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La fotografías de Francesca Woodman que están expuestas en Bogotá

A pesar de que se suicidó cuando tenía solo 22 años, Woodman dejó una obra tan contundente que con el tiempo se convirtió en la precursora de todo un lenguaje fotográfico.

2019/08/26

Por Érika Martínez Cuervo*

Este artículo forma parte de la edición 166 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Francesca Woodman (Denver, 1958-Manhattan, 1981) sintió devoción por la fotografía desde que, a una edad muy temprana, su padre, el también artista George Woodman, le regaló una Rolleiflex. Con esa cámara ella tomó fotografías hasta el día de su muerte, deteniéndose solo durante sus episodios depresivos, que quedaron consignados en su diario. Ese ejercicio de escritura acompañó su práctica artística.

El 19 de enero de 1981, antes de suicidarse, escribió en la última entrada de su diario: “Esta acción que preveo no tiene nada que ver con un melodrama. Yo era, ¿soy?, no única, pero sí especial. Por eso era artista. Inventaba un lenguaje para que las personas vieran las cosas cotidianas como yo las veo y mostrarles algo diferente (…)”.

Más allá del mito creado alrededor de Woodman, su trabajo le concedió a la fotografía un carácter artístico en una época en que aún no tenía ese estatus. Encerrada en interiores, con pocos objetos a su alrededor y su cámara análoga, ejecutaba acciones preliminares para construir sus imágenes. Eso la hizo pionera en el trabajo con el cuerpo como materia plástica al servicio de la fotografía.

Pero la presencia de su cuerpo en su propuesta fue más allá de lo físico. Woodman hizo visible el estado etéreo de las cosas, y consolidó una coreografía de movimientos borrosos y grises, que encarnan lo teatral y lo cinematográfico al mismo tiempo: lo primero, por la puesta en escena y el drama; y lo segundo, por la forma con que nos deja expectantes de una escena siguiente que no existe, pero que el encuadre insinúa.

Entre 1975 y 1979, Woodman estudió en Rhode Island School of Design en Providence, y los testimonios de sus compañeros dejaron en evidencia que ya era una artista tenaz, original y disciplinada cuando entró a la universidad.

En un periodo muy breve –lo que duró su corta vida–, se convirtió en una visionaria del lenguaje fotográfico, cosa que solo le fue reconocido póstumamente. Se adelantó a su tiempo con una técnica y un estilo que siguen siendo referencia para expertos en todo el mundo. Cinco años después de su suicidio, cuando su obra se presentó en el Wellesley College, las reconocidas críticas Abigail

Solomon-Godeau y Rosalind Krauss, que escribieron en el catálogo de la muestra, se refirieron al legado de Woodman como un fenómeno único en la historia de la fotografía.

En adelante, su obra se ha exhibido en espacios como la Fundación Cartier-Bresson; el Guggenheim de Nueva York, con una retrospectiva que incluyó 120 fotografías; la Tate de Liverpool, en diálogo con Egon Schiele; y el Palazzo della Ragione, en Milán. Sus fotografías forman parte de importantes colecciones, entre las que se destacan la del MoMA, el Metropolitan Museum, la Tate Modern de Londres y el Centro Pompidou de París.

Ahora, seis de sus obras están por primera vez en Colombia en la exposición colectiva (In)visible: el umbral de lo sublime, que trajo la galería Bernal Espacio de Madrid a Bogotá. La exposición reúne piezas de artistas como Marina Abramovic, Óscar Muñoz, Olafur Eliasson y José Antonio Suárez Londoño. Está abierta al público desde el 22 de agosto en la calle 80 n.º 12-55.

*Martínez es curadora e investigadora de arte independiente
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