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Plutarco y los premios del CPB

"Lo que yo censuro es que las directivas del CPB toleren para su premio de periodismo una conducta que el periodismo condena sin contemplaciones": una columna de Mario Jursich.

2018/02/20

Por Mario Jursich Durán

Digamos que fue una corazonada. Estaba leyendo un artículo sobre los premios del Círculo de Periodistas de Bogotá –CPB– y de pronto, por alguna razón confusa, decidí abrir mi correo y buscar algo indefinido entre los miles de mensajes archivados. Me costó lo suyo, pero finalmente pude encontrar lo que me estaba incomodando: un boletín enviado el pasado 12 de enero por Luz Stella Tocancipá, la directora de comunicaciones del CPB.

Allí, entre otras informaciones de interés, pude comprobar que en efecto, tal como yo creía recordar, Arturo Guerrero, el ganador del premio CPB a la mejor columna de prensa, había sido uno de los prelectores del concurso.

Este malestar se me acrecentó cuando advertí que entre los finalistas de la categoría Producción Bibliográfica estaba el volumen colectivo Memorias: 12 historias que nos deja la guerra, de la Fundación Konrad Adenauer. ¿Cómo es posible –me pregunté mientras leía la noticia– que ese libro haya alcanzado la instancia final si Olga Behar, una de sus editoras, era parte del jurado de los premios?

Al señalar lo anterior no pretendo hacer una denuncia sobre el tráfico de influencias ni poner en duda los méritos periodísticos de la columna “Rogelio Echavarría, de muerte verdadera”, o de cualquiera de las crónicas incluidas en el libro de la fundación alemana. Como mi fuente de información privilegiada son los propios boletines del CPB, me resulta imposible saber si Arturo Guerrero se escogió a sí mismo como candidato para la mejor columna de prensa o si Olga Behar influyó para que un título, en el cual ella tenía injerencia directa, llegara a la instancia final de las deliberaciones. Dada la impecable trayectoria de ambos, uno se inclina a pensar que no, pero esa suposición no arregla nada. Al contrario, tiende a contaminar con un vinagre de suspicacias la totalidad de lo premiado en esas justas. ¿Cómo sabemos si en las demás categorías no se presentaron ambigüedades peores o parecidas?

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Quienes hayan leído las Vidas paralelas recordarán que en una de ellas Plutarco refiere el amor de Publio Clodio Pulcro por Pompeya, la mujer de Julio César. Parece ser que una noche de fiesta, enceguecido por el deseo, Clodio intentó entrar de incógnito a la residencia imperial y seducir a la cesarina; por desgracia para él, fue descubierto, puesto en prisión y luego condenado bajo los cargos de engaño y sacrilegio.

La consecuencia más atroz de este incidente fue que Julio César repudiara a Pompeya, pese a estar seguro de que ni había alentado los avances de Clodio ni le había sido infiel. El argumento para desaprobar a su esposa fue tan sencillo como inapelable, una auténtica raison d’État: “No basta con que la mujer del César sea honesta –dicen Plutarco y Cicerón que dijo–; también tiene que parecerlo”.

Lo haya dicho así o de otra forma, lo cierto es que la expresión hizo carrera y acabó por ser un mandamiento no escrito de la ética periodística (también, cómo no, de la ética a secas). Usamos la expresión cuando sospechamos que alguien cometió una ilicitud, aunque no haya dudas respecto a la transparencia general de su conducta.

Volviendo a los premios del CPB, lo que a mí me incomoda en este asunto no es tanto que se haya cometido una irregularidad, o una serie de irregularidades, como el candor y la complacencia de suponer que los conflictos de interés se presentan en todas partes, excepto en el periodismo. Si uno revisa los boletines enviados por el CPB antes de la premiación, advierte que para sus directivos era importantísimo hacer un énfasis retórico en la transparencia del premio, en la independencia de los jurados y en la rigurosidad del proceso evaluativo. Sin embargo, a ninguno de ellos se le ocurrió que laurear a un periodista que fue juez y parte en el concurso, o permitir que una editora evaluara su propio libro, son actos inaceptables aquí y en cualquier otro lugar del mundo.

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Entendámonos con claridad: esto no se trata de la violación de unas normas. Lo que yo censuro es que las directivas del CPB toleren para su premio de periodismo una conducta que el periodismo condena sin contemplaciones. ¿Aceptaríamos por ejemplo que el diseñador de un puente fuera jurado de una licitación en la que él mismo estuviera participando? Evidentemente que no. Y hacia allá es adonde apunto: a creer que podemos utilizar con impunidad el doble rasero. Me parece que si el periodismo quiere recuperar la confianza del público tiene que rehuir estas incoherencias: no es posible que nos pasemos la vida denunciado conflictos de interés cuando, a conciencia o sin conciencia, nosotros también incurrimos en ellos. Digo esto con la esperanza de que en el CPB se lo tomen como corresponde: esa aceptación tácita o implícita del doble estándar siempre se traduce en una erosión de la credibilidad. Si eso es cierto para la vida en general, imaginen las consecuencias en el prestigio de un premio.

Es que –dándole un giro a las palabras de Plutarco– no basta con que la mujer del César parezca honesta; también tiene que serlo.

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