Para llevar libros a los niños de Alto Convoy, Gloria Stella atraviesa can~os y trochas empantanadas. Crédito: Biblioteca Nacional de Colombia. Para llevar libros a los niños de Alto Convoy, Gloria Stella atraviesa can~os y trochas empantanadas. Crédito: Biblioteca Nacional de Colombia.

Crónica: una bibliotecaria en el Putumayo.

Gloria Stella Nupán no puede dejar de pensar en los niños que están a dos selvas, cuatro montañas, dos ríos y tres peñascos de distancia de los libros. Crónica de una bibliotecaria del Putumayo.

2018/04/17

Por Cristian Valencia* Bogotá

Esta nota surge de una alianza entre ARCADIA y el Ministerio de Cultura. Además, forma parte de la edición 151 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Allá va la bibliotecaria con una pañoleta que le cubre la cabeza y parte de la cara. Allá va en una moto tras una nube de polvo que dejó una camioneta, por un sendero destapado lleno de piedras que la hace esforzarse para mantener el equilibrio. Lleva dos horas de viaje. Luego tendrá que caminar con su morral lleno de libros durante tres horas más. Caminar por una trocha empantanada y atravesar pequeños caños hasta llegar a Alto Convoy, su destino del día. Cuando llega por fin, la maestra bibliotecaria resopla con fuerza, se ‘desenjalma’ y se quita el trapo de la cabeza. Frente a ella hay un enjambre de niños atónitos esperando con impaciencia la sonrisa de Gloria Stella Nupán. Esperan esa sonrisa como se espera la lluvia en sequía. Una imagen que se ha hecho habitual a fuerza de repetirse a lo largo de 15 años en todas las veredas de esos parajes.

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Todo esto sucede en el sur del Putumayo, en aquella prodigiosa tierra bendecida de tantas maneras llamada Valle del Guamuez. Un hermoso río que se desbarranca desde los Andes nariñenses, forma un valle fértil, pleno de árboles selváticos y andinos, en donde seguramente se guardan los secretos de la vida en el universo. La gente de ese valle, de ese sur del Putumayo, son una hermosa mezcla de culturas indígenas milenarias, colonos mestizos de todos los colores y afrocolombianos provenientes del litoral Pacífico. A través de los tiempos han logrado un equilibrio exacto, como el PH perfecto para esas tierras, que se ha visto amenazado, sin embargo, por grupos armados de todos los calibres. Durante muchos años la guerra les hincó sus dientes malditos, y todos aprendieron a conjugar tristezas con días, aunque de un tiempo para acá están volviendo las risas, los apretones de manos, las conversaciones de café, los niños en los parques. Los tiempos de atardeceres con dicha.

Gloria Stella Nupán está hecha de la madera de los árboles de la selva: es firme, altiva, y humilde sin darse cuenta. Sus padres vinieron del Caquetá y colonizaron baldíos del corregimiento de El Tigre. Ella es la tercera de nueve hermanos. De niña fue montaraz e inquieta. Aprendió a leer en una escuela de redondel que tenía una vecina a dos fincas de distancia. Y como no había libros cerca por aquel entonces, le tocaba conformarse con las cartillas de las Farc –que en ese tiempo estaban alzadas en armas todavía–, que leía al derecho y al revés. Entonces su padre Isaías decidió llevarla de cuando en cuando hasta La Hormiga para civilizarla un poquito, quitarle el monte de encima. Tardaban hasta ocho horas en llegar porque se iban caminando. Gloria dice que eso era lo mejor, y que la travesía valió la pena, sobre todo porque fue allí, en un puesto de revistas, donde conoció al Tigre de la Malasia, al temible Sandokán, príncipe de Borneo. Y que de allí en adelante no paró de leer. Como no tenía dinero para más revistas, llegó a un acuerdo con el librero: trabajar en el oficio de su casa a cambio de más historias.

Hoy en día, Gloria Stella solo piensa en esa carencia que tuvo de niña cuando sale de travesía por las veredas. No puede dejar de pensar en los niños que están a dos selvas, cuatro montañas, dos ríos y tres peñascos de distancia del primer libro posible. Piensa en los mundos que conoció gracias a los libros, y sale dispuesta a lo que sea para que esos niños tengan la oportunidad de leer. A lo que sea es a lo que sea.

Con permiso de sus padres, Gloria Stella trabajó en una casa haciendo oficio, para poder estudiar en la jornada nocturna de un colegio de La Hormiga. Épicos tiempos esos porque los niños estudiaban a la luz de las velas. Cuando cumplió 20 años, el alcalde de ese entonces le propuso encargarse de la biblioteca. Los argumentos fueron como de los inicios del mundo.

–Ahí están unos libros que nadie lee, la bibliotecaria que hay se la pasa dormida y a usted le gusta leer.

Era el año 1993 y la biblioteca quedaba en un pequeño salón contiguo a la estación de policía y frente al parque. La colección de libros consistía en los textos de Escuela Nueva. Eso era todo. Como nadie entraba y como en poco tiempo leyó la colección entera, comenzó el aburrimiento. Pero el aburrimiento de esta lectora es distinto. Tal vez por ser de La Hormiga resultó ser una trabajadora incansable. Logró nivelar a los niños que habían perdido el año y empezó a correr un rumor por todo el pueblo. “Si vas a la biblioteca, pasas el año”.

Luego vino una ley que organizó las bibliotecas públicas, la dotación, la creación del oficio de los bibliotecarios, las capacitaciones, la conexión con las demás bibliotecas de Colombia. Y cuando menos pensó, tanto la biblioteca Luis Carlos Galán, como la bibliotecaria Gloria Stella Nupán, se habían convertido en una institución de referencia obligada en el Valle del Guamuez.

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En un día cualquiera a la biblioteca pueden entrar hasta 180 usuarios. La biblioteca Luis Carlos Galán es, tal vez, en donde la palabra inclusión cobra significado. En el año 2017, visitó la biblioteca un personaje inquietante. Muchos usuarios se le acercaron a Gloria Stella a pedirle que lo corriera valiéndose de prejuiciosos argumentos: que se vestía como un loco, que miraba los libros como un loco, que debía ser un loco; que si no le daba miedo.

–Por qué me va a dar miedo un hombre que viene a leer –les dijo y los miró con tanta tranquilidad que nadie necesitó más explicaciones.

Cuando Gloria dice amigos de la biblioteca, no es un título cualquiera que se adquiere a cambio de nada. Los amigos de esta biblioteca a veces barren, prestan servicio de auxiliares, hacen promoción de lectura; definen la programación del cineforo, investigan la película y al director; hacen los guiones del programa de radio El Hormiguero, que también requiere no solo investigación sino escribirlos para ser representados en el estudio de la emisora comunitaria; y si hay que pintar, pintan; y si tienen que salir a las veredas, salen; y si tienen que prestar la moto, la prestan. Son amigos en el verdadero sentido de la palabra.

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Diana Estrada es auxiliar de biblioteca hoy en día, pero empezó siendo una amiga. Fue ella la que decidió que Gloria Stella y la Biblioteca Luis Carlos Galán se presentaran al primer premio de bibliotecas organizado por el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional. La que armó todo el cartapacio, la que envió los papeles. Y cuando quedaron entre las 87 mejores, celebraron. Casi mueren cuando quedaron entre las 20. Perdieron el aliento cuando los visitaron de la Biblioteca Nacional. Y esa visita, seguramente, sirvió para corroborar el premio.

Con el dinero del premio hicieron varias cosas. Una de ellas fue comprar una moto. Gloria la aprendió a manejar y con ella visita las veredas más lejanas. La moto le queda un poco grande. Cuando se detiene, apenas alcanza el piso con la punta del zapato. Pero ella va por todas las trochas polvorientas o pantanosas. Va. Y por donde pasa queda la estela de los libros.

Cuando se consolidó el proceso de paz, comenzó el rumor de que muy cerca del Valle del Guamuez, habría una zona de concentración. Quiere decir eso que habría un campamento donde los guerrilleros dejarían las armas y comenzarían su aprendizaje y retorno a la vida civil. El rumor se hizo noticia y la famosa zona de concentración veredal, donde estarían los guerrilleros, se instaló en la vereda La Carmelita, a solo dos horas de La Hormiga. Lo que no decían los rumores era que habría una biblioteca móvil que prestaría sus servicios tanto a los habitantes de la vereda como a los habitantes del campamento. La mejor parte de esa noticia era que les tocaría en suerte una de las bibliotecarias más exitosas del país: Gloria Stella Nupán.

Pablo es el presidente de la vereda La Carmelita, en donde se encuentra el campamento de excombatientes de las Farc. Antes del proceso de paz, ese pequeño poblado cerraba a las siete de la noche. Los niños siempre estaban en sus casas. La gente salía a lo necesario. En las noches escuchaban rafagazos. La movilidad era completamente autorestringida por el miedo.

Pablo conoce a Gloria Stella Nupán, y cuando se refiere a ella no puede evitar una mirada pícara y una sonrisa amplia. La picardía es porque quiere robársela para que se quede en La Carmelita, la sonrisa es de agradecimiento. Porque Gloria Stella estuvo a cargo de la Biblioteca Pública Móvil de la vereda durante los primeros cuatro meses.

Gloria Stella logró que la comunidad cediera un espacio de la caseta comunal para desplegar la biblioteca. Hubo argumentos en contra: que dónde iban a hacer las fiestas, los mítines políticos, los partidos de fútbol. Gloria Stella simplemente les dijo que cuando necesitaran el espacio, pues ella y sus asistentes recogerían la biblioteca.

–Para eso es móvil –les dijo.

La biblioteca entera cabe en cuatro estibas. Cuando se abren estas estibas, es como abrir el libro de los secretos. La magia opera al instante. En menos de media hora aparece una biblioteca, colchonetas, central de multimedia, rompecabezas, juegos de mesas, tabletas electrónicas. Y detrás de todo esa infraestructura mágica aparecen niños por montón.

–Antes de que hubiera biblioteca esto era un espacio vacío –dice Pablo–. Nunca se miraba como se mira ahora. De todo corazón lo digo que durante el tiempo que llevo como presidente de la vereda La Carmelita, esta ha sido la mejor etapa, porque todos los días usted mira gente aquí.

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En el campamento de las Farc nadie tiene tiempo de pensar mucho. A toda hora están estudiando, construyendo, cocinando. Se están poniendo al día en ‘Civilización uno’, por decirlo de alguna manera, la que se perdieron durante tanto tiempo de monte. Al comienzo nadie quería asistir a la biblioteca, y los comandantes esgrimían los mismos argumentos serios de los colonos finqueros de los años 70: hay cosas más importantes para hacer. Pero esos argumentos no contaban con la forma de hacer las cosas de Gloria Stella.

–La biblioteca es una institución revolucionaria porque te ayuda a pensar diferente, en lo que quieres pensar y como lo quieres pensar. Te ayuda a armar tu mundo como quieras –dice Gloria Stella–. Por eso les dije en el campamento: “Hagamos la revolución pero con la cabeza, ahora que ustedes están de este lado”.

Jaime es el nombre de guerra de un excombatiente. Es un indígena del Putumayo de unos 45 años. Entró a las Farc cuando tenía 28 años y jamás volvió a ver a sus padres por estar en el monte. A todas luces se le nota la dicha de estar en el camino que conduce a ser parte de la sociedad civil. Cuando se encuentra con Gloria Stella no puede evitar sonrojarse un poco. La admiración que siente por la profe Stella, como le dice, se traduce en una vergüenza respetuosa. Dice que hace unos días recibió la visita de su madre. Que la viejita no paraba de llorar cuando lo vio, y que él no sabía cómo consolarla. Hasta que se le ocurrió decirle que todo iba a salir bien porque estaba aprendiendo a leer. Su madre quedó atónita. Pablo ya deletrea y es feliz al hacerlo.

Ca-da-pa-la-bra-que-lee-es-un-mun-do-que-co-mien-za-pa-ra-Él.

De este tipo de milagros se trata todo.

* Escritor y cronista.

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