Ilustración: María Camila Sanjinés Ilustración: María Camila Sanjinés

Mi primera gran culpa

Convertirse en madre no es tan fácil ni tan lindo como parece.

2018/11/27

Por Tatiana Andrade*

Este artículo forma parte de la edición 158 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

[25/01/2018/9:00AM]

Hoy es uno de esos días en los que no sé cómo resistí el paso del tiempo. Escribo sentada en el bizcocho del inodoro, que últimamente se ha convertido en mi lugar sagrado. Y, aun así, mis necesidades biológicas se han convertido en el problema número ochenta y seis de la lista de prioridades, desde que llegó Tomás. En fin. Igual, sigo yendo al baño. Solo que ahora, además de tener un tiempo para mi escatología, tengo también un tiempo para descargar mi cansancio y mi tsunami interior. Escribir a toda furia, lo que me de mi cabeza en un tiempo máximo de ocho minutos y medio. Dispersión. Ese es otro de mis tantos problemas desde que soy madre. Hacer todo a la vez, pensarlo todo, y dejar varias cosas a medio camino entre el cerebro, que produce miles de pensamientos a la vez, y la acción. Todo comenzó anoche. Desde hace una semana, decidí que Tomás no dormiría más en nuestro cuarto. Sí, después de ocho meses. Lo cual no está nada mal si analizamos el desprendimiento al que se vería sometido, no solo Tomás, sino la madre y el padre: siete meses de un colecho muy íntimo y un mes de una transición donde dormía en un corral, pegado a mi lado de la cama. Sin embargo, una noche, hace nueve, busqué los pies de J (solo con los pies podíamos tener algo de contacto porque en medio nuestro estaba la gran masa, el gran bebé) y los sentí fríos. Pies fríos. Acto seguido, al revisar mis pies, caí en la cuenta de que desde hace ocho meses dormía con medias. Así que el poco contacto que teníamos se reducía a un roce de pies fríos con medias de lana. Pensé en el deseo. Pensé en que nos estábamos enfriando. Pensé en Los puentes de Madison. Pensé en Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Estaba a punto de olvidar su cuerpo, su calor, sus formas. Entré en pánico. Me vi, unos años adelante, rodeada de perros babosos, metidos en mi cama, y mi hijo, un gigante de 20 años. ¿Y mi esposo? ¿Mi pareja? Desvanecido.

Al día siguiente, organicé la cama de Tomás en su cuarto. Puse a punto sus sábanas, sus cobijas, y agarré el teléfono:

—J, quiero que llegues preparado a la casa. Necesito tu apoyo. Esta noche Tomás dormirá en su cuarto.

La expresión de asombro de J me la perdí, pero alcancé a escuchar un suspiro hondo, de agradecimiento y admiración (o eso fue lo que mi imaginación calibró). Esa noche me sentí como una loba cuidando a su cría: lista para dar el salto mortal cada vez que la criatura musitara. Todo fue maravilloso. La cama para los dos. Espacio. Sensación de independencia. Plenitud. Goce de los sentidos. Hasta el primer quejido de Tomás. Los primeros ocho días fueron increíbles. Quería que llegara la noche para estrenar cama con mi nuevo esposo. Para hablar a viva voz. Para abrazar, dar volteretas. Reencontrarnos. A pesar de toda la marea, la tormenta y el colapso por el que habíamos atravesado durante estos ocho meses, todavía nos queríamos. Todavía nos deseábamos. Pero claro, en cuestión de crianza, una de las máximas que he aprendido es que no se puede dar nada por sentado. No hay una regla: un día logras que coma, al otro día escupe todo. Así que anoche, el caos volvió a reinar. Tomás, después de pasar ocho noches prácticamente de largo, decidió despertar cada hora y media.

Me niego a leer teoría. Quiero encontrar mi fórmula. Quiero encontrar mi manera. Quiero conocer a mi hijo. Saber qué necesita, así no hable. Fue así como decidí tener una excusa para salir.

—Le compraré una cobija de plumas. La que tiene le estorba, se mezcla con las sábanas, el niño tiene frío.

Y así como espero que hoy llegue la noche para leer, ver un capítulo de una serie junto a J, o una película (o para ser más sensatos, diez minutos de una serie o de una película), así le temo a la noche: ¿cuándo podré volver a dormir en las profundidades de mis sueños? Mi mamá dice que nunca.

—Una vez tienes hijos pierdes el sueño profundo, entre otras cosas.

La pérdida. La ausencia definitiva de una conquista personal.

Ilustración: María Camila Sanjinés

[15/02/2018]

Esta semana ha sido la más brutal que he tenido desde que Tomás nació. Después de ocho meses de inmersión en una burbuja donde solo cabíamos él y yo y a veces, muchas veces, J y Ema, empiezo a sentir que existe un mundo exterior. Después de ocho meses de solo verlo a él, a mi pequeña criatura, durante todo el día, y toda la noche, de estar para él y por él, en función de su sueño, su comida, su digestión, su mierda, su crianza, su felicidad, he empezado a salir, por fin, a ver gente distinta a mi mamá, mi suegra, mis amigas cercanas, mi perra, a conectarme con ese otro universo que dejé en suspenso hace ocho meses. En menos de una semana el mundo dio un giro de 180 grados y de repente, sin mucho pensarlo, se abrieron escenarios que no tenía contemplados: una nueva casa, un nuevo trabajo, y con ello, la perspectiva de un reencuentro conmigo misma. Pero la vida también es embarazosa. Ayer, en una entrevista de trabajo, todo iba muy bien hasta que, en un punto crucial, mi entrevistadora dice algo así como, “no sé si te interesa este trabajo porque tienes un bebé y claramente cuando uno tiene un hijo deja de ser uno, y se vuelve otra mujer”. A partir de allí, no pude volver a conectarme. Sus palabras me llegaban en eco, distorsionadas y en otro idioma. Traté de concentrarme en su boca, en sus dientes blancos y brillantes y traté, incluso, de leer sus labios. Pero no lograba entender nada. ¿Otra mujer? ¿Otra mujer? Sentí espanto. ¿En qué mujer me habré convertido al ser madre? ¿Quién soy yo? ¿A qué horas me convertí en esto? ¿Qué hago para encontrarle sentido a mi vida siendo otra mujer que ni conozco?

Salí de la entrevista sin trabajo y con miles de preguntas. Salí neurótica. Tuve que respirar varias veces y contener el aire para no hiperventilar. ¿Psicoanálisis? No quiero. Ya tuve de esa medicina muchos años. ¿Peyote o medicinas alternativas? Dejé todo tipo de drogas y sustancias psicoactivas (pero ese es otro capítulo en mi vida). ¿Sexo? Quizá. Sin embargo, odiaría, en medio de mi búsqueda por y hacia el orgasmo, pensar en qué mujer soy ahora. Eso sería un antiorgasmo terrible. No. ¿Otro hijo? Pensarían las más abanderadas del asunto: “Dale con otro, así te dejas de tantos existencialismos y tantas pavadas y mejor le das un hermano a tu hijo”, me dijo una amiga argentina. No. Nunca jamás pasaré por otro parto, ni otro puerperio (a propósito, qué palabra más fea. Desde que la escuché por primera vez desconfié de ella y supe que su significado no podría ser otro que caos, dolor, casi muerte). Así que aquí estoy, tratando de entender en qué clase de mujer me ha convertido ser madre. Una pregunta que quizá podré contestar cuando sea abuela y sabia, o quizá, como son estas cosas, cuando esté en la ducha, un día cualquiera. Por ahora, me levanto a hacer la comida para mi bello esposo que llega hoy de viaje y pienso conquistarlo con el cuerpo escultural que me ha dejado Tomás y el famoso puerperio. Solo espero que esta vez, como espero todas las veces desde que volví a tener sexo, logre olvidar que soy madre y que parí un ser humano por ESA vagina, esa que aún está en recuperación.

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[21/02/2018/09:11pm]

Miércoles o jueves... A este punto, perdí la noción de los días. Qué cansancio. Mi espalda me duele, mi barriga está inflada y mi pelo más revuelto que nunca. Quisiera ser como Tilda Swinton, tener su coraje para raparme, hacerme un corte moderno y vanguardista, para decirle al mundo (o a mí misma) que todavía, a mis 40 años, pienso en ser glamurosa. Pero a quién engaño. Son las nueve de la noche y ya estoy en pijama, con el pelo revuelto, ojeras, pierna cruzada, rogando que Tomás no se despierte. Rogando que pase la noche en silencio. Ruego que la noche sea silenciosa, que la calle no sea más calle, que el tráfico se detenga y que ni el sonido de una hoja al caer del árbol pueda siquiera perturbar su sueño. ¿Será esta la noche en que voy a roncar y babear hasta las seis de la mañana? Olvidarme de mí, de mi bebé, de mi esposo, del mundo entero. Olvidar que existo. Qué gran fantasía. Qué pensamiento más adolescente. Esta noche, tumbada en mi cama, pienso en las palabras del pediatra: “El tigre está como un toro; ¿no será que mejor tiene que cambiar de mamá?”. Tuve que pasar saliva, respirar hondo, olvidarme de matarlo, y volver a la realidad dos segundos después para regalarle una sonrisa de neurótica drogada. ¿Cambiar de mamá? Hasta el momento había considerado todas las opciones posibles (resbalar con una cáscara de banano y dejar huérfano a Tomás, caerme en la ducha, subirme a un avión y morirme, sucumbir de cansancio y morirme, y así sucesivamente), pero dejar de ser la madre de Tomás no me lo había planteado. Todo empezó porque el abuelo de Tomás, hace cuatro días, me dijo, con todo el respeto de un caballero, que lo notaba delgado y pálido. En otras palabras, que Tomás estaba flaco y amarillo. Inmediatamente lo pesé, con mi pesa digital, ultradelgada y colorida, y constaté que había bajado 500 gramos. J, un padre de pelo en pecho, prendió las alarmas y llamó al pediatra, quien a su vez nos alertó del peligro de tener un bebé con pérdida de peso.

En un abrir y cerrar de ojos estaba parada en medio del baño, desnuda, con un gorro de baño con dibujos de gorilas que me hace ver ridícula y extemporánea, con Tomás en brazos, recordando el día en que no pude dar más teta. Mi primera gran culpa de madre. Mi primera decepción. Mi caída en el vacío. Mi soledad. Mi llanto. Mi tristeza. Mi primer gran desprendimiento.

*Tatiana Andrade es una escritora y guionista. María Camila Sanjinés es ilustradora. Ambas son autoras de La vida láctea (Planeta), libro al que pertenecen este texto y las ilustraciones.

Fe de erratas: en la versión impresa de este artículo cometimos el error de poner mal el crédito de la ilustradora, que es María Camila Sanjinés. Le pedimos disculpas a la artista. En Instagram pueden seguirla aquí: sanjinesmaria

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