Tal vez la experiencia más traumática en la vida de Teresita Gaviria ha sido la desaparición forzada de su hijo en 1998. Hasta hoy no hay rastro de él.  Foto: Pilar Mejía. Tal vez la experiencia más traumática en la vida de Teresita Gaviria ha sido la desaparición forzada de su hijo en 1998. Hasta hoy no hay rastro de él. Foto: Pilar Mejía.

La verdad es el descanso

Teresita Gaviria perdió a trece miembros de su familia –entre ellos su hijo– por cuenta de la guerra. Esa experiencia la llevó al infierno, del cual salió promoviendo el perdón y la reconciliación junto con más de 800 mujeres. Una conversación.

2018/11/27

Por Camilo Jiménez Santofimio*

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Teresita Gaviria es una de las figuras más admirables del masivo universo de víctimas que ha dejado el conflicto armado. Nació en 1948, meses antes del 9 de abril, y su vida y la de su familia fueron cruzadas por las peores formas de violencia. Doce allegados suyos –entre ellos, su padre y su hermano– ya habían sido asesinados o desaparecidos, cuando el 5 de enero de 1998, con el apoyo de la Policía, un escuadrón de paramilitares del Magdalena Medio se llevó a su hijo. Nunca lo volvería a ver. Un año después, Gaviria fundó en Medellín la Asociación Caminos de Esperanza Madres de la Candelaria.

Desde entonces, todos los viernes organiza un plantón en el Parque Berrío y, junto con 886 mujeres, lidera un proceso de construcción de verdad, perdón y reconciliación único en el país, que incluye terapias para víctimas, talleres de perdón y reconciliación con victimarios, y la búsqueda de información para encontrar a personas desaparecidas. Los esfuerzos han incluido un sinnúmero de visitas a cárceles y conversaciones con excombatientes y responsables de crímenes atroces, y les han permitido a las Madres de la Candelaria hallar los restos de 110 personas. En 2006, Gaviria recibió el Premio Nacional de Paz. Ocho años después participó en las negociaciones de paz con las Farc, en especial en la estructuración de la Unidad para la Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas en el contexto y en razón del conflicto armado, bastión del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, del cual también forman parte la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición. A este sistema, Teresita y sus mujeres llevarán la documentación de los casos que han seguido durante los últimos veinte años.

Conversé largamente con ella, y de esa charla surgieron los siguientes fragmentos.

Amar

Ay, mijito, pues qué te cuento. Hoy la gente se toma la palabra “reconciliación” deportivamente. Como para otros menesteres. No la usa como yo la entiendo, que es para perdonar al otro; porque es para eso que está hecha, para poder estar con quien nos hizo daño. Cuando uno se ha reconciliado, víctima y victimario desaparecen, y así entendemos que todos somos sobrevivientes. Esto me ha pasado a mí; nos ha pasado a nosotras que trabajamos en esto desde hace años. Reconciliarse exige perdonar, y para perdonar hay que escuchar, entender, reconocer. Se trata de no perdurar en odios y rencores, en cosas que no permiten pasar la página. Yo llevo, nosotras llevamos, ya veinte años en este trabajo. Destapando fosas hemos entendido que muchos de nuestros desaparecidos no regresarán con vida. Es que, mira... eran tiempos muy difíciles. Nos tocó acercarnos a paramilitares y guerrilleros. Y decidimos hacerlo, así nos pelaran. Al principio, cuando estábamos todavía muy lastimadas y solo sentíamos odio, fuimos solas a buscarlos. Ellos eran muy fuertes, y eran muchos. Les dijimos que buscábamos seres queridos. Les dijimos, también, que los íbamos a perdonar. Con el tiempo, los volvimos a ver, ya no escondidos en las cordilleras como los ogros que eran, sino en cárceles de máxima seguridad. A estos lugares no entra cualquiera. Allá llega solo quien tiene argumentos. Entramos a esas cárceles convencidas de que quienes debíamos cambiar éramos nosotras; teníamos que cambiar nuestro lenguaje por algo más sencillo, más amable. Al fin y al cabo, ellos eran seres humanos recluidos en una cárcel. Les dijimos: “Ustedes saben que perdonar no es olvidar”. Sabían de qué hablábamos, pues eso era lo que buscaban: no olvidar el pasado, sino superarlo. A mí una vez Carlos Gaviria me dijo: “Teresita, hay que perdonar y pasar la página, y eso quiere decir que hay que olvidar”. Yo le dije que eso es imposible. Perdonar no puede significar permitir que haya dolor, o negarlo. Perdonar, para poder reconciliarse, es hacer un alto en el camino, cambiar el odio y el rencor por el amor.

Aquí, mijito, en el fondo, la palabra clave es el amor.

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Odiar

En la época en que apareció Madres, estábamos envueltas en nuestro sufrimiento. Éramos apáticas, estábamos muy solas, y nuestra lucha se volvió peligrosa. Eran tiempos terribles. Llegábamos a los barrios y decíamos: “Démosles cacha a esos paramilitares”. O nos sacrificábamos y pedíamos que nos llevaran para que los liberaran a ellos, para que nos dijeran dónde los tenían. En el año 2000, Don Berna nos dijo que teníamos que irnos de Medellín. Una de nosotras le respondió: “No vamos a salirnos de aquí. A mi hija ustedes la desaparecieron en la Comuna 13, y no nos vamos a mover”. A esa mujer la mataron. Se llamaba Luz María Cárdenas. Pero también el odio terminó matando a las mujeres. Yo vi eso, y eso me ayudó a cambiar y a hacer a otras cambiar. Cuando uno odia, en realidad uno está convencido de que el perdón no es posible. Esos actos que han cometido esos señores –dicen muchas mujeres– no son perdonables. Y no… no es así. Uno puede perdonar. Cuando acababan de hacer desaparecer a mi hijo, yo iba y les decía: “Vengan y me matan”. Hoy no quiero que nadie me mate.

Me costó mucho tiempo, pero ya entendí que no somos seres de luz. Solo queremos hablar. Y esto significa que tenemos que ponernos a la orden del otro.

Cambiar

Por nuestros rostros han rodado muchas lágrimas. Hemos llorado mucho por lo que ha pasado con nuestros familiares desaparecidos, pero también con nosotras mismas. Yo he visto a mujeres morir, literalmente morir, por el odio y el rencor. Yo misma sufrí mucho por cuenta de eso y puse mi vida en riesgo. A mí ya me habían matado o desaparecido a doce familiares cuando me desaparecieron a mi hijo. Eso fue el 5 de enero de 1998. Yo decía: “Desgraciados, infelices, cómo se llevan a mi hijo”. Siempre he dicho que las personas que pasan por esto, que viven estas catástrofes, tienen tres opciones. O se vuelven drogadictas, o se encierran en el dolor, o piden ayuda. Yo he pasado por las tres cosas. Por esa época en que desaparecieron a mi hijo, empecé a enfermarme. No dormía de noche por culpa de esos desgraciados; no podía comer por esos desgraciados. Un día me dio un infarto; luego, una enfermedad. Me encerré por dos días y le pedí a Dios que me ayudara a cambiar. Tuve un abogado que me acompañó mucho, y a él le dije: “Creo que me voy a morir”. Con trece personas muertas y desaparecidas en el conflicto... ¿quién lleva ese dolor? No fue fácil. Yo lloro todavía. A veces, lloro de la felicidad. ¿Cuánto no he trabajado para que la gente perdone? Es una lucha permanente. Si criticas al otro, no lo estás perdonando, no estás ahondando en ti. Tienes que cambiar tu forma de ser. Yo cambié. Si amas al ser humano, tú cambias porque cambias.

La felicidad de lograr esto me llevó al amor. Así entendí que sí se puede perdonar.

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Perdonar

El pasado no perdona, eso lo sabemos. Entonces, nuestra obligación es perdonar, y para mí, dar perdón exige empatía; empatía con los propios jefes paramilitares, con todos ellos. Siento que es clave tratar a todos con respeto, con delicadeza. Lo merecen porque detrás de cualquiera de sus actos hay una explicación. A algunos les negaron el amor desde que llegaron al mundo; otros perdieron su hogar. Es la condición humana. Ante ella, uno debe velar siempre por sentir amor. Tenemos que desarmar nuestros corazones, y con el corazón desarmado, amar al otro. Ya te conté, mijito, que llevamos años yendo a las cárceles. Hemos ido a La Picota, a Itagüí, a Montería. Luego extraditaron a varios. Pero esperamos, y durante la espera nos metimos a un taller de preparación, que nos sirvió mucho. Cuando volvieron los que volvieron, fuimos a hablar con ellos. Les dijimos que estábamos buscando la verdad. Les preguntamos por qué les habían quitado la vida a tantas personas. Al principio se quedaron callados. Nos presentaron abogados, que no buscaron sino hacernos el quite. Pero volvimos una y otra vez, especialmente a Itagüí, y cuando volvimos a decirles que lo único que buscábamos era la verdad, nos respondieron que ellos lo único que buscaban era la reconciliación con las víctimas. Uno tiene que reconciliarse con lo que más le duele. Yo lo he debido hacer con mi familia, con mi hijo. Otras mujeres han debido hacerlo oyendo los testimonios de otras: “Señora, a mí me pasó lo mismo, a mí también me duele eso y me duele la tortura moral. Pero hay esperanza de encontrarlos, vivos o muertos”. Por su parte, ellos, los que hicieron daño, lo hacen con sus víctimas. Lo hacen porque lo necesitan. Algunos de mis amigos paramilitares aportan a esto, y hoy los reclusos de la cárcel de máxima seguridad de Itagüí le han cambiado el nombre por Centro Penitenciario La Paz.

Eso es algo que ni siquiera ha pasado en Argentina. Allá se quedaron sin perdón y con olvido.

Aceptar

Hoy, cuando matan a un líder, me dicen que estoy amenazada. No reacciono con miedo; más bien aprovecho para hacer mi labor. La semana pasada, me hablaron de un señor, cuyo hijo es paramilitar en Necoclí. Yo fui, me le puse a la orden y le dije: “Te invito a que nos tomemos algo”. Me contó que su hijo se le había salido de las manos, que se había vuelto a casar porque le habían matado a la esposa, es decir, a la mamá del hijo... Por ahí iban las cosas. Ahí está lo humano. Ahí es donde necesitamos mejorar. Necesitamos un país en que quepamos todos en nuestra humanidad. Para lograrlo, hay que sensibilizar a las personas. Hemos logrado hacerlo, creo, en la Policía, de la cual renegué por mucho tiempo porque fue un agente quien entregó mi hijo a los paramilitares del Magdalena Medio. En esa época, la Policía vivía amangualada con ellos, pero hoy trabajamos con su unidad de derechos humanos. Lo mismo con el Ejército; hoy tenemos otro Ejército. Antes hacían desaparecer muchachos. Hoy, a pesar de los problemas, hay avances. Por ahora, los guerrilleros, sin lugar a duda, son los más reticentes. En un centro penitenciario, un exjefe paramilitar me dijo: “Hombre, hay mujeres que quieren hablar contigo…”. Pero en la guerrilla son parcos, cohibidos. Yo me reúno con Pastor Alape y con los muchachos en las zonas veredales. Pastor me ha dado confianza. Me ha acompañado a encuentros de reconciliación. A los muchachos les preguntamos por los desaparecidos, pero no parecen darle todavía confianza a la verdad. A veces se abren un poco, sobre todo cuando uno comienza con un chiste. El diálogo, la forma como uno lo construye, es fundamental para el acercamiento. Pero la mayor distancia la tienen otros, justo aquellos que no necesariamente fueron actores directos del conflicto. Los empresarios tienen la cabeza en otro lado. A veces son muy receptivos, pero otras veces no quieren ni vernos. Hay todavía muchos que no dan la cara. Y el Congreso me tiene desesperada. Allá quiero ir y contar mi experiencia, en todas las comisiones, especialmente en la de Derechos Humanos. Quiero decir cuánto podemos perdonar, pero los congresistas parecen niños chiquitos. Discuten y discuten, y no escuchan. Cuánta sensibilidad les falta, cuánta decencia. Es un horror.

La reconciliación para nosotras es encontrarnos con el que nos hizo daño y entablar un diálogo con base en la verdad. Yo invito a los actores a que me miren como una amiga y no como una enemiga, porque no los voy a juzgar.

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Sanar

La verdad es sanadora, al igual que el perdón. Por eso debemos esclarecer los hechos relacionados con todos los seres humanos en el conflicto. Te voy a decir algo: la verdad jurídica no nos sirve para nada. Cuando estábamos en versiones libres, el fiscal le decía al muchacho: “Pedí perdón, carajo hombre”. No, uno no puede exigir perdón así. La verdad de un tribunal es arrastrada, obligada. La verdad que necesitamos, la voluntaria, es la que cada quien puede expresar, la que a cada quien le nace, la que cada quien reconoce sin presión. Es distinto contar la verdad así que contarla, por ejemplo, a la Fiscalía. Allí cuentan la verdad a medias. Muchos muchachos en las cárceles, desesperados, me dicen: “Madre, haga algo para que me escuchen”. Esa voluntad de verdad es la que más vale. Mijito, en veinte años de trabajo, de mis visitas a la cárcel, yo he sacado sesenta y cinco verdades. Sesenta y cinco mujeres han podido saber qué pasó con sus hijos desaparecidos. Esas mujeres están felices. Si a mí me dijeran dónde quedó mi hijo, yo quedaría feliz. Hace pocos días, el 9 de noviembre, por ejemplo, se le entregó el esposo a una compañera, y ella saltaba de la felicidad. Lo habían desaparecido, según nos contaron, porque supuestamente lo habían cogido con un costal de marihuana. Pero en la zona donde vivía no se cultivaba marihuana. Entonces, llamé a la persona que había señalado a ese hombre de portar marihuana, y le dije: “Tú mentiste”. Él, que era un guerrillero, me dijo: “Sí, tienes razón”. Así se da la verdad. Tenemos que hablar y confiar en el otro. Pero no será fácil llegar siempre así a la verdad porque todavía nos falta la verdad desde arriba. Allá arriba ha faltado humildad y voluntad para usar la verdad. Yo veo al general Montoya y me digo: “Cómo nos ha dolido todo lo que él tapó”. La verdad solo es aquello de lo que uno tiene la valentía de salir a decir en público. Yo lo digo claramente: a mi hijo se lo llevó Ramón Isaza, él mismo lo ahogó; él tiene verdades por reconocer. Tenemos que fortalecer el valor de la verdad. Para cualquier ser humano, la verdad es el descanso. Es el descanso eterno.

Alguien se puede morir, pero con la verdad lo hace tranquilo. Tal importancia tiene esto.

*Periodista con quince años en el oficio y estudios de Filosofía e Historia. Director general de ARCADIA.

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