Roger Chartier en la biblioteca de la Universidad de los Andes de Bogotá, 2 de noviembre de 2017. Foto: Guillermo Torres.

Del códex al mundo digital

Roger Chartier, uno de los grandes historiadores del libro, estuvo en Bogotá, invitado por la U. de los Andes. Según él, los soportes electrónicos desataron una revolución en nuestra manera de leer, que se volvió discontinua. ¿Qué implica leer así?

2017/11/22

Por Claudia Rodríguez R.* Bogotá

Roger Chartier saluda con una modestia equivalente a su universo de saberes sobre la lectura, el libro, la historia de la cultura escrita. Diligente, se somete a las escenografías y poses que los fotógrafos le piden en la tarea de capturar los gestos que delatan al investigador apasionado, ese que ha dedicado gran parte de su trabajo a observar las mutaciones del libro como objeto y la relación entre la revolución del texto electrónico y la revolución de Gutenberg.

Nacido en Lyon, en 1945, Chartier se formó como historiador e hizo parte de la cuarta generación de la Escuela de los Annales. Es profesor del Colegio de Francia y de la Universidad de Pensilvania, y autor de El mundo como representación y El orden de los libros.

En sintonía con su idea de que “las pantallas no ignoran la cultura escrita, sino que la hacen proliferar y la multiplican”, el historiador habla sobre los riesgos y posibilidades que plantean hoy los textos electrónicos. Temas que esa misma mañana del 2 de noviembre luego retomaría en la conferencia que dio en la Universidad de los Andes.

En sus ensayos usted habla de la revolución que el texto electrónico ha generado en la lectura. ¿En qué consiste esta revolución?

La textualidad electrónica transforma el orden de los discursos de la cultura escrita. La pantalla presenta al lector las diversas clases de textos y discursos, tradicionalmente distribuidas entre objetos distintos (diarios, revistas, libros), en un solo soporte. Todos los textos son leídos sobre ella y en las formas en que el lector decide. Se crea así una continuidad textual que no diferencia más los diversos discursos a partir de su materialidad propia y que hace difícil la percepción de las obras en su coherencia e identidad de discurso. La lectura frente a la pantalla es generalmente discontinua, ya que busca, a partir de palabras clave, rúbricas o temáticas, el fragmento textual del cual quiere apoderarse, sin que necesariamente sea percibida la totalidad textual que contiene ese fragmento. Entonces todas las entidades textuales son como bancos de datos que proporcionan fragmentos cuya lectura no supone la comprensión, ni siquiera la percepción de las obras en su identidad singular.

Por esa razón debemos considerar la originalidad y la importancia de la revolución digital, que obliga al lector a desprenderse de todas las herencias que lo han constituido ya que es al mismo tiempo, y por primera vez en la historia de la humanidad, una revolución de la reproducción de los textos, de la materialidad del soporte y de la relación con lo escrito. La discontinuidad existe incluso en las aparentes continuidades. La lectura frente a la pantalla está atada al fragmento más que a la totalidad. Y quizá por esto sea la heredera directa de las prácticas suscitadas por el códex. Es el códex, con sus cuadernos y páginas, el que invitó a hojear los textos a saltos, apoyándose en sus índices. El códex invitó a comparar diferentes pasajes en el mismo libro, a extraer o copiar citas y sentencias. Ahora: esta similitud morfológica no debe engañarnos. La discontinuidad de la lectura y del texto leído no tiene el mismo sentido cuando está acompañada de la percepción material inmediata de la totalidad textual contenida en el libro escrito, tal y como lo conocemos, y cuando la superficie luminosa de la pantalla muestra fragmentos textuales destacados del corpus de la totalidad de la obra de donde fueron extractados.

Precisemos: ¿cómo ocurre el proceso de lectura frente a la pantalla? ¿Esto juega a favor o en contra de la comprensión de los textos?

Para comprender esto, un colega español, Antonio Rodríguez de la Cerda, planteó dos observaciones que nos obligan a abandonar las percepciones espontáneas y los hábitos heredados: en primer lugar debe considerarse que la pantalla no es una página sino un espacio de tres dimensiones que tiene profundidad y en el que los textos llegan sucesivamente desde el fondo metafórico, imaginario, de la pantalla para alcanzar la superficie iluminada. La lectura frente a la pantalla debe pensarse entonces como el “desplegamiento” del texto electrónico o, mejor dicho, como una textualidad digital móvil, blanda, infinita. Semejante lectura dosifica el texto sin necesariamente atenerse al contenido de una página, y esta lectura compone sobre la pantalla ajustes, yuxtaposiciones textuales singulares, idiosincráticas, efímeras. Como lo ejemplifica la navegación en la red, semejante lectura discontinua se ajusta a las obras de naturaleza enciclopédica, que nunca fueron leídas de la primera a la última página. Pero parece menos favorable, o por lo menos en una situación de inestabilidad, para los textos cuya apropiación supone una lectura continua, la percepción de la obra como creación original, la comprensión de la totalidad textual de la cual los fragmentos son extraídos.

En relación con los periódicos y revistas digitales, ¿qué cambios en las prácticas de lectura se han dado?

Mientras que en lo impreso cada artículo está ubicado en una cercanía física con todos los otros textos, en la forma electrónica los artículos se encuentran y se leen a partir de arquitecturas que jerarquizan campos, temas, rúbricas, palabras claves. En la primera lectura, la del impreso, la construcción del sentido de cada texto depende, aunque sea inconscientemente, de su relación con los otros textos que lo anteceden, lo siguen o comparten la misma página en un diario o fueron reunidos dentro de una misma producción impresa con una intención editorial que se debe hacer inmediatamente comprensible. La segunda lectura, la digital, deriva de una organización enciclopédica del saber que propone textos cuyo único contexto es el de su pertenencia a una misma temática.

En uno de sus textos, en el que usted plantea que “la historia es responsabilidad con los otros, los del pasado y los que la narran”, las bibliotecas tienen un enorme compromiso. ¿Qué opina de la digitalización de los textos, de perder de vista los libros y quedarse solo con sus contenidos?

Es necesario recordar que la conversión electrónica de los textos, cuya existencia no empieza con la nueva técnica, no debe impedir la posibilidad de encontrarlos en las formas materiales que fueron las suyas durante la historia de su publicación y circulación. Por esto, hoy más que nunca la tarea fundamental de las bibliotecas es proteger y hacer accesibles los objetos escritos tal como fueron pensados, publicados y leídos. Si las obras que difundieron esos objetos se comunicaran y conservaran únicamente en una forma electrónica permitida por la digitalización, existiría el gran riesgo de que se perdiera la inteligibilidad de una cultura textual identificada con los objetos que la han transmitido. Claro que la biblioteca del futuro debe ser electrónica, un lugar donde se aprende el uso razonable y controlado del mundo digital maravilloso y peligroso, pero debe ser también el lugar donde se mantienen el conocimiento y la apropiación de la cultura escrita en sus materialidades sucesivas o simultáneas.

Y sobre las prácticas de lectura de niños y jóvenes, ¿qué podemos esperar?

La respuesta pueden darla los nativos digitales, que identifican cultura escrita y textualidad digital. Para ellos el mundo es un conjunto de pantallas que digitalizan las prácticas de lectura y escritura, y también las categorías que definen las relaciones sociales: asuntos como la identidad, la amistad, la intimidad. Son sus hábitos y deseos los que modelan el panorama de la cultura escrita y deciden la muerte o no del libro, entendido como objeto específico de la cultura escrita y como forma particular de discurso. Como dice Walter Benjamin, las técnicas producen efectos contradictorios que dependen de sus usos practicados por las instituciones y los individuos. No existe un determinismo tecnológico, sino prácticas impuestas o espontáneas que dan sentido a las posibilidades ofrecidas por las técnicas.

A pesar de la apertura a la diversidad que promete la lectura en formato digital, se habla de los riesgos de homogenización, por ejemplo, con respecto a las lenguas.

La comunicación electrónica construye la lengua de este nuevo mundo. Su posible universalidad se remite a las tres formas de idiomas universales propuestos en el pasado. La primera, que es la más inmediata, la más evidente, se vincula con la dominación de una lengua particular, el inglés, como lengua de comunicación aceptada universalmente dentro y fuera del medio electrónico, tanto para las publicaciones científicas como para los intercambios informales. También se refiere al control de las bases de datos, de los sitios web o de la producción y difusión de la información hechas por las empresas multimedia más poderosas de Estados Unidos. Esta imposición de una lengua dominante y del modelo cultural que conlleva puede conducir a una destrucción mutiladora de las diversidades.

Si uno busca en Google el apellido Chartier, el buscador pregunta ¿Roger o Anne Marie? Usted está casado con una de las grandes investigadoras de la lectura. ¿Están de acuerdo en todo o en casa se dan “combates” Chartier vs. Chartier?

***

El historiador sale de su burbuja de ideas, ríe espontáneamente y por un momento evade la pregunta para referirse a dos Chartier que también saltan en Google: François, un chef de la cocina molecular, y Richard, un músico especializado en el microsonido. Luego retoma las formas para puntualizar que aunque no le gusta hablar de su vida privada, debe decir que Anne Marie, su esposa, se ocupa de la historia y las prácticas de la cultura escrita en el marco de la escuela y la pedagogía.

* Subdirectora de Formación y Divulgación de Fundalectura.

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