Fotograma de la película 1984 de Michael Radford, basada en la novela de George Orwell. Crédito: Getty Images.

¿Son los robots el futuro de los libros?

Ya existen programas que identifican estructuras narrativas, ejes temáticos y características en estilo y prosa, y que, a partir de ello, construyen textos literarios inéditos. ¿Qué resulta de la automatización de la escritura? ¿Qué libros escribiría un aparato si tuviera libertad creativa?

2018/04/17

Por Joseph Avski* Maryville, Misuri

Este artículo forma parte de la edición 151 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

En algún momento entre 1947 y 1948, en la isla de Jura al noreste de Escocia, George Orwell imaginó máquinas para escribir novelas. En ese entonces la sociedad inglesa estaba en proceso de reconstrucción después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, que había terminado menos de tres años atrás. Las computadoras más avanzadas eran poco más que calculadoras gigantes con menos memoria y capacidad de procesamiento que el más barato de los teléfonos inteligentes de nuestros días; la televisión aún no se masificaba, y no existían los computadores personales, ni el microondas, ni los reproductores de DVD o CD, ni las consolas para videojuegos. El artefacto tecnológico más avanzado en un hogar británico promedio era la radio.

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Pero en su novela 1984, Orwell describe al Ministerio de la Verdad, una división del gobierno totalitario de Oceanía, que posee máquinas que producen periódicos, libros de texto, comedias, poemas líricos, tratados científicos y, desde luego, novelas. El propósito de estas máquinas no es el que usualmente asociamos con la escritura: cuestionar al poder, aportar a la discusión pública, concebir ideas, defender los valores de la democracia, documentar los procesos sociales y científicos. Todo lo contrario: el propósito de estas máquinas es fabricar obras panfletarias que operen como método de instrucción. Julia, la coprotagonista de la novela, trabaja en ese departamento y está familiarizada con todo el procedimiento para fabricar un texto, de las directrices generales del Comité Inventor a los toques finales que da la Brigada de Repaso. Sin embargo, no le interesa el producto terminado. No le interesa leer. Para ella los libros no son más que mercancía.

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Imagino que Julia tenía razón. Los libros producidos por el Ministerio de la Verdad debían ser infumables, no tanto por ser producidos por máquinas, como por estar cuidadosamente curados por funcionarios con una agenda política.

Pero, ¿qué libros escribirían las máquinas si tuvieran libertad creativa? La respuesta puede estar en un reciente número de la revista Wired. Adam Hammond, estudiante de doctorado de Ciencia de la Computación en la Universidad de Toronto, y Julian Brooke, profesor del Departamento de Inglés de la Universidad de Toronto, han dedicado varios años a desarrollar una inteligencia artificial que analiza bases de datos literarias. El programa puede identificar estructuras narrativas a diferentes escalas, ejes temáticos, así como características en el estilo y la prosa.

Los dos investigadores llevaron a cabo un experimento literario. Le pidieron al escritor canadiense de ciencia ficción Stephen Marche escribir con la ayuda de su programa. Querían saber si el algoritmo podía ayudarle a Marche a escribir mejores cuentos de ciencia ficción. Para ello, el escritor seleccionó sus 50 favoritos del género, y Hammond y Brooke los usaron para contrastarlos con otros cuentos y destilar la esencia de su poder narrativo. El proceso se llama topicmodeling. La máquina entregó consejos argumentales: parte de la historia tenía que desarrollarse en otro planeta y sus personajes tenían que pasar por situaciones dramáticas comunes en la Tierra. También dio consejos estructurales como el número de personajes y la cantidad de diálogo, y por último planteó una línea estilística con un número definido de sustantivos y adjetivos por cada cien palabras. Todo esto para que la historia de Marche se pareciera lo más que fuera posible a las 50 piezas que él mismo había seleccionado.

Una vez terminado el experimento, había que evaluar el resultado. Marche le envió el cuento a su editor, quien consideró que era mejor de lo que esperaba dada la inusual colaboración. Por su parte, el editor de Wired contactó también a Andy Ward, jefe editorial de Random House, y a Deborah Treisman, editora de ficción de la revista The New Yorker, y les pidió evaluar el cuento. Ward y Treisman nada sabían sobre la participación de una inteligencia artificial en el proceso de escritura, pero su concepto fue similar: el relato no estaba mal, pero no terminaba de cuajar. En realidad, el resultado fue un cuento promedio, un poco más inclinado hacia la mediocridad que hacia la excelencia.

La obra y las herramientas

Hoy el cuento de Marche es apenas una curiosidad académica. Pero algún día podría convertirse en un modelo de trabajo: cuando la escritura deje de ser una actividad solitaria y se vuelva una colaboración entre un algoritmo y una persona. Es ingenuo pensar que la literatura permanecerá inalterada por la revolución tecnológica. Por el contrario, mal haría en alejarse de las fuerzas transformadoras de la sociedad.

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En realidad, la colaboración entre máquina y escritor ya empezó. Pocos, muy pocos escritores no usan un computador o un procesador de texto. Y es inevitable que el producto no se vea afectado por estos instrumentos. No es lo mismo escribir a mano que con máquina de escribir. No es lo mismo editar en un computador que sobre el papel. No se trata de que un método sea mejor que otro, sino de que la obra depende de las herramientas y los materiales tanto como del proceso de construcción. Los hipertextos son naturales en un blog, pero están fuera de lugar en un libro. Ya en 1934 el filósofo John Dewey nos recordaba que la obra no es independiente de las herramientas (Art as Experience). La misma idea da como resultado composiciones distintas si se usan instrumentos diferentes. El banco de sinónimos de Word, la facilidad para cortar y pegar, la posibilidad de consultar una enciclopedia digital en segundos, todo eso modifica la obra. Si mal no recuerdo, Gabriel García Márquez confesó que, desde que empezó a escribir en computador, terminar una novela no le tomaba cinco años sino tres. El proceso de gestación en la mente del autor no es el mismo. No se trata de que uno sea mejor que el otro, se trata de que en cinco años la relación del autor con su obra cambia de una manera diferente. En algunos casos, tres años pueden no ser suficientes para resolver todos los problemas creativos, de la misma manera que en cinco el autor puede terminar agotado de trabajar en el mismo proyecto por tanto tiempo y dejarse seducir por un final apresurado.

Las nuevas tecnologías ya han afectado la industria literaria y el oficio de escribir de maneras que aún no empezamos a comprender. Nuevas formas de escritura llenan los vacíos que las formas clásicas del establishment literario no alcanzan. Un ejemplo es la ciencia ficción, un género tradicionalmente excluido de los círculos comerciales en el país, que ha hallado en los blogs un lugar de encuentro. Los científicos colombianos están en una situación similar. Tradicionalmente la divulgación científica no ha gozado de sitios en los medios de comunicación, ni de un mercado editorial robusto, y los espacios digitales han llegado a remediar este vacío.

Incluso hay maneras en que la colaboración con inteligencias artificiales puede ayudarnos a producir mejor literatura. Por ejemplo, mostrándonos prácticas que difícilmente percibimos, pero que no queremos perpetuar. Uno de los consejos que recibió Marche del algoritmo fue limitar la cantidad de diálogo pronunciado por personajes femeninos. Históricamente, las escritoras adjudican entre 40 y 50% de los diálogos a personajes femeninos; los escritores, apenas 20%. Respetar estas estadísticas no ayuda a que un cuento sea mejor, pero que un algoritmo nos haga visibles prejuicios que de otra manera serían menos evidentes nos permite distanciarnos de prácticas cuestionables.

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Darius Kazemi, programador, fundador de empresas de tecnología y artista digital, inició en 2013 el Mes Nacional de la Generación de Novelas (National Novel Generation Month), un concurso que premia novelas que escriben programas de computador. Según lo que Kazemi le dijo a Hephzibah Anderson, el creador del algoritmo introduce sus propias experiencias humanas al momento de escribir el código, lo que supuestamente añade el elemento humano necesario para la creación literaria. Inevitablemente, agrega Kazemi, la inteligencia artificial y el concepto de buena literatura terminarán por encontrarse. No sería la primera vez. La idea de buena literatura (de literatura en general) ha pasado por varias revoluciones conceptuales. Sin ir muy lejos: si la literatura griega planteaba el problema de personajes fatigados por los caprichos de los dioses, en la narrativa contemporánea los personajes se enfrentan a un vacío en el que dios ha desaparecido.

Redes neuronales

En un futuro, gran parte de la literatura se escribirá como una colaboración entre humanos e inteligencias artificiales, a pesar de que la idea misma parezca sacada de una mala novela de ciencia ficción. Ya sucede en otras áreas. En el campo legal existen inteligencias artificiales que cumplen labores de predicción de procesos judiciales, análisis de textos jurídicos con base en patrones y tendencias, elaboración automática de documentos y evaluación de propiedad intelectual. En el caso de las matemáticas, hay algoritmos que se dedican a demostrar teoremas, como es el caso de la Gödel Machine que trabaja en problemas de optimización; y hay también equipos de matemáticos y supercomputadoras que trabajan conjuntamente en problemas aún más difíciles. En los torneos de ajedrez avanzado se forman equipos constituidos por un humano y un computador que se enfrentan a otro equipo igualmente constituido. En los bancos hay renglones de préstamos aprobados o negados por redes neuronales. Hay incluso inteligencias artificiales entrenadas para componer música o practicar la pintura.

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Investigadores de la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey, usaron un modelo computacional llamado “redes neuronales” para desarrollar una inteligencia artificial capaz de producir arte contemporáneo. Para ello alimentaron al Creative Adversarial Network (CAN) con 81.449 pinturas de más de mil artistas distintos producidas entre los siglos XV y XX. El resultado fue asombroso: cuando los investigadores pusieron a prueba las creaciones de CAN, se encontraron con que otros artistas no podían discernir entre las creaciones de la red neuronal y las de sus propios colegas humanos.

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La presencia de algoritmos como CAN, capaces de producir creaciones comparables con las de sus contrapartes humanas, generan interrogantes sobre la originalidad, el papel del autor, la individualidad y la innovación formal. El filósofo francés Roland Barthes se preguntaba hasta qué punto una obra puede ser revolucionaria u original si inevitablemente pertenece a una tradición, a una educación, a un grupo de valores estéticos y sociales. Toda manifestación cultural se produce dentro de una cultura, por más arraigada que esté la idea de la invención a partir de la nada. Estas preguntas aún no han sido resueltas, y la asistencia de inteligencias artificiales en el proceso creativo las lleva a nuevos niveles, para los cuales son necesarias nuevas herramientas conceptuales.

El uso de computadoras ya modifica también la lectura. Muchos críticos culturales aprovechan hoy la posibilidad de usar algoritmos para estudiar cantidades de texto imposibles de abarcar para un humano, pero que un computador puede “leer” en poco tiempo. La técnica se llama distant reading y permite explorar, por ejemplo, la totalidad de los tomos publicados en el siglo XIX, una empresa que supera la esperanza de vida de cualquier investigador. A diferencia de la close reading, que se interesa por las particularidades que hacen de un texto o de un grupo pequeño de textos algo único, la lectura con ayuda de un computador se da sobre fórmulas, prácticas y hábitos comunes a cuerpos extraordinariamente grandes de textos e invisibles en colecciones más pequeñas. Es probable que esta forma de lectura, profundamente ligada a métodos computacionales, engendre conceptos que nos permitan entender mejor las obras producidas por esta misma forma de colaboración.

La manera en que la presencia de los computadores afectará la actividad literaria posiblemente dependerá, en gran parte, de los autores. Puede suceder que los grandes monopolios editoriales entren en la dinámica primero e impongan los modelos de colaboración, o puede suceder que los autores se resistan y conserven su libertad creativa. De quién haga el primer movimiento dependerá en gran medida el papel de los algoritmos en la literatura futura. Podría ser absolutamente controlada por los intereses comerciales y, como en la novela de George Orwell, resultar aburrida y dogmática. O las computadoras pueden ser una herramienta para enriquecer la visión del autor, para liberarlo de algunas de sus limitaciones físicas y mentales, y alcanzar nuevas dimensiones literarias.

*Físico con maestría en Creación Literaria. Su novela más reciente es El infinito se acaba pronto (Editorial Planeta, 2015).

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