertas a una sociedad más democrática, capaz de resolver sus conflictos por la vía del debate, la palabra y la protesta social. Pero no siempre un guion desencadena lo que sus curadores soñaron. Por eso, para el Museo de Memoria Histórica de Colombia será vital esta primera exposición en la feria. “Ningún museo de la memoria del mundo ha puesto su guion ‘a consideración del público’ antes de abrir sus puertas de manera definitiva”, dice Chababo. Por eso, lo que ocurra en la feria es un gran laboratorio para escudriñar y comprender las distintas lecturas que suscite en los públicos que la recorran. Quienes ensamblaron este guion quieren no solo que la gente entre y lo recorra, sino sobre todo que se interese por las historias que tejen los relatos, se cuestione, se avergüence quizás por su indiferencia e incluso adquiera compromisos para que los hechos no se repitan.

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Ahora, ¿en qué consiste la exposición? ¿Qué encontrarán las personas que ingresen al pabellón 20 de Corferias? Los curadores decidieron hacerla como un recorrido a través de tres grandes metáforas: tierra, cuerpo y agua. Desde cada una se narra el conflicto armado y se responde a tres preguntas: ¿Qué le hace la guerra al cuerpo, a la tierra y al agua? ¿Qué hacen el cuerpo, la tierra y el agua en la guerra? ¿Y cómo tierra, cuerpo y agua nos cuentan la guerra si los sabemos escuchar?

Las respuestas están basadas en algunos de los casos investigados por el CNMH para la elaboración de sus informes. Dentro del pabellón de 1200 metros cuadrados, dichas respuestas estarán dadas en varios formatos: ilustraciones, textos, mapas, fotos, líneas de tiempo, videos, historias gráficas, paisajes sonoros y objetos.

“No queremos sobrecargar con el horror –dice, Cristina Lleras, una de las curadoras–. Gran parte de la exposición está basada en las historias de personas que han hecho cosas increíbles por buscar otras salidas a la violencia”. El museo, además, en los 15 días de Feria tendrá una programación con más de cien eventos, que incluyen conversatorios, conciertos, obras de teatro, radio en vivo, conmemoraciones y talleres pedagógicos para niños, niñas y jóvenes (el programa está disponible en la página del CNMH).

Es probable que la mayoría de las personas que ingrese a la feria no esté acostumbrada a este tipo de exposiciones. Es más: muchos de los que se acerquen al pabellón harán consciencia de lo que aquí ocurrió (y está ocurriendo). Por eso es un acierto que se haga en el evento cultural más importante del país. Casi, de entrada, el pabellón dejará de ser un espacio expositivo para convertirse en un lugar donde se debata y se formulen nuevas preguntas sobre la violencia: María Emma Wills, asesora del CNMH, dice que la exposición busca que, “quienes la recorran, se interroguen y descubran que la memoria histórica nos invita a impugnar las lecturas binarias, maniqueas y simplista de buenos y malos, y nos incita a desarrollar una mirada compleja sobre nuestro pasado violento, en la que los actores armados son apenas los más visibles en unos entramados sociales, políticos y culturales tupidos que involucran la responsabilidad, en diversos grados, de muchos. En el fondo, la exposición nos hace la propuesta de pensar la guerra como un reflejo de la sociedad que somos: a veces indolente frente al dolor ajeno; a veces miedosa y acorralada; en otras ocasiones, codiciosa e impúdica; y por momentos, deslumbrante y ejemplar en su coraje y solidaridad”.

Las víctimas, el centro

Este no es un museo exclusivo para las víctimas, pero sus voces, muchas veces silenciadas o ignoradas, son los pilares sobre los cuales se ha construido el guion. Sus testimonios –que también son canciones, pinturas, mapas o meros relatos– son los encargados de recordarnos que, en toda sociedad que se precia de democrática, debería existir un límite frente al dolor que un ser humano puede infringir a otro. Que aún en medio de un conflicto armado no todo vale y que el sufrimiento, a través de la resiliencia de las víctimas, se puede transformar.

Esta clase de museos –como lo demuestran los memoriales en Berlín o en Nom Pen en Camboya– no son una fórmula mágica para sanar el dolor o hacer justicia. Pero, desde el punto de vista de la reparación a las víctimas, son indispensables. Como dice Rubén Chababo, “contribuyen, siquiera mínimamente, a hacer más tolerable el presente y a mejorar la calidad democrática de la sociedad en que esos museos están inscriptos”.

Y, en el caso colombiano, en el que aún nos ahogamos en tantas venganzas del pasado y nos cuesta tanto superar los odios, el museo, con su primera gran exposición, tendrá que conmover; tendrá que hacer que la gente, en medio del barullo y los estantes de una feria del libro, se detenga, escuche las voces y sienta la necesidad de hacer algo por transformar la realidad.

* Periodista. Ha trabajado el tema del conflicto armado colombiano en medios e instituciones como Semana, ¡Pacifista! y el Centro Nacional de Memoria Histórica.

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El edificio del Museo

Se espera que, a finales de este año, comience la construcción del Museo de la Memoria Histórica de Colombia. Después de analizar doce lugares distintos en Bogotá, el elegido fue un predio de 1,6 hectáreas en la intersección de la calle 26 y la avenida Las Américas. En ese lugar, el museo hará parte del Eje de la Memoria, un proyecto distrital que conecta el complejo de cementerios, el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación y los parques Bicentenario y Renacimiento para convertirse en un gran memorial nacional. El diseño del museo se decidió a través de un concurso arquitectónico internacional en 2015. La propuesta ganadora (entre 72 que se presentaron), de los estudios MGP y Entresitio, plantea un recorrido ascendente y emotivo entre el suelo y el cielo. Según los jurados del concurso, el edificio “conmemora respetuosamente el dolor por nuestro pasado y, al mismo tiempo, celebra la esperanza del próximo futuro”. Abrirá sus puertas en 2020.

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Corrección: a petición de Constanza Ramírez, corregimos la información que fue publicada en el pie de foto en la revista impresa. Nos disculpamos con ella por el error. Constanza Ramírez es la directora de la Asociación Otras Voces y productora de proyectos artísticos. En la fotografía sostiene un cubo de la obra Souvenir de Sair García.

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