RevistaArcadia.com RevistaArcadia.com

La vida entre palabras

Historias de existencia y supervivencia de personas de los sectores sociales LGBTI que exaltan sus luchas y sus victorias. Estos textos fueron elaborados en un taller de creación con la escritora y columnista de ARCADIA Andrea Mejía.

2019/10/29

Lea aquí todos los contenidos de DIEZ

Existencia

Por Juan Ruge

No basta con quedarse en cama todo el día, mirar por la ventana, a la pantalla, o tratar de leer filosofía del siglo xvii, ¿o sí? Aun así, eso es lo que respondo cuando mis matches de Tinder me preguntan qué hago:

—Existir.

Últimamente he vuelto a subir historias de Instagram, aunque sean cosas muy banales: una selfie comiendo sushi, la copa de un árbol meciéndose con el viento o el conejo de peluche rosado al que le falta un ojo. Había dejado de sentir la necesidad de hacerlo, por un tiempo, pero otra vez la siento, como una urgencia.

De pronto se debe a eso, al ataque violento en la noche de año nuevo: una banda de atracadores me tiró al piso y uno de ellos pisoteó mi cabeza hasta dejarme inconsciente junto a un charco de mi propia sangre, mientras a Simón lo apuñalaron dos veces; de pronto se debe a eso, tengo una necesidad de reafirmar mi existencia, porque casi la pierdo, supongo.

Lo hago. Trato de representarme a mí mismo por medio de las cosas que están frente a mí, como muchos lo hacen. Sé que no soy yo.

No podría decir con certeza que existir es utilizar los sentidos, tampoco que existir es ser percibido por los sentidos de otro. Si existir es ver, veo muchas cosas. Veo el sol afuera; imágenes que llenan un espacio en nuestra existencia común como seres humanos, con las que me identifico a veces, pero no existo a través de ellas, ni cuando las comparto. No soy yo. Me gustaría creer que mi existencia está en la mirada de otros, y no cualquier otro, sino otros que ven significado en mis gestos y acciones. No sé si alguien lo hace, pero sé que hay a quienes les he concedido el poder de ampararme o abandonarme.

(Dime algo como que no existo porque no piensas en mí).

Hobbes cuenta que “la lengua latina tiene dos palabras cuyos significados se acercan a los de bueno y malo: pulchrum y turpe. De ellos, el primero significa aquello que por alguna señal aparente promete el bien, y el último, aquello que promete el mal”.

De pronto he decidido solo existir en la mirada de aquellas personas que prometen el bien. Aunque me da miedo, les doy el poder de amparar o abandonar mi existencia.

Y entonces me limito a reafirmar mi existencia con esos gestos banales, fuera de todo honor y toda gloria me refugio en los pasillos de una biblioteca mirando imágenes de piedras y montañas vistas desde el espacio; entonces no me siento ni grande ni pequeño, solo existiendo. Es esa existencia la que tengo para ofrecer y de la que me da miedo escapar, y aun sabiendo que es insuficiente, me resulta difícil tener fe e imaginar un mundo en que esas banalidades tienen un significado más bello, más pulchrum tal vez.

Acepto una existencia solitaria y aburrida, a veces vacía, e incluso la atesoro, me resigno a ella, me aferro a ella, pero también la aborrezco y le temo. Igual a todo, sin ganas.

Siempre me quiero morir, lo digo con mucha frecuencia, y aun así agradezco no haber muerto ese día.

Me iré a casa

Por Juliana Loaiza

Quiero que mi vida termine con mis manos

que luego no haya palabra que pronunciar

cuando lo sentí todo

¿Quién me puede decir si soy genuina?

si sé que aquel amó 

tanto como yo

¿por qué la palabra es mi herramienta?

y por qué no lo es una pistola

o un pincel

¿Por qué me fijo en el sonido de la ciudad?

gran ciudad

Y si mi destino es dormir

como un gato

estar colgada de una rama, ser verde

no importarme el sol

no tener que mirar la hora 

no preguntarme qué es un álbum,

cómo se escucha

Y otra vez, cómo se está

Tal vez no en una página pública

Tal vez no en una mesa de estudio

La vida es:

que la niña que lloró por protagonizar

ahora se da cuenta que es invisible

a los ojos del mundo

y que lo es todo a los suyos propios

Por eso mi vida acabará con mis manos

Lo digo hoy que estoy tan feliz

Lo digo hoy que nada más 

tomé té

y vi un pájaro pasar

Sé la razón que hará que me mate

y la guardaré como un secreto

por siempre

mientras veo los años pasar

Seguimos vivos

Por Germán Silvia Bustos Forero

La cabeza rapada, no parpadea. El brazo firme con el revólver empuñado. Es el momento decisivo de la rivalidad entre dos bandas de skins. Si aprieta el gatillo, los suyos se llevarán la victoria. De repente la mano tiembla. Se da la vuelta, entrega el arma y se va. Años para que el cabello crezca, años para que el cuerpo acostumbrado al gimnasio modifique su estructura con las hormonas, años para que la eps apruebe la cirugía de reasignación de género. Ella prefiere no recordar; solo sus amistades más cercanas recuerdan que un día decidió ser la mujer que siempre soñó y no el asesino en que el miedo a la discriminación estuvo a punto de convertirla.

Es divertido almorzar con papá. Lo hacen muy poco. Lo hacen a escondidas de la madre. Ella espera que se encuentren solo para que le dé el dinero para pagar la universidad. Padre e hijo almuerzan, se cuentan chismes, comparten sueños y esperanzas. No tiene ningún problema con que a veces también los acompañe el novio de papá, aquel apuesto muchacho venido de provincia que la madre quiere asumir que no existe.

La bebé ya cumplió su primer año. Al principio fueron muy cautelosos; en la primera nota de prensa que se hizo se mencionaba el suceso, pero se ocultaban los nombres. Nunca se publicó. Finalmente decidieron contar su historia al mundo. Aunque a decir verdad no tiene nada especial: son una familia como muchas otras, con un papá, una mamá, una bebé y muchas tías. Lo único especial es que el papá fue el que estuvo embarazado.

Ama sentir piel femenina en la suya, tersa y delicada. Ella disfruta mucho el contacto, el olor, la caricia, el aliento. También ha estado aprendiendo a disfrutar el tono de la piel y el color de los pechos cuando les da el sol, pero tuvo que aprender a ver. Sus padres le dieron amor, palabra, tacto, olores, sin embargo nunca le enseñaron a ver. Uno no puede dar lo que no tiene.

Intentar ser feliz, amar a quien uno quiere, ser, estar, parecer y actuar en el mundo en coherencia con lo que uno es en realidad. Nada más humano. Nada más natural.

Ahí están, en la gran ciudad. En las grandes avenidas y en las pequeñas callejuelas. En los centros comerciales y los barrios marginales. Algunos se etiquetan y convierten su cuerpo y su amor en luchas políticas. Muchos temen y se cuidan mucho de que no se les note. Temen perder sus empleos, temen perder sus familias, temen perder su amor. No les falta razón, sucede con criminal frecuencia. A veces hasta la vida se puede perder.

Están vivos. A pesar de no entender todo lo que eso significa, a pesar de las dificultades cotidianas, a pesar de las tasas de suicidio muy por encima de las del promedio de la población, a pesar de los esfuerzos por homogeneizarles y normalizarles, a pesar de la discriminación, la endodiscriminación, la exclusión, las amenazas, la violencia y la muerte.

Están vivos. Tal vez no son tan “raros” como pensabas, están a tu alrededor, son tu compañero de oficina o universidad, quizás alguien con quien fuiste al colegio. A lo mejor es tu tía, tu primo, tu hermana, tu padre. Podrías ser tú, que no has querido decirte esa verdad.

Quedan tantas historias por contar…

Rostros de Dostoyevski

Por María Victoria Córdoba

Frente al espejo

con los ojos cerrados

persiguen

sus propias travesías y ahí están

los de las heridas que no acaban

amontonando cicatrices;

los cansados de sí

que buscan soledades vagabundas,

los de ayer que se quedaron mirando a las ventanas

sin saber que eran solo pedazos de sus sombras cruzando por ahí,

los de los sueños desdibujados

en el abismo de los suicidas,

los que esquivan su mirada

para no ver el llanto que los llueve,

los que se ríen como caricatura

en los libros de una venta callejera,

los que seducen la luna llena

metiéndose a la cama de sus desconocidos,

los que después de todo solo abren los ojos

para esperar en la plaza mayor más desaparecidos,

los que se encuentran con el mismo cinismo

a la misma hora y en la misma calle para acompañarse,

hasta los que con amor

untan todo de insomnios en una taza de café,

y tú

que a la vuelta del mundo

giras en el espejo el hemisferio de la noche

que no me deja verte.

Minutos de vida

Por José L. González Ríos

Los cálidos rayos de sol sobre mi cara hicieron que despertara del profundo sueño en que me encontraba; al abrir los ojos observé todo a mi alrededor como si estuviera realizando un inventario rápido de la alcoba. Vi, sobre la mesa de noche, a mi lado derecho, dos vasos, cada uno con un trago de licor tomado a medias. En ese momento tomé conciencia de mí y desperté completamente.

En el piso, ropa tirada como si el tiempo apremiante hubiera implorado disfrutar los últimos minutos de vida y no quisiera detenerse en pequeñeces como organizar el ropaje. En mi cama, al lado izquierdo, está él; su brazo sobre mi pecho, negándose a salir a la realidad que implica despertar. Entre las sábanas se puede entrever su pierna atlética, maciza. Observo con detenimiento su cara, una gota de sudor resbala suavemente por la superficie de su frente que al toparse con los rayos del sol se torna más cristalina y brillante, materializando sensaciones, pensamientos y sueños. El hombre, en un sueño tranquilo y sereno, deja ver sus largas pestañas rizadas que al juntarse asemejan una reja con un aviso de “no molestar”, y veo detenidamente sus cejas pobladas, su piel tan masculina, pero a la vez tan cuidada y conservada; su barba con visos rojos y otros de color rubio relucen de manera armónica con la luz solar que ingresa tímidamente por la ventana de mi alcoba creando una amalgama de colores que, para mí, ya es todo un espectáculo. Vuelvo la mirada al techo, en ese momento llegan todos los pensamientos e interrogantes alrededor de las circunstancias; sin embargo, me siento vivo en un mundo de zombis.

En medio de mis reflexiones es inevitable no tener frases y pensamientos críticos, así como sobre lo complejo de vivir mi realidad; pero sucesos como estos me hacen sentir positivo, relajado, descansado, vivo. Después de pasar nuestros cuerpos por la embriaguez de sentimientos, sensaciones, deseos, en que la cordura y el raciocinio son irrelevantes, lo único importante o realmente valioso es este momento, nuestro momento. Porque la vida es tan corta como para dejar de hacer, sentir o expresar todo aquello que nos llena aún más de vida, sintiendo la muerte tan cerca como si fuese una epifanía de lo que debería ser el paraíso: una vida sin ataduras, temores, con total libertad de ser y sentir. A veces creo que estoy en un mundo de zombis, donde los “no vivos” siguen un patrón determinado y moldean cada individuo para ser infeliz; donde cada sueño, anhelo, esperanza, gozo, deseo son castrados, tildados de ilusiones utópicas; en otras palabras, asesinados por la censura. Es por esto que nutro mi vida con cada momento, pues, en definitiva, cada uno decide dedicarse a vivir o morir, y siendo así, cada día, mi deseo es vivir.

Flores dominicales

Por CamiloArt

Se escurría la tarde inmóvil de un estudiante de Administración de Empresas que entre clase y clase entregaba flores por Universidades, San diego y La macarena. Su teléfono lo distraía con pedidos que le hacían otros estudiantes como él. No tenía clase. Le daba un desespero estar tirado en la cama: había hecho del correr su rutina, del movimiento su guía. Vibró su teléfono, reconoció el número:

—¿Y a dónde se las llevo, viejito?

—¡Pero qué falta de cordialidad, oye! Ando en Periodistas. ¿Me salvas?

—Sisas, viejito, ¿Lo de siempre?

—Y la ñapa.

—Hágale pues. Ya le caigo.

—Vale, chao chao chao.

Brandon estiró los brazos, se levantó. Arrastró una toalla. Una ducha helada le quitó el enchonche. Buscó con su vista unos tenis, unas medias enrolladas y un pantalón botados en el piso, se los puso, caminó a la nevera, bebió directamente de la jarra que tenía jugo de guayaba, mordisqueó los restos de una pizza y salió con sus flores encaletadas.

Bajó por el camino empedrado, saludó a los hippies. Al llegar a Periodistas escuchó una bulla que provenía de la 19, por los lados del Colombo. Era música, rumba, gente muy enfiestada en una chiva. Se acercó al carnaval. Un tipo lo empujó accidentalmente por andar forcejeando con otro man. No era un forcejeo normal: se restregaban, se agarraban re duro, al chocar contra la pared reconoció a su cliente, los dos tipos seguían en lo suyo, se besaron y se besaron tanto que Brandon no sabía dónde meterse, cómo interrumpir, pa’onde mirar.

—¡Ahí estás! —acomodándose horriblemente la entrepierna— ¡Pero si no tardaste nada!

—Estaba cerca.

—Ay, pero me quitás esa carita de santurrón.

Brandon se acercó, le entregó las flores. —Todo bien—respondió.

—¿Estás seguro? Pareces un tomate.

—Seguro, viejito. Esa está buena, disfrúteeeenla.

Emprendió el retorno. Quería expresarle a su cliente que todo bien, pero todo bien en serio, no todo bien es todo mal, porque en realidad estaba todo bien. Para su labor y para casi todo, esos temas eran irrelevantes. Con sus mejillas sonriendo recordó cuando pilló a su tía en una cosa similar y esa vez al igual que hace unos minutos sintió lo mismo: que todo bien, por eso estaba seguro que todo bien.

Viva

Por Alejandro Suárez Beltrán

Viva del cuerpo de ella. Ni más ni menos. La medida de mi vida, de mi espacio, es la exhalación de su boca cuando la noche pestañea en madrugada. Viva en su sangre cuando me masturba con su sexo que se repliega y se abre en el mío, gemelo, reflejo, mordeduras electrizantes que zigzaguean en la entrepierna. Muerta de miedo por perderla. Porque si la perdiera quiere decir que lo que escribo está muerto, que el sueño será sueño, que ella no será ella. Que mi vida no es vida. Que su aire no se entrecruza con el mío. No me veo viva si no me ve. Si su mirada no me reconoce en lo abisal de la noche. ¿Qué es de mi cuerpo sin el acecho de su deseo? ¿Qué es de mi deseo, muerto, sin la aspiración de su boca que escala en mi cuello? Si no siento sus labios jugando con los míos, ¿estoy viva? ¿Este lenguaje está muerto por añorar el cuerpo que no está?

La cosa que es mi cuerpo no es si la tensión de su sangre no palpita en la mía. Si no hay deseo. ¿Qué es de todo cuerpo que se recoge en ausencia? Muerte. La muerte me sofoca a esta hora en que la noche se consterna en su frío. Me conjura la letanía del cuerpo que no se complace con su propia existencia. Los cuerpos son cuerpos porque son en la conexión con otros. El cuerpo de A. es una gruta donde el mío se ilumina.

El único cuerpo, el indeleble cuerpo, quebrantador de otros cuerpos, lengua limpiadora de dientes manchados de cafeína.

Lengua efímera.

Lengua cataclismo.

Lengua que quiero decir.

Lengua que quiero decirte para que la invoques con tus ojos cerrados.

Lengua ángel, salvadora de cuerpos: vida de mi cuerpo.

La diversidad es un cadáver exquisito

Por Dani Castro Calvo

La diversidad está muerta. O al menos parece soportar una agonía. Se revuelca adolorida entre propaganda y publicidad. A la diversidad la amenazan los gomelos, la patean quienes la pintan de banderas ajenas, la acribillan los escenarios y la matan las empresas.

Escondida a plena luz, la diversidad está desaparecida. Ella iba sola y se la llevaron. ¡La forzaron! La subieron al escenario, le ofrecieron los trabajos que nadie más quería. En ese escenario no tiene voz y se ve obligada simplemente a llenar un espacio vacío: debe seguir el libreto. ¿Qué va a pensar la gente si empieza a curiosear, a preguntar, a improvisar? No, no. Ella no es payasa, no vino a entretener, su vida no es un pasatiempo. Lo sabe muy bien: la diversidad no es un espectáculo. Sin embargo, la manosean de frente y nadie hace nada. Lo empezó a naturalizar. Ella aguanta, recibe un golpe y otro, se levanta y se para firme, lista para seguir, para devolver el impacto.

Ella solo quería sobrevivir, por eso aceptó unos cuantos pesos –que mucho le hacen falta si por alguna desgracia termina en la eps– por un comercial, unas fotos; ella replica el guion al pie de la letra. Nada le quita ni le pone. Aceptó esa “oportunidad” y luego le robaron todo lo que llevaba, incluso la memoria que guardaba siempre en el bolsillo.

Quedó confinada a su cama, agotada y ahogada de tanta confusión y tan poca difusión. Quedó enferma y desconcertada de tanto que la relacionan al hombre blanco, marica cisheteronormativo y, para rematar, gomelo. Quebrantada llora. Pero sigue, herida, negra, indígena, enloquecida, alborotada, lideresa, bruja, poderosa, asquerosa, atrevida, furiosa, con discapacidad, no binaria, vieja, pobre, ciega, sorda y muda... o más bien enmudecida y censurada.

Ahora está harta de tanta mierda. Sacó fuerza de donde no sabía que podía, se levantó y decidió no contenerse más ni sacrificar ninguna de sus facetas, decidió reclamar cada territorio y abogar por la política de la empatía: está forjando escudos de afecto para protegerse y armas de creatividad para contraatacar. Va sola y no tiene para dónde ir aunque la vean en todos los portales, en todas las paradas de bus, en todos los barrios, en todos los pueblos. Sí, va sola, pero no hay quien la detenga o quien pueda más que ella. Ella es una perra que no ladra, pero a la menor provocación muerde... y duro. Dicen que es demasiado agresiva, es que ahora nadie puede contra ella.

Steven

Por Miguel Cuesta

Hace unas horas estábamos discutiendo. Nada grave. Tú hiciste eso, yo hice esto, yo te conozco, tú a mí, tú sabes, yo sé, soy así, eres así, somos los dos. No vale la pena continuar con la pelea, somos conscientes del tiempo y nos decimos las verdades, de igual manera rápido para herir poco, pero soltar lo suficiente. La noche es fría, mi tos es reacia, y la llovizna molesta. Así suelen ser los días en los que nos vemos; nadie creería, pero son los días más bonitos. Lo recogí en la universidad, casi queriendo evocar historias cursis. Subimos hacia un centro comercial, yo en silencio todavía molesto; como casi siempre, la rabia me dura un poco más. Una vez dentro vamos a la plazoleta de comidas, nos sentamos entre la gente, nos abrazamos, nos repetimos historias nuevas, nos besamos y nos reímos. Ahora sabemos que todo está bien nuevamente.

A Steven le gusta la música, la gente que canta y la gente rara, por lo que el karaoke improvisado del lugar resulta ideal. Quisiera subir y cantar, al igual que él, pero los dos nos quedamos sentados porque sabemos que nos falta todavía valentía para ciertas cosas. Nunca tuvimos miedo de besarnos, tomarnos de la mano, ni ninguna otra cosa en público, pero sigue habiendo cosas que se nos escapan. La vergüenza siempre pesa, me digo.

Luego de comer, de unos cuantos besos y algunas risas, salimos de allí. Estos momentos de compañía, de tacto y las ganas reprimidas de cantar son lo que significa estar vivos, incluso la rabia que sentí antes, creo. Salgo de mis pensamientos también y me concentro en la oscura calle. Como casi siempre, el piso está mojado. En esta parte no hay de esos horribles ladrillos que acumulan agua esperando tu pisada para escupir. El piso es liso y la poca luz que hay deja distinguir los colores. Yo la miro y dudo un momento, pero pienso en Steven que está a mi lado, con él no me cuesta dejarme ir y ser yo. Entonces doy unos pocos pasos atrás y empiezo a saltar la rayuela. No hay piedrita pero no es necesario: uno, dos, tres, cuatro y cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez, y escojo el infierno solo porque sí.

Cuando duele el amor

Por Martha Teresa Buitrago Aceros

Augusto es un joven de alta estatura, delgado, de grandes y expresivos ojos verdes y de carácter apacible. En el colegio, durante su adolescencia, varias chicas querían ser su novia o su amiga especial. Él les sonreía pero hasta ahí llegaba su cercanía, pues al contrario de sus compañeros de clase, él no pretendía acercarse a ninguna, ni tampoco asistía a las discotecas a donde era invitado, constantemente, por sus parceros. Prefería la lectura. Parecía una persona mayor, aunque fuera un adolescente.

Ya en su casa, la situación era otra: al lado de su primo, con él, parecían hermanos gemelos. La pasaban del carajo. Veían películas, jugaban con las almohadas, disfrutaban esas hamburguesas, los jugos, las gaseosas; comidas que a juntos les gustaba. En fin, era otra vida con una persona que le encantaba.

Uno de esos días, de los abrazos de juego se pasó a las caricias, y de ahí, rápidamente, a los besos. Su primo le rozó sus labios con tanta dulzura que Augusto pensó que estaba llegando al cielo. El placer de esos carnosos labios perduró por siempre en la mente y en el corazón de juntos, aunque fuesen instantes fugaces en ese momento. Su búsqueda de satisfacción se hizo cada vez más latente. Aprovechaban cuando estaban en el comedor, en la sala, en la cocina, solos o acompañados; encontraban las estrategias para acercarse sin que sus padres y hermanos se dieran cuenta. Sus manos, labios, pies, todo era susceptible de toque.

El primo, quien no vivía en la casa de Augusto, empezó a visitar con mayor continuidad la casa, con o sin excusa. Eran unos amantes menos furtivos con el pasar del tiempo. Cualquier espacio era aprovechable para acariciarse y darse placer mutuo.

De repente, la época de las novias empezó para el primo y con este momento, el dolor para Augusto. Ahora lo tenía que compartir con una chica, con una rival. Tristeza y melancolía. Augusto, de ser un joven sonriente y caluroso en su trato, se convirtió en un muchacho taciturno; ahora poquísimas cosas le interesaban.

Pero el momento culminante de su angustia llegó cuando su primo se casó. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Hubiera querido gritarles a todos en la iglesia que él tenía una relación clandestina con el novio y que eso era un impedimento. Pero no, no pudo. Pensó que el primo quizá negaría esa relación y diría que eso fue pasajero, algo de muchachos. Además, la pareja de novios se veía tan feliz que Augusto no sentía ni fuerza ni coraje para destruirla. Recordó a Federico Moccia cuando escribió: “Y de repente te das cuenta de que todo ha terminado. Ya no hay vuelta atrás, lo sientes, y justo entonces intentas recordar en qué momento comenzó”.

Augusto sintió en su corazón que debía seguir viviendo con el secreto y pensó que aquel hombre, que en ese momento decía SÍ ante testigos, le decía a él, seguramente, NO. Las lágrimas siguieron rodando. Le dolía la vida, pero aun así se alegraba de ver feliz a su eterno amor.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

Maria,

Gracias por registrarse en REVISTA ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción, por favor ingrese la siguiente información:

O
Ed. 170

¿No tiene suscripción? ¡Adquiérala ya!

Su código de suscripción no se encuentra activo.