Ilustración: Fiorella Ferroni Ilustración: Fiorella Ferroni

La necesidad de la precisión

El genetista Alberto Gómez Gutiérrez necesitó ocho años para reconstruir, en una publicación de cuatro tomos, el viaje de Alexander von Humboldt por la Nueva Granada. Detrás del voluminoso proyecto se esconde un científico sui generis.

2018/11/27

Por Pablo Correa*

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Para aclarar si las mujeres que llegaban a su laboratorio estaban o no embarazadas, el doctor Carlos Gómez Vesga seguía paso a paso el método de Galli Mainini. Era un procedimiento económico, eficaz y simple. Un poco surrealista, tal vez. El doctor Gómez Vesga le pedía una muestra de orina a la paciente, después inyectaba una pequeña cantidad en el saco linfático dorsal de alguno de los sapos machos comunes que conservaba en peceras en un rincón de su laboratorio. Al cabo de dos o tres horas tomaba una muestra de orina del sapo, la examinaba bajo el lente de su microscopio de luz y si aparecían espermatozoides nadando sobre la laminilla de cristal, sabía de inmediato que un bebé venía en camino.

El truco era posible gracias a la gonadotropina coriónica humana, una hormona que aparece en el cuerpo tan pronto ocurre el embarazo. Un citólogo argentino, Eduardo de Robertis, descubrió hacia 1942 que esa hormona desencadenaba una eyaculación en los sapos, y a su discípulo Carlos Galli Mainini se le ocurrió usarla como prueba diagnóstica en el Hospital de Rivadavia, práctica que se extendió rápidamente en el mundo, especialmente en América Latina. Los hermanos Carlos y Hernando Gómez Vesga hacían el mejor esfuerzo por mantener a la vanguardia científica el laboratorio clínico fundado con su padre, el doctor Carlos Gómez Plata, director de la lucha antileprosa nacional años atrás.

“Mi papá recibía esos sapos del Tolima, los compraba a un peso. El sapo podía servir varias veces”, recuerda Alberto Gómez Gutiérrez, el mayor de los cinco hijos del doctor Gómez Vesga y su esposa Marta Gutiérrez Bessudo. El viejo laboratorio paterno, que funcionó por años en la calle 17 con carrera octava de Bogotá, lleno de frasquitos, pesas, microscopios, lancetas para tomar sangre, gasas y algodones, y hasta de conejos, fue el primer lugar en que Alberto cayó “en la magia de la ciencia”.

“Me acostumbré a ver cosas que uno no ve normalmente. A indagar en mundos que no son aparentes”, reflexiona sentado en su oficina, en el último piso del edificio blanco que alberga al Instituto de Genética Humana de la Universidad Javeriana. Un dibujo enmarcado en la pared es el único adorno del lugar: el logo original de la Gran Expedición Humana, en la que participó en los años noventa y comandó su antecesor en la dirección del instituto, el genetista Jaime Bernal Villegas. El artista Antonio Grass representó con unas pocas líneas los rostros de las tres grandes familias genéticas que se mezclaron en estas tierras: indígenas, africanos y europeos.

En uno de los estantes de la biblioteca, a su espalda, reposa la mejor muestra de su disciplina espartana, los libros que ha escrito y coeditado durante casi veinte años, en las horas que le roba a su trabajo como investigador y docente: Hereditas, diversitas et variatio (2007), Interpretación clínica del laboratorio (2006), Del macroscopio al microscopio (2002), A impulsos de una rara resolución (2010), Los hermanos Alexander y Wilhelm von Humboldt en Colombia (2013), La expedición helvética (2010), Scientia Xaveriana (2008), Al cabo de las velas (1988), El Dorado (2016), Academia mutisiana (2011), Filosofía natural mutisiana (2009), Medicina científica mutisiana (2008). Al lado de todos ellos, apilados horizontalmente como una gran montaña de esfuerzo, están los cuatro tomos (seis volúmenes) de la Humboldtiana neogranadina, el resultado de ocho años de trabajo. Uno sobre otro, los lomos de los seis libros configuran la bella y pálida acuarela que dibujó Humboldt del volcán Chimborazo y en la que el prusiano plasmó su principal aporte a la ciencia de la época: la idea de la geografía de las plantas.

Alberto elude y se incomoda con las primeras preguntas de la entrevista, las referidas a su vida personal. Unos días atrás, a propósito del lanzamiento del libro que conjugó el esfuerzo financiero de seis universidades, la revista Credencial le dedicó su portada. Luego, los editores hicieron un fotomontaje en el que él apareció a todo color, vestido como un personaje del siglo XIX, con un fular blanco envuelto en el cuello, y Humboldt a sus espaldas, en blanco y negro. Para alguien que debe reunirse frecuentemente con los genetistas del país, los miembros de la Academia de Medicina, de Historia, de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, y de la Lengua, el homenaje público resultó un tanto embarazoso. Alberto es tal vez el único colombiano que pertenece a las cuatro academias. “Preferiría que esta entrevista no se enfoque en el individuo, sino en el tipo de individuo. En cómo un científico puede ser humanista”, dice. Pero, ¿quién quiere leer sobre “tipos de individuos”, salvo que esté estudiando psicología o genética?

Bob Dylan, biología y genes

“Alberto no fue el clásico Sheldon Cooper”, dice con humor uno de sus mejores amigos, el periodista Eduardo Arias, refiriéndose al personaje de la serie estadounidense The Big Bang Theory. “Era muy jodón. Muy gocetas”. El Colegio Helvetia, en el que compartieron desde preescolar hasta que se graduaron, despertó en ambos el interés por la literatura. En el caso de Alberto, por autores latinoamericanos como Ernesto Sabato, pero también por escritores franceses como Boris Vian, autor de L’écume des jours (La espuma de los días). Arias no recuerda a su amigo con un particular interés por las ciencias; el recuerdo más vívido es su adicción al rock: The Beatles, Leonard Cohen y Bob Dylan.

Las familias Arias y Gómez eran amigas y vecinas en el barrio Teusaquillo. Alberto conoció un mundo no aparente (planetas y estrellas lejanas) mediante un telescopio que había en el Observatorio Astronómico Nacional, dirigido por Jorge Arias de Greiff (padre de Eduardo) durante tres décadas. Más tarde tejería una amistad intelectual profunda con el ingeniero y matemático por su interés común en la historia de la ciencia. “Mi papá odia la ceremonia en la historia. Habla de la beatería con que se reconstruye esa historia. Dice que Mutis era un narcotraficante al que le interesaba la quina y que Humboldt era un lambón; cosas así. Los académicos quedan timbrados. Eso llamó la atención de Alberto. Creo que la visión de mi papá lo mantiene lejos de esos extremos ceremoniosos, cerca del humor”.

Al terminar el colegio, ambos amigos coincidieron en su elección profesional y también en sus errores. Eduardo se matriculó en Biología en la Universidad de los Andes y Alberto en una carrera hermana: Bacteriología. Pero rápidamente ambos corrigieron el rumbo. Eduardo se inclinó por las humanidades, la música, la literatura y el periodismo; Alberto empezó a tomar cada vez más clases de biología y microbiología. Eran años vibrantes en esa profesión. Había debates sobre genética y sociobiología en los que se formó una brillante generación de científicos colombianos, entre ellos Carlos Rodríguez, que dedicó su carrera a elevar el conocimiento local indígena a la misma altura del conocimiento científico tradicional; Andrés Etter, uno de los mayores conocedores de las transiciones de los ecosistemas colombianos; Germán Andrade, por muchos años director científico del Instituto Alexander von Humboldt; y Jaime Cavelier, alto dirigente del Fondo para el Medio Ambiente Mundial.

“Me interesé por las taxonomías rápidamente. Las taxonomías botánicas y zoológicas”, recuerda Alberto, y entendió que su vocación no iba a estar en la interacción directa con pacientes. Al graduarse de Biología y Microbiología, viajó a Francia con el apoyo de su familia e ingresó al prestigioso Instituto Pasteur para culminar un doctorado en Bioquímica.

Para su hermano Fernando, quien siguió la vena científica familiar y estudió Zootecnia en la Universidad Nacional, la época universitaria de Alberto fue un momento de ocio, viajes y amigos, pero en París su carrera dio un giro: “Él adquirió rigor, eso fue definitivo. Además, le dio una perspectiva humanista de la vida”.

“Al entrar al Pasteur tuve que crear un modelo experimental de estudio, y decidí trabajar en la respuesta antiviral del organismo”, dice. Esa decisión lo encaminó primero a la inmunogenética, y luego le tendió un puente directo a la genética humana. “Me di cuenta de que es fundamental entender la diversidad humana, porque es un recurso clave para responder a las amenazas biológicas. Esa diversidad permite que una bacteria no acabe con la humanidad”.

Su proyecto de doctorado está dedicado a su abuelo materno, el médico Santiago Gutiérrez Ángel. En Madrid, en los años treinta, el abuelo había creído posible encontrar una relación entre los grupos sanguíneos descritos por Karl Landsteiner y la psicosis. En opinión de su nieto, esa era una investigación vanguardista, “una especie de marcador genético” para la enfermedad mental. Guardadas las proporciones, el nieto siguió un camino parecido al interesarse por otros marcadores sanguíneos, los antígenos leucocitarios humanos (HLA, por sus siglas en inglés), moléculas que están en la superficie de casi todas las células y determinan la capacidad del sistema inmune para combatir las infecciones.

En ese periodo de intenso rigor científico y poco tiempo libre, encontró un libro de un viajero francés del siglo XIX: Voyage à la Nouvelle Grenade. La lectura del relato de Charles Saffray lo absorbió por varios días. El país que narraba el autor era su propio país, aunque él no lo conociera. Lo más cercano a esos paisajes era la finca de su papá y su abuelo materno cerca del río La Miel. Para llegar a ella había que hacer una larga travesía desde Bogotá hasta La Dorada, luego remontar el río Magdalena en una chalupa con motor, y más adelante recorrer a caballo un último trecho de cordillera.

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Ilustración: Fiorella Ferroni

La gran expedición humana

Surgió con la ilusión, y cierta nostalgia, de revivir aquellos viajes enciclopédicos que permitían poner al día alguna rama de la ciencia de un país. Entre 1783 y 1816, se llevó a cabo la Expedición Botánica, dirigida por José Celestino Mutis. Más adelante, entre 1850 y 1859, Agustín Codazzi lideró la Comisión Corográfica con el propósito de levantar “una carta general” y hacer mapas de cada región de la República de la Nueva Granada.

Jaime Bernal Villegas, entonces director de genética de la Javeriana, le propuso a sus colegas, entre ellos Alberto Gómez (a quien acababa de reclutar en su grupo), emprender un recorrido por el país para “describir una parte de la multietnicidad colombiana, hacer un diagnóstico interdisciplinario de sus carencias y tratar de darles solución exponiéndolas a la comunidad universitaria”. Entre 1992 y 1993 visitaron 37 grupos étnicos.

El médico y genetista Ignacio Zarante también participó en la expedición y ahora, luego de compartir casi 25 años de investigación con Alberto, dice que estos viajes tuvieron un gran impacto en él y explican su giro hacia la escritura y la historia de la ciencia; lo obligaron a dejar de ser un científico un tanto ortodoxo para mutar a uno más humanista. Zarante asegura que ese científico riguroso y preciso que regresó de París se vio confrontado con un país en desarrollo y, junto con Jaime Bernal, comenzó a descubrir la riqueza de la diversidad y la importancia de estudiar otras expediciones. “Ahí encuentra un placer inusitado en recabar información histórica”.

“Recuerdo que estábamos navegando por el río San Juan. Alberto era el coordinador de ese viaje. Cuando la barca se acercó a la orilla, nos dimos cuenta de que no la podíamos alcanzar porque había una parte seca entre el río y la orilla. Con su espíritu de conquistador, bien trajeado, todo de blanco, se lanzó del barco al agua sin saber que ahí llegaban todas las aguas servidas del pueblo. Se hundió hasta las rodillas en toda esa podredumbre. Nos atacamos de la risa”.

Con Al Cabo de las Velas. Expediciones Científicas en Colombia. Siglos XVIII, XIX y XX (1998), Alberto hizo un recuento de la expedición de Mutis, de la de Codazzi y de la Expedición Humana. En este libro explora su viejo interés por las taxonomías, la literatura y la historia, por las ensoñaciones de viajes a tierras fantásticas; la fascinación por esos personajes en los que las artes y las ciencias convergen, y por un país que permaneció oculto para él por haber crecido en una Bogotá fría y distante.

Algunos viernes de cada mes, Zarante, Alberto y otro genetista, Fernando Suárez, se reúnen para almorzar con el bioeticista e historiador Eduardo Díaz y otros invitados ocasionales de la universidad. Conversan sobre temas de ciencia, historia o actualidad. Llaman a esos encuentros los “Friday Society”. “Alberto siempre ha sido una persona retadora intelectualmente. Siempre genera hipótesis disruptivas que no se le ocurren a los científicos. Tiene un punto de vista humanístico. Trata de demostrar que la parte cuantitativa, fría, no explica la realidad. Hay que poner todo en contexto, en contexto histórico”, dice Zarante. En 2011, junto con Jaime Bernal, los tres ganaron el Premio Alejandro Ángel Escobar con la investigación “Patrones de identidad genética en poblaciones contemporáneas y precolombinas”.

Persiguiendo a Humboldt

En 2010, sobre los hombros del padre jesuita Vicente Durán Casas recayó la tarea de organizar un “semestre alemán” en la Universidad Javeriana. Entre las múltiples actividades programadas, se le ocurrió que su amigo Alberto sería la persona idónea para ofrecer una conferencia. Él siempre se ha negado a tener un teléfono celular, así que el padre no tuvo otra opción que esperar hasta la noche para llamarlo a su casa.

“Alberto, ¿por qué no haces algo sobre Humboldt?”, le propuso.

Era imposible negarse. Alberto asumió la tarea sin sospechar que ese tema se convertiría en una obsesión de la que no podría deshacerse en los ocho años siguientes. La conferencia que ofreció en el coloquio sobre los hermanos von

Humboldt fue el abrebocas de una investigación que lo llevó a visitar siete países, a desempolvar libros viejos en bibliotecas y archivos nacionales, a cruzar cartas y conversaciones con algunos de los mejores historiadores de Humboldt, a tejer toda una red de contactos y a revisar los mapas que guiaron al naturalista alemán por estas tierras.

En París, en 2016, por una alegre casualidad que puede atribuirse a su paciencia y obstinación, descubrió en el salón de un librero de textos antiguos uno de los cuadernos perdidos de Francisco José de Caldas y una carta manuscrita de Alexander von Humboldt a Agustín Codazzi. Por su diplomacia académica, logró que la Javeriana comprara y repatriara el cuaderno: un volumen encuadernado de 1802, que contiene doce estudios registrados en 118 folios manuscritos y 76 folios en blanco que los separan.

“Soy un historiador de fin de semana”, dice Alberto. Los sábados y domingos, con la paciencia de un monje medieval, se sienta a trabajar en la biblioteca de su casa en una jornada que se extiende desde las cuatro de la mañana hasta la media tarde. Su esposa, Elena García-Reyes, y sus hijos (Daniel, Cristina y Miguel) bautizaron al prusiano “Humbi”, como si fuera un miembro más de la familia.

Pero “la Humboldtiana no es una obra sobre Humboldt, una biografía o una apología del prusiano”, aclara, “sino sobre los encuentros de Humboldt. Describí una era olvidada de la ciencia en Colombia, una era oscurantista que se desarrolló entre la muerte de Mutis y la Comisión Corográfica”. Parafraseando a su amigo Jorge Arias de Greiff, Alberto dice que esos años, mal llamados de “patria boba”, no fueron los de una “ciencia boba”; más bien, dice, se “ha hecho una historia boba de esa ciencia”.

Es una obra ambiciosa. Voluminosa. La de un hombre memorioso, la de un taxónomo. En el primer tomo, Relatio: apuntes y encuentros (dos volúmenes de 598 y 390 páginas respectivamente), cuenta paso a paso el recorrido de Humboldt por la Nueva Granada entre 1800 y 1803, y de sus contactos europeos posneogranadinos entre 1804 y 1859. Un asunto importante es que reconstruye los más de 200 encuentros del alemán con personajes neogranadinos, y luego con los colombianos. Cada nombre, sus respectivos apellidos, sus vínculos, y cada fecha, implicaron una buena dosis de tiempo y paciencia para limpiar las imprecisiones que se han acumulado en la historia oficial. En su discurso de bienvenida a la Academia de la Lengua, en la que Alberto fue recibido como miembro recientemente, Pedro Alejo Gómez Vila, director de la Casa Silva, resaltó un detalle especial: la exactitud que subyace en cada frase de su obra escrita. Aparecen referencias a Francisco José de Caldas, José Celestino Mutis, Joaquín Francisco Fidalgo, Ezequiel Uricoechea, Joaquín Acosta, José Manuel Restrepo, Agustín Codazzi, entre otros protagonistas de la historia científica de nuestra nación.

En 482 páginas, el segundo tomo (tercer volumen) de ese esfuerzo taxonómico agrupa los textos específicos de Humboldt sobre la Nueva Granada. Por ejemplo, Memoria raciocinada de las salinas de Zipaquirá y Ensayo sobre la geografía de las plantas. El apartado sobre este último se denomina “Documenta: publicaciones integrales”.

El tercer tomo, Scientia: escritos científicos y disciplinares, de 676 páginas, es un análisis de cada uno de los reportes disciplinares de los diferentes dominios de la ciencia de Humboldt, a los que se suman textos de siete expertos colombianos sobre el naturalista prusiano. El cuarto, Imago: representaciones e iconografía, es un bello objeto editorial de 128 páginas en gran formato, en el que los mapas y dibujos se pueden abrir en forma de acordeón. Este contiene representaciones iconográficas, esculturas, medallas y cerámicas relacionadas con Humboldt y su memoria en la Nueva Granada y en Colombia hoy en día.

“Los trabajos previos se habían hecho con fuentes fragmentadas, insuficientes. Hice una especie de mapa de Humboldt, una cartografía del personaje”, asegura Gómez.

Tobias Kraft, de la Academia de Ciencias de Berlín-Brandeburgo, le escribió una carta al conocer la obra, en la que lo felicitó “por el increíble trabajo y el impresionante éxito que significa la publicación en cuatro tomos de la Humboldtiana neogranadina. ¡Qué hermoso trabajo!”. El texto de Gómez, dice el profesor Kraft, “es muestra del vivo interés que hoy en día se tiene por la obra de Humboldt en América Latina y abre las puertas para nuevas investigaciones”.

Andrea Wulf, en su libro La invención de la naturaleza (2015) –que revive a Humboldt para los lectores de este siglo– hace un agradecimiento a Alberto Gómez. Se cruzaron en los archivos de Alemania, mientras cada uno escarbaba en busca de sus propios intereses. Alberto le ayudó a entender mejor la relación entre el naturalista y Simón Bolívar, sobre la que se han tejido mitos y mentiras.

La disciplina, la curiosidad y la ambición de precisión siguen despertando muy temprano a Alberto. Ahora, con base en el manuscrito inédito que él repatrió de París en 2016, quiere aclarar si la historia ha sido injusta con Francisco José de Caldas. Como ha sucedido una vez tras otra en la ciencia, los créditos de una nueva idea no siempre se reparten con justicia. Mientras busca las pruebas, cree que la idea de la geografía de las plantas de Humboldt fue planteada simultáneamente por Caldas en los primeros años del siglo xix, con variaciones muy significativas.

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*Pablo Correa es autor de Rodolfo Llinás, la pregunta difícil y editor de temas ambientales, de salud y ciencia del diario El Espectador. Knight Science Journalism Fellow en MIT en 2012-2013

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