Uno de los ensayos de las mujeres que tocan en Ruanda. Foto: Camila Gómez Wills. Uno de los ensayos de las mujeres que tocan en Ruanda. Foto: Camila Gómez Wills.

Crónica: tabú, tambora y represión en Ruanda

A pesar de que Ruanda es un país reconocido internacionalmente por sus avances en temas de política pública e igualdad de género, las mujeres ruandesas tienen prohibido tocar el tambor. Sin embargo, una agrupación de mujeres se opone a ello, precisamente tocando. Una historia de resistencia y de cómo a veces el discurso oficial no se refleja en la cultura imperante.

2018/07/24

Por Camila Gómez Wills*

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El sonido de las tamboras dice que voy por el camino correcto. Más adelante, un letrero desvencijado en francés de un pasado no tan lejano anuncia que he llegado. Afuera, dos hombres doblados podan el pasto con machete. Entro a un auditorio oscuro, con gradas de cemento agrietado, por una puerta lateral. De las 20 mujeres que conforman el único ensamble de tamboras de Ruanda, hoy hay 12 ensayando. Visten pañuelos de colores en la cabeza y algunas llevan el kitengue, un pareo tradicional estampado, como falda. Hay varios bebés acostados entre trapos, bolsos y baquetas. Mientras tanto, las mujeres forman un semicírculo en la tarima. Cada tambora mide unos 70 centímetros de alto y pesa más de cinco kilos. Entre risas van tomando su lugar. Empiezan.

Tocar el tambor aquí no se reduce a saber golpear el instrumento con las baquetas: implica una compleja y milimétrica coreografía, cantos, bailes, saltos y gritos. Este grupo que ahora baila y toca y canta frente a mí fue fundado hace casi 15 años por Odile Gakire Katese, una ruandesa visionaria e imponente que habla sin filtro y casi sin parar para tomar aliento. Odile solo se enteró de que era ruandesa pasados los 20 años. Nació y pasó su infancia en el Congo y habla kinyaruanda, el idioma local, con algo de dificultad.

La conocí en Bogotá en 2016, en el Seminario Internacional de Música y Transformación Social, un evento organizado por la Fundación Nacional Batuta. Odile iba como invitada especial para hablar de liderazgo en un proyecto suyo que resultó siendo el ejemplo perfecto de la contradicción entre el discurso y la práctica en temas como el acceso a la cultura, la tradición y la equidad de género en Ruanda. Se siente cómoda hablando en francés, y en francés la busqué cuando pasé por su país. Nos reencontramos en Kigali, capital de este país africano, casi dos años después de habernos conocido.

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Después de pasar una temporada en esta región del mundo, llegar a Kigali es un alivio. En las calles, los buses paran de manera ordenada, los motociclistas usan casco, los semáforos funcionan, las calles son seguras de noche. No hay basura, no hay bolsas plásticas… Esos detalles –que parecen obvios, que damos por hecho– aumentan la dicha del recién llegado. En Kigali no hay caos. Nairobi, Kenia, le compite con su cosmopolitismo y grandes centros comerciales, pero su tamaño, polución, inseguridad y congestión vial le quitan puntos en habitabilidad. Kigali es muy distinta a otros lugares de la región.

Sin embargo, al igual que Bogotá y otras capitales del mundo, es una ciudad segregada y desigual. El acueducto corre solo por algunos barrios. Con algo de suerte, el agua sale de la llave en la mañana.

Una de las mujeres del ensamble de tamboras de Ruanda. Foto: Camila Gómez Wills

Los días van pasando y la nube de felicidad del viajero se disipa. Entonces empiezan las preguntas. ¿A qué se debe el orden? ¿Qué costo se paga por eso?

El gobierno ha hecho enormes esfuerzos por presentarse como el mejor amigo de la inversión extranjera, la lucha contra la corrupción y la equidad de género. En pocas palabras, todo lo que nos gusta oír en Occidente: un país en el “corazón de las tinieblas” o en la región de los “shitholes” de Trump, que está en la senda del “progreso”. Ruanda, además, es un país celebrado por sus esfuerzos de reconciliación en los casi 25 años que han pasado desde el genocidio étnico, que dejó, en solo seis meses, casi un millón de muertos. Y también ha sido premiado internacionalmente en varias ocasiones por la presencia de mujeres en el gabinete ministerial. En el parlamento 64 % son mujeres, y en los gobiernos locales, 43 %. Según el índice global de mujeres en posiciones de liderazgo, Ruanda ocupa el decimoquinto lugar del mundo por presencia de mujeres en altos niveles del gobierno. La tasa de asistencia a la primaria es del 98 % para las niñas y 97 % para los niños, y el presidente Paul Kagame ha sido premiado internacionalmente como campeón de la equidad de género. Pero cómo se vive este discurso en la práctica y cómo se refleja –o no– en la cotidianidad es otra historia.

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Como directora del Centro de Artes y Teatro de la Universidad Nacional en Huye, una ciudad dos horas al sur de Kigali, Odile se puso la meta de crear un espacio realmente incluyente: “Las mujeres estaban confinadas al espacio de la danza tradicional. No había mujeres en cine, música o diseño. Sabíamos que estábamos haciendo algo completamente nuevo, y pensábamos que sería posible bajo esta nueva era (posgenocidio)”, me dice con una sonrisa irónica.

En Ruanda el tambor es un instrumento tocado exclusivamente por los hombres. Así ha sido desde tiempos inmemoriales. Al preguntar por qué, la gente da las respuestas más diversas. “Es muy pesado para las mujeres”, dicen unos. Algunos empleados del Museo Nacional responden que es por el simbolismo asociado al instrumento: el tambor es el órgano sexual femenino y las baquetas son el órgano sexual masculino. Así, tocar el tambor es representar el coito y la baqueta solo la puede llevar el hombre.

La palabra misma en kinyaruanda es “ingoma”, que, como me cuenta un joven gestor cultural en Kigali, no solo significa “tambor”, también “reino” y “poder”: “El tambor ha sido el símbolo del poder por más de 600 años –dice–. El único momento en que una mujer se acerca al ingoma es cuando es la reina madre. La música del tambor era la que acompañaba los actos importantes de Estado: la muerte de un rey, la coronación, la declaración de guerra”.

Brenda, una profesora de Historia que migró de Uganda a Kigali hace cinco años, dice que en su país las mujeres sí pueden tocar el tambor y reciben el apoyo de sus familias para hacerlo. Para ella, el tema es que “aquí el gobierno le está poniendo mucha rigidez al asunto y no es flexible con lo que la cultura representa”. Un colega suyo añade que “no hay diversidad de ideas. En la ciudad puede que no haya problema, pero en el campo no hay chance”. Y Richard, un profesor de un prestigioso internado, sonríe y me recuerda que las niñas ahora pueden ir al colegio. “Hemos cambiado y podemos cambiar otras cosas. Tomará un tiempo”.

Ya hace 15 años Odile decidió colgar afiches alrededor de Huye, una ciudad cercana, invitando a mujeres interesadas en aprender a tocar tambor. Llegaron más de cien. La universidad tenía algunos tambores guardados y eso permitió reducir los costos casi a cero. Según me cuentan varias de ellas, la primera vez que tocaron un tambor sintieron júbilo y alegría. El tabú está, según Odile, en la posibilidad del placer, del ocio y del gozo para las mujeres: “No podemos comer los mejores cortes de carne porque son los más deliciosos y no podemos tocar tambor porque nos genera demasiada alegría”.

Les tomó cuatro años ganar la pericia técnica para aprender a tocarlos. El grupo ensaya tres veces a la semana. Al ensayo las mujeres llegan con bebés en brazos y niños de la mano. Ese espacio no es solo un momento para aprender a hacer música, es también un lugar de encuentro y socialización. La armonía con la que hoy se reúnen choca con las historias de algunas: esposos o familiares pagando cárcel como perpetradores, viudas, huérfanas y víctimas que perdieron a sus familias completas durante el genocidio. El proyecto no está pensado específicamente como una herramienta para la reconciliación o el empoderamiento, pero esos son algunos de los efectos más directos en quienes asisten a las clases.

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A pesar del reconocimiento internacional, el programa no cuenta con un visto bueno a nivel local. Al contrario: ha sido sistemáticamente ignorado desde su creación. El ministerio de Cultura de Ruanda no les ordena a las mujeres que cierren, ni tampoco envía notas formales de censura. Simplemente las asfixia lentamente, negándoles invitaciones como representantes oficiales de Ruanda en los festivales internacionales, o demorando tanto un trámite sencillo para un permiso que pierden la oportunidad de ir. Desde que empezaron, siguen siendo las mismas pioneras quienes se reúnen a tocar. Eso las hace un ejemplo de resistencia. No tienen los fondos para crecer, a duras penas les alcanza para sostenerse. Abrieron una heladería para emplear a las cinco mujeres más necesitadas del ensamble. El negocio no da pérdidas, pero tampoco da ganancias.

“¿De qué sirve decirle a una niña que puede ser presidenta de su país si no la dejamos tocar su instrumento más típico?”, dice Odile. En un país en cuya constitución está consagrada la equidad de género –y no solo el derecho a acceder al patrimonio cultural, sino el deber de protegerlo–, la mayoría de su población no tiene ni lo uno ni lo otro. Lo particular del caso es que el gobierno se precie de tenerlo y que internacionalmente sea reconocido por ello.

“Hay equidad en escolaridad y alto gobierno. Pero la cultura, que representa lo que somos y nuestros símbolos más profundos, sigue siendo territorio de hombres”, asegura Odile. Como dice Eric, otro joven que accedió a hablar conmigo, es simplemente un caso de “hipocresía (…) porque los que están en el ministerio son todos hombres que van a buscar dilatar cualquier proceso”. Si quienes definen lo que es o no es cultura siguen pensando que la cultura misma es estática y permanece incólume al paso del tiempo, las mujeres nunca ganarán terreno, ni tendrán, en definitiva, los mismos derechos.

Uno de los ensayos de mujeres tamboreras en Ruanda. Foto: Camila Gómez Wills.

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Ruanda ya no es necesariamente un referente de genocidio, pero tampoco lo es de reconciliación y reconstrucción absoluta. Es más bien un símbolo de las complejidades humanas y de los muchos matices que trae consigo el discurso occidental de democracia, desarrollo, crecimiento económico y equidad. Bajo la superficie de ese discurso, las cosas son distintas. La equidad de género cabe en algunos espacios, pero no en los que definen qué significa ser ruandés ni en sus prácticas ancestrales. La democracia cabe mientras no haya oposición. Y el desarrollo se maquilla para mostrar el brillo de Kigali en todo su esplendor.

Entretanto, la comunidad internacional aplaude y celebra porque se están promoviendo valores que defendemos y respetamos, sin importar si en la práctica se dan o no. Ruanda es un espacio de geopolítica estable en medio de un vecindario complejo. A cambio de orden, el gobierno ofrece progreso económico. La paradoja yace en que la bocanada de aire fresco que se siente al llegar a la ciudad es, en realidad, producto de una vigilancia constante, de una represión tácita. Unas, muy pocas, se atreven a asomar la cabeza.

Al entrar de nuevo a Kigali y recorrer sus inmaculadas alamedas, pienso que quizás estamos tan necesitados de una historia de éxito, de un modelo a seguir, de un ejemplo de que sí es posible la vida después de la guerra, que estamos dispuestos a engañarnos con tal de creer que el optimismo sigue siendo una alternativa consecuente en este mundo convulsionado.

* Abogada. Viaja por África Oriental trabajando en proyectos sociales.

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