Un acto simbólico por la Operación Orión en la Comuna 13 de Medellín. 16 de octubre de 2015. Foto: Pablo Andrés Monsalve Un acto simbólico por la Operación Orión en la Comuna 13 de Medellín. 16 de octubre de 2015. Foto: Pablo Andrés Monsalve

Las víctimas cotidianas

Como un acto de rebeldía ante la masacre, la barbarie, que aniquilaba a cientos de jóvenes día a día en las calles de las comunas nororientales de Medellín, el autor tomó la firme decisión de hacer barricadas de poemas. Saltimbanquis en patas de palo caminaron el barrio derribando las fronteras del miedo que fueron instaladas cada 90 metros por los chicos sombra y los chicos de metal.

2017/09/19

Por Jorge Blandón* Medellín

Las mujeres y hombres del barrio fueron arrinconados por una guerra que no era de aquí y donde personajes siniestros, venidos de otros lugares, instalaron un fortín donde iban incorporando una nueva especie de verdugos a sueldo, mano de obra barata. Sin calificar. Segura de sus actos. Sin temblor en su mano. Con la sangre fría. Estos se paseaban por la esquina haciendo las veces de “falsa” autoridad. Y todo esto a plena luz del día. Todos sabían, pero nadie decía nada.

Uno de ellos representaba al “chico de metal”, él buscaba alcanzar la velocidad de la luz en una TT 500, con un fierro en las manos. Y seguro que fue alcanzando el umbral entre la vida y la muerte, que se perdió para la vida.

El otro era un “chico sombra” de pasamontaña, testigo de cómo la metralla arrancaba de su corazón la ilusión de cambiar el mundo. Ya no tenía más vida para ofrecer a la vida, y nunca más conocería el amanecer de la nueva primavera.

El chico de metal hubiera hecho todo por “la cucha” (su madre). Seguía los preceptos de su propia fe a pie juntillas. Nada le sacaba de la cabeza eso que amaba, por un instante el metal como moneda o el metal como rayo de fuego.

Cada día con su noche el chico sombra patrullaba el barrio, en su mirada arreciaba el temple de un nuevo orden. Su ideología imperante, también imperial. Su mandato jerárquico. Su estatus era impuesto por una doctrina foránea. Su ideal: la lucha armada para liberar unas “mayorías”.

La vida entonces era una tragedia humana, allí no valía decir que “no matarás ni con hambre ni con balas”. La muerte siempre estaba agazapada aguardando a un chico sombra o a un chico de metal. Cualquiera servía a las pocas penurias de la parca.

La vida del barrio, llena de injusticia y miseria, se hizo cada vez más un “paréntesis indefinido”, una nueva vida, un nuevo hombre, una nueva sociedad se tornó esquiva. La vida no valía nada. El chico sombra y el chico de metal eran víctimas y victimarios de unos y de otros. Y todos los otros olvidados por el sistema eran víctimas de una sociedad deshumanizada.

La cosa se puso mala en la casa de todos. Todos fueron víctimas de una cofradía que vino a robar el sol y la luna. Una congregación que impuso con sangre y fuego un discurso hegemónico (que desafortunadamente aún hoy impera veladamente en la barriada). Todos han visto cómo el sistema se fue modificando, el silencio fue comprado, la vida capturada, los debates públicos señalados, las marchas y protestas institucionalizadas. La voz colectiva censurada por un sistema de guarismos. La victimización de la vida cotidiana.

Todo lo anterior llenó de indignación a los habitantes de esta periferia, víctimas que se resisten a morir sin hacer posible la existencia humana en comunidad.

El murmullo fue trascendiendo al grito, el puño en alto levantó la pancarta, la mirada tenía un sueño colectivo, los sin voz tenían voz. Y de allí se levantó el otro sujeto colectivo, orgánico, comunitario, seres nacidos en los territorios de barro amarillo tejieron caminos de esperanza, espacios de debate, convidaron al convite, la minga tuvo nuevo símbolo en la vida urbana.

La solidaridad se hizo principio inalienable, el afecto recuperó su encanto, el respeto nutrió la palabra y la escucha, la libertad se hizo fuerza urgente y necesaria. Todos se sumaron a una apuesta de futuro, la Medellín que camina de la montaña al centro y del centro a la montaña. La gente reconoció en la vida del otro su propia vida.

Una nueva generación de niñas, niños, adolescentes y jóvenes albergan en su corazón el legado de una ciudad de la esperanza, por la que aguardan en un futuro próximo cuando puedan sacarse de encima esa carga dolorosa de ser víctimas de un sistema hecho de desigualdad, inequidad y opresión.

Dicen que todo pasado fue mejor, pero realmente este no ha sido el mejor, ha sido el más desafiante, el más complejo, paradigmas encumbrados en la pantalla grande propusieron niñas y niños de un No futuro.

Ser semilla buena obligó a hacer una mejor siembra, a abonar la tierra con actos de bondad y ternura, desde el arte se impulsó formar seres soñadores, comprometidos con la transformación social y cultural, se hicieron más redes de casas culturales comunitarias que configuraron espacios colaborativos entre el territorio y la planificación de la ciudad. Una apuesta por la generación de un SÍ rotundo que son referentes de vida.

El informe Medellín: memorias de una guerra urbana, que se lanzó el pasado 14 de septiembre y es el resultado de un esfuerzo conjunto del Centro Nacional de Memoria Histórica, Ministerio del Interior, Corporación Región, Alcaldía de Medellín, Universidad EAFIT y Universidad de Antioquia, muestra justamente eso, pues no solo da cuenta de la historia violenta de la ciudad, de ser el centro de enfrentamientos, masacres, asesinatos selectivos, desapariciones: Medellín también ha sido la primera en actos colectivos de resistencia; se ha sobrepuesto y se ha transformado a pesar de la violencia, o tal vez debido a ella.

*Maestro en Arte Dramático. Con énfasis en Dirección Escénica. U. de Antioquia. Cofundador de la Corporación Cultural Nuestra Gente. 

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