Carolina Sanín. Ilustración: Nicolás Gutiérrez. Carolina Sanín. Ilustración: Nicolás Gutiérrez.

Mi arte, mi indisciplina: una columna de Carolina Sanín

"Ser disciplinado era obedecer; no obedecer a un grito (cuando llegaba el grito ya se había incurrido en un acto de indisciplina), sino haber incorporado al amo y su grito".

2018/11/27

Por Carolina Sanín

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Había una asignatura que se llamaba Disciplina. No tenía clases, no tenía textos, no comprendía prácticas determinadas, pero sí tenía calificación, como las demás asignaturas. Se podía perder el año por Disciplina, en esa época en que un niño podía perder el año como si fuera posible que, efectivamente, un año pudiera perderse; en esa época tan oscura como esta, y no remota, en la que positivamente se eludía la responsabilidad de educar al ser humano en lo único que el ser humano debe conocer: las maneras como realmente pasa el tiempo.

La disciplina era tener las medias estiradas, llegar cumplidamente a hacer fila frente a la bandera, no apoyar la cabeza en la mano mientras se escuchaba la clase: cosas de esas. No producía nada y no parecía tener nada que ver con ninguna otra virtud. Alguien podía perder disciplina y aprobar las demás asignaturas con buenas calificaciones, lo cual probaba que la disciplina solo se servía a sí misma. Ser disciplinado era obedecer; no obedecer a un grito (cuando llegaba el grito ya se había incurrido en un acto de indisciplina), sino haber incorporado al amo y su grito. No consistía en obedecer por la persuasión del conocimiento (no había ningún motivo comprensible para que las medias no pudieran estar escurridas en los tobillos, aparte del imperativo de la uniformidad), ni por la sumisión del amor y la consideración del bien común, sino por miedo al grito, al amo y al año perdido (cuya formulación –ahora se me ocurre– es exactamente infernal: la de un tiempo que por haberse perdido hay que repetir, potencialmente para siempre).

La disciplina era un dispositivo castrense y monacal. Los colegios eran sobre todo (y probablemente lo son aún, en su mayoría, pero quiero conservar el tono narrativo) instituciones formadoras de soldados que podrían ir o no ir a la guerra, pero en todo caso debían aprender a considerar que la vida era la guerra. Criaban a soldados y a monjes que aprenderían a creer que vivir era sacrificar la vida. En esa época en que se perdía el año, se perdía también al niño.

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En el caso de un colegio de niñas era especialmente paradójica esa atención a la lógica y la ética de las instituciones –el ejército, la iglesia– que cimentaban el patriarcado y que excluían a las mujeres. Y era especialmente violenta esa formación del cuerpo (los calcetines estirados, la espalda recta, la fila de dos en fondo, la marcha) que disciplinado imitaría al del macho imaginado por la cultura machista y que, indisciplinado, ¿cómo sería? ¿Sería acaso el cuerpo de la posesa?

Pero yo no quería hablar hoy de todo eso. Quería recordar una pregunta que el otro día, en un taller de creación literaria que dicté para adolescentes que escribían literatura, me hizo un niño o una niña: “¿Cómo podemos tener disciplina para escribir?”. Seguramente esa niña o ese niño había leído y oído las mismas cosas que yo oí y leí cuando era niña y adolescente, y que me provocaron ansiedad y me confundieron, acerca de la “disciplina, que es el cultivo del talento”, acerca del autor que se ataba a su escritorio para obligarse a escribir, acerca de cómo Fulano había logrado su premio por escribir ocho horas al día (las mismas de la jornada legal laboral), etcétera. Y entonces le respondí, al niño o a la niña, que la tal “disciplina para escribir” era una vaina de hombres, que yo no entendía; y no de hombres así en general, sino específicamente de esos señores que quieren convertirlo todo en servidumbre. La disciplina en el arte era un invento de los artistas que querían caber y valer dentro del mundo de la gente productiva, y no ser menos machos ni menos importantes que el señor banquero; era un invento de esos escritores que más que escribir –y antes que escribir y en lugar de escribir– habían querido ser escritores.

Le dije, al niño o la niña, que para escribir había que querer escribir y había que escribir: era así de simple, así de obvio y de lógico. No se necesitaba ningún “obligarse”, ni ningunas “ocho horas diarias”; que las horas de escritura a veces podían ser una y media, y otras veces diecisiete en un día, y a veces ninguna. Que en realidad, si uno iba a escribir algo, estaba escribiéndolo todo el tiempo: dormido y despierto, mientras hablaba y en silencio. Y que para escribir tampoco era suficiente que uno quisiera hacerlo, pues hacía falta otra voluntad, la impersonal: que se quisiera que uno escribiera. Les dije que si uno no quería escribir y no podía y no tenía qué, entonces simplemente podía no hacerlo. Les aconsejé que cambiaran esa equívoca noción de la disciplina por el conocimiento de la propia ambición, por el control de la propia obsesión, por el cultivo del propio entusiasmo, por la ampliación de la curiosidad y por la búsqueda del placer ajeno. Que trataran de conocer la relación entre la neurosis y la inspiración, y que se enseñaran a jugar con consciencia en vez de aprender a trabajar mecánicamente como tantos señores, escritores y de otros. Que en vez de hacer la fila, siguieran el hilo.

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