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Los enemigos de la ópera, por Emilio Sanmiguel

“Hoy, con la anuencia de la fracción más esnob del público y de muchos intendentes de teatros y festivales, pocos directores de escena respetan al compositor y evidencian que sencillamente aborrecen la ópera”.

2019/03/27

Por Emilio Sanmiguel

Este artículo forma parte de la edición 161 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Desde que nació, en 1597, la ópera ha tenido enemigos. Fue un intento, fallido, de revivir el drama griego. Luego la música se hizo muy importante, vinieron las grandes estrellas y se volvió popular. De mantenerla viva se han encargado los compositores, cantantes y, cómo no, el público.

Había dos pilares fundamentales, escenografía y vestuario, pues del movimiento se encargaba el jefe de escenario. El drama recaía sobre el talento del cantante. Eso cambió en el siglo xix, cuando compositores y libretistas empezaron a acotar las partituras para resolver el asunto. Meyerbeer, en Francia, se inventó las superproducciones. Verdi y Wagner lo superaron; eran mejores músicos, con mejor instinto teatral y supieron llegarle al público.

A mediados del siglo xx nació el director de escena, con Wieland Wagner y Luchino Visconti, que eran geniales e hicieron verdadero teatro. El primero era el nieto de Wagner. A Visconti la ópera le corría por las venas. Ambos, dicho en otras palabras, la adoraban.

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Hoy en día el director escénico es imprescindible. Sin embargo, tras bambalinas se infiltraron los farsantes. Al principio parecía divertido: a uno se le ocurrió Aida, de Verdi, en la Guerra de Vietnam: Radamés partía para el frente, Amneris era la hija de un millonario y Aida, su empleada del servicio. Otro inventó que Cio-Cio San y Suzuki, en Madama Butterfly, lanzaran crispetas al aire en vez de las flores que pedía Puccini; el de más allá, hizo de Violetta (La traviata) un vampiro que salía de un ataúd. Por suerte para él, Verdi murió en 1901, porque con sus malas pulgas lo habría abofeteado.

Hoy, con la anuencia de la fracción más esnob del público y de muchos intendentes de teatros y festivales, pocos directores de escena respetan al compositor y evidencian que sencillamente aborrecen la ópera. No les gusta. ¿Para qué siguen ahí enquistados? ¿O por qué mandan a escribir óperas a la medida de su talento?

Claro, hay títulos que se prestan para adaptaciones y algunos buenos directores logran resultados formidables. Tampoco se trata de hacer montajes de telones pintados con olor a naftalina, que también los hay, y que también son peligrosísimos, como ha ocurrido aquí en Colombia en las últimas décadas.

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Sí, abusan. Creen tener patente de corso para destruir al compositor. No hay que ser Petronio para saber que los personajes sentados en sanitarios del Baile de máscaras, de Verdi, de Calixto Bieito, resultan grotescos y que su Cavaradossi de Tosca en calzoncillos, en la escena de la tortura para la Ópera de Oslo, es al menos infame. Hasta en los festivales más pomposos del mundo, Salzburgo y Bayreuth, ya se cuecen habas.

Lo dijo Sainte-Beuve: “El mal gusto tendría que ser delito”, y si no les gusta la ópera, o creen que no está a la altura de su inefable creatividad, se podrían rasgar las vestiduras, que ser incomprendidos no es mala idea.

Un montaje de Madama Butterfly en el Metropolitan Opera de Nueva York. | Cortesía: Cine Colombia

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