| 10/22/2018 2:44:00 PM

Tenemos que hablar de WhatsApp

El auge del ultraderechista Jair Bolsonaro en Brasil muestra cuán reales son los peligros de la desinformación y el aislamiento que puede producir esta aplicación. Pero ¿puede una estrategia allí convencer a suficiente gente como para cambiar el rumbo ideológico de un país? Investigadores de la organización colombiana Linterna Verde se dieron a buscar una respuesta.

Ilustración: Daniel Villamizar. Ilustración: Daniel Villamizar. Foto: ILUSTRACIÓN: DANIEL VILLAMIZAR

La mayoría de cadenas de WhatsApp son mentiras salpicadas de verdades. Pero esta, que circuló en medio de la pasada campaña presidencial, parecía sacada de un delirio místico. Seguro la han visto: es un video que muestra una seguidilla de actos de campaña de Gustavo Petro, grabados desde la tarima. El video empieza con la voz de de un locutor que anuncia “Colombia arranca a vivir la maldición del comunismo”. Luego, entre otras sandeces, el hombre dice que Petro “adormece a la gente con el ritual del billete”, y que su esposa, Verónica Alcocer, tiene “mirada reptiliana”. También lo acusan, como si fuera pecado, de hacer ceremonias de los wayuu en sus actos políticos, y de recibir la asesoría de “brujos” y chamanes. La música de fondo parece venir de una adaptación chapucera de los Expedientes secretos X.

Esto no solo ocurre en Colombia. En la mayoría de elecciones de América Latina, los grupos de WhatsApp se han convertido en un hervidero de contenidos políticos y desinformación. El pasado 7 de octubre, día de la primera vuelta en Brasil, circularon varios videos falsos en los grupos afines al candidato Jair Bolsonaro, en los que se mostraba un supuesto fraude en el voto electrónico. En Costa Rica se viralizó un audio que decía, falsamente, que la segunda vuelta presidencial había sido anulada. En México editaron la foto de las mujeres en bikini de Germán Vargas Lleras, le pusieron el logo del PRI, y la pusieron a rodar en WhatsApp y en redes sociales.

Los contenidos políticos, los memes y las noticias falsas también circulan por redes sociales abiertas, como Facebook o Twitter. Pero el caso de WhatsApp es particular porque el servicio se acopla a las rutinas de los usuarios de maneras que otras aplicaciones no logran hacerlo, pues los grupos en esta plataforma suelen formarse a partir de “encuentros colectivos y relaciones en el mundo real”, como escribe el investigador Kenton O’Hara en un artículo académico. La gente tiene que consultar la aplicación constantemente en función de su vida cotidiana: coordinar una reunión familiar o el próximo partido de un equipo de fútbol de oficinistas, o hacer circular información relevante para los padres de familia de una clase, por ejemplo.

En Colombia, WhatsApp se convirtió en uno de los principales espacios para hablar de política y hacer política. La aplicación se usa en zonas rurales y urbanas, por personas de todos los estratos sociales y niveles educativos. Según cifras de MinTIC, el 87,3 % de los colombianos usa la aplicación, y de ellos, el 92 % lo hace todos los días. El video de Petro me lo mostró un conductor de bus en una carretera hirviente del Magdalena, donde no entraba ni la radio.

Los más optimistas señalan que estas posibilidades de comunicación tienen el potencial de aumentar la participación y el interés de los ciudadanos en los asuntos públicos. Los movimientos políticos de finales de la década pasada y comienzos de la actual, como los Indignados españoles o la Primavera Árabe, aparecieron gracias a que las personas cooperaron y colaboraron de nuevas maneras a través de las redes. El profesor del MIT Howard Rheingold, un reputado tecnooptimista, escribió en el libro Multitudes inteligentes: la próxima revolución social (Gedisa, 2004) que “cuando están conectadas y comunicadas de manera correcta, las poblaciones humanas pueden exhibir un tipo de ‘inteligencia colectiva’” que permite solucionar problemas de formas más creativas y efectivas.

Pero cuando la gente en Colombia se conectó con la política a través de WhatsApp, lo que ocurrió fue justamente lo contrario.

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¿Burbujas a la medida?

Desde que Eli Pariser publicó en 2011 su libro El filtro burbuja: cómo la red decide lo que leemos y lo que pensamos (reeditado por Taurus en 2017), ha hecho carrera la idea de que los algoritmos de las redes crean “un universo único de información para cada uno de nosotros”. Las redes sociales y las plataformas digitales buscan ofrecernos contenidos personalizados y específicos para nuestras preferencias e intereses, para lograr así que pasemos más y más tiempo conectados.

Aunque en WhatsApp no hay algoritmos que seleccionen los contenidos para cada uno de los usuarios, lo que encontramos en la investigación “La política en WhatsApp es dinámica”, realizada por la organización Linterna Verde –en la que participé–, es que las decisiones de los mismos usuarios tienen un efecto parecido, al menos en lo que respecta a la conversación sobre las elecciones.

La política es un tema difícil que se presta para confrontaciones. Por eso, la mayoría de nuestros entrevistados nos dijo que solo habla de eso con quienes están de acuerdo con sus posturas. ¿Quién entra en esa “burbuja”? “Yo tengo un grupo con tres amigas, que son de toda la vida, y ahí si´ comparto cadenas”, explico´ una entrevistada. Otro nos dijo que la mayoría de sus conversaciones eran con sus hermanos y su papá, quienes tenían las mismas posiciones. Con los demás prefieren no hablar: “Llevar la fiesta en paz” y mantener sus relaciones con sus amigos o familia es más importante.

Aun cuando las personas se atreven a hablar de política, el resultado no siempre es un diálogo o un debate respetuoso. “El gran problema no es que yo no vea información de los rivales, sino que cuando la veo tiendo a desestimarla, a no creerla; tiendo a mirar más la información que favorece mis propios puntos de vista que otra”, dice Diego Mazorra, coordinador académico de la Maestría en Comunicación Política de la Universidad Externado de Colombia.

La conversación, de nuevo, se frustra. “Yo les digo a mis contactos ‘Si no le gusta lo que comparto, dele eliminar’”, nos contó un entrevistado. Otro aseguró que tenía que “responder” ante las “posiciones radicales” que adoptaron algunos de sus compañeros de universidad. Ya no es una conversación, sino una competencia. Ya no se trata de hablar, sino de ganar el debate.

Además, la mayoría de personas siente escepticismo frente a los contenidos políticos que circulan en WhatsApp. En nuestro estudio, el 78 % ha intentado alguna vez verificar qué tan cierto es lo que se dice una cadena, y el 71 % se siente capacitado para hacerlo. Las respuestas que nos dieron la mayoría de nuestros entrevistados confirman esa noción: “La gente ya está ‘curada’ y no cree en eso”. “Uno se pone a pensar: ¿esto será falso? ¿Esto será verdadero?”.

Este escepticismo podría generar diálogos productivos, con los que las personas aprendan nueva información y actualicen sus creencias, pero en nuestra investigación encontramos evidencias de que la gente tiende a descreer de los contenidos que son contrarios a sus convicciones, y a denunciarlos frente a sus amigos o familiares, pero no tanto de los que son afines a ellas.

Al final, desmentir lo que dice una cadena a menudo sirve para reforzar las divisiones políticas, pues pocas personas están dispuestas a admitir que compartieron falsedades. Al reclamo de “¡Esto es mentira!”, no se responde con un “¿Por qué?”, sino con un “¡Esto es verdad!”.

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La pregunta del millón

Si la gente realmente no cambia su posición política ni su voto al recibir una cadena de WhatsApp (o cien), ¿cuál es el efecto de la desinformación en las elecciones? ¿Puede una operación de desinformación convencer a la cantidad suficiente de gente como para que cambie un resultado electoral? Esa es la pregunta del millón; la cuestión que todos los investigadores de estos temas queremos responder.

Cada elección es diferente; los mecanismos de producción y diseminación de desinformación evolucionan todo el tiempo. Por eso, nunca sabremos qué tanto del resultado del plebiscito se debió a las cadenas mentirosas, como lo insinuó Juan Carlos Vélez Uribe en una nefasta entrevista. Quizás los colombianos desarrollamos más anticuerpos contra la desinformación desde entonces, y de ahí probablemente venga el escepticismo generalizado que encontramos en nuestro estudio. Quizás los estrategas políticos no encontraron esta vez un mensaje demoledor, como sí lo tuvieron en 2016. Quizás todos los bandos se pusieron al día en sus técnicas de guerra sucia, y esta vez no había candidatos tan vulnerables a la desinformación. En general, nuestros hallazgos sugieren que las cadenas de WhatsApp no son la carta ganadora de un político, y eso debería dejarnos tranquilos.

Pero el ejemplo de Brasil muestra que los peligros de la desinformación y el aislamiento son muy reales. Bolsonaro, que estuvo a pocos votos de ganar en la primera vuelta, inició su discurso cuestionando los “numerosos” problemas en las urnas electrónicas e insinuando que en unas elecciones en papel él hubiera ganado en primera vuelta. Sus seguidores más radicales, que se han atrevido a gritar en gavilla que Bolsonaro “va a matar maricas” cuando sea presidente, usaron de nuevo sus declaraciones como gasolina para sus palabras incendiarias.

Algunos no se limitaron a expresar su rabia en espacios digitales. Un grupo de bolsonaristas marcaron a cuchilladas una esvástica en el estómago de una mujer que tenía una camiseta contra el candidato. Un seguidor del candidato mató a puñaladas a Romualdo Rosario da Costa, un maestro de capoeira conocido como Moa do Katende. Cuentan los reportes de prensa que la víctima se acercó a su verdugo para hablar de política, para discutir el resultado de las elecciones quizás al calor de una cerveza. La discusión se acaloró, el asesino fue a su casa por un cuchillo, y pasó lo que pasó. Eso es lo que ocurre cuando la gente no es capaz de hablar.

*Periodista e investigador en cultura digital. Coautor del informe "La política (en Whatsapp) es dinámica", del centro de investigación Linterna Verde.

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