Andrea Mejía.

La prueba

" Es el mundo, y no el amor, el que es más fuerte que la muerte".

2018/05/21

Por Andrea Mejía

El último disco de Leonard Cohen se publicó en octubre de 2016, 19 días antes de su muerte. Lo grabó en la sala de su casa porque las fracturas que tenía en la columna vertebral no lo dejaban ir muy lejos. En la canción que da título al álbum, “You Want It Darker”, se repite la expresión hebrea “hineini”, que quiere decir “heme aquí” o “aquí estoy". 

Hineini es la respuesta de Abraham a Yahvé en el Génesis, cuando este lo llama para ponerlo a prueba: “Después de esto Elohim puso a prueba a Abraham y lo llamó, ‘¡Abraham!’. Y este respondió al llamado: ‘Aquí estoy’ [Hineini]. Elohim lo llamó así: ‘Toma a tu hijo, a tu hijo único y amado…’”. Se trata de un llamado terrible, en el que aflora el filo glacial de la prueba.

En una carta que escribe en 1921, Kafka sugiere un Abraham que, para “sacrificarse correctamente”, debe estar “listo para servir, como un mesero”. “¡Un Abraham que permanezca sin ser llamado! Es como si al final del año, cuando el mejor alumno va a recibir un premio, en medio de un silencio expectante, el peor alumno, porque cree oír su nombre, pasa adelante desde su sucio último banco y toda la clase estalla en risas. Y a lo mejor no es ni siquiera un malentendido, su nombre es realmente pronunciado y, con toda la intención por parte del maestro, el premio del mejor debe ser el castigo del peor”.

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Dos años antes de escribir esta carta, Kafka había empezado a leer a Kierkegaard, y había quedado golpeado, como todos los que lo leen, por Temor y temblor. En el caso de Kafka, el golpe tuvo que haber sido a fondo. Temor y temblor, como se sabe, gira en torno a la figura oscura de Abraham y al salto mortal que da desde el mundo a la fe.

Un año antes de esa carta, o un poco menos, como parte de las piezas aforísticas de 1920, Kafka escribe un relato en el que habla un criado. Max Brod lo tituló “La prueba”. “Soy un criado, pero no hay trabajo para mí”, empieza el relato. El criado especula un poco sobre las posibles causas de su “desocupación”; tal vez sea su debilidad, porque no sabe abrirse paso a la fuerza: “Ni siquiera me abro paso para ponerme en la misma fila que los otros”. Es Kafka puro, hasta que el criado concluye débilmente: “la principal causa es, en todo caso, el hecho de que no me llamen para realizar ningún servicio; otros han sido llamados y no lo han solicitado más que yo; sí, puede ser incluso que no hayan abrigado siquiera el deseo de ser llamados, mientras que yo al menos lo siento a veces con suma intensidad”. Siento, con suma intensidad, el deseo de ser llamado, dice el criado. Lo que sigue del relato, que en total solo tiene tres párrafos, es la disolución de esa intensidad del deseo de ser llamado, disolución que en el caso de Kafka es siempre una forma de intensificación: permanecer tumbado en un catre viendo el techo, beber cerveza agria, mirar por las ventanas grises, recorrer pasillos.

Hasta que un día lo llaman. Lo llama un cliente que le hace unas preguntas a las que él no puede responder. El criado de Kafka, que es la prefiguración del Abraham de la carta de 1921, no responde “heme aquí”. No responde al llamado que había deseado intensamente, porque ese no era ningún llamado; porque el llamado, la prueba, era un llamado a no responder. El criado es Abraham, que Kafka pone de cabeza, y que Cohen vuelve a poner con los pies sobre la tierra y la mirada hacia el cielo, respondiendo “hineini”, invirtiendo la inversión kafkiana. Quédate, le dice el cliente. “Esto solo ha sido una prueba. Quien no responde a las preguntas ha superado la prueba”.

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Cohen cantaba antes de su muerte “aquí estoy”, “estoy listo, Señor”. El criado del relato de Kafka no responde, no está listo, cree oír su nombre desde los catres mugrientos, como el peor estudiante que desoye el suyo desde las últimas filas de bancos sucios en el día de la premiación y al que llaman para que su castigo sea el premio de los mejores, de los muchos llamados y de los pocos elegidos.

Kierkegaard, Kafka y Cohen exploran las formas insondables de lo inescrutable. La prueba, el fin, el llamado. Pero Kafka está quizá más cerca del mundo que de la prueba de la muerte. Quizá comprende lo asombroso que es el mundo que permanece sin ser llamado. Porque el mundo, aun así, sin nombre y sin llamado, o justamente por eso, porque no tiene nombre y no puede ser llamado, perdura después de la muerte. El mundo no trabaja. El mundo no responde a ninguna prueba y no sirve a ningún señor.

Es el mundo, y no el amor, el que es más fuerte que la muerte.

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