Sandra Borda.

La polémica por los Ferragamo de Petro

¿Qué tiene de malo que un político de izquierda como Gustavo Petro se compre unos zapatos que oscilan entre 500 y 1200 dólares?Una reflexión sobre la clase política y la élite del país.

2018/05/21

Por Sandra Borda

Nunca un par de zapatos fueron objeto de tanta discusión en medio de unas elecciones presidenciales en Colombia. Estoy segura. Todo empezó hace algún tiempo cuando alguien descubrió a Gustavo Petro usando un par de Ferragamo. Antes de entrar en materia con el escándalo que nos ocupa, doy algo de contexto: en la tienda online de la marca los precios oscilan entre 595 y 1200 dólares, es decir, entre 1.709.435 y 3.600.000 pesos a fecha de cambio oficial de hoy. Claro, me dicen mis amigos que en Colombia se pueden conseguir más baratos y hasta por 500.000 pesos. Los originales, nada de chiviados.

Entonces, cuando Petro apareció públicamente con un par de zapatos de ese precio, algo les molestó a muchos. El argumento inicial de aquellos que parecían ofendidos con los zapatos era uno político: no es coherente ser de izquierda y usar zapatos de ese precio. Si usted es de izquierda, si le gustan tanto los pobres y por alguna razón extraña tiene esa cantidad de dinero disponible para ese tipo de zapatos, ¡pues mejor regáleles la plata a los pobres! ¿No que está tan a favor de la distribución de la riqueza?

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Con base en ese argumento, cualquier persona con inclinaciones de izquierda no puede tener dinero, y si lo tiene, debe distribuirlo ipso facto. Los verdaderos militantes de la izquierda compran la ropa en San Victorino (preferiblemente usada), están desarreglados y son sucios (porque cortarse el pelo, bañarse y todas esas prácticas cuestan y están reservadas para las privilegiadas burguesías) y, por supuesto, están flacos. Un izquierdista gordo es una contradicción en tales términos porque la poca comida que tiene también la tiene que redistribuir. Todo en aras de la coherencia.

Pero en el sentido contrario la cosa es más admisible. Esa subclase que una amiga mía denomina “mamertos Gucci” tiene larga tradición y es socialmente aceptada. Son los que hacen convivir con armonía la mochila arahuaca y vivir en Rosales. Entonces, se vale ser estrato seis y oír Silvio Rodríguez en compañía de un vino caliente y con quemada de marshmallow incluida. Así sea en la finca. Eso es más bien loable; es un encuentro con el otro, con el desvalido, el marginalizado; es una forma de simpatía con el menos favorecido y por tanto tenemos menos problema con ese fenómeno. Mejor dicho, mamertos wannabe sí, pero oligarcas wannabe no.

Sin embargo, las dos formas de señalar algún tipo de incoherencia en estos comportamientos son un tanto ingenuas y hasta banales. Ambas asumen que la vida diaria y cotidiana de una persona debe desarrollarse en completo y absoluto acuerdo con sus preferencias políticas, y ese tipo de consistencia no la desarrolla nadie. Además, la búsqueda de semejante nivel de coherencia nos volvería locos a todos en cuestión de días.

Por eso creo que, al final, el argumento de aquellos que se mostraban tan incómodos con los Ferragamo de Petro no es uno de inconsistencia política o ideológica. Creo que ese argumento era una fachada para ocultar un malestar imposible de formular en términos políticamente correctos. Seamos claros: la incomodidad tiene que ver con que el consumo de artículos suntuarios está reservado para un club de muy pocos en este país. Y cuando Petro se pone los zapatos, la sensación que tienen es que se está intentando meter en el club a las malas, sin pasar por los mecanismos de admisión o, peor aún, sin “ser uno de ellos”. El problema es uno de clase, no de ideología. Petro no viene de la clase social de este país que nació con un derecho adquirido a comprarse esos zapatos. ¿¡Cómo se atreve!?

Creo que el mensaje no es solo para Petro, y que todos debemos estar atentos y escuchar. Porque esta discusión, que luce superficial a primera vista, contiene una advertencia que es preciso no ignorar: que no se nos ocurra ni por un momento que, si a punta de trabajo logramos reunir dinero para adquirir algún bien suntuario, ello nos va a convertir en miembros de la élite de este país. ¡Faltaba más! Que nadie se llame a engaños: el ascenso social aquí tiene techo de cristal. Y bien grueso. El club está cerrado y le pusieron candado a la puerta. Aquí se nace siendo miembro de la clase dirigente y punto. Como bien decían las abuelas, no se confundan: la mona, “aunque se vista de seda y se ponga Ferragamo, mona se queda”.

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