Foto: John MacDougall / AFP. Foto: John MacDougall / AFP.

Juan Esteban Constaín: lo que hay detrás del cabezazo de Zidane a Materazzi

El 9 de julio de 2006, en la final entre Italia y Francia en el Estadio Olímpico de Berlín, el mediocampista del equipo francés Zinedine Zidane le dio un cabezazo al defensa italiano Marco Materazzi. Ese acto de violencia le costó a Zidane la expulsión en su último encuentro oficial antes de retirarse.

2018/06/26

Por Juan Esteban Constaín*

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No parecen futbolistas –no lo son, no ahí– sino boxeadores: los protagonistas de una pelea y de un drama, eso quiere decir en griego “protagonista”: el primero en la batalla, el mejor de los guerreros; el actor principal de una obra. Y si uno mira bien esta imagen es como si Zinedine Zidane le acabara de dar un derechazo a Marco Materazzi, que cae a la lona retorcido de dolor. Cae y maldice. El otro lo ve caer, listo para irse a su esquina, cogido de las cuerdas mientras el juez cuenta hasta diez. 

En realidad fue todo muy extraño, ni siquiera las cámaras lo estaban mostrando en vivo y en directo: se iba a acabar ya el partido que había sido muy reñido, al fin y al cabo “final del mundo”, como dicen los argentinos. El minuto 118 del alargue, empate a un gol. Italia llegaba a la final luego de derrotar al local, Alemania, en una victoria épica con un gol de Grosso y otro de Del Piero al último minuto. Todavía hoy se oye el eco de los gritos de la hinchada italiana en ese partido, casi mejor que la final.

Francia, en cambio, fue creciendo de menos a más –sé que lo contrario es imposible, salvo en el fútbol– y llegó incluso a derrotar a Brasil en los cuartos de final, con una lección magistral del propio Zidane. Hubo en ese partido una jugada en la que el balón voló por los aires luego de un rechazo y el francés lo durmió con el pecho, lo bajó luego por todo su cuerpo hasta ponerlo en el pie, se fue pisándolo como en el potrero, y luego le hizo un pase perfecto a Henry. Casi es gol.

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Así habían llegado a la final los dos mejores equipos del campeonato, Italia y Francia, Francia e Italia. Y bastaba ver a sus respectivos entrenadores, Marcello Lippi y Raymond Domenech, para reconocer la frontera abismal que separa a los dos países, dos de las cimas culturales de

Occidente. Lippi, como buen toscano, de sudadera y mirada escéptica, recostado siempre sobre las varillas de la banca; Domenech, respingado y antipático, un francés con más cara de francés es imposible.

Pero el partido, que prometía mucho, fue tan arduo y tan cauto como suelen serlo todas las finales del mundo. Digamos que Francia manejaba mejor el balón, eso sí, devolviéndole a Italia su vieja identidad de equipo defensivo y cicatero, nada que ver con el que había humillado a Alemania en su propia casa. Pero Italia siempre es Italia, de eso se trata casi todo en este mundo, y cuando Cannavaro cogía el balón desde la línea del fondo se lo daba a Pirlo y los franceses no sabían ni qué hacer.

Muy pronto, al minuto siete, una inexistente falta de Materazzi sobre Malouda produjo el primer hecho memorable del partido: el árbitro pitó penalti y Zidane lo cobró con su pegada de oro, apenas tocando el balón mientras Buffon volaba hacia el otro lado. Como si dos tiempos pudieran convivir en un mismo momento, el de la cámara rápida del arquero italiano y el de la cámara lenta de la pelota que dio en el travesaño y luego entró, rebotando varias veces antes de salir del arco. Gol, a pesar de las dudas, gol.

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Pasaron 12 minutos y un contragolpe italiano, muy disputado, acabó en un tiro libre y luego en uno de esquina, los dos ejecutados con maestría por Andrea Pirlo. Entonces, en el córner, Materazzi saltó entre un defensa como un bailarín y pudo cruzar la trayectoria del balón y lo clavó en la red. Gol. Se ve en la repetición que el centro de Pirlo fue como con la mano, con guante de seda. ¡Gol, gol! Al celebrarlo, Materazzi alzó los brazos al cielo para saludar a su mamá, ya muerta.

De ahí en adelante, el partido fue un enmarañado ajedrez, sacudido solo por alguna audacia individual que de tanto en tanto rompía el miedo y el cuidado con que cada equipo se movía sobre la cancha, sobre el tablero. Pasaba el tiempo lento, muy lento. Hubo un centro de Pirlo idéntico al del gol, Materazzi cabeceó otra vez desde el mismo lugar; a veces parecía más bien que el tiempo se hubiera detenido, que todo se repetía de nuevo. Entonces vino el alargue.

Y al minuto 118 las cámaras mostraron una mano de Del Piero en cancha francesa. Se pitó, se cobró. Pero de repente todos vimos a Elizondo, el árbitro argentino con nombre de poeta mexicano, correr hacia el arco italiano. Materazzi se retorcía de dolor en el piso, un ojo cerrado y el otro abierto, al acecho. Zidane lo miraba todo con cara de niño asustado; y lo estaba, y lo era. Gran revuelo, forcejeos, gritos. El cuarto árbitro, tapándose la boca, ahí empezó esa costumbre idiota, le dijo algo a Elizondo. Roja.

Hoy ya sabemos lo que pasó: Materazzi, en un centro, cogió de la camisa a Zidane, que le dijo que si quería se la regalaba. El otro le respondió a la italiana, “Prefiero a tu hermana…”. Iban trotando los dos. Zidane se adelantó entonces, apretando el paso. Se le puso de frente y le dio un cabezazo.

Aunque en esta foto parece que le acabara de dar un puño, y ha debido también. No parecen dos futbolistas sino dos boxeadores; son dos hombres en la guerra. Los protagonistas, la final del mundo.

* Escritor y columnista del diario El Tiempo

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