Mauricio Sáenz habla sobre el libro de Eric Hobsbawm. Mauricio Sáenz habla sobre el libro de Eric Hobsbawm.

Mauricio Sáenz comenta '¡Viva la revolución!', de Eric Hobsbawm

El editor de la sección Mundo de la revista Semana comenta '¡Viva la revolución!', el libro de Eric Hobsbawm.

2018/07/24

Por Mauricio Sáenz

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Eric Hobsbawm perteneció al grupo de historiadores del Partido Comunista de Gran Bretaña, que inauguró la idea de explicar los fenómenos sociales unos cuantos escalones más abajo de los palacios y los cuarteles generales: ya no con reyes, papas o generales, sino con los habitantes de las aldeas medievales que dieron el primer paso del feudalismo al capitalismo, con los artesanos damnificados de la revolución industrial, con los protagonistas de la Modernidad. En fin, con la gente del común.

De esa cohorte solo Hobsbawm alcanzó una fama universal que sorprende, porque solo él rehusó renegar de sus creencias marxistas. A su favor hablan su capacidad de análisis y síntesis, su crítica de los regímenes comunistas y una extensa obra que lo hizo uno de los historiadores más importantes del siglo XX.

Curiosamente, en sus libros más importantes América Latina es marginal. De ahí que ¡Viva la revolución!, su obra póstuma, suscite tanto interés. Poco antes de morir a los 95 años, en 2012, se propuso publicar esta serie de ensayos, compilados finalmente por su amigo y colega Leslie Bethell, autor del prólogo.

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Hobsbawm se declara “permanentemente convertido por América Latina”, pues “nadie que la descubra puede resistirse” a ese subcontinente que rompe todos los esquemas. ¡Viva la revolución! comprende 31 textos escritos desde 1960, cuando hizo su primera visita a Cuba y observó el enorme respaldo popular del nuevo régimen. Sin embargo, escribió poco sobre el tema, y siempre criticó a quienes intentaron repetir la lucha armada en otros países. Pensaba que las condiciones no se repetían en los demás países de América Latina, y que la intentona en Bolivia era un error “espectacular” de concepción.

Fiel a la mirada de los más humildes, volvió a la región entre 1962 y 1963 en busca de los movimientos campesinos, en un viaje de tres meses que le llevó a seis países. Los halló sobre todo en Perú y Colombia, donde en ese momento parecían capaces de poner de cabeza los regímenes imperantes.

En Perú describió el sistema “neofeudalista” imperante, amenazado por las ocupaciones del valle de La Convención y eliminado solo algunos años después con el inusual gobierno militar revolucionario del general Juan Velasco Alvarado.

En Colombia, de la mano de su amigo Orlando Fals Borda, su interés se centró en la violencia que atravesaba al país desde 1948: “Una combinación de guerra civil, acción guerrillera, bandolerismo y masacre”. No deja de mencionar el 9 de abril y la muerte de Jorge Eliécer Gaitán como la oportunidad perdida que Colombia pagaría con sangre. Respecto a ello dice: “Descubrí un país en el que la incapacidad de hacer la revolución social había convertido a la violencia en el núcleo constante, universal y omnipresente de la vida pública”.

En dos de los ensayos el autor examina el caso de Chile, y encuentra que en el Frente Popular de Salvador Allende falta una voluntad revolucionaria y el apoyo de los trabajadores urbanos, a quienes recién descubre como factor revolucionario. Dos años más tarde condena el golpe de Pinochet como el “asesinato de Chile”, una manifestación de que América Latina había entrado “en el periodo más oscuro de su historia en el siglo xx”.

En su último texto, escrito en 2002, Hobsbawm reconoce que nunca ocurrió, ni tal vez ocurrirá, esa revolución que tanto esperó. Además, reflexiona sobre sus cuarenta años de amistad con el subcontinente, en la que alcanzó a conocer y simpatizar con las propuestas de Hugo Chávez (antes del madurismo) y sobre todo de Lula da Silva, a quien consideró un ícono del continente. Cuando este ganó las elecciones, Hobsbawm brindó con champaña con Bethell; pero no sin preguntarle si no estarían ante una nueva desilusión.

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