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Recuérdame

"Una maldición no es una súplica, es una orden": una columna de Andrea Mejía.

2018/02/20

Por Andrea Mejía

“Recuérdame / susurra el polvo”. Son dos versos del poeta alemán Peter Huchel. Cuando los leí me pareció primero que en ellos había una súplica. Me imaginé el polvo arrastrando su voz, antes de desaparecer: recuérdame tú, tú que eres algo. O mejor: soy nada, dice el polvo, soy el rastro de las cosas que florecen en la nada, pero si me recuerdas te estarás recordando a ti misma, no porque seas el polvo ceniciento de las tumbas –ese es un lugar común barroco y una forma de autocomplacencia–, sino porque eres el polvo que cae débilmente sobre las mentes alrededor, las mentes que son espejos puros y brillantes. Ya me estaba complicando mucho, pero ahí tenía una lectura posible ramificada en dos sublecturas, una plausible, otra más enrevesada. Pero luego se fue perfilando una segunda lectura muy distinta, casi contraria. “Recuérdame, susurra el polvo” empezó a sonar en mí como lo más parecido a una maldición. Los versos decían algo como: “No se olvidarán de mí, del polvo que caerá sobre ustedes y sobre sus ciudades”.

Era difícil decidirme por una lectura o por otra. Por mi naturaleza me inclinaba más a la primera, porque siempre caigo ciega y enamorada de las cosas frágiles y pasajeras. Lo que exhala voluntad de poder tiende a espantarme, y una maldición no es nunca algo fugaz o delicado. Justamente por eso era atractiva la segunda lectura: para equilibrar e inhibir un poco mi propia naturaleza, y así poder atravesarla, debía interpretar esos versos como una maldición. Pero no se suele maldecir con un susurro. Entonces cambié el tono de los versos mentalmente, imaginando un murmullo que se alza desde las entrañas de la tierra: “Recuérdame, susurra el polvo”. Yo misma me asusté. Esta era una maldición susurrada. Me llené del respeto que inspiran Dios y las maldiciones y los ángeles, cuando los ángeles inspiraban respeto. Una maldición no es una súplica, es una orden. “Levántate”, “olvida”, “recuerda”, “serás rey”, “tendrás un hijo”.

Fui a buscar en mis apuntes una maldición esplendorosa que había transcrito años atrás: “Comeréis hamburguesas año tras año y viviréis en pisos y hoteles polvorientos e infestados de bichos, pero todas las mañanas veréis el sol maravilloso, el sempiterno azul del cielo, y las tórridas noches cuasitropicales os hablarán de historias de amor que no viviréis nunca”.

Ah, qué bueno. Eran unas líneas que había sacado de Pregúntale al polvo, la novela de John Fante; una novela de amor llena de edificios viejos, de calles azotadas por el viento, de desarraigados y vacíos y de melancólicos. Hay un terremoto polvoriento y está él, Arturo, el narrador, que llora por todo, ruidosamente, en armonía con los estruendos de la ciudad, pero también en silencio. Una novela muy bella. Me empecé a llenar de alegría y de entusiasmo.

Ya completamente decidida por la segunda interpretación de los versos de Huchel, me pareció que el polvo se alzaba como un elemento sobrenatural y bárbaro, como un profeta que viene del desierto arenoso y alcanza todos los libros, los buenos y también los malos. El polvo iguala todas las cosas mientras las cubre en silencio. Lo vi nevar sobre nuestras cabezas y ya nada en el mundo me parecía tan poderoso; el polvo era el consuelo dulcísimo de los desventurados y las alas de una tormenta para los felices. Él lo decía todo, al soplar, al caer, al ser levantado por las manadas de animales que huyen, o cuando forma una nube en torno a los edificios que se desploman. La potencia retórica del polvo me fue dejando muda de felicidad y de espanto.

Sabía que al final el polvo volvería a ser polvo y todo tendría que volver a bajar la voz. Sabía que mi naturaleza tendría que ajustarse de nuevo a la naturaleza dócil y tranquila de las cosas. Sabía que el polvo sería sacudido como han sido barridos los profetas, y que olvidar las maldiciones es nuestra gran maldición. Mi respiración se fue normalizando hasta que los versos “recuérdame, susurra el polvo” volvieron a quedar escritos, en silencio. Recuperé mi mansedumbre habitual, es verdad, pero fue un gran momento.

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