'El cocodrilo de Humboldt no es el cocodrilo de Hegel'. José Alejandro Restrepo. 1994. Instalación con monitores y plotter. Reconstrucción in situ. 'El cocodrilo de Humboldt no es el cocodrilo de Hegel'. José Alejandro Restrepo. 1994. Instalación con monitores y plotter. Reconstrucción in situ.

Lo uno y lo múltiple: sobre la urgencia y relevancia del pensamiento de Alexander von Humboldt

Hoy sabemos que el derretimiento de un iceberg provoca la desaparición de especies y ecosistemas. Todo está conectado, y hace más de 200 años Humboldt lo sabía.

2019/05/29

Por Hernán D. Caro*

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El verdadero propósito del ser humano es la formación más alta y más proporcional de sus capacidades con vistas a un todo. La libertad es la primera e indispensable condición para esta formación. Pero aparte de libertad, el desarrollo de las capacidades humanas requiere algo más, que está estrechamente relacionado con la libertad: la variedad de situaciones”. Esto escribía Humboldt en un texto breve pero vigoroso titulado algo así como “Ideas para un ensayo de establecer los límites de la efectividad del Estado”. Lo había escrito en 1792, pero el ensayo solo fue publicado en 1851 por la censura del régimen que gobernaba en Berlín, en aquel entonces capital de Prusia. El escrito examina nada menos que la necesidad y los modos de restringir la influencia estatal sobre la vida y la educación de la gente.

Ya en este texto juvenil, Humboldt revela las bases de una generosa visión del mundo y del espíritu humano: el desarrollo personal como objetivo primordial de la existencia; la preocupación liberal por limitar la intromisión del Estado en los asuntos privados; el énfasis sobre la importancia de la libertad para el avance intelectual y social de los individuos; y ante todo, la idea de que los seres humanos solo podemos desarrollar adecuadamente nuestras capacidades si existe una correlación entre la multiplicidad de impresiones que recibimos del mundo (la “variedad de situaciones”), el conocimiento de muchas cosas particulares y un saber universal. Se trata, pues, de una profesión de fe esencialmente humanista y holística, en la que el sistema universal de conocimiento no es otra cosa que la interacción compleja entre los saberes particulares.

El barón Alexander von Humboldt. Julius Schrader. 1859. Óleo sobre lienzo

Algunos años después de haber formulado por primera vez estas ideas, Humboldt se había convertido en uno de los principales reformadores del sistema educativo prusiano, que más tarde influiría en la estructuración de escuelas y universidades en Alemania. La teoría que reposa sobre las tesis del ensayo de 1792 ha sido llamada en alemán Humboldtsches Bildungsideal: “Ideal de Humboldt sobre la educación” o, mejor, “formación”, palabra que indica un proceso más integral de transmisión de valores cívicos, capacidades intelectuales, saberes técnicos e incluso deportivos (basado a su vez en lo que los griegos llamaban paideia). En el núcleo de aquel “ideal” se encuentra la combinación de las artes y las ciencias con la investigación empírica. Con este ánimo, Humboldt le escribió al rey de Prusia en 1809 (un año antes de fundar la universidad en Berlín que hoy lleva su nombre): “Existe cierto saber que debe ser general y, aún más, una cierta formación de sentimientos y carácter que no debe faltarle a nadie (…). Si las lecciones de la escuela le dan [a cualquiera] lo que se requiere, adquirirá después muy fácilmente la habilidad especial de su profesión, y siempre conservará la libertad de pasar de una a otra, como ocurre a menudo en la vida”.

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Los principios formativos de Humboldt jamás se han implementado, ni siquiera en las universidades alemanas. De hecho, la educación superior contemporánea –cada vez más entregada a la especialización y a seguir las reglas del libre mercado– se aleja más y más de ellos.

Sin embargo, el autor de aquel ideal progresista y sutilmente subversivo, el “Humboldt” del que venimos hablando, no es el legendario Alexander von Humboldt, sino el otro Humboldt, su no menos notable hermano mayor: el estadista, educador y lingüista Wilhelm von Humboldt.

No obstante, si entendemos la teoría de Wilhelm como él pretendía que se entendiera –como un modelo de formación humana integral–, nadie parece mejor equipado para encarnar el espíritu humanista y totalizante del “ideal de formación” que, justamente, Alexander von Humboldt, naturalista, explorador y genio universal.

*

Uno de los capítulos más importantes de la formación temprana de los hermanos Humboldt y de la configuración de las ideas que los harían famosos más tarde –algunos años antes de que Wilhelm introdujera reformas importantes en el gobierno prusiano como educador, diplomático y ministro, o fundara la lingüística comparada en Alemania; o de que Alexander realizara sus viajes míticos por América Latina y ascendiera al volcán Chimborazo en Ecuador– fue el contacto que ambos mantuvieron en los últimos años del siglo XVIII, en las ciudades de Jena y Weimar, con varios autores, artistas e intelectuales del llamado clasicismo alemán, como Friedrich Schiller y Johann Wolfgang von Goethe, ya entonces ídolos nacionales alemanes. La relevancia de este encuentro para los involucrados ha sido explicada en detalle por Andrea Wulf en su ya célebre biografía de Alexander von Humboldt, La invención de la naturaleza (2015). Las charlas con los Humboldt, y en especial con Alexander, activaron la pasión científica del poeta Goethe; sus intereses mutuos iban de la anatomía a la metereología; de la botánica a la teoría del color. “La búsqueda de conocimiento de Alexander von Humboldt era tan infecciosa, dijo Goethe a Schiller, que sus propios intereses científicos habían sido despertados de una hibernación”, escribe Wulf.

Pero acaso lo más interesante de estos encuentros sea la forma en que los Humboldt influyeron y fueron influidos en su visión del mundo como un todo complejo e interconectado, al que no solo se accede reuniendo y cotejando datos empíricos. Goethe –como Alexander von Humboldt y otros científicos de su tiempo– estaba interesado en descubrir y examinar las fuerzas, tanto externas como internas, que determinan la anatomía de los seres vivos (el “interminablemente largo cuello” de las serpientes, las largas patas de las ranas, el cuerpo humano, etc.). El especial concepto de naturaleza de Alexander von Humboldt amplió radicalmente la comprensión de aquellas fuerzas. Mientras “otros científicos aplicaban la idea de fuerzas a los organismos, Humboldt la aplicaba a la naturaleza a un nivel mucho más amplio: interpretando el mundo natural como un todo unificado que está animado por fuerzas interactivas –explica Wulf–. Si todo está conectado, entonces es importante examinar las diferencias y semejanzas sin perder de vista el todo”. Goethe fue así uno de los primeros en presenciar el nacimiento de una visión totalizante, que se convertiría en nuestra propia manera de entender qué es la naturaleza.

A su vez, las discusiones de los hermanos Humboldt con Goethe y Schiller sobre las teorías del filósofo idealista Immanuel Kant –quien confería a la actividad mental humana un papel primordial en la configuración de lo que llamamos “mundo exterior”– y del romanticismo alemán de filósofos y poetas como Friedrich von Schlegel o Novalis –para quienes solo podemos comprender los misterios de la naturaleza si nos adentramos en nosotros mismos, a través del arte, la poesía y las emociones– enriquecieron la visión naturalista de Alexander von Humboldt. “Su tiempo en Jena lo transportó de una investigación puramente empírica a su propia interpretación de la naturaleza, un concepto que unía datos científicos exactos con una respuesta emocional a lo que percibía. Humboldt había creído por mucho tiempo en la importancia de la observación cercana y las mediciones rigurosas… pero ahora empezaba a apreciar la percepción individual y la subjetividad”.

Las influencias recíprocas experimentadas en el laboratorio científico-artístico de Jena y Weimar, en la “pequeña Academia”, como la llamaba Goethe (donde un día normal podía iniciar con una discusión entre Goethe y Wilhelm von Humboldt sobre la traducción en verso que este realizaba de una tragedia de Esquilo, continuar con algunas horas dedicadas a los experimentos ópticos o anatómicos de Alexander y terminar con una lectura de poemas en casa de Schiller), fueron sin duda gloriosas. Pero más allá de ello, uno tiene la clara impresión de que el modo mismo de intercambio de conocimientos que reinaba en aquel círculo sofisticado marcaría tanto los métodos como los temas que caracterizarían luego el pensamiento de los Humboldt: la noción de que en la naturaleza “todo está conectado”; la convicción de que para entender un fenómeno empírico o una disciplina en particular, debe tenerse siempre en cuenta su relación con el todo de la naturaleza o del sistema del saber, y que esa comprensión es central para el desarrollo del ser humano; y el énfasis en la interconexión de saberes artísticos y científicos y prácticas experimentales, que hoy llamaríamos “transdisciplinariedad”.

Como escribe Wulf, estar con Goethe equipó a Alexander von Humboldt “con ‘nuevos órganos’ a través de los cuales ver y entender el mundo natural. Y fue con esos nuevos órganos que Humboldt vería Sudamérica”. A eso habría que añadir: fue también con aquellos nuevos órganos que Alexander llegaría a consolidar –tanto como su hermano Wilhelm– una visión del saber y la naturaleza en la que lo singular, para ser comprendido adecuadamente, se debe relacionar siempre con lo universal, mediante el papel activo de la mente, la imaginación y la sensibilidad de los individuos.

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En qué medida la concepción humanista y holística de educación y desarrollo personales de Wilhelm von Humboldt y la visión (humanista y holística) de Alexander von Humboldt están ellas mismas interconectadas es algo que se puede percibir en muchos aspectos de la vida y la obra del naturalista y explorador.

La más evidente manifestación de aquella visión es, por supuesto, la idea de la naturaleza como un rico y denso conjunto de organismos y fenómenos físicos en acción recíproca constante. Ya a mediados de 1799, en camino a América del Sur, durante una escala en la isla española de Tenerife, Humboldt y su compañero de viaje, el naturalista francés Aimé Bonpland, subieron hasta el cráter del volcán Teide (lo que sería una preparación para el ascenso al Chimborazo). Antes del viaje, Humboldt había escrito a un amigo que, si bien mediría la altura de montañas, examinaría temperaturas y recogería plantas, piedras y animales, el propósito final de su viaje era “descubrir cómo todas las fuerzas de la naturaleza están entrelazadas y entretejidas”.

Poco después, ya en Venezuela, Humboldt comprobó cómo la deforestación extrema y el desvío irresponsable de corrientes para irrigar tierras habían disminuido escandalosamente el nivel del agua del lago de Valencia. Allí, Humboldt formularía su tesis visionaria de que las acciones humanas pueden producir cambios climáticos y con ello la destrucción de ecosistemas, ya que estos son redes complejas, y la destrucción de árboles o la pesca excesiva provocan reacciones en cadena desastrosas. Pero fue el ascenso al volcán Chimborazo en Ecuador, el 23 de junio de 1803, lo que estableció de una vez por todas su concepción total: “Su hermano Wilhelm había creído durante mucho tiempo que la mente de Alexander estaba hecha para ‘conectar ideas, detectar cadenas de cosas’ –cuenta Wulf–. Aquel día, de pie en el Chimborazo, Humboldt absorbió lo que estaba al frente suyo mientras su mente recordaba todas las plantas, formaciones rocosas y mediciones que había visto y hecho… Humboldt comprendió que la naturaleza es una red de vida y una fuerza global… Fue el primero en comprender que todo está entretejido como ‘por miles de hilos’”.

Ahora, aparte de la noción misma de naturaleza como un entretejido dinámico que tiende al equilibrio, pero por ello mismo –como por desgracia sabemos hoy en día– es vulnerable y puede ser desequilibrado fatalmente por las acciones humanas (noción que en la segunda mitad del siglo xx sería profundizada en la hipótesis de Gaia del científico inglés James Lovelock), es fascinante observar cómo Humboldt, ahora como dibujante y autor naturalista, representa sus hallazgos y teorías sobre la relación esencial entre lo uno y lo múltiple. Entre los ejemplos más poderosos de la manera en que Humboldt reinterpreta artísticamente su propia idea de la naturaleza se cuenta, por un lado, el llamado Naturgemälde, de 1807: un minucioso dibujo del volcán en sección transversal, con información detallada de plantas conforme a la altitud a la que crecen; en columnas adicionales, Humboldt registró datos sobre la humedad, la temperatura o la presión atmosférica. Como escribe Wulf, “el Naturgemälde mostró por primera vez que la naturaleza era una fuerza global con zonas climáticas correspondientes a través de los continentes. Humboldt vio la ‘unidad en la variedad’”. Más apasionante aún es el hecho de que en el diagrama de Humboldt el Chimborazo se convierte en arquetipo de todas las montañas; el modelo de incontables individuos regados por el planeta, y que la flora que lo habita simboliza los ecosistemas similares en todo el globo –esto en una época en que los intelectuales europeos veían a América como lo otro, menor y radicalmente distinto–.

Y, por otra parte, está Cosmos: ensayo de una descripción física del mundo, la monumental, climática, definitiva superobra aparecida en cinco volúmenes entre 1845 y 1862 (el último tomo apareció tres años tras la muerte de Humboldt en 1859). Allí, Alexander von Humboldt quiso plasmar el universo entero (como escribió en una carta: “Me ha arrebatado la locura de representar en una sola obra todo el mundo material”), transmitir a los lectores (que fueron innumerables, pues los libros se convirtieron en best sellers automáticos en distintos países e idiomas) el estado de la investigación científica mundial, explicar –como leemos en el primer volumen– “las cosas físicas en su contexto general y a la naturaleza como un todo movido y animado por fuerzas internas”. La obra está atravesada –según escribe Humboldt en la introducción a Cosmos– por la conciencia de que todo lo que existe es parte de una “actividad sin fin de fuerzas animadas”; y la naturaleza, “un todo viviente” hecho de organismos “encadenados en un tejido intrincado”. Y así mismo es Cosmos: un libro destinado a revelar las conexiones entre los fenómenos y objetos físicos, los organismos vivos que pueblan el planeta y, además, las disciplinas científicas que los examinan. Como ninguna obra antes de ella, Cosmos revela la concepción de Humboldt (y en este caso volvemos a hablar de ambos hermanos), que se venía desarrollando ya desde antes de la época de los encuentros con Goethe y Schiller, de la unidad de las ciencias, la naturaleza y la humanidad.

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Y hay todavía algo más que revela en qué medida Alexander von Humboldt personificó, como ningún otro, el ideal de la interconexión profunda entre los fenómenos naturales, los diversos campos del saber y el avance humano. El método mismo de trabajo de Cosmos da fe de aquel ánimo holístico. Como explica Andrea Wulf, ya que la obra pretendía cubrir un rango inmenso de temas –y las investigaciones personales de Humboldt, a pesar de considerables, eran obviamente limitadas–, el naturalista “reclutó a un ejército de ayudantes científicos, clasicistas e historiadores, todos expertos en sus propias áreas. Humboldt estaba a cargo del panorama general, mientras que sus ayudantes le proporcionaban los datos específicos que necesitaba. Él tenía la perspectiva cósmica y ellos eran las herramientas en su gran estrategia”.

Se calcula que Humboldt escribió unas cincuenta mil cartas a unos dos mil quinientos corresponsales durante su vida, cientos y cientos de ellas en los últimos años de su vida, dedicados a componer Cosmos. Como una especie de torre de control de los más diversos conocimientos científicos de su tiempo, reunió, organizó y unificó incalculables informaciones provenientes de distintos rincones del planeta, entrelazando, como había escrito su hermano Wilhelm respecto al “verdadero propósito del ser humano”, una variedad gigantesca de “situaciones” –experiencias y conocimientos– “con vistas a un todo”.

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Alexander von Humboldt no fue, claro está, el primer erudito europeo en reunir una curiosidad universal: la capacidad de encontrar conexiones y percibir órdenes ocultos y un talento para “administrar” una cadena asombrosa de informaciones y contactos. En la época moderna, otros “genios universales” –de los racionalistas Descartes y Leibniz a los ilustrados y enciclopedistas franceses Voltaire y Diderot; de los filósofos Kant y Schopenhauer a visionarios de las ciencias de la naturaleza, la psicología o la filosofía como Darwin, Freud o Russell– se apasionaban tanto por polémicas teológicas y antropológicas como por las matemáticas y científicas. Y sin embargo, ninguno de ellos reunió, como Alexander von Humboldt lo hizo, intereses y talentos intelectuales con una pasión incansable por viajar, explorar, ver y tocar las cosas directamente: Humboldt fue tanto un filósofo de la naturaleza como un aventurero atrevido. Sentía además fascinación por los misterios de la naturaleza, pero también tenía sensibilidad aguda frente a las amenazas terribles a las que se enfrentan los ecosistemas en manos de los hombres. A diferencia de muchos de los recién nombrados, tenía una visión abierta frente al ser humano y las culturas en todas sus variedades, colores y proveniencias; las consideraba valiosas, iguales y dignas de ser respetadas y conocidas. Y con esa mirada generosa, podía considerar las interconexiones entre los fenómenos naturales sin olvidar al mundo como un todo.

A finales del siglo XIX, el panorama humanista y holístico que tanto Alexander como Wilhelm von Humboldt habían fomentado perdería actualidad y fuerza frente a una concepción de la labor humana como aparato de producción de capital, el afán desbocado de industrialización, sometimiento y explotación de la naturaleza, y la especialización y separación radicales de las disciplinas científicas. Este orden de las cosas no ha cambiado realmente hasta nuestros días (a excepción, quizá, de las prácticas transdisciplinarias actuales), y durante mucho tiempo pareció como si la concepción del mundo que Humboldt encarnaba fuera ya anticuada.

Pero hoy que las promesas del capitalismo se han revelado mentirosas y el mundo natural se encuentra al borde del colapso, nada está más lejos de la realidad que la idea de que Humboldt y su exuberante visión de la naturaleza, el conocimiento y la humanidad como partes interconectadas de un todo es prescindible.

*Doctor en Filosofía de la Universidad Humboldt de Berlín y periodista cultural. Coeditor de la revista Contemporary And América Latina
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