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La futilidad de las etiquetas

Una mujer trans se pregunta para qué, si algo, sirven las etiquetas.

2017/11/22

Por Silvia Bustos

"No fue la primera, fue la segunda, la primera fue es”, respondió mi amigo filósofo. Yo acababa de afirmar que la primera etiqueta que me habían puesto era la de “niño”: por tanto, no había considerado que hombre varón era la segunda. A esa etiqueta inicial que nos reconoce la vida, a ese “es”, podemos agregar cualquier tipo de adjetivo que nos etiqueta y, esperamos, le dé algún sentido a nuestra vida. Nuestra identidad suele tener más adjetivos que sustantivos o verbos: colombiano, bogotano, rico o pobre, alto o bajo, inteligente o pendejo, gordo o flaco. Además, nos pone en un grupo de personas, sacándonos de otro. Con frecuencia las etiquetas quieren decir realmente algo muy diferente a lo que parecen decir, la etiqueta “inteligente” solo se usa conmigo para decirme “usted que es tan inteligente, porque hace esto o aquello”.

En el caso de las personas que nos salimos de las normas de género y sexualidad, el uso de las etiquetas parece ser indispensable. El primer encuentro con ellas es liberador: “¡Ah! No soy la única persona en el mundo asignado ‘niño’ al nacer que ahora quiere ser mujer. Soy travesti” –por usar una de muchas etiquetas posibles–. Es una maravilla, tiene nombre lo que soy, hay otras personas en las mismas, no soy un bicho tan raro. El segundo momento es político: reivindicamos nuestros derechos: las lesbianas necesitamos, los bisexuales queremos. Y luego llega el momento de los juicios: “¿Cómo así que eres gay y tienes dos hijos?”, “¿quieres ser una trans y no quieres hormonarte, ni operarte?”.

Entonces te das cuenta de que el acrónimo LGBT es insuficiente, no permite todas las expresiones y se ha vuelto el espacio de ejercicio de poder para una pequeña élite de activistas. También descubres que la endodiscriminación es más fuerte que la discriminación externa. Las trans tienen prohibido el acceso a los bares gay de Chapinero, pero también lo tienen prohibido los gordos y las gordas, en especial las que tengan cara de machorras. Y si profundizas descubrirás que las organizaciones de personas trans tienen menos opciones de ser financiadas que las organizaciones que, aunque trabajen el tema trans, sus miembros son personas no-trans.

En el fondo, lo que prevalece es la idea de demostrar que las personas LGBT somos “normales”, para ello se establece una norma, una normatividad LGBT. Un gay “normal” debe ser así, una lesbiana “normal” debe ser asá, una persona trans “normal” tiene que ser esto y aquello.

Ser “normal” es la esperanza de que no me jodan, de que me dejen trabajar, vivir, comer, dormir, como a cualquier otra persona. Ser “normal” es tener el mismo derecho que cualquier otro, pero ser normal es también encerrarse en la norma, no incomodar a quienes son normales. ¿Cómo representarse a sí misma/o en un género diferente al asignado y no ser incómodo para los otros?

Debería plantearse el asunto al contrario. ¿Por qué me tienen que joder por ser diferente, incómodo, transgresor? ¿Por ser “anormal” me quita el derecho a trabajar, a vivir, a comer, a dormir como cualquier otra persona?

Esta crisis de las etiquetas, o mejor de las identidades, no afecta solo a los anormales, por ejemplo, la etiqueta heterosexual es algo cada vez más difícil de entender. Cada día hay más hombres que tienen sexo con hombres, pero se declaran heterosexuales y viven su cotidianidad apegada a esa “norma”. Se espera que las mujeres trans les gusten los hombres y por tanto sean heterosexuales y “normales”. A sus parejas les interesa ser reconocidas como personas heterosexuales. Mientras a las mujeres trans que prefieren mujeres como parejas, se les pide que se reconozcan como lesbianas.

En el fondo, el tema es: ¿qué es ser normal?, ¿quién lo define?, ¿cómo es que narrarme a mí misma como una persona con experiencia de vida trans es mejor o peor que narrarme como “hombre” o como “mujer”? Ser mujer “normal” no es menos cuento que ser mujer “trans”, o ser persona de género fluido o lo que sea. Al final todos los géneros son literarios.

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