Crédito: Daniel Reina Romero Crédito: Daniel Reina Romero

En mi casa, ser gay no es tabú

El pasado enero, ARCADIA abrió una convocatoria dirigida a la ciudadanía para que enviara historias sobre sus vivencias durante estos diez años de política pública LGBTI en Bogotá. Esta es una de ellas.

2018/04/17

Por Miguel Ángel Cuesta Palacios, Bogotá

Escribir una historia personal no es sencillo. La mente juega trucos, distorsiona la realidad. A pesar de eso, escribiré lo que tengo en mi mente, intentando ser lo más fiel posible a lo que considero no son recuerdos borrosos.

Tenía 14 años cuando mi papá me sacó del clóset. Digo me sacó porque yo no tenía ninguna intención de salir, ni de que nadie se enterara de mi orientación sexual. Sé que él lo sabía desde antes, pero tal vez una parte suya se aferraba a creer que podría ser una etapa solamente. Lo descubrió porque, en medio de mi inocencia y mi estupidez adolescente, descargué varios videos pornográficos. Intenté ponerlos en un DVD, pero en ese entonces no tenía idea de cómo hacerlo y, sin darme cuenta, dejé una copia de estos en su computador personal. Cuando me increpó, recurrí a la excusa del amigo: que era para un favor, que yo no sabía, que también le había preguntado a mi amigo por qué los quería, etc.

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La segunda vez que lo supo fue otra vez por un descuido mío: dejé una carta romántica que yo le había escrito a un muchacho en el computador. Lo malo no fue que encontrara la carta, lo malo fue la historia tergiversada que se formó en la cabeza de mi papá. Según él, la carta iba para mí y la había escrito mi mejor amigo, pensaba que seguramente él tenía dobles intenciones conmigo. Pues verán, en ese entonces Facebook estaba apenas iniciando, y mi papá, como medida de seguridad, me había obligado a tenerlo entre mis amigos, y entre mis amigos había varios chicos de mi edad, que, como yo, habían empezado a descubrir su homosexualidad.

Así que, viendo uno que otro comentario que no cuadraba, mi papá me preguntó que cuál era la “afinidad” que yo tenía con esos muchachos, le respondí que me caían bien y eso era todo. Sin estar muy convencido, me obligó a traer a mi mejor amigo a la casa, ya que siempre que salía era con él. Mi papá y él se sentaron a hablar, no recuerdo sobre qué; sé que mi papá le dijo que simplemente quería ver con quién me juntaba. Viendo este recuerdo me parece ridículo todo el teatro que se estaba haciendo en ese momento. El caso es que la carta que yo había dejado en el computador la había escrito para un muchacho que había visto en una presentación de talentos. Lo había visto cantar y había quedado flechado.

Busqué su Facebook y le dije un montón de idioteces esperando que él también fuera homosexual y me respondiera. Obviamente, nunca pasó y guardé una copia de la carta sin saber muy bien porqué, tal vez era mi subconsciente que sí quería salir del clóset. Mi papá encontró la carta, me dijo todo lo ya mencionado sobre mi mejor amigo y esta vez no tuve escapatoria y le dije que era homosexual. Quisiera decir que recuerdo exactamente lo que me dijo, pero no estoy seguro. Teniendo en cuenta la carta y creyendo que era para mí, me preguntó si me gustaba salir con homosexuales para que me adularan y me trataran bien, que tal vez ni fuera homosexual de verdad, que solo buscaba atención. Fue la primera vez que mi papá me insultó por mi homosexualidad sin darse cuenta. Para terminar el sermón, dijo que me apoyaba, pero que no estaba de acuerdo con la decisión (como si yo hubiera decidido ser marica). Ocho años han pasado y sigo sin entender uno cómo puede apoyar algo en lo que no está de acuerdo.

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Con mi mamá las cosas fueron, por decirlo de alguna manera, más divertidas. Ya había cumplido mis 15 años, estaba en la etapa de hacer y deshacer. Era el cumpleaños de mi mejor amigo, lo íbamos a celebrar con su novio, unos amigos y mi novio. Ese día necesitaba mentirle a mi papá diciéndole que estaba donde mi mamá (mis papás llevan separados desde que tengo tres meses de vida), para poder demorarme más y llegar tarde a la casa. Llamé a mi mamá para decirle que me ayudara con mi papá si llegaba a necesitarlo, seguidamente llamé a mi papá a decirle que estaba donde mi mamá. Cuando le colgué a mi papá, mi celular sonó, y era nuevamente mi mamá. Estoy convencido de que hay momentos en la vida en los que uno sabe exactamente lo que va a suceder. Ese fue uno de esos momentos.

Solo con sentir el celular sabía que mi mamá se había enterado de todo. Pensé que este era el comienzo del fin y otras estupideces que uno cree cuando está en el clóset. Contesté y efectivamente mi madre solo dijo una línea: “Se viene ya para la casa”. Dado que estaba en un cumpleaños y en todo caso mi mamá me estaba esperando, mis amigos no me dejaron ir sobrio. Salimos con mi novio lo suficientemente mareados; yo para enfrentarme a mi mamá, él para dormir bien. Al llegar a donde mi mamá todas las luces estaban apagadas, salvo la tenue luz del televisor en la habitación principal, ahí descubrí que mi teatralidad y mi drama vienen de familia.

Me senté con mi mamá, que obviamente había llorado por la noticia que le había llegado de boca de mi abuela. Una semana antes, me despedía de mi novio en la calle. Fue el momento justo cuando él me dio un beso y se subió al bus cuando mi abuela me vio. Se acercó a mí y me preguntó que quién era ese muchacho. Gélido, sin saber qué decir, simplemente respondí que era un amigo. ¿Que por qué le di un beso? “Ah, abuela, es que estaba de cumpleaños, no sé”. Y allí quedó acabada la discusión. La discusión, pero el hecho no, porque tenía que llegar a oídos de mi mamá. Como dije, había bebido lo suficiente para estar mareado y lo justo para responder a todo lo que me preguntara. En su mayoría fue lo típico que dicen las mamás en estos casos, pero recuerdo especialmente que me preguntó si estaba en las drogas.

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Hoy es el día en que no logro hacer el mapa mental que hizo mi mamá para creer que el consumo de drogas podía volverme homosexual. A pesar de que fue difícil, dije todo lo que tenía que decir y, a diferencia de mi papá, mamá no tenía mucho poder sobre mí teniendo en cuenta que no había vivido con ella desde que tenía ocho años. Luego de eso, mi mamá volvió a hablar con mi papá, ya que llevaban con la ley del hielo casi tres años. Increíble que mi homosexualidad fuera un tema tan importante para acabar con esa pelea. No sé qué hablaron, la verdad poco me interesa hoy en día. Las cosas fueron mal por un tiempo. Parecía que nadie quería tocar el tema. Mi papá parecía cada vez más estricto con mis salidas, así como mi mamá no quería que saliera solo (aunque saliera solo como desde los 12). Un montón de cosas que eran nada más que el miedo a un montón de prejuicios que los papás se meten en la cabeza.

Tal vez toda esta historia la he contado de manera irónica y siendo poco sensible con mis papás, pero sus actitudes me resultan graciosas ocho años después, cuando todo se ha normalizado y en mi casa mi homosexualidad ya ni siquiera es un tabú: toda mi familia sabe cómo soy. No debería ser difícil para los padres saber y aceptar que su hijo es homosexual, que toda la teatralidad y los sufrimientos son innecesarios, que de alguna manera muchos jóvenes hoy en día no tienen que sufrir gracias a que ahora la homosexualidad se ve de manera distinta.

Sé que aún debe haber casos como los de mis padres, incluso peores. En ese entonces echaron de la casa a varios amigos, el papá de uno le hacía brujería, el de otro le daba dinero y todo lo que pidiera para que dejara de ser gay mientras él se acostaba con todos los hombres que pudiera. Todas esas historias, y las que quedan por fuera de este escrito, no deberían seguir sucediendo, el clóset es un lugar que debería desaparecer del imaginario colectivo. Simplemente se debe saber que las personas se enamoran de personas, que ya no hay nada que discutir, nada que explicar.

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