Una fotografía de la valatón por los líderes sociales asesinados. Bogotá, 6 de julio de 2018. Foto: Natalia Angarita Una fotografía de la valatón por los líderes sociales asesinados. Bogotá, 6 de julio de 2018. Foto: Natalia Angarita

El falso poder: un ensayo sobre redes sociales y acción política

La acción común en las redes sociales solo enmascara la desaparición progresiva de la acción común real, aquella que es verdaderamente política. Un ensayo.

2018/07/24

Por Andrea Mejía*

Este artículo forma parte de la edición 154 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Las redes sociales son un espacio en que una continua interacción se lleva a cabo. Son hoy el lugar de un encuentro virtual, en su extraño no tener lugar en ninguna parte y, hasta cierto punto, en su simplemente no tener lugar. En las redes ocurre todo lo que no ocurre; o entonces el significado de “ocurrir” se ha ido desplazando y puede que no estemos aún en condiciones de medir ese desplazamiento.

Cuando en 1964 McLuhan anunció el advenimiento de la famosa “aldea global”, su entusiasmo y su optimismo frente a las nuevas tecnologías parecían desbordantes. Con ellas, según el autor, nos vemos involucrados “en el todo de la humanidad, participamos necesariamente, a un nivel profundo, en las consecuencias de cada acción nuestra”. Según él, la implosión de las funciones políticas y sociales, que ya no están separadas, “ha incrementado la conciencia humana de la responsabilidad a un grado muy elevado”. En esa “nueva actitud” debía encontrarse “una fe profunda, una fe que concierne la armonía última de todos los seres”.

Decir que hoy podemos mantener reservas muy serias frente al entusiasmo de McLuhan y a su optimismo tecnológico-humanitario es apenas un chiste. Él mismo matiza su delirio armónico en otros lugares de sus textos con reflexiones complejas que procuran una herramienta crítica, más allá de la celebración ciega o del lamento nostálgico. Su punto de partida es que un “medio” es la extensión de algún órgano humano, y que la tecnología que reemplaza –o desplaza– a la imprenta es una extensión de nuestro sistema nervioso central. Sin haber alcanzado a hacer un diagnóstico de las tecnologías digitales, el análisis de McLuhan se anticipa en mucho a ellas. Las redes sociales parecieran en efecto un sistema nervioso tecnológicamente extendido, un gran cerebro del que ahora nuestras ínfimas mentes participan con gratitud.

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Me gusta la versión más totalitaria y dramática de la imagen del sistema nervioso extendido. La idea de que estamos conectados en un gran cerebro universal sería una divertida estampa distópica si no fuera tan sombría y si no estuviera tan cerca de la realidad.

La acción, en todas las dimensiones importantes de la vida, cambia las cosas y nos cambia, altera el curso inerte no solo de la materia, sino también la inercia de una vida mecanizada por hábitos de consumo, por formas de vida y de poder heredadas, en las que debemos participar aun sin hallar sentido en ellas. La acción política, es decir la acción común, irrumpe y cambia no solo lo que pareciera un destino individual, sino el de muchos.

LA CHÁCHARA DE LA TRANSGRESIÓN

Las redes sociales han servido como espacio de coordinación y de organización de la acción común: la Primavera Árabe, las marchas que siguieron al triunfo del No en Colombia, la reciente e impresionante movilización del movimiento de mujeres en Argentina por la legalización del aborto, las más recientes movilizaciones por el asesinato de líderes sociales en las regiones de nuestro país. Las redes pueden jugar un papel fundamental en la preparación y en el anuncio de acción conjunta, pueden servir para reunir y para convocar algo que, puesta aparte toda nostalgia, es irreemplazable: la aparición de la gente en las calles, con un grado de realidad y de incidencia en el mundo que no tiene nada que ver con las vivas sombras a color que reptan por nuestras pantallas. Las redes pueden ser un espacio de coordinación, no de acontecimiento. El corazón del acontecimiento está en lo que todavía, sin ingenuidad, podemos llamar “el mundo real”.

Pero las redes se están volviendo, cada vez más, un sucedáneo de la acción común. No solo porque en ellas, la mayor parte del tiempo, ya no se coordina nada, ni nada se proyecta, sino porque creemos estar actuando en ellas y creemos que eventualmente las cosas irán mejor. ¿Para qué salir a las calles si podemos dar un like o un share desde la comodidad de nuestras casas? El simulacro de la acción común en las redes solo enmascara la desaparición progresiva y el debilitamiento de la acción común real.

Lo grave de las redes, si es que “grave” es la palabra, no es solo la desidia en la que naufraga nuestro tiempo de vida, o la ironía permanente que es considerada la cúspide del buen gusto, de la inteligencia y del decoro, cuando no es más que la sumisión boba y perezosa a lo que ya hace algunas décadas fue interpretado como el espíritu de “nuestro” tiempo. La ironía como respuesta automática al mundo es más bien la señal de un agotamiento crónico.

Sin embargo, lo más problemático es que muchos creen estar actuando políticamente, con las mejores intenciones, al abrazar en la virtualidad un activismo romántico, o una indolencia soñadora o una cháchara de la transgresión. Cháchara porque en las redes sociales no se transgrede nada. Para eso los límites de la virtualidad se desplazan al infinito. En las redes todo cabe, en ellas todo es transgresivo, destructor y crítico sin serlo; todo ocurre sin ocurrir. Creemos que hablamos con otros, creemos que actuamos con otros, pero nada cambia. Las redes son a la vez el síntoma y la causa de esa ausencia de cambio, en nosotros mismos, en nuestra vida y en el mundo. Son la apariencia de una forma vertiginosa del cambio que en realidad está siendo la guarida de un conservadurismo profundo.

Podemos hasta cierto punto usar las redes, porque las redes son, o podrían ser, un “medio”, es decir algo de lo que nos podemos servir para un fin que no está en ellas mismas. La lucidez de McLuhan se asoma cuando afirma que “hemos comprendido la futilidad de cambiar de fines cada vez que cambiamos nuestras tecnologías”. Aunque su sentencia está otra vez preñada de un optimismo dudoso al afirmar que lo hemos comprendido. ¿Lo hemos comprendido? Deberíamos intentar comprenderlo al menos.

El problema es que un “medio”, en la inaclarada e inadvertida ambigüedad de la palabra y del fenómeno que nombra, a diferencia de un instrumento que tenemos en frente, es imposible de instrumentalizar del todo, porque estamos en el medio, o porque, como dice McLuhan, el medio es una prolongación nuestra. El medio se resiste a ser usado del todo como medio para un fin. No podemos instrumentalizar el mundo ni el lenguaje, los dos medios humanos fundamentales, que además están íntimamente enlazados. El mundo no es nuestro, somos del mundo.

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Por estar entretejidas con el medio humano primero que es el mundo, las redes sociales han ido dejando de ser nuestras: hemos pasado a ser de ellas. Pero quizá todavía podamos hacer una distinción entre estas y el mundo. Y quizá, si no podemos hacerla, estaremos simplemente perdidos. Perdidos para nosotros mismos y perdidos para el mundo. A lo mejor siga siendo posible salir de las redes para usarlas. Para eso necesitamos ejercicios de distanciamiento cotidianos.

Parecería estar teniendo lugar una especie de nomadismo en las redes sociales, una migración masiva del mundo en el que siempre, mientras estemos en él, podremos cambiar al espacio virtual en el que solo podemos reproducirnos. Las redes sociales parecen espacios llenos de gente, mientras creemos que el mundo se ha ido vaciando. El mundo sin las redes nos parece un lugar insoportablemente aburrido. ¿Qué hay en el mundo, después de todo, que no aparezca en las redes? Por una extraña inversión, estas ya no son parte del mundo: es como si el mundo estuviera en ellas, y no al revés. Si queremos estar en el mundo, debemos estar en las redes.

Un mundo exhausto, entonces; unas redes exultantes y llenas de diversión soberana y de “acontecimientos”. Llenas de ruido. Del otro lado, afuera, está el mundo con su silencio, que ahora nos parece lúgubre; tan acostumbrados estamos al borboteo de palabras y de imágenes. Si midiéramos la salud de la humanidad por las redes sociales, se diría que estamos llenos de vitalidad, de espíritu crítico; parecería que tuviéramos una bolsa de argumentos junto a un banco de imágenes; pareciéramos ser una reserva infinita; pareciera que cuando es necesario podemos dejarnos poseer por una indignación que sería el combustible para cambios de largo aliento. Pero esta indignación, en la mayoría de los casos, se consume a sí misma con una rapidez que no deja rastro; mientras que los cambios movidos por la acción común pueden ser muy lentos, necesitan paciencia, no son virales, muchas veces tienen sus raíces en una historia que cada vez desconocemos más, muchas otras son producto de algo nuevo e inesperado que irrumpe en el mundo, pero cuyo aliento trasciende las tendencias en las redes sociales y tampoco se gesta en ellas.

EL REINO DE LO "FAKE"

La verdad es que, además de todas las alegrías y tristezas que podemos compartir en las redes, estamos también entregados a una mutilación anímica de dimensiones planetarias, en medio de una embriaguez que tendríamos que intentar comprender.

Muchas veces creemos que limitarnos a describir lo que nos rodea es un modo de evitar la ingenuidad. Eso quizá sea un acierto teórico, yo no lo sé. Lo cierto es que a veces, aunque sea arriesgado, es tan importante lo que está en juego que es difícil abstenernos de hacer juicios, abstenernos de valorar y de librarnos del desprendimiento que nos protege. Por eso creo que es importante decir que entre las virtudes y las potencias de la virtualidad, las redes sociales son también el reino de lo fake, la confusión entre opiniones y hechos, la guerra de las inexactitudes, un gran bazar iluminado en el que consumimos nuestros días, en donde un torrente de mensajes compiten por atención y se cancelan unos a otros. Las redes son invernaderos donde puede crecer el fruto venenoso del hastío y una forma de autoconciencia intoxicada que se parece mucho a la absoluta inconsciencia. Y son muy reales, sí, no solo porque pueden poner presidentes, sino porque su principal efecto en el mundo es mantenernos ocupados, y porque al vivir en ellas, como lo estamos haciendo, nuestras mentes están sufriendo una transfiguración radical. Las palabras impresas en un libro resbalan ahora como patinadoras con trajes pálidos por nuestras cabezas, sin dejar rastro ni recuerdo, de la misma manera que las imágenes pasan como un par de esquís vacíos sobre la nieve de nuestras pantallas. No creo que sea bueno que nuestras mentes se vuelvan de hielo, intocables, llenas, densas; pero vacías, resquebrajadas. Apenas mentes. Porque entonces ya no tendremos ninguna potencia creativa para afrontar los poderes, tan brutales como inesperados, que se multiplican hoy en el mundo. No tendremos recursos individuales ni colectivos.

Uso internet todos los días y lo agradezco. Gracias a Facebook hay días en que me he sentido menos sola. Gracias a Twitter me he sentido acompañada en los duros momentos políticos que hemos transitado y que seguramente se nos seguirán viniendo encima. Nadie está esperando que nos hagamos unos Amish de las redes sociales. Tal vez se trate de estar atentos. Tal vez se trate de asirnos a un cierto realismo: seguimos estando, de manera primordial, en el mundo; y al mundo volveremos cuando tengamos que dejarlo. Podríamos intentar, de algún modo, recuperar algo que siempre ha estado ahí. Para eso quizá sea posible hacer valer una distancia que es importante mantener frente a poderes mediales tremendamente ambiguos que pueden llegar a raptarnos por completo. Estos intentos de comprensión y de distancia no están condenados a quedarse en la impotencia de la denuncia o en gruñidos meramente reaccionarios.

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De nada sirve pensar, ni hablar, ni estar con otros si no cambiamos nuestras vidas. De nada sirve vivir, si es que vivir sirve, si no podemos hacer nuestras vidas valiosas, embellecerlas y potenciarlas, si no podemos sobrevolar lo establecido y alterar lo dado, lo que nos es impuesto por formas de vivir aglutinantes, por el pasado o por nuestro propio carácter. Las redes nos están cambiando, pero, ¿quién sería hoy optimista con la dirección de esa cambio? Nos están cambiando sin que nosotros hayamos decidido cambiar. La fuerza para cambiar conscientemente nuestras vidas se expresa de manera silenciosa y no histérica. A veces es metódica, a veces es lenta; a veces es como el impulso de un huracán que sopla en nuestros corazones.

* Escritora, filósofa y columnista de ARCADIA. Autora de La naturaleza seguía propagándose en la oscuridad (Planeta, 2018), su primer libro de cuentos

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