La foto de tarjeta de identidad de Caicedo. La foto de tarjeta de identidad de Caicedo.

La habitación del amigo

De adolescente, Ramiro Arbeláez pasó tardes enteras en casa de su compañero de colegio Luis Andrés Caicedo Estela. Cómplice de sus primeras obras de teatro y testigo de su temprana afición a los elepés de rock, en el aniversario cuarenta del suicidio del autor de '¡Que viva la música!', recuerda a su amigo íntimo, aquel joven que escribía a borbotones tratando de zafarse de lo que sentía.

2017/02/24

Por Ramiro Arbeláez* Cali

La gran mayoría de crónicas, artículos y entrevistas que dan cuenta de la vida de Luis Andrés Caicedo Estela se refieren a los últimos años de su vida, pero poco se ha explorado de los años que vivió en la década de los sesenta, la época escolar en varios colegios de Cali y Medellín, la época de niño bien que se rebelaba cuando la autoridad le trataba de imponer reglas de comportamiento, la del adolescente que amaba secretamente a vecinas de su barrio, la de lector juicioso que escribía reseñas de sus lecturas, la del joven que poco a poco iba conociendo las miserias del mundo adulto, la época de la angustia que se fue apoderando de su alma, la del escucha de rock que gritaba feliz mientras los parlantes de su casa, en el barrio La Flora, traqueteaban tratando de devolver al mundo su dolor; la de cinéfilo devorador y terco de películas para 18 y 21 años que engañaba a los porteros con la seriedad de sus gafas y su peinado; la del escritor en ciernes que escribía a borbotones tratando de zafarse de lo que sentía, y muchas otras facetas de este inquieto personaje con el que compartí mi vida desde que yo tenía 14 años y él 15.

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