Mario Jursich. Ilustración. Nicolás Gutiérrez. Mario Jursich. Ilustración. Nicolás Gutiérrez.

“Que no se meneacen más”: una columna de Mario Jursich

"Gracias a [Adolfo] González Henríquez pude darme cabal cuenta de que la música, por una parte, y el baile, por la otra, han sido eficaces sustancias corrosivas en contra del ascetismo religioso y la lucha entre clases sociales, no menos que poderosísimos, aunque poco atendidos, agentes de modernización en la historia de Colombia".

2018/11/27

Por Mario Jursich

Este artículo forma parte de la edición 158 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Lamento no haber conocido al sociólogo Adolfo González Henríquez, muerto en su Barranquilla adoptiva a la temprana edad de 61 años. Es imposible saber si ambos hubiéramos congeniado, pero todo lo que escribió sobre música del Caribe no solo me gusta y me hace verlo como un espíritu afín, sino que me ha dado pautas importantísimas para escribir sobre cuestiones que sin su ayuda no hubiera visto con tanta claridad.

A González Henríquez fue a quien primero le oí decir que en la costa atlántica la música popular era más vigorosa que la literatura o las artes plásticas, el único género artístico que competía ventajosamente con los deportes, en particular con el fútbol, y que en ella podíamos encontrar un irónico retrato de cómo funciona el capitalismo en América Latina. [Sí: aunque el melómano pensará de inmediato en el célebre “Negrito del batey”, del dominicano Medardo Guzmán, a mí me gustaría dirigir sus oídos en la dirección de “El carretero”, de Guillermo Portabales (“Yo trabajo sin reposo para poderme casar, que / Yo trabajo sin reposo para poderme casar / Y si lo puedo lograr seré un guajiro dichoso”).]

Gracias a González Henríquez pude darme cabal cuenta de que la música, por una parte, y el baile, por la otra, han sido eficaces sustancias corrosivas en contra del ascetismo religioso y la lucha entre clases sociales, no menos que poderosísimos, aunque poco atendidos, agentes de modernización en la historia de Colombia.

En la baldosa de una columna es imposible contar esa historia como corresponde, pero si tuviera que señalar alguno de sus hitos yo empezaría con el padre Joseph Palacios de la Vega. Estando en 1787 de correduría por terrenos del actual departamento de Bolívar, este congregador de pueblos español se topó con una rochela de negros en la que estaban tocando tambor y bailando algo que a sus ojos parecía demoníaco. De inmediato ordenó a los cimarrones que entregaran los instrumentos y, “diablos, no se meneacen más”.

Desde entonces podemos encontrar ecos de esta admonición por todas partes. Un anónimo súbdito inglés que presenció en 1823 un toque de gaitas en Santa Marta dejó dicho que en su vida “había oído ruidos tan disonantes y ensordecedores”, circunstancia agravada porque las mujeres eran “morenas y bastantes feas”, aunque “bailaban con gran animación y cierta elegancia, especialmente las danzas españolas”.

Cuarenta años más tarde, los escritores costumbristas agrupados en la revista El Mosaico repetían tópicos parecidos, pero en los cuales resultaba imposible disimular el tono vergonzante. Al ir por ejemplo a carnavales en Honda o Sasaima podían burlarse de la indumentaria de los bogas o de la chabacanería de la música; más difícil les resultaba apartar los ojos de las mulatas que participaban en las ruedas de baile y despertaban deseos inconfesables.

La Manuela (1858), de Eugenio Díaz Castro, es un acabado ejemplo de la ansiedad que despertaba en los círculos bogotanos el mito erótico de la calentana. En la escena central de la novela, don Demóstenes descubre, después de practicar una varsoviana con su atractiva pupila, que no solo está enamorado de ella, sino que, fatalmente, “es verdad que la mujer no es tan hermosa en misa ni en el estrado como lo es en el teatro y en el baile”.

De ninguna manera es casualidad que las mujeres más deseadas del siglo XIX, las hermanas Ibáñez, fueran ocañeras y que al verlas bailar en una recepción Simón Bolívar exclamara teatralmente que “no habrá paz en este país hasta que mueran Nicola y Bernardina Ibáñez”.

Es importante anotar que así como existe una tradición antibaile en Colombia, así también existe una corriente reivindicatoria del meneo. Simón Bolívar podría reclamar el título de padre fundador, toda vez que ha pasado a la historia vernácula como un popular as de las pistas. La norteamericana Jeannette Hart, una de sus amantes, escribió en una página llena de arrebatados suspiros que el Libertador “bailaba el vals como si los acordes emanaran de su propio cuerpo”.

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Una admiración parecida por el físico de los negros y los mestizos y por la sensualidad del currulao puede encontrarse en la novela Risaralda (1942), de Bernardo Arias Trujillo. Casi retando al padre Palacios de la Vega desde la distancia, el autor manizaleño escribe que Juancho y Rita, los protagonistas, bailaban “como si estuviera gozando la sensación del orgasmo” y que “ella se meneaba como ofreciéndose en goce, como urgiendo ávidamente la posesión”.

Estas dos tradiciones, que marcharon paralelas durante al menos dos siglos, vinieron a enfrentarse públicamente en 1948, cuando Lucho Bermúdez viajó por segunda vez a Bogotá para presentarle al público del hotel Granada sus arrebatadores porros y cumbias. Agustín Nieto Caballero, fundador del Gimnasio Moderno, mandó a El Tiempo una columna en la que, totalmente ofuscado, sostenía que bailar esos ritmos implicaba “la suspensión temporal de las facultades mentales”, agravio al que respondieron con lúcidos comentarios Manuel Zapata Olivella, Nataniel Díaz y Antonio Brugés Carmona, pero ninguno tan expresivo como la historieta publicada por el profesor Ben-Hur en la revista Sábado del 16 de marzo de 1957, en la que podemos ver cómo un uomo qualunque pasa de “Fracasado” a “Admirado” tan solo por matricularse en la Academia de Bailes El Gran Vals. (Dicho sea de paso, Sábado fue probablemente el primer medio impreso que publicó en Colombia una entrevista con un profesor de baile, el vallecaucano Alirio Caycedo Álvarez.)

Vista bajo esta luz, la advertencia que monseñor Miguel Ángel Builes había emitido cinco años atrás en contra de bailar los mambos de Pérez Prado no pasa de ser una anécdota. Ya entonces estaba claro que el futuro era de –¡de quién más iba a ser!– María del Carmen Huerta, la rubia, rubísima rumbera de ¡Que viva la música! (1977), cuyo mantra favorito era: “Baila primero. Piensa después. Ese es el orden natural”.

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