Roberto Burgos Cantor.

Voces del despojo

Una reseña de 'Ver lo que veo' de Roberto Burgos Cantor.

2017/10/20

Por Mateo Navia Hoyos

La tierra del barrio la ponemos nosotros. Nos fundamos con los desperdicios. Pero ni aún así tenemos una vida tranquila. El municipio no acepta llamarnos un barrio, insiste en declarar que somos una invasión. ¿Qué íbamos a invadir si aquí no había nada distinto a nuestro despojo?”. La voz de Otilia de las Mercedes Escorzia cuenta lo que ve, lo que oye. Ella –la abuela, la vieja, la madre, la vigía– comanda la trama de esta novela de Roberto Burgos Cantor, cuyos protagonistas son los desposeídos que buscan un lugar en el mundo para decir los dolores del pasado o para ilusionarse con futuros promisorios.

En Ver lo que veo, las imágenes y las metáforas son incontables. Los invasores del barrio, desplazados de otras tierras donde dejaron muertos desmembrados, insepultos o en sepulcros dispersos, construyeron la tierra del barrio con “cáscaras de arroz, basuras, cascajos, piedras y conchas marinas, virutas, cartones, periódicos”. Los fundadores no olvidan el pasado, cuando piratas, conquistadores, colonizadores y sitiadores fueron usurpadores, invasores de las mismas tierras de las que los desposeídos son tildados de invasores. Con ello se permite la pregunta: ¿se invade uno a uno mismo?

Las nuevas generaciones del barrio, los hijos y las hijas de los fundadores, se sienten, en cambio, desconectadas de aquella historia anterior de desgracias. Desentendidos de la imposición de Dios y de la lengua, de la construcción de calles rectas y de los tribunales, de la mezcla de sangres y costumbres, les quedó “la incertidumbre ante la vida por hacer, sin ofertas sólidas, apenas este balbuceo entre ruinas y énfasis de palabras sueltas, vocalizadas a gritos, perdidas en el aire”.

Las nuevas generaciones, desenhebradas de los fundadores, se ligan sin embargo con un propósito: sobrevivir. “Sobrevivir, vivir sobre qué, encima de la muerte acaso”. Imagen de muertos apilados prolongándose verticalmente de la tierra hasta el cielo, y que funciona como síntesis escabrosa de Ver lo que veo.

A la voz de la abuela Otilia la acompañan otras voces: la del joven boxeador que encuentra en su entrenador un maestro espiritual, quien le enseña que el propósito del boxeo no consiste en hacer daño, sino en “elegancia, caricias que tumban, puro caballero”. La voz del joven que desea convertirse en cantante y para pagar las clases tiene que robar: “Ladrón de necesidad, de los que les dan un tiro por cargarse un racimo de plátanos, una cadena de plomo con baño de oro que se cae si uno la raspa con las uñas”. La voz del jugador de casino que se entrelaza con la de su hijo y la de su suegro, el creador del ingenio de azúcar. Hombre rutinario sumido en “el consumo constante de cuanto no queda, el saldo sin fondo que propone jugar la ruina al azar del todo. Y que poco a poco acapara y restringe su vida a un solo designio: ganar. Todavía no se atreve a aceptar que ganar no le importa. Jugar es su asunto. Aunque sea una ficha”.

Ver lo que veo, de Roberto Burgos Cantor, una novela sobre invasores que no olvidan a los invasores del pasado; desposeídos que viven por necesidad o por azar, entre ilusiones o ruinas, con ligereza o propósitos. La única posesión de los desposeídos es el deseo de invadirse de amor. Seres atados a un pasado doloroso, inmersos en la zozobra presente del desalojo que los amenaza, contemplan un porvenir nebuloso y, sin embargo, usan palabras para usurpar el derecho negado de contar su historia.

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