'Memorias de un hijueputa' (Alfaguara), la nueva novela de Fernando Vallejo, saldrá a la luz en la Feria del Libro de Bogotá. Fotos: Pilar Mejía/Grupo SEMANA. 'Memorias de un hijueputa' (Alfaguara), la nueva novela de Fernando Vallejo, saldrá a la luz en la Feria del Libro de Bogotá. Fotos: Pilar Mejía/Grupo SEMANA.

‘Memorias de un hijueputa’, la nueva novela de Fernando Vallejo

ARCADIA presenta en exclusiva las primeras páginas de la novela más explícitamente política de la obra de Vallejo.

2019/04/15

Por Fernando Vallejo*

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Colombianos: atropelladores, paridores, carnívoros, cristianos, ¿hasta cuándo van a abusar de mi paciencia? ¿Piensan que van a seguir impunes como hasta ahora, de fiesta en fiesta sentados en sus culos viendo darle patadas a un balón?

Empecé como presidente, seguí como dictador y hoy ando de tirano superándome en mis hazañas. Idos son los tiempos en que fusilaba. No bien asome mañana el astro rey su cabeza loca por entre el cendal de nubes del amanecer de la sabana empiezo la decapitadera. Testas cabelludas son las que van a rodar en las plazas de Colombia, van a ver. El pavimento, el empedrado, el embaldosado, lo que sea, de esas malditas ágoras en que hierve el populacho cuando por a o por be o por ce se congrega a aclamar gentuza, se teñirá de rojo, y de la bandera tricolor, vuelta monocromática por mi voluntad soberana, desaparecerán el amarillo y el azul para dejar tan solo, ampliado a todo su ámbito, el refulgente color de la sangre. Convertidos mis fusiladeros en degolladeros aquí no va a quedar defensor de los derechos humanos ni títere de la Corte Penal Internacional de La Haya con cabeza. Adiós a la alcahueta Declaración de los Derechos del Hombre de la Revolución Francesa porque otra revolución, aun más decapitadora, los reemplazará por deberes. Así que ya saben, connacionales, adiós a las fiestas civiles y religiosas, a los puentes y superpuentes, a los partidos de fútbol y copas mundo y cuanta alcahuetería haya parido la mente putrefacta de los curas y los políticos que los han gobernado durante su miserable Historia. Muy mal acostumbraditos me los tenían, ¿eh? Los voy a enderezar, a levantar del culo hasta mi altura moral. ¡Y ojo con la gratitud para conmigo! Que no se traduzca en el abyecto «Dios se lo pague» de este país mendicante (¿y cuándo han visto a ese Puto Viejo Insolvente pagar un peso?). Ni en estatuas que cagan las palomas. Los agradecimientos a mí me sobran, hago el bien porque me lo dictan las pelotas. Las que me cuelgan, grandes como las de mi amigo Gabito, como huevos prehistóricos.

Palomitas, ejército alado del Espíritu Santo, el Paráclito: volad al parque de Bolívar que por la estatua a caballo de este granuja venezolano lo conoceréis. Cabalga en bronce sobre un pedestal de mármol y el caballo le queda chiquito porque así lo quiso el escultor por rastrero, para engrandecer al jinete, que casi toca el suelo con las patas. Obrad a gusto sobre él, bañadlo de porquería. Lo llaman «el Libertador», ¿pero de qué nos libertó? ¿De los curas y los burócratas? Ahí siguen, mamando, pero camino a mi tumbacabezas, de mecanismo digital y bajo control del GPS, muy superior a la guillotina de monsieur Guillotin, una máquina burda, improvisada, hecha al vapor antes del siglo del vapor. En medio de un hervidero sanguinolento de cabezas cercenadas nació la maldita revolución de los derechos; en medio de otro nace ahora la bendita revolución de los deberes.

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Para salir de una vez por todas de este venezolano bellaco y no volverme a ocupar de él, dicen que cabalgó en pos de la Gloria por media América, y que de tanto cabalgar le salieron callos en las nalgas. ¿Pero cómo supieron? ¿Le bajaron los calzones? Ah con estos paisanos míos tan perezosos, no constatan lo que dicen y van soltando la lengua. Si afirman que a ese homúnculo le salieron callos donde dicen, digan quién lo dijo. Hagiógrafo riguroso de tres santos con los que llené veinte años del vacío de mi vida, a mí el «dicen» no me sirve. En cuanto diga de su biografiado el biógrafo tiene que citar sus fuentes. Así he procedido yo con los míos, y así procederán los míos conmigo. ¡Pobres! Nada descubrirán, buscarán en vano; el fantasma que tienen enfrente pero que no ven les ha borrado todas las huellas y embrollado todas las pistas. ¿Que Cristo resucitó al tercer día? ¿Y quién vio? ¿Las santas mujeres? No son creíbles. De santas nada tenían estas putas con las que andaba el Hijo de Dios, muy dado a sus Magdalenas. Cristo no resucitó, ningún muerto resucita. Lo enterraron de carrera y se lo comieron los gusanos. Ontológicamente hablando (que es como me gusta a mí, sobre todo cuando me dirijo a tan cultísimos lectores), la Muerte borra la resurrección. «Resurrección» sobra en el diccionario. Si el hippie Cristo se paró y ascendió al cielo, no estaba muerto. ¿Y en qué ascendió? Ah, eso sí ya a mí no me plantea problema: en cohete. Bolívar en cambio perseguía a su novia la Gloria en mula, en un humilde jamelgo que soltaba cada dos por tres ventosidades por el tubo de la cola. ¡Qué grotesco! Ha debido perseguirla en un brioso y taponado corcel.

Punto y aparte, Peñaranda, y no me dejes hacer párrafos largos que desorientan al lector. Pártelos por la mitad como con machete. Como con una de esas herramienticas desbrozadoras de rastrojos y cabezas que se estilaban en nuestro país antes de mi invento y con las que decapitamos a trescientos mil, o por ai, en la era de la Violencia con mayúscula, como la solían escribir nuestros cronistas dando cuenta del horror. ¡Pero la pronunciaban con minúscula! Nadie pronuncia con mayúscula. ¡No jodan más entonces con la ortografía! Ministro de Educación, Gabriel, o como te llames: me suprimes del pensum escolar la ortografía, que los pobres niños de hoy viven ya de por sí muy angustiados viendo a ver con quién copulan.

¡Y somos un país cristiano consagrado al Corazón de Jesús! ¿Cómo quieren entonces que estemos? Basta ya de ese cabecilla de hipócritas, que en el diccionario de sinonimia española que estoy escribiendo para la RAE puse «cristiano» entre los sinónimos de «malo». El Corazón de Jesús es un perturbado mental que se sacó el corazón del pecho y se lo señala con el dedo todo lacrimoso como poniéndonos la queja: «Miren lo que me hicieron los judíos». ¡Qué te iban a hacer, marica! Si estos usureros exhibicionistas que se recortan la punta de la manguera para que digan que tienen mucho de donde cortar de veras te hubieran crucificado, estaríamos en deuda eterna con ellos. Pero no. No hay prueba alguna de la muerte tuya. Vos ni siquiera exististe, ¡cardiópata!

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Después de vivir por más de tres décadas en México, Vallejo volvió a su natal Medellín en 2018. Foto: Pilar Mejía.

Los quejumbrosos judíos, que piden compasión pero que no la tienen, de zarpazo en zarpazo les han quitado a los árabes de Palestina su territorio. Que dizque es de ellos. Que dizque del pueblo elegido. Que dizque desde que salieron de Egipto. Que dizque desde hace seis mil años cuando dizque cruzaron el mar Rojo, que dizque se abrió de par en par para que pasaran y se siguieran dizque por el desierto del Sinaí que dizque se gastaron cuarenta años en cruzar, tras de los cuales dizque por fin llegaron a la Tierra Prometida, dizque un jardín de leche y miel. ¡Cuál jardín de leche y miel semejante yermo! ¿De qué manga se sacaron semejantes conejos tan orejones? De la Historia no, de la arqueología tampoco. ¡Cuáles seis mil años! ¿Por qué mejor no le ponen diez mil? Ay, tan prehistóricos ellos… ¡Y cuál Egipto! Allá no estuvieron. ¡Y cuál cruce de ese mar y ese desierto! No los cruzaron. ¡Qué se iba a abrir el mar y se iban a gastar cuarenta años para cruzar lo que uno se cruza en camello en dos días, o en jeep en unas horas! ¿Y quién vio que Moisés separó con su varita mágica las aguas del mar Rojo para que pasaran? ¿Cecil B. DeMille? ¡Cuál varita mágica! Moisés no existió. ¡Y qué es ese cuento del pueblo elegido! ¿Quién lo eligió? ¿Yahvé, el Dios carnívoro que el único animal que no comía era el cerdo por miedo a la triquinosis? ¿Y entonces por qué los ha hecho sufrir tanto si los quería? ¿Por qué los dejó gasear de Hitler en Auschwitz, Treblinka, Sobibor, etcétera? ¡Ah con estos circuncidados! Tan buenos para la usura pero tan crédulos. Están pues como las beatas de la catedral de Manizales que madrugaban a rezarle al Señor hasta que una mañana, cansado de tanta adulación, el Viejo se sacudió la tierra como se sacude un perro las pulgas para quitárselas de encima. ¡Y las sepultó bajo el techo y las dos torres! Si les está yendo mal en la vida, colombianos, no le pidan a Dios que les va a ir peor. Dios no los quiere por desechables. Por eso andan tan zarrapastrosos. Al que le pide, Dios sí le da, ¡pero palo, por haragán y mendigo! Trabajen, ahorren, no beban, no pichen, no coman y verán. ¿Y en calidad de qué hablo? En calidad de quien encarna el Estado y ejerce él solo los tres poderes: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Yo, yo, yo. Yo soy el que ordena, yo soy el que manda, yo soy el que habla. ¡Nada de ejecutar leyes! ¡A ejecutar delincuentes! Si Colombia delinque, que pague. Si delinque uno, paga uno; si delinquen dos, pagan dos; si delinquen todos, pagan todos, que es lo que iremos viendo, si sí o si no. No se necesitan los tres poderes de Montesquieu, espíritu enmarihuanado y confuso que los equiparó a la democracia. Lo suyo no es democracia sino triplicación de funciones, despilfarro. Con un solo poder basta. Con el mío, el de la triple corona, el del que aquí dice yo y lo ejerce desde esta alta tribuna que domina la catedral y el capitolio, antros de ladrones, ensotanados o no, que voy a reducir a cenizas no bien termine este párrafo. ¡Cuánto engaño el de los adoradores circuncisos de Yahvé! ¿Y de los árabes qué nos dice? ¿Se salvan o no se salvan? No se salvan. Muy rezanderos y circuncidados también ellos, excretan una o dos veces diarias pero rezan seis. ¡Carajo! El bípedo humano no se puede pasar la vida prosternado en tierra con el culo al aire rezándole a una entelequia que no existe, como no sea en el corazón podrido de sus clérigos. Alá es Yahvé, Yahvé es Dios, y Dios tuvo un Hijo, el Crucificado. ¡Ay, el Crucificado! Cristianos rastreros, adoradores de dos palos. Hoy por lo menos con las novelerías de los paturrientos tiempos que corren los han venido cambiando por tres: los de la portería de una cancha de fútbol.

—No son tres, Excelencia, son seis, porque en cada cancha hay dos porterías, cada una con su portero.

—Ah… Entonces vamos a hacer la cuenta en patas. Cada portero tiene dos patas y son dos porteros. Multiplicando las dos patas de los dos porteros por las dos porterías nos da ocho patas. Dos por dos cuatro y cuatro por dos ocho.

—Se equivoca, Excelencia, no son ocho sino cuarenta y cuatro patas porque son dos equipos, con once jugadores cada equipo, y cada jugador con sus dos patas. Once por dos y por dos, ¿cuánto da? Cuarenta y cuatro. Cuarenta y cuatro patas.

¡Las que sean! En todo caso, congratulaciones, excristianos, porque por más uñilargos que sean los de la fifa, sustraen menos que los de la curia vaticana. Y el daño que le pueda hacer un balón inflado al ser humano se esfuma cuando se desinfla haciendo «pfffffrrr», como el tubo trasero de las mulas de Bolívar. En cambio el daño que le ha hecho el cristianismo al mundo durante dos milenios impidiéndole aparecer a la moral no tiene nombre. ¡Malditos los judíos y sus madres! ¿Por qué no remataron de un lanzazo al endemoniado Cristo cuando lo tenían inmovilizado en la cruz? La segunda oportunidad la veo calva.

Nunca he querido a esa gente. Trabajan y trabajan, acumulan y acumulan, ¿y total para qué? ¿Para qué si ni siquiera tienen cielo? Aprendan, judíos, de los musulmanes, que tienen montado allá arriba un paraíso donde Alá le da al que llega ochenta vírgenes para que se sacie en ellas como a bien le plazca. Ochenta esclavas sexuales que uno puede abrir, cerrar, doblar, desdoblar, oler, lamer, chupar y patasarribiar a su gusto, ¿qué más podría pedirle a su Dios un cristiano? Pásense al mahometismo, judíos y cristianos, que Alá da más.

¡Qué carajos! Mujeres es lo que hay de sobra en este mundo y tengo un mensaje urgente para Colombia que me escucha, sintonizada en todos los canales y emisoras de la tele y de la radio de la red patriótica que yo controlo y que me está transmitiendo en este instante mismo en vivo, pero grabándome por si algún día les falto y me les muero: «Colombia, mala patria, hija de España, hija de puta, te voy a enderezar, ¡torcida!» En cuanto a la China, la India, el Japón, Birmania, Tailandia, etcétera, ya iremos viendo. A cada capillita le llega su fiestecita.

«Tengo hambre, tengo hambre, tengo hambre», claman los desechables de Colombia mirándome a mí en vez de entornar sus ojos hacia el cielo, el dispensador de maná para los hambreados. ¿Y qué culpa tengo yo de que tengan hambre? Si tienen hambre, coman; y si no tienen qué comer, aliméntense de smog, que es el actual maná de Yahvé, muy nutritivo y sustancioso por sus características celestiales. ¿No ven cómo reverdecen las plantas? ¿O han visto alguna vez a una planta quejándose por el smog? Al que se le ocurra darle una vez por despistado a uno de estos pordioseros váyase preparando para tener que darle cada vez que se lo encuentre, sin poder quitárselo jamás de encima, cargando de por vida esa cruz. Y ni se cambie de acera pues él también tiene patas y se cambia. Y si ya cargan ustedes con una cruz, o con cinco, o con diez, o con veinte, prepárense para cargar la veintiuna. He ahí el precio que tiene que pagar el buen colombiano por vivir en el jardín de las delicias.

No se dejen arrastrar por la caridad cristiana que es alcahuetería. ¿Cuándo han visto pedir limosna al papa, colombianos? ¿O cuándo la dio Jesús? Me refiero al Jesús que se conoce con el alias de Cristo, no a Jesús Moncada, el trepador de montañas. Jamás dio limosna, Jesús, era avaro. O mejor dicho no tenía con qué porque no trabajaba, era un zángano. De muchacho haría algún ataúd o un par de camas en calidad de ayudante de su padre san José, que le enseñó carpintería. Después nada, no volvió a trabajar, se dedicó a vivir del cuento y de los peces que sacaban sus secuaces del agua. ¡Dizque los iba a hacer pescadores de almas! A un alma no la pesca ni el Putas, como dicen en Colombia. ¿No ven que es inmaterial? No vuelvan a dar, colombianos, que sumada a la carga demográfica el mundo padece hoy de la fatiga de los donantes.

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Y no bien le dan ustedes a un desechable, ¿qué les dice? Les dice: «Que mi Dios lo bendiga» o «Que mi Dios se lo pague». ¡Con el «mi» posesivo, como si Dios fuera propiedad de ellos! ¿Y cómo va a bendecir Dios, siendo como es inmaterial y por lo tanto manco? ¿Acaso es papa? ¡Blasfemos! Por eso los frailes dominicos de la Santa Inquisición torturaban y quemaban en su nombre. ¡Qué se iba a ensuciar Dios tocando humanos! Y he ahí la razón de su insolvencia, la que le impide pagar. Como a mí. El dinero también a mí me asquea. Ni Él ni yo tocamos plata.

En todo caso Colombia ha sido más bien bondadosa con sus desechables: los metió en su nueva Constitución, que a nuestros constituyentes les salió maravillosa: ¡con doscientas veinte erratas! Por eso hoy disfrutamos de una constitución errática.

¿Y cómo despiden las mamás, en el país de las delicias, a sus hijitas cuando salen en la mañana para el colegio con su mochilita o fiambrera? «Que la Virgen me la acompañe, m’hija», les dicen. A una de estas niñas mochileras acompañada por la Virgen la violaron, ¿y de qué le sirvió a la nena la mamá de Dios? ¿Cómo puede confiar una madre colombiana, sabiendo dónde vive, en la que le puso los cuernos con el Espíritu Santo a san José, su legítimo esposo? «¿Y a mí qué me toca?» les preguntó la adúltera a los violadores, y uno de ellos, un rufián de cuchillo, mal encarado y con olor a pecueca, sin saber con quién estaba hablando le contestó: «Ve esta vieja marica…». Señoras madres: no les vuelvan a encargar a sus hijitas a la Virgen, que esta atolondrada mujer no sirve para un carajo. Mejor consíganles un guardaespaldas. O dos, para que cada uno vigile al otro. O tres, para que cada uno vigile a los otros dos. O mejor no tengan hijos, que aquí abajo ya no cabemos. Muéranse y se van p’al cielo a cantar en el coro de los angelitos.

*Uno de los más importantes escritores de habla hispana. Autor de Logoi (1983) –un tratado sobre retórica y literatura–, de ensayos, biografías y del ciclo de novelas autobiográficas El río del tiempo (1999). También escribió La virgen de los sicarios (1994) y El desbarrancadero (2001). Por esta última recibió en 2003 el Premio Rómulo Gallegos. Memorias de un hijueputa (Alfaguara), su nueva novela, saldrá a la luz en la Feria del Libro de Bogotá.

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