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No hablen ni se queden en silencio

Un viejo precepto zen que puede parecer cruel pero en realidad es un llamado a un despertar continuo.

2018/04/17

Por Andrea Mejía

Este artículo forma parte de la edición 151 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Un maestro zen recibió un día como regalo tres jarros de la salsa soya más fina y preciada. “¡Qué regalo tan precioso para un monasterio humilde y mísero como este!”, pensó el maestro. Reunió a los monjes y puso los jarros de soya frente a ellos. “¿Qué tienen que decir acerca de esto?”, preguntó señalando los jarros con su bastón. “¡Digan algo! ¡Digan algo!”. Pero ningún monje tuvo nada que decir. Entonces el maestro rompió los jarros con un par de bastonazos y se fue tranquilo a su cuarto.

La historia puede servir como muestra del humor zen, retorcido y siniestro a veces. Se trata en realidad de un Koan, una especie de acertijo que despierta la mente exhausta por un exceso de pensamientos, que la aviva más allá de los caminos lógicos que la aquietan. Puede pasar mucho tiempo sin que un Koan nos hable; pero puede que de repente, como un rayo que atraviesa el cielo vacío, algo se descubra en una especie de iluminación inesperada y feliz.

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Si nos cuentan esta historia nos puede pasar lo mismo que a los monjes. Simplemente quedamos perplejos. Al final, el estallido de los jarros bajo el golpe de la ira impasible del maestro llega a nuestros oídos con un sobresalto, y la historia nos parece tan extraña que no tenemos nada que decir ante ella. Quizá si contamos esta historia estamos también en la postura del que exhibe algo, delicado y precioso, y exige una respuesta.

Los maestros zen desafiaban a sus discípulos para que dijeran algo acerca de las cosas presentes. Pero decir algo no es decir cualquier cosa, y los jóvenes monjes podían ganarse igualmente un bastonazo si decían algo o si, luego, para corregirse, balbuceaban exactamente lo contario. Tampoco salían bien librados si guardaban silencio. “No hables ni te quedes en silencio” es un viejo precepto zen, que puede parecer cruel, pero en realidad es un llamado a un despertar continuo, a la idea de que nunca estaremos suficientemente a salvo de la cháchara y del lugar común, del adormecimiento. La pureza de las cosas desaparece bajo la elocuencia nerviosa y compulsiva. “Despide cada pensamiento inteligente o sutil, sin importar lo valioso o lo sagrado que te parezca. Cúbrelo con una nube espesa de olvido”, escribió un místico cristiano medieval en el tratado anónimo La nube del no saber. Este monje, si es que era un monje, hubiera estado a gusto en un monasterio zen. Es el cielo vacío el que sostenemos sobre nuestras cabezas y todos nuestros pensamientos se disuelven en él.

¿Qué hubieran podido decir los monjes frente a los jarros de salsa soya? Si decían algo, quizá los jarros se hubieran salvado, pero la historia se hubiera hecho añicos. Y, después de todo, ¿qué decir de unos jarros de salsa soya? ¿Cómo responder en general al imperativo tremendo de: “¡Di algo!”?

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“¡Di algo!”. A través de meditaciones rígidas y sin belleza, es en verdad difícil decir algo acerca de “esto”; porque “esto” es nada y es todo, es día y es noche, es forma y es vacío. Esto es fuego. “¿Qué es esto?”, pregunta el maestro zen con su bastón de bambú agitándose en el aire. No es para caer en un estado de angustia ni de parálisis; es para, a través del extrañamiento, despertar a la impermanencia y a la radical fragilidad de “esto”.

Me pongo en el lugar de los monjes consternados ante la actitud del maestro que rompe con su bastón los tres jarros de salsa soya. Yo tampoco hubiera tenido nada que decir, porque además, por lo general, es cuando me piden que diga algo acerca de algo que se alejan de mí todas las palabras, en una estampida inaudible, y el silencio me cubre como una sábana. Mientras la vida pasa ante nosotros, ¿qué decir frente a las cosas? No sé bien. Nuestra mente es pequeña. Pero las cosas están ahí y nosotros estamos en medio de ellas. El comportamiento excéntrico de este maestro zen que rompe los jarros, me parece, libera las cosas para una existencia más real e inmediata. Y mucho más bella.

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