James Joyce, en París. Circa 1930. / La farmacia Sweny, en Dublín, a parece en el apartado Lotófagos, del Ulises (1922). James Joyce, en París. Circa 1930. / La farmacia Sweny, en Dublín, a parece en el apartado Lotófagos, del Ulises (1922).

La Dublín de James Joyce

El autor de 'Ulises' decía que si la ciudad fuera destruida, se podría reconstruir a partir de sus libros. Lo cual no es cierto. El nunca describió el entorno de Bloom y compañía. Pero uno lo conoce. O cree conocerlo.

2016/12/09

Por Joe Broderick* Bogotá

Un día en Dublín compartí un espacio con Mr. Leopold Bloom. Ocurrió en una farmacia, donde entré de afán para comprar un cepillo de dientes. Apenas había dejado atrás el bullicio de la calle cuando sentí que había regresado en el tiempo. Me encontraba en un remanso de quietud, un lugar de otra época. Esta, pensé, no es una farmacia cualquiera. Me fijé en los mostradores de puro cedro y la elegante estantería. Detrás de los cristales brillaban abultadas vasijas de vidrio y alabastro llenas de pastillas de diferentes colores; las lámparas que colgaban del techo parecían salidas de un almacén de antigüedades; se respiraba un olor mustio de ungüentos y madera vieja. Encima del mostrador la farmaceuta, una gordita de bata blanca, me contemplaba con curiosidad. Y antes de yo poder abrir la boca, me soltó: “Usted debe ser uno de los jabón-de-limón-istas”. [You’d be one of the lemon-soapers] ¿Lemon-soapers? No entendí. “Bloomsday”, me explicó. “Todos vienen acá para comprar el jabón de limón”. La palabra Bloomsday me dio la pista; se refería al día cuando se conmemoran las andanzas de Mr. Bloom, protagonista de la novela Ulises, de James Joyce. En esta misma farmacia había estado él. Como relata el episodio quinto (Lotófagos), en la calurosa mañana del 16 de junio de 1904, Leopold Bloom entró aquí a pedir al boticario que preparara una loción para Molly, su esposa. Y en vista de que disponía de tiempo suficiente para darse un baño antes de ir al entierro de Paddy Dignam, adquirió también una barra de jabón perfumado. Llevándola a la nariz, aspiró “una dulce cera alimonada”.

Para leer este artículo completos:

Ed. 167

Este contenido hace parte de nuestra edición impresa: exclusiva para suscriptores.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en REVISTA ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción, por favor ingrese la siguiente información:

O
Ed. 167

¿No tiene suscripción? ¡Adquiérala ya!

Su código de suscripción no se encuentra activo.