Un retrato de Karl Marx (1818-1883). Getty Images.

El homenaje de un profesor anarquista a Karl Marx, 200 años después

A 200 años del nacimiento de Karl Marx y 170 del Manifiesto comunista, invitamos a un estudioso del anarquismo a escribir sobre aquello que rescataría del pensamiento del filósofo y economista en pleno siglo XXI. Él lo resume en cuatro “valores vitales”.

2018/04/17

Por Fernando Orjuela Lozano* Bogotá

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Las celebraciones sobre figuras eminentes de cualquier orden suelen desencadenar en beaterías sobre la perfectibilidad del personaje o su dimensión profética. En los 200 años de la conmemoración del nacimiento de Karl Marx propongo, más bien, una perspectiva de sus valores intelectuales.

I. Rigor

Esta palabra contiene muchas interpretaciones, sinónimos y máscaras. El antónimo alude a la superficialidad, lo trivial y lo obvio, y también a la condición elástica de ideas de fácil comprensión y precarias conclusiones. El rigor en la obra escrita de Marx consiste en el control de los argumentos, consecuencia de la solidez de los conceptos y la complejidad de sus conclusiones, sin duda, con la aplicación propia de métodos de reflexión y exposición. En ese sentido, el rigor es una ética, o incluso estética, del pensamiento racional.

El Capital (1867) no tiene objeción de ser la obra más reconocida de Marx, pero el examen al que somete a la sociedad de mercado capitalista se inicia con un rigor implacable. Parte de la unidad básica, elemental y reconocida por todos, es decir, la mercancía. Lo restante de ese primer tomo y los dos siguientes son la analítica más incisiva y crítica que se haya escrito sobre la sociedad de clases. Hay que reconocer que el rigor no está al orden del día como valor capital. Al otro lado de la escritura rigurosa, de Marx o de cualquiera, están los lectores, muchos de los cuales no pasan el peaje del texto complejo, a veces plomizo o demasiado exigente. El término “ladrillo” es el sambenito para descalificar la profundidad de pensamiento.

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Sin embargo, una cosa es el rigor de Marx y otra muy distinta el rigor de sus sucesores, quienes prefirieron la exégesis a la crítica. La Segunda Internacional fue iluminada por el dogma de la bibliografía marxista, antes que por el análisis de la obra del fundador. Pero lo peor en la pérdida del rigor sucedió en las décadas de la segunda mitad del siglo XX con manuales, escritos pedagógicos y defensas de la obra marxista como herramientas baladíes de adoctrinamiento. El rigor no es garantía de verdad o certeza, es una forma de acceder antes que de ser. El epistemólogo Paul Feyerabend sustenta que el error es la única constante del conocimiento (Fernando Pessoa lo poetizó a su manera: “La verdad/ no vino ni se fue/ el error cambió”). Hasta en el error hay que ser riguroso.

II. Contra la dominación

El asunto puede entenderse en la esencia de la obra integral de Marx: la economía capitalista es un sistema de dominación. Sus escritos de economía política, filosofía, historia y difusión del comunismo insisten en que la dominación económica es causa y consecuencia de la dominación sobre la vida y el pensamiento del trabajador. Existen evidencias de cómo la Revolución Francesa prometió y no cumplió la igualdad, la libertad y la fraternidad. Sería en el siglo XIX cuando esta tríada cobraría vida: la libertad la abanderó el anarquismo; la fraternidad, la utopía; y la igualdad, el comunismo.

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El comunista Marx fue riguroso en su doctrina, pero, a pesar –o gracias– a sus diferencias con los anarquistas Bakunin, Stirner y Proudhon, existe en él una clara tendencia libertaria. La disolución de la Primera Internacional, consecuencia de sus diferencias con Bakunin, dejaron una impronta en la que Marx representaba el autoritarismo, en tanto antagonista de cualquier catecismo “ácrata” (el “anarcosindicalismo” de Prouhdon, el “anarcoindividualismo” de Stirner, y la rebelión total de Bakunin). El historiador Daniel Guérin propuso un marxismo libertario resaltando el concepto de dominación de Marx como libertad política, personal y colectiva, más que económica. El ortodoxo marxista Karl Kautsky, a quien Lenin bautizó “el renegado”, sostuvo que la sociedad del futuro tendría una economía marxista y en lo demás sería libertaria. Pero el mismo Marx tendió un sólido puente al afirmar que el comunismo sería el paso “del reino de la necesidad al reino de la libertad”. El problema siempre ha sido el mismo: el periodo de transición, hasta ahora inédito en la historia.

III. Pluralidad de escrituras

Marx sería plenamente feliz si viviera en 2018. No tendría el más mínimo reparo en utilizar Facebook, Twitter, Instagram, CVLac, LinkedIn o cualquier red parecida a las anteriores. Y no solamente las utilizaría en beneficio de sus ideales, sino también, en términos actuales, les haría bullying, entre muchos otros, a Bakinun, Prouhdon, Stirner, Fourier y a la izquierda hegeliana. En el tiempo en que no existía otra alternativa para la difusión de las ideas que la palabra pronunciada o escrita, Marx apeló a todas las posibilidades de difundir su pensamiento. La primera, el panfleto: breve, incendiario y repartido mano a mano. Esta opción llegó a tener una importancia tal que podía calificarse como género literario. Análogos al panfleto, el discurso público, la conferencia, el debate, incluso la discusión privada actuaban como el medio de publicitar las ideas. La obra de Marx es un singular ejemplo de proliferación de escrituras. En 23 páginas, y con estructura panfletaria, redactó el Manifiesto comunista (1848), escrito para ser leído y debatido entre trabajadores fabriles. Antes de esto trabajó en una revista renana, donde, más que director, editor, columnista, fue líder intelectual. En 1841 presentó su primer texto filosófico, titulado Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de Epicuro. Dos años después, Crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Más adelante, Tesis sobre Feuerbach (1845), La ideología alemana (1845-46) y La miseria de la filosofía (1847).

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Como escritor político, además del Manifiesto comunista aportó La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850 (1850), El 18 de brumario de Luis Bonaparte (1852) y La guerra civil en Francia (1871). En asuntos de economía, su obra prima fue Manuscritos económicos y filosóficos (1844), Trabajo asalariado y capital (1847), Contribución a la crítica de la economía política (1859) y, como obra póstuma, El capital. Esta concisa y monótona bibliografía deja por fuera una sorpresa: en 1837 escribió una comedia, Escipión y Felix.

Pocos pensadores pueden emular a Marx en la capacidad de expresarse con suficiencia en escenarios teóricos tan amplios. El siglo XX inauguró la figura del especialista y, poco después, la del especialista en especializaciones. Tanta proliferación en la obra escrita de Marx tiene como continuum los valores arriba señalados: el rigor y la crítica a la dominación.

IV. La importancia de escribir borradores

En la primera mitad del siglo XX, André Breton propuso la escritura automática como fórmula subversiva frente a los valores morales y sociales. Hoy en día existe una escritura automática que consiste en ahorrar los tiempos entre la redacción y la publicación. Esto es sobre todo evidente en los textos académicos. Las actualizaciones han desplazado al borrador y las ventajas que ofrece.

Durante largo tiempo se desestimó la legitimidad de los diarios íntimos y las correspondencias. Los primeros por su radical subjetividad y, las correspondencias, por asaltos inútiles a la intimidad del diálogo epistolar. Algo parecido sucedió con varios cuadernos de notas de Marx que serían recopilados como Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, 1857 y 1858, más conocidos como Grundrisse. Estos cuadernos de apuntes sobre diversos asuntos –reelaboraciones, ideas sueltas, citas, intuiciones y certezas– son el borrador de El capital. Y estos borradores, al igual que diarios y correspondencias, se colocaron en la trastienda de las obras convencionales y lo poderoso que allí existe es valorado como la viruta del carpintero. El borrador es la aproximación del resultado esperado. Existe para que el autor relea, reescriba, corrija, acepte. Es embrión, boceto, plano, señala peldaños antes que cimas. La escritura de borradores ha perdido el sentido de lo previo y parcial en beneficio de lo inmediato y concluido. Hace décadas los escolares debían asistir a clase con un “cuaderno de borrador” y otro “en limpio”. El asunto no es solo de tiempo, en el fondo encubre la suficiencia de una primera y última escritura sin oportunidad para el examen.

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Estos borradores de Marx son el retrato de una mente que escarba ladrillos para su construcción teórica y que en sí mismos revelan evidencias ensombrecidas. Luego de análisis detallados, los especialistas en la obra de Marx encontraron en los Grundrisse que el método en la escritura de El capital está regido por la Ciencia de la lógica de Hegel, radicalmente convertida al materialismo. En fin, los borradores de Marx, los diarios y las cartas también encubren secretos. Marx en los Grundrisse, y en otras muchas obras, evidencia y enseña que antes de escribir es necesario pensar, escribir, borrar, reescribir, volver a borrar para, finalmente, escribir.

Nota. Los anteriores cuatro valores pretenden mostrar entrepaños vitales en la obra de Marx y, en particular, invitar a mis estudiantes, o a cualquier estudiante o interesado, a reflexionar sobre un modelo de pensamiento que se reconoce como paradigma de producción teórica. La primera obra escrita de Marx fue acerca de las incertidumbres para la elección de una carrera... Pero tranquilos, Marx también se equivocó.

*Profesor de las universidades Nacional y Externado

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