Biblioteca Popular de Medellín. Crédito: Duván Barrera. Biblioteca Popular de Medellín. Crédito: Duván Barrera.

"Esta es la política que revolucionó la lectura en Colombia"

La ministra de Cultura se refiere a los logros del Plan Nacional de Lectura.

2018/05/22

Por Mariana Garcés Córdoba* Bogotá

Muy alentadores resultaron los datos arrojados por la reciente Encuesta Nacional de Lectura. La mayoría de comentarios que han suscitado los avances que allí aparecen reflejan satisfacción y esperanzas ante el incremento en el número de libros leídos por habitante, el porcentaje de personas que leen libros y que visitan bibliotecas. Pero no faltaron comentaristas que dudaran sobre la verosimilitud de estos logros y se preguntaran por “la metodología y los resultados del Plan Lector”, desconfiando de que se hubiera podido incidir en una mejora de los hábitos de lectura de los colombianos, al parecer condenados (por las intuiciones sociológicas de esos críticos) a seguir leyendo muy poco o muy mal, sin comprender lo que leen. Ellos en ningún momento se ocuparon del Plan a lo largo de los siete años transcurridos desde cuando presentamos con la ministra de Educación el Plan Nacional de lectura y escritura ‘Leer es mi cuento’ a periodistas, escritores, editores, maestros y bibliotecarios, en la Feria Internacional del Libro de Bogotá en 2011. No discutieron los argumentos con los que justificábamos el proyecto, no criticaron las metas ni refutaron las estrategias. Tampoco les interesaron las presentaciones anuales sobre los avances en su realización. Ni siquiera la magnitud extraordinaria de las colecciones adquiridas, la cantidad de libros entregados o de recursos invertidos (comparados con cualquiera de las acciones realizadas en los planes anteriores) logró llamarles la atención.

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Es, pues, una buena ocasión para explicar por qué y cómo es posible mejorar los índices de lectura, incrementar el número de lectores y mejorar la calidad de las lecturas. Eso proponíamos en la filbo 2011, después de estudiar la situación de la lectura en el país y elaborar, entre los ministerios de Educación y de Cultura, una estrategia para tener éxito en un campo en el que, a pesar de importantes acciones de gobiernos nacionales anteriores y de administraciones de algunas ciudades, los estudios no mostraban un avance significativo, e incluso exhibían, a veces, un retroceso.

Del diagnóstico inicial quisiera destacar algunos aspectos. El acceso al libro era muy limitado, en particular en el período de la vida en que suelen formarse los lectores, la infancia: las bibliotecas escolares eran pocas y su dotación escasa; en las bibliotecas públicas se había avanzado para tener al menos una en cada cabecera municipal, pero el acervo total estaba muy por debajo de las cifras recomendadas por la Unesco. No teníamos un dato exacto, pero un estimado optimista calculaba un libro por cada seis habitantes en bibliotecas públicas. En la encuesta de 2005 teníamos 22,1% de hogares donde no existía ningún libro y 21,4% en los que había entre uno y cinco, es decir, 43,5% de los hogares (y quizás un porcentaje mayor de la población) con muy escasa o nula disponibilidad de materiales de lectura.

En los planes que habían emprendido muchos gobiernos veíamos cómo se repetían las dificultades que limitaban los logros: esfuerzos aislados, interrupciones y variaciones de dirección con los cambios de gobiernos y a veces incluso de funcionarios responsables del área; ninguna evaluación de los resultados; intervenciones y recursos muy limitados en comparación con la amplitud de los objetivos. En años recientes, cuando ya se disponía del estudio sobre hábitos de lectura, asistencia a bibliotecas y consumo de libros en Colombia, se hizo por cuarta vez un plan de lectura y bibliotecas consistente y con recursos, cuya acción prioritaria estaba en dotar cada cabecera municipal con una mínima biblioteca pública. Un programa que se interrumpió cuando nuevas directivas confundieron el cumplimiento de esa acción con el logro de los objetivos del plan y abandonaron a su suerte esas bibliotecas, que

languidecieron sin ampliar ni renovar sus colecciones, mientras se recortaban los recursos que el Estado invertía en ellas. Como iba dirigido a los municipios con menor población, las mejoras no se reflejaron en los estudios subsiguientes. Por otra parte, ese y los otros planes se orientaban en primer lugar a quienes asistían a las bibliotecas, pero sin mayores esfuerzos para que otros usuarios se acercaran a las bibliotecas que se ponían a su alcance.

Hubieran podido conseguirse resultados más rápidos, visibles y menos costosos enfocándose en los grandes centros urbanos, y dentro de ellos en las poblaciones con mayor facilidad de acceso a libros y bibliotecas existentes, pero esto iría en contravía de las políticas del gobierno y su elección de fomentar la lectura por ser ella una de las mejores herramientas de equidad y un instrumento de progreso para la población con menores recursos. Para garantizar que los medios fueran suficientes para obtener resultados, elegimos a la población infantil de los cero a 18 años, a lo largo y ancho del país, como el foco al que dirigiríamos el Plan.

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Trataríamos de mantener e incluso mejorar los servicios que en bibliotecas y de promoción de lectura se venían prestando al resto de la población, pero los grandes esfuerzos irían dirigidos a niños y jóvenes, y en especial, por primera vez, a los niños de cero a seis años, para que se familiarizaran desde temprano con la lectura y la asociaran para toda la vida con placeres y satisfacciones personales, más que con una tarea. Éramos muy conscientes de que los resultados iban a tardar, incluso los instrumentos de medición que se venían usando excluían esta población, y por lo tanto tendríamos que mantener la dirección por un período amplio. En 2015 evaluamos los avances con una investigación sobre el retorno social de la inversión en libros para la infancia, que mostró avances en la dirección correcta y nos dio una información inesperada: en los hogares donde se leía en familia era muchísimo menor el empleo de castigos físicos a los niños y mejor el trato que recibían.

Pero, ¿qué hicimos? Ante todo tratar de que cada uno de los niños colombianos tuviera acceso a un buen libro, adecuado para su edad. MinEducación lo consiguió dotando 20.000 instituciones educativas oficiales con un total de 9.300.000 ejemplares de una colección para lectura y consulta, además de 50.000.000 de textos escolares. Nosotros dotamos las bibliotecas públicas existentes, nuevas y viejas, con colecciones de libros infantiles que se ampliaron y renovaron todos los años. Fuimos más allá, y pusimos a disposición de la primera infancia tres millones de libros especializados para ellos, sus familias y cuidadores, entregando libros en los distintos entornos en los que se desarrollan, como unidades de servicio del ICBF, aulas de transición y preescolar, la Red Nacional de Bibliotecas Públicas y las salas de lectura De Cero a Siempre que atienden niños en espacios no convencionales. Así, en poco menos de tres años, logramos poner a disposición de los niños de cero y a diez años al menos un libro por cada uno. No nos detuvimos allí porque teníamos la certeza de que para formar lectores lo mejor era que los niños tuvieran sus propios libros. Con cada una de las 100.000 viviendas de interés prioritario entregamos un pequeño conjunto de nueve libros, entre ellos uno para leer en familia o para que leyeran los niños. Y además iniciamos la publicación de la colección Leer es mi cuento para los niños, para que ellos la leyeran solos o fuera leída por los adultos de la casa. Queríamos que el primer libro que tuvieran los niños de ese conjunto de hogares donde habitualmente no hay un solo libro fuera un regalo de calidad, bellamente ilustrado, cuidadosamente editado y con una presentación inolvidable.

Así hemos entregado gratuitamente hasta hoy 14 millones de 26 títulos de esta colección a bibliotecas, centros de atención a la infancia y hogares, además de los 980.000 libros para las viviendas de interés prioritario y tres ejemplares de Secretos para contar, entregados a cada una de las 32.000 familias con hijos en el sistema escolar de las zonas rurales del Chocó. Sumando todas las dotaciones mencionadas, el Ministerio compró o produjo y distribuyó 20.200.000 ejemplares. Además, apoyamos una acción de libreros y editores mediante la cual compradores de librerías regalaron 243.000 ejemplares, un libro a cada uno de los estudiantes de los establecimientos educativos, de preescolar a bachillerato, de los ocho departamentos más aislados.

Este ha sido de lejos el mayor esfuerzo que haya hecho cualquier gobierno en la historia del país, y tal vez de América Latina, por poner libros al alcance de su población. Para lograrlo adoptamos las mejores prácticas de compras públicas que encontramos en la región: comprando para las bibliotecas públicas ediciones especiales con un precio basado en el costo industrial y con una remuneración adecuada para compensar al editor y pagar derechos de autor de textos e ilustraciones. Así, compramos con iguales recursos entre tres y cuatro veces más ejemplares con la misma calidad de los que se compraban antes. Y dando amplia participación a los bibliotecarios en la selección se consiguió que los libros seleccionados estuvieran mejor repartidos en más editoriales y fueran conocidos y apreciados por quienes los iban a poner en manos de los lectores.

Tengo la impresión, y los resultados de la Encuesta parecen confirmarlo, de que hemos tenido éxito en que la gran mayoría de niños colombianos hayan tenido experiencias gratas con los libros y en que maestros y responsables de atender la primera infancia hayan incorporado la lectura y los libros a la lista de necesidades de los niños que exigen atención.

La formación de hábitos y el desarrollo de habilidades de lectura ocurre en un ambiente complejo con actores como padres, maestros, bibliotecarios etc., por eso no basta con llevar libros a sus hogares, mejorar las bibliotecas existentes y crear otras para que los colombianos encuentren ese servicio público indispensable lo más cercano posible. Se debe formar bibliotecarios y maestros para que trasmitan el interés por la lectura, y hay que crear un ambiente que invite a visitar y usar las bibliotecas. Para hacerlo, intensificamos los talleres de formación, organizamos un programa de promotores y tutores regionales que colaboran con los bibliotecarios en las regiones, y creamos el Premio Nacional de Bibliotecas Públicas Daniel Samper Ortega, que reconoce los méritos de las bibliotecas y el impacto de sus servicios a la comunidad, de manera que se hace un reconocimiento y se procura un intercambio de experiencias exitosas que se divulgan y ayudan a mejorar los servicios de todas. Así, con la participación de los bibliotecarios en la selección de las colecciones y los intercambios alrededor de este tema, con los promotores y tutores que las visitan regularmente, con la información que circula alrededor de la participación en el premio, hemos logrado por fin convertir en algo real esa entelequia que era la Red Nacional de Bibliotecas Públicas.

En total son 1484 bibliotecas en la Red que han sido atendidas por el Ministerio y que colaboran con el Plan de Lectura y Escritura ‘Leer es mi cuento’, de ellas 210 han sido construidas y dotadas en esta administración, algunas con la colaboración generosa del gobierno de Japón. Se han reconstruido 22 que fueron afectadas por desastres climáticos y se han sumado 20 bibliotecas móviles que contribuyen directamente al posconflicto al ser instaladas en las antiguas zonas veredales. Todas ellas han agregado a su colección de libros una buena dotación de equipos y contenidos de nueva tecnología, en parte con la colaboración de MinTic y de la Fundación Bill y Melinda Gates.

Para alcanzar estos logros fue necesario encontrar una fuente constante de recursos: una pequeña fracción del iva a la telefonía móvil, que ha generado en los últimos años $132.600 millones y ha permitido que el Ministerio haya aportado en estos años $485.000 millones que, sumados a las contribuciones de los otros aliados principales, han significado una inversión manejada por el Ministerio de $687.000 millones. Aún sin incluir los montos invertidos en el Plan por los ministerios de Educación y de las TIC, esta es una cifra sin parangón en la historia de la lectura y las bibliotecas en Colombia. También departamentos y municipios han contribuido con sus propias acciones a producir estos resultados.

Si persistimos en una estrategia que ha mostrado ser eficaz y si padres y educadores también contribuyen leyendo en voz alta a sus hijos y alumnos unos pocos minutos cada día, y si los medios de comunicación aportan a hacer de la lectura un propósito nacional, se sumarán cada vez más lecturas y más lectores para ser un país mejor y más educado.

*Ministra de Cultura

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