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Un decálogo de literatura feminista

A propósito de la reciente reedición en español de una novela de quien fue la amante de Virgina Woolf y su inspiración para escribir 'Orlando', quisimos retar a una doctora en Literatura, que ha trabajado temas de género, a que seleccionara 10 textos imperdibles de un canon caprichoso, al menos posible, de literatura feminista. Una provechosa lista de recomendadas.

2017/11/22

Por María Mercedes Andrade* Bogotá

Hace poco me hicieron una pregunta imposible. Me pidieron que dijera, por escrito, cuáles son los 10 mejores textos de la literatura feminista y desde entonces estoy dándole vueltas a una posible respuesta, escribiendo y tachando nombres, calificando en orden de importancia y desechando de inmediato mi clasificación. Sé que se sobreentiende que una lista semejante es necesariamente caprichosa y sin embargo veo que recae sobre mí un cierto grado de responsabilidad. Quizás hay que empezar por explicar qué es para mí una literatura feminista y decir que a mi juicio esta no incluye, ni simple ni solamente, los libros escritos por mujeres, sino aquellos en los que se escribe con la conciencia de que, como dice Simone de Beauvoir en El segundo sexo, la comprensión que los humanos tenemos del mundo es siempre situada y que la experiencia de estar en el mundo como mujer no es igual a la de estar en el mundo como hombre. Diría también que una literatura feminista reconoce que en el mundo hay una jerarquía de poder entre hombres y mujeres, que a las mujeres les han asignado determinados papeles dentro de esa jerarquía, y que para hablar de ellas se repiten imágenes y prejuicios que las ligan, como nos muestra Hélène Cixous en La risa de la medusa, a la naturaleza, a la pasividad, a la irracionalidad. Una literatura feminista entendería esto y se lo cuestionaría, sin llegar necesariamente a una única respuesta ni a un solo modelo de escritura.

Sé que para poder seleccionar tan solo 10 títulos debo eliminar por conveniencia los textos más antiguos. Quedan por fuera los poemas líricos de Safo, a pesar de su sutileza; o la Medea de Eurípides, aunque tenga uno de los mejores monólogos que conozca sobre la desigualdad de las mujeres y las injusticias del matrimonio, y aunque el mismo dios Helios haya estado del lado de la protagonista. Me salto el Cantar de los cantares con su celebración de un erotismo donde hombre y mujer participan y gozan del amor como iguales, o la lírica femenina de la tradición medieval con sus imágenes naturales y su musicalidad. Con tristeza no citaré la magnífica redondilla de Sor Juana Inés de la Cruz que comienza valientemente con la estrofa: “Hombres necios que acusáis / a la mujer, sin razón, / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis”. Aunque sea injusto dejo de lado a Mary Wollstonecraft y su Reivindicación de los derechos de la mujer, sin mencionar cómo ella ya, en el siglo XVIII, comprendía que los rituales de cortesía hacia las mujeres son el pago precario que les dan los hombres a cambio de su exclusión de la educación. Ignoro por completo al siglo XIX: no hablo de Jane Eyre, de Charlotte Brönte, ni del ensayo La emancipación de la mujer, de Flora Tristán; no considero siquiera a Emily Dickinson.

Empiezo entonces en el siglo XX, con los orígenes del feminismo moderno, lo cual me lleva de manera obligatoria a la figura de Virginia Woolf, quien por derecho ocupa el puesto número uno aunque los demás textos de mi lista no sigan ningún orden especial. Para efectos de mi tarea es imposible no recordar el hecho de que en una ocasión le pidieron a Woolf que dictara una conferencia sobre “las mujeres y la novela”, y que en respuesta a esta solicitud escribió ese precioso libro híbrido que es Una habitación propia, en parte ensayo, en parte ficción. Allí, Woolf explora el lugar de las mujeres en la historia literaria y explica por qué hasta que las mujeres no tengan “una habitación propia”, literal y metafóricamente, no podrán dedicarse a escribir. Habría querido incluir también su novela Orlando: una biografía, que me sorprendió cuando la leí por primera vez, pues nunca antes había encontrado una novela en la que un personaje masculino de la corte isabelina pudiera transformarse de repente en mujer y vivir hasta el siglo XX. Ahora comprendo que la novela era también un juego y una carta de amor entre Woolf y su amante, Vita Sackville-West (su título original era Orlando: Vita). Para establecer un diálogo entre libros, pongo entonces en el número dos de la lista la novela más popular de Sackville-West, Toda pasión apagada, por la manera como esta dialoga con Woolf sobre la necesidad de independencia de las mujeres de su época. Su protagonista, Lady Slane, es inusual, pues después de toda una vida de haber sido una esposa modelo y de haber vivido siempre en función de su marido y de sus hijos, adquiere la posibilidad de tener una vida propia solamente tras la muerte de su esposo, cuando ella tiene 88 años, lo cual le permite mudarse a una casa a las afueras de Londres para reencontrarse con sus recuerdos y repasar las alegrías y pesares de su vida. Si bien esto tiene algo de melancólico, hay también en el libro un gesto afirmativo de que mientras haya vida hay posibilidades de cambiar.

Siguiendo con el tema de los libros feministas que hablan de posibilidades nuevas, desemboco en la obra de Clarice Lispector y me cuesta trabajo seleccionar un solo título. ¿Escojo sus cuentos de Lazos de familia, en los que hombres y mujeres, en situaciones cotidianas, entran en contacto con alguien diferente a ellos, de manera que se abre y amplía su relación con el mundo y su comprensión? ¿Escojo Aprendizaje o El libro de los placeres, donde Lori y Ulises exploran lo que significa el amor y poco a poco aprenden a quererse? Finalmente me decido para el número tres por Agua viva, un pequeño libro, un texto híbrido también, que es a la vez una carta de amor a un destinatario ausente, una reflexión de una mujer sobre su lugar en el mundo a través de la pintura y la escritura, una novela o un poema en prosa sobre el deseo de vivir. Desde allí salto a mi cuarto texto, La nave de los locos, de Cristina Peri Rossi, una novela valiente e iconoclasta, que es como una colección de estampas y un tejido de episodios sobre viajes y experiencias de personajes variados, conectados entre sí por el motivo temático de un tapiz medieval sobre la creación. Lo escojo también por su carácter carnavalesco, por su celebración de amores iconoclastas y prohibidos, y porque no siempre se sabe cuál es el sexo de sus personajes o porque pueden incluso cambiarlo. Dentro de esa línea de libros transgresores le doy el lugar número cinco a Rosario Ferré y Los papeles de Pandora, que reúne cuentos, poemas y textos en prosa. La incluyo por la calidad literaria de su propuesta y porque cuentos como “La muñeca menor” y “La bella durmiente” son no solo una denuncia mordaz de la opresión de las mujeres en nuestras culturas patriarcales latinoamericanas, sino una respuesta a esta desigualdad que no oculta su rabia. Al pensar en este libro caigo en cuenta de que se leería muy bien al lado del ensayo de Betty Friedan, La mística de la feminidad, que analiza el malestar sin nombre de las mujeres de la clase media suburbana en los Estados Unidos, pero me veo obligada a dejar este libro de lado, pues no habrá espacio.

Pero mi decálogo no incluye solamente textos en los que las mujeres triunfan, sino que también les reserva un lugar a aquellos textos donde se habla de sus desilusiones y fracasos, como la novela El amante, de Marguerite Duras, con su retrato de la vida colonial a los ojos de una adolescente francesa en el Vietnam de comienzos del siglo XX, la historia de una pobre niña blanca lejos de la metrópolis, con su sombrero de fieltro viejo sobre un ferry que cruza el río Mekong. Esta novela cuenta en fragmentos y saltos parte de la historia de esa joven, quien por necesidad, o por curiosidad, se vuelve la amante de un hombre rico chino y aprende así sobre el amor y la sexualidad, y sobre la pérdida. A esta novela le doy el puesto seis, aunque apenas lo hago lamento no habérselo otorgado a El arrebato de Lol V. Stein, de la misma autora, novela casi silenciosa sobre el trauma de una pérdida que se lleva como una huella invisible durante años.

Ya que he entrado en el terreno de los sufrimientos femeninos, pienso que debe haber en la lista textos sobre las crueldades y las violencias que se cometen contra las mujeres. En este campo la novela de Sylvia Plath, La campana de cristal, me parece ineludible para el puesto número siete. El libro sigue a la joven Esther Greenwood, una estudiante prometedora, que cae en una depresión cada vez más profunda, tan asfixiante como una campana de cristal bajo la cual se siente atrapada y que termina sometida a la voluntad de los psiquiatras y a los tratamientos con drogas y electrochoques. Conecto a Greenwood con la voz de Plath en uno de sus últimos poemas, “Señora Lázaro”, del poemario Ariel: “Morir / es un arte, como todo lo demás. / Lo hago excepcionalmente bien. / Lo hago para que sea infernal. / Lo hago para que se sienta real. / Podría decirse que tengo un don”. Pienso también en Alejandra Pizarnik y caigo en cuenta de que Plath y Pizarnik podrían ser hermanas por su atención refinada a los detalles y recovecos del sufrimiento, por su manera de señalar la imposibilidad de hablar. Así le doy a Pizarnik el puesto ocho, y aunque querría recomendar su obra completa, me conformo con Los trabajos y las noches.

Quedan solo dos lugares en mi decálogo y este se lo quiero reservar a Adrienne Rich, pero no a sus libros de poesía sino a Nacida de mujer, uno de mis libros favoritos. En este ensayo la poeta reflexiona sobre su propia experiencia de la maternidad, pero también sobre cómo las nociones culturales relacionadas con la maternidad les imponen a las mujeres exigencias que no les permiten hablar verdaderamente de las alegrías, sufrimientos e incluso frustraciones que implica el traer al mundo a otro ser humano. Y aquí tendría que detenerme, dejando el décimo lugar abierto, porque se me han quedado por fuera tantos otros libros, tantas escritoras feministas que me gustan y a quienes admiro. Y si alguna vez tengo la oportunidad de escribir otro decálogo, me aseguraré de que no se queden por fuera Margaret Atwood ni Doris Lessing, Luisa Valenzuela o Silvina Ocampo, y otras varias que lograría colar, así fuera haciendo trampa.

* Escritora y profesora. Autora del libro de cuentos Los inspectores y el poemario Grafía. Enseña Literatura en la Universidad de los Andes.

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