Miguel Ángel Rojas. 'Boca', aguafuerte. 1974.

Miguel Ángel dio luz a la oscuridad

Miguel Ángel Rojas fue uno de los primeros artistas plásticos colombianos que habló en sus obras, sin tapujos, de la homosexualidad masculina. En entrevista con DIEZ, cuenta cómo se dio su inmersión en esta temática y de qué manera ha transformado su trabajo.

2018/04/17

Por Daniel Grajales T.* Bogotá

De la arquitectura pasó a lo clandestino, a lo oscuro, a lo negado. En la década de los setenta, Miguel Ángel Rojas (Bogotá, 1946) encontró en los rincones de los edificios republicanos de la capital un tema recurrente en su producción artística: la homosexualidad.

Cuenta que, enamorado de la arquitectura del siglo XIX y principios del XX, recorría la ciudad buscando inmortalizar los cambios, sin saber que no inmortalizaría transformaciones estéticas, sino escenas clandestinas. Aunque su obra más recordada sobre este tema es la serie Faenza (1979), la búsqueda comenzó antes, en otro teatro, el Imperio, donde, sin esperarlo, como todo un emperador develó cómo las prácticas de hombres se escondían de la marginación social.

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Fue una búsqueda en su propia negación a la homosexualidad, que dio luz a su generación. En tiempos en que buena parte de la sociedad colombiana reprimía a la población LGBTI, su grito, a través de la fotografía, resultó liberador. Sin embargo, hace dos décadas abandonó lo relacionado a la homosexualidad porque vio en la riqueza del país nuevas narrativas. Rojas habló con DIEZ sobre cómo ha mutado su obra.

Cortesía Juan Santacruz.

¿Por qué el Teatro Imperio fue el epicentro de su exploración en el tema de la homosexualidad?

Observar la ciudad siempre fue una de mis obsesiones perceptuales. He estado especialmente alerta a los cambios que ocurren en el centro de Bogotá con la arquitectura del siglo XIX y principios del XX, esa arquitectura republicana de elegancia francesa que recibió el golpe de gracia con el asesinato de Gaitán, que se hizo paulatinamente invisible, como cubierta por la vergüenza de un pasado cuyo orden se derrumba.

En esa mirada obsesiva, defendiendo mi idea del artista como un cronista de su tiempo, había hecho algunos trabajos sobre los teatros, con puestas en escena que ya daban una idea de ese mundo. Por la arquitectura llegué a quienes habitaban esos espacios, en silencio, en la oscuridad.

Viendo hacia atrás, yo fui el primero que trabajó el tema de la homosexualidad masculina abiertamente con las fotos del Teatro Faenza. Pero los orígenes vienen del Teatro Imperio, en Chapinero, donde se vivían horas de evasión en la oscuridad. En esa época Grau había hecho algunos retratos y Luis Caballero no había abordado todavía la homosexualidad en su obra. Las fotos del Imperio surgieron en 1973, cuando conseguí la cámara Pentax de 35 milímetros. La primera serie fue titulada El emperador, porque fueron hechas en los baños de ese teatro... La composición –una imagen circular detrás de una puerta– permitía conseguir valores estéticos eróticos, no pornográficos. Me di cuenta de que podía llegar a una imagen muy atractiva, explícita. Me di cuenta de que ese mundo, que era mi mundo, el que yo vivía entonces como una evasión, podía ser capturado a través de la fotografía.

Seis años después llegó su serie Faenza (1979), considerada por la crítica como un ícono de la homosexualidad en el arte nacional. ¿Qué quiso decirle a la sociedad con esas fotografías de encuentros de hombres homosexuales en los baños del Teatro Faenza?

Seguí con la misma idea de hacer registros de una realidad a la que yo pertenecía, que merecía ser sacada a la luz. Fue una respuesta a la belleza, no solamente del claroscuro que me ofrecía la larga exposición, sino también del entorno: el espacio del teatro era precioso, la ornamentación de las columnas, los balcones. Todo era un conjunto muy armonioso en el cual se daban esos encuentros clandestinos, que yo quería sacar a la luz, porque así, de alguna manera, podía dignificarlos. Era volver normales, dignas, las escenas que tanto habíamos escondido.

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¿Había sido rechazado, señalado?

Yo sufrí muchísimo rechazo cuando manifesté ser gay, incluso en mi familia. En el colegio uno ni se atrevía a hablar del tema, era una cosa muy secreta. Estaba inmerso en el temor de ser reconocido como una persona perversa, digámoslo así. Eran temas vedados hasta en la Universidad Javeriana. Ni se pensaba que pudieran existir personas que tuvieran otra orientación sexual, se descartaban como amistades, se mofaban de ellas e incluso de la familia que tuviera un personaje homosexual, como si fueran unos pobres mártires. Antes de hablar de política o de alimentación el tema era ese: “Ese muchacho tiene malas costumbres”.

Sin embargo, el campo artístico valoró su discurso, sus fotos, su búsqueda en los encuentros gay…

El campo del arte ha sido muy liberal. Cuando empecé a hacer las primeras series legibles del Teatro Imperio y del Faenza, los primeros espectadores fueron personas que estaban en el campo del arte, otros artistas, curadores, quienes valoraron que yo hablara de estos temas. La gente sabía que ese mundo existía, muchos de mis amigos hacían parte de estos lugares, entonces fue revelador que alguien se atreviera a retratarlo, con esas condiciones técnicas difíciles que representaba una sala de cine.

¿Qué le dio la valentía para hablar de eso que no se podía hablar?

La sociedad colombiana ha sido y cada vez se ha vuelto más conservadora, se ha replegado a una moral que es absurda. El desnudo en general es mal visto, el tema de la homosexualidad también. Cuando vas a una bienal o a una feria de arte es difícil encontrar un desnudo, y más uno masculino. Yo me sentí siempre al margen de la sociedad y eso me facilitó ser audaz. La valentía me la dio el hecho de sentirme al margen, de no pertenecer. Fue casi que suicida. Lo que quería era definirme a mí mismo, me importaba poco el qué dirán, el estar en boca de quienes no entendían que el mundo era algo más grande.

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En ese entonces la palabra de Marta Traba era sagrada para el arte nacional, ¿qué dijo de su trabajo?

Cuando Marta Traba regresó al país estaba haciendo sus programas, no se había ocupado puntualmente de mi trabajo, y alguna vez me dedicó dos líneas, diciendo que si yo tocaba el tema del “homosexualismo” era porque yo era ingenuo. Ella lo que quería decir es que ese era un tema que había que ocultar, una cosa negativa y monstruosa, que yo era ingenuo con un tema como ese, sin siquiera espacio en su idea del arte. Yo insistí y me decía: “Esta señora, entonces, no entiende la humanidad”.

En 1974 usted hizo el grabado Boca. ¿Quién cuestionó esa obra que simula una escena de sexo oral entre dos hombres?

Varios años después de que hice Boca, un alumno mío se me acercó y me dijo: “Yo vi un grabado suyo donde hay un hombre que está de pie y otro que está al frente, agachado”, como en tono de reclamo, y le respondí que me parecía muy bien que lo hubiese entendido porque la acción está un poco disfrazada. No era tan sencillo identificar que en el grabado había dos cuerpos, uno que está parado y otro que está agachado, entonces usé eso para decirle que no lo viera como algo tan extraño, pues podía reconocerlo.

¿Cómo se ha transformado la manera de representar a los hombres homosexuales en el arte colombiano?

Hay artistas que han tocado el tema con los años y hoy existe tanta aceptación, tanta apertura, tanta libertad, que no es un tema innovador. Es más convencional ver a un artista narrando lo LGTBI. En el momento en que lo hicimos sí era novedoso, por las condiciones de moralidad que tenía el país. Para creadores como Luis Caballero y Lorenzo Jaramillo fue muy importante este tema, fueron muy valientes abordándolo abiertamente, como en mi obra. Hoy, paradójicamente, creo que esa aceptación ha hecho que el mundo gay forme unos guetos con convenciones en todo: el comportamiento, la manera de divertirse, de pensar, de ver, de vestirse, que hace que la gente se interne en una especie de grupo cerrado, sin entender más bien que hacemos parte de la sociedad. A veces siento que hay más explicaciones de las que se necesitan.

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Eso no me hace desconocer que hemos avanzado en esta sociedad, que hemos dado pasos importantes en algunos ámbitos. La apertura que tenemos actualmente a este tema parte de la gente muy valiosa que hay en el mundo gay. Eso lo ha aceptado la sociedad. Ven que podemos ser buenos presidentes, médicos, abogados, lo que sea. Esa aceptación nos la hemos ganado quienes no estamos en el gueto, sino en un plano normal en la sociedad, en el mundo. Desde lo público sí se ha respetado cada vez más el tema: la gente hoy sabe que la diferencia hace parte de los derechos humanos y los dirigentes saben que no se pueden oponer.

Cortesía Taller Miguel Ángel Rojas.

¿Uno de esos dictadores que menciona fue, en su caso, el padre de la Revolución Cubana?

Cuando se hizo la primera exposición de artistas extranjeros en La Habana (Cuba), en Casa de las Américas, yo fui uno de los invitados. Mandé dos grabados: Boca y Pelito. Ellos recibieron las imágenes antes de la muestra y se dieron cuenta de que uno de los artistas invitados, yo, era gay. En ese momento, ser gay en Cuba era un pecado. Pensaban que la homosexualidad era una condición producto del capitalismo, no podían creer que era una conducta humana.

Para esa exposición querían dar la idea de un mundo perfecto, en el que todo era “normal”, entonces rechazaron mi obra Boca y solo colgaron Pelito, un grabado en el que yo soy el modelo, un semidesnudo. Lo paradójico fue que cuando llegamos pusieron a un vigilante en los baños del hotel en el que nos quedamos, porque sabían que era un epicentro de encuentros; el baño estaba lleno de grafitis con mensajes homosexuales, pero decidieron ponerle seguridad, controlar lo que sucedía.

¿Siente que el tema de la homosexualidad ha sido suficientemente abordado por los artistas del país?

Ahora no es un tema innovador como lo era en ese momento. Las condiciones de moralidad permitían hablar directamente y tener efectos fuertes, casi como esa idea del arte político. Ahora es como paisaje que un artista hable de esto. Hay creadores que, aun siendo gay, no se han interesado por hablar de este tema, que creen que el tema de la sexualidad, no solo el de la homosexualidad, es una subjetividad. Habrá además quienes quieran mantener su intimidad, eso también es válido.

Yo creo que la negación de este tema para producir obras tiene que ver en parte con que la teoría, la crítica y la filosofía van dominando el arte desde el concepto; hace algún tiempo planteaban que el arte no debía pensar en las subjetividades, sino que debía buscar lo universal, hacer obras que no se limitaran por algo tan pequeño como lo particular, lo personal. Yo creo que la subjetividad es importante en el arte. Defiendo que la subjetividad es el resultado de la mirada del artista.

¿Por qué dice que su obra El David (2009) no tiene una temática homosexual?

Son dos temas diferentes: uno es la belleza masculina, que también se puede abordar desde lo femenino, es decir que una artista mujer también puede crear obra exaltando la belleza del hombre, y otro, la manera en que se ha expresado la homosexualidad masculina.

En El David confluyen las dos cosas, aunque no exactamente. Es un desnudo masculino, pero su tema central es la relación de la educación con la guerra. Sale de la apreciación de la belleza masculina, aunque lo considero lejos de una imagen queer. Es más bien un ícono del conflicto armado, de la guerra, del dolor, abordado desde la belleza.

Este es uno de los pocos desnudos en el arte colombiano. ¿Por qué no es una práctica constante cuando hay desnudos femeninos mensuales en nuestras versiones criollas de Playboy?

Todo, no solamente el arte, se ha replegado en este país a una moral absurda, y el desnudo en general es mal visto. Creo que, por eso de la idea de la libertad, a muchos artistas les gusta desnudar a la gente, se han volcado a eso. A mí me parece casi que de mal gusto. No es porque sea una cachetada a la moral, sino una cachetada a la estética. Desde que el hombre comenzó a vestirse para cubrir su cuerpo, pensando en el cuerpo mayor, la ropa se volvió una invención para seguir funcionando en un sistema, desde la estética. Tampoco se trata de un desnudo porque sí.

¿Qué lo llevó a dejar de narrar el tema homosexual?

Hace rato no lo trato. De pronto veo en internet que hay gente que lo ha seguido haciendo, pero con un sentido morboso, registros en los baños públicos, pero lejos de la calidad estética que yo plantee con las mías. También hacen videos, pero el sentido estético no está. En la homosexualidad el sexo es muy determinante. Entonces, meterse en el tema es entrar al gueto que yo tanto critico, quedarse como en una cárcel con sus cuatro paredes. Lo que he querido es tocar temas más amplios, no quedarme solo en la subjetividad de una condición, porque no somos anormales, somos seres normales en una sociedad. El mundo es mucho más universal que la sexualidad en este momento. Es importante para mí tocar temas humanos más amplios.

Esto me recuerda cuando, en Arles, Francia, eligieron fotos del Faenza para una exposición sobre la sexualidad y me invitaron a una charla con varios fotógrafos y artistas grandes en el tema. Yo me preparé bien, llevé un texto y cuando llegué le pedí al moderador que me dejara leerlo. Empezamos con una pregunta sobre la identidad, yo leí mi texto y recuerdo que un fotógrafo australiano, un pisco joven arrogantísimo, me empezó a preguntar por qué había dejado de trabajar el tema de la homosexualidad, entonces supe que si no le respondía con algo duro me iba a seguir jodiendo todo el tiempo. Le dije: “Porque me parece que es meterse en un gueto y la realidad en un país latinoamericano como Colombia es muy rica”.Y rematé: “y porque yo creo que la operación de cambio de sexo debe ser muy dolorosa”, entonces se acabó el conversatorio, todo el mundo quedó frío, ni siquiera me miraban.

No me gusta repetirme, volver, creo que soy un cronista de mis tiempos, que ya son varias décadas, con enfoques y reflexiones distintas, sin perder mensajes claros como mi manejo de la luz en las fotos, como mi manejo de la oscuridad en el mensaje.

*Coordinador del equipo de prensa y comunicaciones de Idartes.

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