Rubén Mendoza conoció a la señorita María cuando era niño e iba de vacaciones a Boavita, el pueblo de su abuelo. Para entonces ella ya era una leyenda. Foto: Juan Carlos Sierra. Rubén Mendoza conoció a la señorita María cuando era niño e iba de vacaciones a Boavita, el pueblo de su abuelo. Para entonces ella ya era una leyenda. Foto: Juan Carlos Sierra.

María Luisa Fuentes. Sexo: F

El próximo 23 de noviembre se estrena el documental de Rubén Mendoza que cuenta la historia de una mujer trans que nació y vive en Boavita, Boyacá. Le pedimos a una mujer como ella que escribiera desde su perspectiva sobre la película.

2017/11/22

Por Silvia Forero / Germán Bustos* Bogotá

En Boavita, Boyacá, ha ocurrido un milagro: la virgen le ha permitido a María ser simplemente ella. Y el pueblo entero ha contribuido. Ese milagro lo llevó pacientemente al cine Rubén Mendoza, con una producción que duró seis años.

Rubén Mendoza es un cineasta boyacense. Nació en 1980 y se graduó de Cine, con tesis meritoria, de la Universidad Nacional de Colombia. Desde sus tiempos universitarios, Mendoza se destacó por su talento como productor, sonidista y guionista. Su ópera prima, La sociedad del semáforo, una película de ficción, muestra los sentimientos y relaciones de un grupo de marginados urbanos. Se trata de un primer acercamiento al estilo que consolidaría en Señorita María: una exploración del cuerpo y de los sentimientos; una narración desde las voces de los protagonistas, sin morbo, sin explicaciones, sin justificaciones.

La señorita María no es la típica travesti del pueblo, la peluquera escandalosa. La señorita pertenece a otra categoría. Es una mujer trans que vive sin tacones y sin estrépitos. Aunque es bastante solitaria, convive con los vecinos y sus animales, y trabaja el campo, como cualquier otro en esa zona de Boyacá.

A María se le nota que no nació mujer y no tiene mucho a su alcance para cambiarlo. Tan solo una cuchilla de afeitar, unas faldas viejas, el pelo largo y algo de maquillaje. Yo tengo amigas que viven en barrios exclusivos de Bogotá y hacen cosas similares a la señorita: manejan una casa, hacen el mercado, atienden a una familia (a veces con hijos), son una mujer más del barrio o del conjunto residencial. Pero a diferencia de la señorita, ellas han tenido recursos para la remoción láser del vello facial, operaciones, tratamientos hormonales. Nunca las encontrarán en la marcha del orgullo, difícilmente aceptarían una cita, menos si es en un espacio como un Centro Comunitario LGBTI.

Como la señorita María, estas mujeres viven insertas en la vida de su comunidad, luchando por adaptarse a las circunstancias. Algunas viven con mucho miedo. Una de ellas se quejó conmigo alguna vez porque la piel justo debajo de la nariz le parecía muy masculina. Estaba ya planeando una operación más. Otra se quejó de lo masculinas que resultaban las arrugas de los dedos. El peor de sus temores es que alguien, un antiguo compañero de estudios, un colega del trabajo, un vecino, un familiar, revele su historia y se sepa que en algún momento fue hombre. En muchos casos los colegas del trabajo no lo saben, y a veces lo desconoce su nueva familia, incluso su pareja. “Mintió”, pueden pensar los “ofendidos”. “Y si mintió en esto, ¿en cuántas cosas más mentirá?”.

La señorita María no miente. En su tierra todo el mundo sabe quién es. Buena parte de la población de Boavita conoce la historia –o mejor, la leyenda– de la señorita, manchada de pecado, conflictos familiares, exclusión, ignorancia, enfermedad y fe ciega. La película misma les va mostrando poco a poco verdades que desconocían.

Durante hora y media, Mendoza nos permite sentir la soledad y el silencio en el que vive la señorita María. La hermosa fotografía del documental nos muestra los impresionantes paisajes de los bosques de niebla, los minifundios boyacenses y los cielos de ensueño que los cubren. Boavita es uno de esos bellos municipios de Boyacá. Queda al nororiente del departamento, limita con Santander y está cerca del nevado del Cocuy. En Boavita está la vereda Chulavita, tristemente célebre por ser la cuna de la banda paramilitar más violenta en la época de la Violencia. La guerra, toda la guerra –que a pesar de los procesos de paz sigue asolando algunas partes del país–, se ensañó con las personas diversas en su expresión de género y su preferencia sexual. Los sectores LGBTI han sido víctimas de desplazamiento, amenazas, violaciones y asesinatos. El informe Aniquilar la diferencia, del Centro Nacional de Memoria Histórica, da cuenta de este desafortunado fenómeno. En esa zona de Boyacá, el conflicto ha sido menos intenso que en otras partes del país. Eso seguramente ayudó a que la señorita María pudiera vivir los 45 años que lleva de vida, en medio del esplendor de ese paisaje andino.

En ese mismo paisaje van apareciendo las personas que rodean su historia: los vecinos, los miembros de la comunidad, la misma señorita. Una polifonía de voces va dando puntadas de la historia. Algunos conocieron a la señorita en su niñez. Otros se quejan de su mal genio. Otros se ríen. Su potente pero sencilla elocuencia va tejiendo ese canasto de memoria.

Imagino que no fue fácil conseguir que estos tímidos campesinos boyacenses hablaran ante la cámara. La señorita María lo dudó por dos años, mientras se ocultaba del equipo de producción. Solo una vecina, quien fue su protectora, logró convencerla de hacer la película señalando la posibilidad de los beneficios que podría traerle. María Isabel Bonilla, la benefactora, murió después de terminado el rodaje. La película le rinde un homenaje a su caridad y calidad humana.

Y la señorita María obtuvo, en efecto, más de lo que soñaba. En marzo de este año entró por primera vez a cine, durante la presentación del documental en el Festival Internacional de Cine de Cartagena (Ficci). Compareció ante el público de manera inesperada y lo sorprendió gratamente. Hizo énfasis en que la aparición en la película le ha permitido ganar el respeto y hasta la admiración de sus coterráneos. Un reportaje de Caracol Televisión (una de las empresas que apoyaron el proyecto) narra su paso por el Ficci. En su camino a Cartagena, la señorita María tuvo la oportunidad de conocer Bogotá, de viajar en avión por primera vez, de ver el mar por primera vez, y de ser asediada por la prensa –un dudoso privilegio– por primera vez.

Más allá de la anécdota, y más allá de las obligaciones del documentalista, la producción hizo un esfuerzo por restaurar los derechos de la señorita María. El equipo consiguió que el hospital local la atendiera y descubriera que en realidad “el espíritu malvado”, que sus vecinos sabían la poseía varias veces al mes, era epilepsia. La atención médica suele ser un derecho negado a las mujeres trans. Es común que mueran en la puerta de un servicio de urgencias, después de ser agredidas, o cuando las transformaciones corporales artesanales pasan de ser un orgullo a una desgracia. Y una de las razones es la falta de documentación. En el decreto 1227 de junio de 2015, el Ministerio de Justicia dio un paso adelante eliminando la necesidad de certificados médicos para el reconocimiento de la identidad. Sin embargo, el proceso implica escrituras y otros documentos, lo que lo hace costoso, en especial para personas sin un trabajo estable. La producción apoyó a la señorita María en ese trámite. En su cédula de ciudadanía se lee “María Luisa Fuentes. Sexo: F”.

Muchos periodistas, incluyendo algunos que han entrevistado a la señorita, insisten en preguntar por el nombre “verdadero” de la persona trans. Algunas no tenemos problema en revelarlo, pero para la mayoría es traumático. El nombre asignado es, como el sexo asignado, un recuerdo de los peores años de nuestra vida. Ese nombre no revela ninguna “verdad” periodística. Al contrario: revela la pantomima que tuvimos que vivir por años. Créanme: me llamo Silvia, y ella es María Luisa, o la señorita María. Esa es nuestra verdad.

Otros derechos le han sido vulnerados a la señorita –por su familia, sus vecinos, su comunidad, por el Estado mismo–: el acceso a la movilidad, la vivienda, la educación, el trabajo. La casita y los dos potreros en los que ha vivido toda la vida son pretendidos por sus familiares que la quieren expulsar del único sitio en el mundo donde se ha podido instalar. La producción del filme ha tenido que conseguir ayuda legal para que las demandas de sus allegados no dejen en la calle a María.

El equipo también logró asignarle un sueldo como actriz y con él María compró una vaca que da a luz a un ternero en medio de la grabación. La escena de María jugando con su nuevo ternero es la más feliz de la película y probablemente de toda la vida de la señorita. Y su supervivencia, en el inesperado paisaje que habita, es parte de ese milagro que es la señorita María.

* Periodista. Desde hace unos años explora diversas maneras de transgredir el binarismo.

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