Foto: Alfonso J. Venegas Foto: Alfonso J. Venegas

Lugares para encontrar-ser

Un recuerdo de la vida nocturna LGBTI de Bogotá.

2017/11/22

Por Pablo Peregrino

Entre los años 2007 y 2013 una parte de mi vida coincidió con un pequeño esplendor bogotano: el de algunos lugares donde las personas podían expresar sus códigos amorosos y de seducción sin sentirse cohibidas. Son lugares en los que fui testigo de vidas ajenas que me permitieron aprender infinitos elementos de lo que implica ser uno mismo, cada quién a su manera. Relatar esas vidas me tomaría una extensión tal vez infinita, por lo que aprovecharé las siguientes líneas para hablar brevemente de los espacios que la confluencia de dichas personas permitió que existieran en el tiempo señalado antes.

Los primeros son los bares. En Chapinero se encontraban muchos de los lugares que se frecuentaba en esa especie de ritos de iniciación que implicaba asumir un cierto tipo de identidad contra la que algunos se rebelaron y en la que otros se encuentran cómodamente expresados. Anónimos, D’Cool, Mystica, El perro y la Calandria, La Oficina, son algunos de los nombres de aquel tiempo. Hubo otros como Box Bar, donde, según me contaron, había cuarto oscuro –como en muchos amanecederos sobre la Caracas, cuyos nombres solo terminaban aprendiendo los clientes habituales–; también estaba Ferchos, con su show de striptease a medianoche. Para hablar de Theatron sobrarían las palabras para quienes lo hayan frecuentado entonces y ahora. De Blues habría que recordar su escena medio punkera, medio gomela.

Los siguientes espacios son los videos. Espacios de la ciudad dedicados a los encuentros casuales entre desconocidos. Allí, al abrigo de la oscuridad, de las proyecciones xxx, de la música electrónica, pop o de plancha, se encontraban solitarios habitantes de las calles bogotanas, que ansiaban una caricia: algunos con la misma cotidianidad de quienes la asumen como otros asuntos de la vida –como comer o trabajar–, otros en un rito que solo podía efectuarse cada cierto tiempo. Ibiza y Cómplices eran algunos de los más frecuentados; en segunda medida habría que recordar todos aquellos que tenían nombres fáciles de olvidar, los que existieron por breve tiempo, o los que se ubicaban en el centro, cuya lenta agonía fue marcada por el crecimiento del uso de las tecnologías y las redes sociales –incluidas las aplicaciones–.

Un subcapítulo de los videos sería el de los saunas. Esos espacios que comenzaron como un servicio de lujo y exclusivos, pero que, gracias a las rumbas de fines de semana, conseguían reunir gente completamente disímil en la tómbola de los solitarios que se encuentran por un rato. Cómplices, Babylon, Bagoas, Dagoas son algunos de los nombres que más fácilmente se ubicaban desde la Guía LGBTI, publicada y entregada en las marchas del orgullo de la ciudad.

Entre los bares, videos y saunas la gente terminaba recorriendo calles que no habían cruzado por otra razón, o que en el día les servían como escenario de fondo para sus primeras incursiones laborales o universitarias, o para sus primeros amores. Y así terminaban, por ejemplo, en el Centro Comunitario de Chapinero, una idea de la administración de Lucho Garzón que terminó por transformarse hasta las apuestas actuales. En su momento, se convirtió en espacio de encuentro para todos aquellos que precisaban de apoyo, de entretenimiento, de ayuda.

Es preciso mencionar los grupos de estudio de las universidades. El Grupo de Apoyo a los Estudios sobre la Diversidad Sexual (Gaeds) de la Universidad Nacional era uno de los más antiguos. Junto a Péndulo –Universidad Pedagógica–, Stonewall –Universidad Javeriana– y los grupos de la Universidad de los Andes y de la Universidad Distrital se creó una red de actividades académicas que permitieron llevar debates de altura a esferas públicas y de amplia participación, incluida población que estaba en contra de las garantías en derechos que los gobiernos venían aportando a las comunidades LGBTI.

Todos fueron espacios en los que se podían compartir sensaciones, inquietudes y vivencias. Hoy en día sobreviven algunos de estos lugares donde las personas se encontraban para ser. Otros de ellos han desaparecido y solo viven en los vagos recuerdos de quienes los frecuentaron.

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