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La “confesión”: una columna de Sandra Borda

Nuestra columnista Sandra Borda reflexiona sobre el debate que se desencadenó a raíz de una declaración en Hora 20, cuando dijo que se consideraba "consumidora recreativa de drogas".

2018/09/24

Por Sandra Borda

Este artículo forma parte de la edición 156 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

En un debate en Hora 20 dije que me consideraba consumidora recreativa de drogas. En la mañana de ese mismo día, la ministra de Justicia hacía ronda por los medios presentando un decreto que, por la puerta de atrás, intenta recomenzar la penalización de la dosis mínima. La oí en entrevistas de radio y parecía no saber de la existencia de los consumidores recreacionales. En la misma mesa de Hora 20 alguien intentó sugerir que el consumo recreacional, más o menos, siempre terminaba en adicción. Así que se me ocurrió usar mi caso personal para ilustrar un par de argumentos en contra de lo que se estaba diciendo. Y también, ahí de paso, para contribuir a removerle tanto tabú a la discusión sobre el tema.

Quién dijo miedo. La ira santa de algunos giraba alrededor de una confusión inmensa: mi declaración se constituía en una invitación a los jóvenes a consumir drogas. Yo no estaba invitando a nadie a hacer nada, no estaba diciendo que era bueno o incluso divertido consumir drogas recreacionalmente. Pero, decían algunos, en mi calidad de figura pública y además de profesora, mi declaración constituía una forma implícita de permitir y aleccionar el consumo de drogas. He pensado bastante este argumento. Mi instinto inicial me indicaba que yo no quería ser modelo a seguir de nadie y que por tanto no podían imponerme ese papel. Pero después pensé que mi actividad como analista y profesora tal vez conlleva esa responsabilidad, me guste o no. Si tengo un espacio para hablar en público, sean los medios o un salón de clase, es un espacio que obligatoriamente tengo que manejar con responsabilidad.

El problema, entonces, no era ese. Mi incomodidad real se centraba en el hecho de que se calificó el consumo recreacional que yo declaré como un comportamiento moralmente reprochable y, por el mismo camino, se me descalificó como ser humano y como profesional. Como si consumir recreacionalmente fuese un gran borrador que arrasa con toda mi formación y experiencia profesional. Peor aún, como si eso además pusiera en entredicho mi condición de mujer. En Bogotá hay sonados casos de políticos, analistas/académicos, directivas universitarias, reconocidos por su adicción al alcohol y a las drogas, y en eso jamás nadie ha encontrado un problema. Pero mi consumo recreacional que, dicho sea de paso, está lejísimos (no se imaginan cuánto) de ser una adicción, se convirtió en un escándalo en las redes sociales. Es como si, sabiendo que todos hacemos lo mismo, se hubiesen salido a rasgar las vestiduras porque yo hubiese dicho en público que he tenido relaciones sexuales fuera del sagrado vínculo matrimonial.

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Creo, entonces, que a usted le puede parecer moralmente reprobable el consumo recreacional de drogas o de alcohol. Mi punto es que eso es absolutamente irrelevante para la discusión pública y que, no sobraría que si le parece “mal” el consumo recreativo de cualquier cosa, evalúe las razones y tal vez la enorme desinformación que hay detrás de ese juicio moral. Pero de nuevo, para efectos de construir una política pública que cumpla con objetivos realistas como el control de daños y la prevención del consumo, no nos sirve para nada demonizar hasta la saciedad el consumo recreacional y someter al escarnio público a la que gente que reconoce públicamente que incurre en él.

Y no solamente no sirve de nada, sino que es perjudicial. Insertarle un principio moral mal fundado a esa discusión puede llevarnos a combatir el problema en los lugares equivocados, y si no ¿a quién en su sano juicio se le ocurre que la guerra contra las drogas se va a ganar decomisándole las dosis personales a los consumidores? Eso sin contar con que se presta a que la derecha extrema haga uso del populismo moral al que ya nos tiene acostumbrados, que le puede ganar votos de padres de familia desinformados y además le permite sentarse en un gran pedestal moral desde donde puede terminar prohibiéndonos hasta lo impensable. Meterle religión y moral a este tema, como sucede con el tema del aborto o de los derechos de la población LGBTI, no solamente produce políticas públicas equivocadas sino que es una forma de aceitar la máquina arrasadora de derechos y darles herramientas nuevas a la exclusión y a la discriminación.

Algunos menos hostiles me decían que estaban de acuerdo con mis argumentos, pero que no veían la necesidad de inmiscuir mis decisiones personales en la discusión. Eso me suena a la gente que dice que está cómoda con reconocer los derechos LGBTI, pero que la “besuqueadera” y la “toqueteadera” la pueden dejar para la intimidad de sus hogares. Reconocerle los derechos a la gente pero solo dentro de las cuatro paredes de su casa es un acto típico de reaccionario enclosetado. Si yo no encuentro nada reprobable en lo que algunos, recurriendo a un lenguaje muy católico, denominaron mi “confesión”, no tengo ninguna razón para dar esa discusión, como si no tuviera absolutamente nada que ver conmigo. Al contrario, en aras de la honestidad, me parece importante que la gente que escucha sepa que estoy defendiendo un derecho de todos, pero que también lo hago a título propio.

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