Tito Lombana es el abuelo materno de la directora Daniela Abad.

Los pecados de Tito Lombana

En 'Carta a una sombra', Daniela Abad conmemoró la vida y la muerte de su abuelo Héctor Abad Gómez. En este nuevo documental. 'The Smiling Lombana' se aproxima a su abuelo materno para descubrir que se trata de una figura oscura y, sobre todo, compleja.

2018/02/20

Por Samuel Castro* Medellín

Con The Smiling Lombana, la más reciente película de Daniela Abad (que es parte de la competencia de cine colombiano del FICCI 2018), queda claro cuán equivocados estaban quienes juzgaron su primera incursión en el documental, Carta a una sombra, como un acto fácil, como un apéndice de El olvido que seremos, la novela de su padre, Héctor Abad Faciolince. En esta película, en la que Abad se lleva el crédito de directora en solitario, puede apreciarse la continuidad de unas ideas, tanto en lo estético como en lo temático. The Smiling Lombana mantiene la pregunta por la identidad y el origen, y también por qué tipo de país es Colombia, que asesina a personas como Héctor Abad Gómez, abuelo de Daniela, y que trata de esconder los pecados de Tito Lombana.

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La película trata de la vida de Lombana, de un muchacho costeño con un talento artístico precoz que le permitió conocer Europa y buscar allá una vida mejor, y de un hombre que luego hizo todo lo posible por mantener el estatus conseguido. Así, la vocación artística se fue transformando paulatinamente en una ambición desmedida que torció su destino hasta condenarlo al olvido voluntario de quienes lo conocieron.

Como directora con formación profesional en cine, ¿qué tanto le sirvió lo que aprendió en la universidad para un proyecto como este?

Yo estudié Cine de ficción y aprendí que nada es gratuito a la hora de filmar. Si pones la cámara de cierta manera, estás intentando decir algo que tiene que ver con la historia que estás contando. Eso me parece importante: cómo filmamos. Yo intenté que los encuadres fueran diferentes, me interesaba que los espacios en los que trabajan y viven los entrevistados fueran visibles y cuánta información podemos recibir de ellos y de las cosas que escogemos tener en nuestra casa. Cuando la gente veía estas entrevistas, se daba cuenta de que las personas retratadas tienen cierto estilo de vida, pertenecen a cierta clase social, aunque eso pueda sonar odioso.

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Los entrevistados en The Smiling Lombana son casi todos parientes de Daniela. El hombre sonriente del título es su abuelo materno, Tito Lombana, el verdadero autor de Los Zapatos Viejos, un monumento cartagenero en honor al Tuerto López. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió con Carta a una sombra, esta vez su familia no estuvo animada con el proyecto, y tanto su abuela como su mamá se negaron a aparecer en cámara.

¿Cómo fue lidiar con la negativa de su familia a participar de lleno?

El proceso del documental ha sido supremamente difícil, porque es una historia muy dolorosa. Entiendo que la gente quiera ocultarla, pero creo que no deberíamos hacerlo. Aun así, intenté no reducir el personaje central a un estereotipo. Obviamente es fácil decir que es “el malo”. También es fácil catalogar a las personas como “la hija de” o “la nieta de”. Durante mucho tiempo mi mamá y mi abuela, que fueron quienes pelearon con Tito, me dijeron que ellas no querían que yo hiciera la película. Cuando me gané la beca de producción, cosa que no esperaba que pasara, hablé con mi abuela hasta convencerla de contar solo con su voz. Hay muchos temas de los que en Colombia no se habla, y hacer evidente que ellas no quisieron aparecer en la película es mostrar también la magnitud que ellas le han dado a lo que se está escondiendo y al hecho mismo de que en Colombia lo escondemos todo.

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Durante buena parte de la película uno piensa en su abuelo como en una especie de talentoso señor Ripley. ¿Logró finalmente saber quién era Tito Lombana?

Yo no sabía nada de él, y sospecho que es una persona que uno nunca termina de conocer. De las que uno nunca tendrá certezas. Lo único cierto, entonces, es que uno nunca va a saber quién es. Tener la conciencia de eso me sirvió para conocer sus distintas facetas, los varios personajes que fue. Y el documental intenta reflexionar precisamente sobre eso: ¿quiénes somos? ¿Cuántas personas somos al mismo tiempo? ¿Qué decidimos ser? ¿Lo decidimos nosotros, o la sociedad decide por nosotros? Además de hacer esas preguntas, la cinta también intenta no juzgar y no llegar a conclusiones sobre la bondad o la maldad, sobre la mentira y la verdad. Al final me di cuenta de que todo eso que parecía tan terrible en Tito tiene cierta belleza y cierta poesía, a pesar de que es difícil ver eso en el caso de personas con facetas moralmente problemáticas. Uno podría decir:“Él es un hijueputa” o “él es un hombre bueno”, si hablamos de una persona como Héctor Abad Gómez. Pero, pensando en retrospectiva, tal vez en Carta a una sombra nosotros no mostramos varias facetas de Abad Gómez que podrían no ser tan buenas.

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Como ocurrió con la primera película, una de las mayores cualidades de The Smiling Lombana es el uso acertado del material de archivo, compuesto en este caso por fotografías y filmaciones en 8 milímetros que nos permiten creer que acompañamos la adolescencia y la juventud del personaje central.

¿Quién filmó todo ese material? ¿Pudo saberlo?

Yo creo que pasó por varias manos: mi abuela, Tito y don Antonio, el papá de mi abuela. Este último filmaba mucho, y él es quien estaba obsesionado con lo tropical. En la película eso no se percibe tanto como cuando uno ve todo el archivo. No me acuerdo cuántas horas tenemos, pero son bastantes. Muchísimas. Un día mi mamá encontró a Tito botando todas las cintas. Ella cogió las que pudo y las guardó. Mi mamá tiene además un proyector de 8 milímetros, y cuando éramos chiquitos, de vez en cuando proyectaba esas películas. Me parecían muy bonitas. Por eso, cuando quise hacer el documental, recordé que las tenía guardadas y le propuse que las digitalizáramos.

¿Cómo fue tener a Miguel Salazar como codirector en este largometraje, y luego solo como productor?

En Carta a una sombra estuve adelante, me encargaba sobre todo de intermediar entre los personajes y la cámara. En este proceso estuve mucho más detrás de la cámara. Establecía con Mateo Guzmán, un gran director de fotografía, que esta escena iba a tener tal plano y que las entrevistas las iba a hacer de tal manera. Hay una cosa que me parece muy bonita del documental, y es que puede ser poco rígido. Uno puede sentir cierta libertad. Es algo difícil de aprender porque generalmente quien hace cine es muy estricto. El documental, en cambio, enseña que la vida tiene cosas mucho más maravillosas que las que uno pudo haber imaginado. Hay, entonces, que mantenerse atento, ser capaz de reaccionar y voltear la cámara, hacer la pregunta precisa. Uno no puede olvidar la espontaneidad cuando graba. Otra cosa importante es el montaje, y con esto te respondo lo de Miguel. He trabajado, yo sola, mucho más de la mano con el montajista, Andrés Porras, y Miguel en cambio ha hecho todo el trabajo de producción, que en parte consiste en ver la película de tanto en tanto y dar una mirada más objetiva de lo que se está haciendo. La importancia de un productor es gigante. Un productor para mí no es solo alguien que consigue la plata, sino alguien que tiene una mirada y que también protege la tuya.

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Con su cine, Daniela Abad sigue la tendencia a utilizar lo íntimo para conectarse con el público. Sin embargo, a diferencia de las poses narcisistas que abundan, uno siente en sus películas un ejercicio de honestidad.

¿Qué tan interesada está en contar historias que ya no sean tan íntimas?

No quiero hacer más películas sobre familiares. Esta era una película que tenían pensado hacer hace mucho tiempo. Sin embargo, creo que lo que se repite viene de cierta obsesión con algunos temas. Responde a preguntas muy propias, a preguntas persistentes. La mía es, por encima de todas, “¿quién soy?”. Y a partir de ahí he podido contar historias. Aun así, las historias ajenas también lo pueden atravesar a uno, pero tal vez se necesite ser más maduro y menos egocéntrico.

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¿Cómo ha impactado su trabajo en el recuerdo que tenía de sus abuelos?

Son dos figuras que me han enseñado muchas cosas sobre la vida. Ambos me han hecho pensar mucho, y eso es lo que más les agradezco. Héctor Abad Gómez me enseñó sobre la importancia de ser valientes, de ser quien uno es, de decir y hacer lo que uno piensa. Y Tito Lombana me reveló la complejidad del ser humano: qué tan complejo es uno y cuán poco debería juzgar a otros. Para mí en el cine es muy importante aprender algo, o pensar algo. En ese sentido, mis abuelos y mi experiencia cinematográfica han ido de la mano.

La primera vez que vimos su nombre fue como crítica cinematográfica en el suplemento Generación de El Colombiano. ¿Va a seguir ejerciendo los dos oficios?

Lo que más me gusta hacer es ver películas. Últimamente he visto pocas, y eso me pone triste. Me gusta mucho pensar el cine: ver de qué manera algo está filmado y craneado. No solamente me interesa la historia en cuanto a guion, sino también a nivel narrativo: qué recursos usa el director para contar algo que se puede narrar de infinitas maneras. Este año voy a dejar de hacer películas y me voy a dedicar a ver películas. Me gusta mucho escribir sobre cine. Sin embargo, prefiero no escribir sobre cine colombiano porque, si uno lo critica, suena como un resentido. Y si uno lo halaga, suena como un lambón.

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Al ver sus dos películas, uno siente una visión melancólica de la existencia. ¿La melancolía es su marca de autora?

Nunca lo había pensado así, pero me parece un sentimiento muy estético. Además, el cine tiene mucho que ver con la nostalgia, porque de alguna manera consiste en filmar cosas para que se fijen, cosas que van a desaparecer y que uno quiere que permanezcan. Eso tiene mucho que ver con sentir su ausencia, con cierta melancolía de lo que fue, con cierto apego al presente que va a ser pasado. En general, todas las películas tienden a la melancolía. A quienes nos gusta el cine en realidad somos unos nostálgicos.

* Escritor, guionista y crítico de cine.

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