Los paisajes hermosos e idílicos son la marca visual de Calm. Los paisajes hermosos e idílicos son la marca visual de Calm.

Para “desconectarnos” ahora usamos más el teléfono

Bienvenidos a la nueva contradicción de nuestro mundo hiperconectado: la falsa calma de Calm.

2019/06/27

Por Catalina Holguín Jaramillo*

Este artículo forma parte de la edición 164 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista

Duermo con el celular en la mesa de noche y lo uso como despertador. Cuando me levanto, leo los correos que llegaron en la noche y los principales titulares: me siento informada a nivel global y personal. Salgo a trotar mientras escucho podcasts. Le pido a Waze la mejor ruta para llegar a la oficina. Me siento eficiente. Aprovecho el viaje para hacer las primeras llamadas y de paso contestar algunos correos. Aún no son las diez de la mañana.

Aunque la existencia del aparatico hiperconectado es una bendición, también es una fuente inagotable de ansiedad. No en vano, unas vacaciones ideales son en un lugar sin wifi ni datos. Esta ambivalencia quizás explique el fenómeno de las aplicaciones (apps) de relajación. Y recientemente una de ellas, Calm, ha aparecido en las noticias por convertirse en una empresa “unicornio” (o sea, avaluada por más de mil millones de dólares) y una aparente sensación mundial. Para desconectarse hay que prender el teléfono. Y para relajarse, afirma la famosa app, debo seguir un entrenamiento de siete días que cambiará mi vida.

Día 1

Descargo Calm: un ícono azul, relajante, y cuatro letras blancas que invitan a la serenidad. Abro la app y un mensaje me invita a respirar profundamente. Con cuatro anuncios empieza mi “experiencia” de relajación y transformación. ¿Autorizo mensajes automáticos para poder “vivir una experiencia completa”? Acepto. ¿Acepto el envío de notificaciones –globos, alertas y sonidos–? No. Eso sí que no. Siguiente anuncio: “Calm puede cambiar tu vida. Elige tus objetivos más importantes”. Entre todas las opciones escojo, supongo, la más popular; la razón de ser de este pequeño y no muy original invento: “Reducir el estrés”.

Calm no se inventó esto, al menos no en el mundo virtual. Las apps de yoga existen desde la creación del iPad, y desde hace años hay varios canales para la suscripción de clases de meditación y de estiramientos. También existen clases de cocina, videos con trucos para cazar ratones sin derramar sangre e instrucciones para reparar un exprimidor. Internet es el sitio, sobre todo, de las instrucciones y del mejoramiento interior y exterior. Calm simplemente cobra una tarifa alta.

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Tras elegir la opción de reducir el estrés, aparece una pantalla azul con algo más de texto. En letras grandes veo la invitación a “Desbloquear Calm” y, a continuación, una lista de todo aquello que ofrece la aplicación para llegar al nirvana moderno: meditaciones, cuentos para dormir, sonidos relajantes… Tengo mapas, llamadas, fotos, recordatorios, correos, bancos, noticias, chismes. Pero no tengo el nirvana. Deseo el nirvana. ¿A cambio de qué?

Ahora la letra disminuye considerablemente de tamaño. Entonces leo: “Prueba gratuita de siete días. 139.900 pesos por año después de la prueba gratis de siete días”.

La tipografía se achica un poco más. Muchísimo. Tanto es así que es claro que los genios de la eficiencia del diseño, estos maestros del ux, quieren que cualquier ser hiperconectado, hiperestresado, hiperalarmado, hiperenervado no lea. Pero sí leí, y se los transcribo para ahorrarles el primer obstáculo para alcanzar la paz interior: “Términos de suscripción: luego del periodo de prueba gratuita, la suscripción anual es de 139.900 pesos. Esta se renueva automáticamente en la configuración de la cuenta por lo menos veinticuatro horas antes de que finalice el periodo actual. El pago se cobrará en tu cuenta de iTunes. La parte de la prueba sin usar se pierde luego de la compra”.

Traducción: la prueba gratuita dura en realidad seis días. Si quiero evitar el cobro de 139.000 pesos (que hoy debe ser mayor, pues en dólares la suscripción cuesta 59.99 dólares, y el dólar sube y sube… –otra fuente de estrés–), debo cancelar el demo veinticuatro horas antes de que se cumplan los siete días, que es el periodo actual suscrito por cero pesos. Si se acaba el tiempo, me hago acreedora de un plan anual de relajación.

Hay dos maneras de abordar esta situación: sentir la ira por haber comprado un año entero de algo que no quería; escuchar la primera meditación, que explica con gran sabiduría budista que los problemas nunca desaparecen ni los puedo controlar. Lo que sí puedo controlar es la forma como afronto los problemas.

Día 2

El sonido de lluvia en loop se activa cada vez que prendo la app. Es relajante, al parecer. Trato de escuchar la primera meditación para reducir el estrés. Hago esto mientras pedaleo por la carrera trece. A veces dejo de escuchar la voz, oigo el loop de la lluvia. ¿Será un error? ¿Estoy en pausa o en play? Me detengo. Espicho botones. Me siento imbécil. La voz vuelve y me explica que los problemas nunca cesan, solo puedo detener y controlar mis reacciones. No puedo oír la grabación, y cuando finalmente funciona, me indica que respire profundo, que mire alrededor y agradezca por el entorno. Un bus del SITP exhala una bocanada de aire negro en mi cara. Peñalosa no compra buses eléctricos. Pasa un ciclista con una máscara de gases como de Chernóbil, o de la Segunda Guerra Mundial. Aplico la lección recién aprendida: la contaminación no cesa, solo puedo controlar la manera como respiro, con máscara o sin máscara. ¡Gracias, Calm!

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Día 3

Acabo de estrellar el celular contra el suelo. Voy de camino al lejano norte, sin Waze ni podcasts. A duras penas funciona una porción de mi pantalla, el lado izquierdo de mi pantalla. Afortunadamente, Calm está a ese lado y puedo aprovechar el camino de 1,5 horas de tráfico que me espera para relajarme. Pero no puedo acceder a la siguiente meditación de mi curso antiestrés (está en la esquina no funcional de mi pantalla). Escucho entonces “Daily Calm”, una breve meditación de quince minutos que hoy ha sido escuchada por otros sesenta mil seres humanos. Me sorprende ese dato de nirvana al por mayor y multiplico sesenta mil por 139.000 pesos. Pienso que mi negocio de vender contenidos digitales requiere de una estrategia más agresiva, letra chiquita, amarres anuales, una población afluente con tarjeta de crédito disponible y presbicia agudizada por exceso de uso del celular, ochenta y ocho millones de dólares en una ronda de financiamiento, la bendición de Silicon Valley y una ráfaga de pseudociencia que afirme este tipo de cosas: “Las apps que tratan de retener nuestra atención y el tiempo en ellas no nos hacen tan felices, las apps de productividad y relajación por lo contrario se usan menos y el índice de satisfacción es mucho más alto. Calm precisamente obtenía un 99 % de satisfacción según datos de Center for Humance Technology”. (Esa es una cita del pseudodiario de tecnología Xataka. Incluye los errores de redacción y de ortografía originales).

Me distraigo. Retrocedo, inicio de nuevo la grabación. Ponerme a pensar en cómo participar en la economía de internet desde Colombia y pretender competir con start-ups norteamericanas que producen contenido en español y cuentan con el apoyo incondicional de Apple es, sin duda, una fuente innecesaria de estrés. Retrocedo otra vez la grabación. Quiero ser feliz. Calm me va a ayudar. Cuando arregle el teléfono, podré degustar los ejercicios de estiramiento de Calm o los cuentos para dormir leídos por estrellas de Hollywood, en los que describen los campos de lavanda franceses o los muros de la campiña escocesa.

Cuando finalmente logro terminar la meditación de hoy, me llevo una lección invaluable: “Como dijo Al Pacino, no existe la felicidad, solo existe la concentración”. Afortunadamente, Calm me ofrece esta perla en una imagen cuadrada, perfectamente diseñada para que comparta en redes sociales con mis amigos. No tengo Facebook ni Instagram.

Día 4

Quedan tres días antes de que me cobren la app. No estoy en contra de pagar por contenidos digitales. Como ya dije, mi actual fuente de ansiedad es que pretendo vivir de una tarea similar. Simplemente es curiosa esta mercantilización de la salud mental como un objeto de consumo fácil de obtener y de comercializar con una app. En el más reciente estudio de Pew Research, las respuestas de los expertos con respecto al bienestar y la salud mental de cara a la conectividad están divididas. La investigación consistió en más de mil entrevistas a expertos del sector. El 47 % afirmó que internet ofrece bienestar, mientras que 32 % creía lo contrario. El escritor Nicholas Carr dice al respecto: “Los estudios demuestran una fuerte asociación, quizás causal, entre el uso constante del teléfono y de internet con la pérdida de habilidades de análisis y de resolución de problemas, formación de recuerdos, pensamiento contextual, profundidad conversacional, empatía y un aumento en la ansiedad”. En cambio, en la Gran Encuesta tic de 2017, el 75 % de los colombianos afirmó que las TIC mejoraban su vida. Cómo no, si al campo nunca llegaron líneas telefónicas ni funcionan las carreteras, y el tráfico en las ciudades es imposible. Acá internet nos tortura con el martirio continuo que es la cuenta en Twitter de Álvaro Uribe, pero también ha ayudado a suplir carencias serias en las comunicaciones de este país.

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Día 5

Abro la app y voy a “configuración”. Busco el botón de cancelar, pero tan pronto lo presiono se me informa que esta operación no se hace en Calm. Tengo que hacerlo directamente en mi cuenta de Apple. ¿En qué lugar de la cuenta? Empieza el viacrucis con un tutorial que encuentro en Google. Los pasos para realizar la cancelación en la configuración del teléfono son infructuosos. Hay algo muy extraño en el diseño, algo poco funcional y confuso. Algo en directa contraposición a la invitación a respirar y al loop de lluvia.

En vez de un botón para cancelar, se me ofrece la opción de comprar la app mes a mes o, peor aún, comprar por 399.99 dólares mi acceso vitalicio. Vuelvo al tutorial y busco más instrucciones, pues en el teléfono no pude cancelar nada. Entonces debo seguir una serie de pasos que implica recordar mi clave, ingresar a mi cuenta desde iTunes, buscar la minúscula palabra “suscripciones”, presionar un botón de cancelación de Calm. Cuando logro hacer todo eso, nada confirma la operación: no hay notificación, no hay un cambio aparente en la pantalla ni un mensaje contundente que garantice la feliz culminación de mis esfuerzos. Con pánico, borro estúpidamente la app. Si no lo tengo, no me lo cobran… ¿o sí? Tras gastar más de una hora en esta serie de operaciones aparentemente fallidas, decido escribir quejas a Apple y a Calm.

Día 6

Calm responde a mi inquietud: no, no me van a cobrar. Apple también contesta: que sí, que ya cancelé. Sobre esa estúpida acción mía de borrar la app, como queriendo barrerla debajo del tapete, me advierten los de Apple en el correo: “Nota: borrar una app no va a detener el costo de la suscripción”.

No he sido la única ingenua. Me pregunto cuánta gente de la demografía a la que apunta Calm (adultos estresados, con problemas, con tarjeta de crédito, con inseguridades espirituales) borró la app pensando que así desaparecería el cobro, y cuántos son capaces de realizar esta cantidad de acciones para cancelar el demo. Me pregunto cuánto, de los ingresos fenomenales de Calm, proviene de personas que se resignaron a perder sus 59.99 dólares. Me pregunto qué tantos millones de dólares del supuesto valor de Calm son especulación pura y dura; otro síntoma más de una burbuja a punto de estallar.

Día 7

Hoy salí de la ciudad a montar en bicicleta. Iba escuchando un podcast de ciencia ficción sobre un mundo habitado por robots, donde el último ser humano de la Tierra cuida un árbol. Tengo las manos ocupadas en el manubrio y las piernas en los pedales. Voy mirando hacia adelante. Cuando se acaba la historia, me quito los audífonos y escucho los pájaros. Miro los árboles. Respiro. Ya me siento mejor.

*Editora. Profesora de cátedra de la Maestría en Humanidades Digitales de la Universidad de los Andes
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